Lección de amor

Abro los ojos cinco minutos antes de que suene el despertador. Lo desconecto. Odio despertarme antes y que al cabo de un rato me moleste ese estridente pitido. Necesito un despertador nuevo, uno que no me ponga de mal humor por las mañanas. ¿Existen de esos?

Como puedo, aparto las sábanas de mala gana y enciendo la luz de la habitación, quedando cegado por unos segundos eternos, mientras trato de reunir las fuerzas necesarias para empezar el día.

La ducha ayuda a despejarme la mente, aunque el ceño fruncido no me abandona en todo el desayuno. Por Dios, qué necesidad hay de que las empresas abran tan temprano…

Tráfico, la misma cantinela de todos los días. Una interminable hilera de automóviles ocupando los dos carriles y avanzando a un ritmo exasperante. Para colmo, llueve, con lo que el gris del cielo y el incesante estrellarse del agua contra el parabrisas acentúan aún más si cabe lo depresivo de este día.

Suspiro para mis adentros, tratando de alejar de mi cabeza su rostro mientras meto de nuevo primera y avanzo un par de metros sobre el húmedo asfalto. Por supuesto, no lo consigo y le subo el volumen a la radio, tratando de cambiar unas voces por otras.

-“…eres un inútil…”

-Parece que el día se presenta húmedo en casi toda España, pero tranquilos, estamos aquí…

-“…no quiero volver a verte en toda mi vida. He perdido…”

-…para alegrarles el alma con los éxitos…

-“…los últimos meses de mi vida contigo…”

-…de la música nacional e internacional.

-“…te odio.”

Apago la radio. Ella gana, como siempre.

Fueron cinco meses de tortura. Bueno, miento, cuatro. El primero fue maravilloso, tanto que incluso se vino a vivir a mi casa. Creía estar del todo enamorado de ella hasta que descubrí su verdadera personalidad, oculta detrás de una angelical fachada de “chica buena” que no ha roto un plato en su vida.

En fin, no merece la pena ni siquiera que os hable de ella.

El tráfico, poco a poco, comienza a fluir algo más rápidamente a medida que me acerco al enorme edificio de mi compañía.

-Buenos días, Raquel –saludo a la recepcionista al pasar a su lado.

Ni siquiera me mira.

Suspiro y entro en el ascensor justo antes de que se cierre, rumbo a mi despacho.

-No tienes buena cara.

El que habla es Juan, el único compañero al que considero amigo mío.

-Mira quién fue a hablar. Sabes cómo se usan las cuchillas de afeitar, ¿verdad?

Refunfuña por lo bajo algo acerca de las prisas con las que se había tenido que preparar.

-¿Tienes el informe que te pedí? –le interrogo mientras salimos del ascensor.

-¿Dan los relojes la hora?

Me detengo en seco y le obligo a pararse a mi lado.

-¿De verdad tienes que decir esas tonterías cada día?

-Vaya como estamos hoy… -me da la espalda y echa a caminar de nuevo-. Te lo dejo en tu mesa en diez minutos.

Me siento mal, no debí decir eso. Últimamente estoy demasiado irritable.

-Lo siento –dije elevando el tono de voz contra la espalda de mi amigo.

-Lo sé –respondió sin volverse.

El resto del día no fue mucho mejor, aunque supongo que eso ya os lo podíais imaginar. Tuve tres reuniones diferentes antes de las doce y, para colmo, derramé una taza de café sobre una de las montañas de informes que atrincheraban la mesa de mi escritorio.

-¿Estás listo? –pregunta Juan desde la puerta.

Levanto la cabeza de los papeles que tengo delante y le miro confuso.

-Son las dos –añade al ver mi expresión.

Miro el reloj de mi muñeca.

-Claro, claro, disculpa. Vamos.

Me pongo en pie, cojo la americana de detrás de mi silla y echo a caminar por el pasillo detrás de mi compañero. Todos los días a esa hora bajamos a comer a un restaurante al otro lado de la calle. No es nada del otro mundo, pero es el único que está lo suficientemente cerca de la oficina como para comer tranquilamente.

Nos sentamos en la misma mesa de siempre, prácticamente en el centro del local. A nuestro lado, en una mesa de esas que tienen un sofá a cada lado, hay una pareja y, justo en el lado opuesto, en una mesa similar, un señor mayor sentado solo, con una foto enmarcada sobre la mesa y a la que mira fijamente.

No tardo demasiado en dejar de prestarle atención.

-¿Sabes? Te estás volviendo insoportable –dice Juan.

-No me digas…

-En serio, desde que cortaste con Ana eres otro tío completamente diferente. Es como si te hubiera absorbido el buen royo y las ganas de ser amable.

Puede que fuese eso exactamente lo que había hecho.

-Lo siento –digo sin poder mirarle a los ojos-, y siento también lo de esta mañana. Es solo que últimamente no me despierto de buen humor.

-Claro, es una cosa pasajera… -contesta en tono irónico al tiempo que nos sirven la comida.

-¿Sabes algo de los resultados de…

-¡Eh! –me corta-. No cambies de tema y menos aún para hablarme de trabajo. Necesitas hablar de todo esto. Te está consumiendo, cada día estás peor.

-No me apetece hablar de ello, en serio, no hace falta. En otro momento.

-Claro, con cualquiera de tus otros amigos. Espera…¡anda! ¡Pero si se han hartado todos de ti y ya ni te llaman!

Sí, ese comentario me ha dolido. Aunque, en realidad, es cierto.

-Y lo peor de todo –continúa-, es que tienen razón. Así que dime de una vez a qué viene esta actitud, ¿qué demonios pasa contigo?

Suspiro y vuelvo a perder la mirada en el mantel.

-No lo sé.

-Es por Ana, ¿verdad? –pregunta en un tono más calmado.

-No… bueno, sí, puede. No lo sé. Solo tengo claro que me levanto cada mañana odiándola con todas mis fuerzas.

Una carcajada me distrae. Miro al hombre de mi derecha, riéndose solo mientras mira la foto. Meneo la cabeza, pobre hombre.

-¿Y qué consigues con eso?

-Nada, Juan, absolutamente nada. Lo sé, pero no puedo evitarlo, simplemente me viene a la cabeza y soy incapaz de sacarla de ahí en todo el día.

-¿Aún la quieres?

-¿Quererla? ¡No! ¡Se acostó con ese idiota!

Cierto, se me había olvidado mencionaros que la muy… que mi ex novia me dejó al día siguiente de acostarse con uno de esos “amigos” de los que hablábamos antes.

-¿Entonces por qué no pasas página de una vez? No ganas nada haciéndote esto cada día.

Eso mismo me he preguntado yo cientos de veces en los últimos meses.

-Creo… creo que no es por ella, ¿sabes?

Juan pone cara de no entender, así que me explico un poco mejor.

-No es por ella que esté así. Bueno, en parte sí que lo es, pero en el fondo tiene que ver con que me siento… solo. Ahora sé que estoy mejor sin ella, que no era la mujer adecuada para mí y cualquier otra cosa que me vayas a decir –aviso al ver que trata de interrumpirme-. Pero muchas de las cosas que dijo, son ciertas. No consigo tener una relación duradera con nadie porque no consigo entregarme a ninguna persona. No confío y eso hace que todas mis relaciones acaben igual.

Juan me mira y algo en su expresión cambia mientras me escucha hablar.

-Venga tío, no digas esas cosas. El amor no es un juego, no es algo sencillo de encontrar. Ya llegará la persona adecuada. Pero, mientras tanto, no puedes seguir así. Te estás consumiendo y, créeme, este nuevo “yo” tuyo no resulta nada atractivo.

Consigue sacarme una media sonrisa.

-…ese sí que fue un gran día, ¿verdad cariño? –escucho decir al hombre que sentado solo.

-¿Con quién habla? –le pregunto a Juan haciendo un gesto con la cabeza en su dirección.

Mi amigo, que no parece haberse dado cuenta siquiera de la presencia del señor hasta ese momento, se encoge de hombros.

-Ni idea. Un loco más.

No estoy de acuerdo. No parece estar loco, ni mucho menos. Es como si…como si estuviera hablando con la foto que tiene delante. Sí, ya se que eso suena a loco de remate, pero no, en serio, había algo en él, una extraña felicidad pesarosa que no cuadraba con la locura.

-Voy al baño, si traen la comida empieza sin mí –anuncia Juan.

Asiento con la cabeza, pero no le miro. Hay algo hipnótico en aquel hombre.

-Están bien, aunque de “niños” ya tienen más bien poco. Este año has sido abuela. Tienes una nieta maravillosa que se llama Sara, como tú. David insistió en ponerle tu nombre a su hija, amor mío. Tiene tus ojos, lo juro. Cuando me mira fijamente me entran escalofríos porque tengo la sensación de que tú estás detrás de ellos, sonriendo calladamente y reprochándome que la estoy sujetando mal entre mis brazos o que el biberón está demasiado frío. Tienes que dejar de hacer eso.

Loco, tenía que estarlo. Sin embargo, soy incapaz de apartar los ojos de él. Hasta que se da cuenta y me habla.

-¿Qué miras, joven?

Me sobresalto.

-Yo… esto… nada, señor, discúlpeme.

-Algo estarías mirando, no vi que tuvieras los ojos cerrados –dice con una sonrisa en los labios-. Ven, siéntate con nosotros.

¿Nosotros? Miro una vez más la foto, aunque desde mi posición solamente alcanzo a ver el perfil del marco.

-No, no hace falta, de verdad. Estoy esperando a mi amigo. Ha ido al servicio.

-Bueno, pero ahora estás solo. Ya volverás a tu mesa cuando regrese.

No se me ocurre ninguna otra excusa para no sentarme con él sin ser un completo maleducado, así que lentamente me pongo en pie y miro en dirección al servicio con la esperanza de que Juan doble la esquina y me saque de aquella.

-Parece que aún le falta un rato –sonríe de nuevo el hombre.

Me acerco hasta su mesa y me siento en el sofá que está en frente del suyo, con la fotografía entre ambos. La curiosidad le va ganando terreno a la vergüenza. Quiero ver de una vez quién es la persona que sale en ella.

-¿Qué te pasa?

-Verá, lo siento mucho, no quería ser indiscreto, es solo que estaba allí sentado en mi mesa y le escuché hablar y, al ver que no había nadie con usted…

-Pensaste que estaba loco, ¿no?

Niego con la cabeza.

-No, para nada. En realidad, mi mente quería pensar eso, pero había algo en usted que no cuadraba con la locura. Un loco habla con alguien que cree que está ahí, que es real. Usted parecía saber que estaba solo y, aún así, seguía hablando.

Asiente lentamente.

-Y tú, ¿también estás solo?

No entiendo su pregunta.

-No, estoy con mi amigo, el que se fue al baño…

-No, joven, no me refiero a eso –me corta suavemente-. Puedo ver en tu mirada que algo va terriblemente mal en ti. Es como si… como si estuvieras en modo “automático”, sin realmente vivir la vida. Estás aquí, sentado en frente de mí, pero te falta algo. Tu actitud, tus gestos, no son los de un hombre feliz.

-No… no. Sí, soy feliz.

-¡Y un cuerno!

Me mira fijamente y casi no puedo sostenerle la mirada. ¿Es posible que aquel extraño me hubiese calado tan rápidamente?

-Es… es por una mujer –digo al fin-. O no, no lo sé. Ella ya no forma parte de mi vida, pero soy incapaz de levantar cabeza.

El hombre suaviza la mirada y eso me da una extraña sensación de comprensión.

-Si ya no forma parte de tu vida, ¿por qué dejas que sea ella quien siga guiando tus pasos?

-No lo hace, para nada –niego.

-Claro que sí. Sigues viviendo anclado en un pasado que se fue y que ya no volverá. Es imposible desandar el camino de una relación rota y tú, amigo, te has quedado atrapado en esa relación. Tienes miedo de avanzar porque crees que estarás solo, que nada ni nadie te devolverá la felicidad que esa mujer trajo a tu vida un día –hace una breve pausa antes de proseguir-. El problema, el de verdad, es que no ves que ya estás solo, que el pasado no volverá para que lo reescribas a tu gusto y que tu incapacidad de seguir adelante te está consumiendo por dentro. Por eso no eres feliz, por eso cada mañana piensas en ella y por eso, amigo, estás aquí sentado conmigo. Ves en mí algo que tú quieres para ti y quieres saber cómo conseguirlo.

Me doy cuenta de que hace varios segundos que no respiro. Me siento desnudo ante aquel hombre, aquel desconocido que hacía solamente un par de minutos no era más que “el loco de la mesa de al lado”. No sé qué decir, qué hacer o qué pensar siquiera. Entonces recuerdo su última frase y me pregunto qué querrá decir.

-¿A qué se refiere con que hay algo que tiene usted que yo quiero para mí? –pregunto confuso.

El hombre sonríe.

-Me ves aquí, comiendo solo en este restaurante, y ves que soy feliz. Ves que hay felicidad en mí a pesar de mi soledad. Y te preguntas cómo es posible.

Al escuchar esto, me doy cuenta de que no le falta razón.

-¿Quién es la persona de la foto? –pregunto al fin.

El hombre mira la foto y parece intercambiar una sonrisa con quien sea que esté allí retratada. La toma entre las manos con extrema dulzura y le da la vuelta, mostrándome el rostro de una señora sonriente.

-Es Sara, mi mujer –anuncia.

-Es muy bonita –digo educadamente-. Pero… ¿por qué habla con su fotografía?

-No, no hablo con la fotografía, hablo con ella –diciendo esto, vuelve a girarla y pierde la mirada en ella-. Sara me dejó hace ya ocho años. Hoy sería nuestro aniversario de boda número cincuenta y siete. Cada año, en este mismo día, celebro con ella el amor que nos profesamos y que, lo sé, seguiremos haciendo el día en que por fin me reúna con ella de nuevo –levanta la mirada y la cruza con la mía-. El cáncer se la llevó de mi lado y desde entonces he estado solo, igual que tú ahora. Pero, ¿sabes qué es lo que nos diferencia?

Niego con la cabeza, sobrecogido ante la evidencia del amor de este hombre por su mujer.

-Que yo encontré a la mujer adecuada y la amé cada día de su vida, y aún hoy sigo amándola exactamente igual que el día en que la besé por primera vez. Y tú, querido amigo, simplemente no has encontrado a esa mujer aún. No seas infeliz por ello, no tengas miedo a la soledad. Hay una mujer maravillosa ahí fuera esperándote y lo único que te separa de ella es esa actitud de derrotismo. Anímate, sé feliz. Ella llegará y te darás cuenta de que todas las mujeres que hubo antes de ella no fueron, ni de lejos, la mitad de merecedoras de tu amor. Vive, no dejes que el pasado enturbie tu futuro. De nada sirve malgastar el tiempo que tenemos.

Estoy sin habla, incapaz de decir nada. El hombre mira por encima de mi hombro.

-Ahí vuelve tu amigo, será mejor que vuelvas a tu mesa y disfrutes de la comida –deja de mirarme y coge de nuevo la fotografía entre sus manos-. Yo aún tengo mucho que contarle a mi mujer.

Veo como pasa delicadamente la yema de sus dedos por el marco. Para él, yo ya no estoy allí.

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