Capítulo 1

Corría en la oscuridad más absoluta. Solamente se escuchaba el sonido de mis pies contra el suelo y el chapoteo de algún animal de cloaca a lo lejos. Mi respiración entrecortada me suplicaba una pausa, un descanso en el que recuperar el aliento. Me guiaba por sonidos y memoria, confiando en no tropezar contra nada al tiempo que miraba sin parar por encima de mi hombro, aterrorizado solo de pensar que estaban a punto de alcanzarme. No hacían ningún ruido, no respiraban ni tenían pies con los que caminar, pero sabía que estaban ahí, seguramente cada vez más cerca mientras trataba de encontrar la salida de esa tumba desierta en que se había convertido aquella ciudad. No había ni una sola luz, ni sol, ni estrellas, ni luna. Ni siquiera había cielo alguno. Únicamente existía esa espesa oscuridad que me acompañaba en la huida y el miedo inexpresable que sentía en mi interior, consciente de que la muerte me pisaba los talones.

Abrí los ojos. La claridad de la mañana entraba por la ventana abierta de mi habitación. La suave corriente rozó mi piel sudorosa provocándome un escalofrío que me recorrió de arriba a abajo. El medallón que llevaba al cuello desde que era pequeño, reposaba sobre mi pecho y parecía pesar más que nunca. Otra vez ese sueño, esa pesadilla. De seguir así acabaría volviéndome loco.

Detuve el despertador de un golpe. Estaba malhumorado, harto de despertar agotado y bañado en sudor. Harto de esa pesadilla que se había instalado en mi cabeza hacía meses, que asaltaba mis sueños y no me dejaba dormir en paz. Y harto… harto de madrugar. No me malinterpretes, me encantaba el instituto. Pero también me encantaba dormir. Y parecía que últimamente las pocas horas de sueño que me dejaban los exámenes finales se veían comprometidas con ese maldito sueño.

Me levanté y me dirigí al cuarto de baño. Observé mi propio reflejo en el espejo, asombrándome de las enormes ojeras que se apreciaban bajo mis ojos. Me aseé y las tripas me recordaron que estaba hambriento.

A pesar de no haber nadie en la cocina, el desayuno estaba encima de la mesa. Seguramente Martha, mi madre, se había marchado ya a trabajar. Creo que ella dormía menos aún que yo, por increíble que parezca. Trabajaba en un centro comercial y, a pesar de tener unos horarios horribles, jamás la escuché quejarse de ello. Siempre me ha parecido que se siente orgullosa de ese trabajo. Gracias a él consiguió salir adelante. Embarazada de mí y con un marido desaparecido, se aferró a la inquebrantable decisión de darme una buena vida.

Mi padre desapareció un día tan pronto como mi madre se quedó encinta, y jamás hemos vuelto a saber de él. A veces mi imaginación vuela y se pregunta si tendrá otra familia o si simplemente desapareció por arte de magia en mitad de un paseo nocturno. Sea como fuere, para mí no sería más que un extraño si me cruzara con él por la calle. No le reconocería, no podría aunque quisiera.

A pesar de que el desayuno estaba algo frío, no me molesté en calentarlo. Comí rápido y me vestí deprisa, no quería perder el autobús.

Supongo que era un día más, un día cualquiera dentro de la monotonía de siempre, con el sol medio oculto aún tras el horizonte de edificios que me rodeaban mientras bajaba por la calle. Con cada respiración se formaba una pequeña nube de vaho delante de mis labios, que se disipaba en el aire casi tan pronto como salía de mi boca.

Llegué un poco antes que de costumbre a la parada del autobús. Como no había asientos, apoyé la espalda contra una de las paredes de cristal y me armé de paciencia para esperar.

Poco a poco empezó a llegar gente, sobre todo estudiantes como yo. Sin darme cuenta empecé a buscarla con la mirada. ¿Habría llegado demasiado pronto? Igual tenía pensado coger el siguiente autobús, ¿debería esperarla? ¿Y si había cogido el anterior? ¡Oh, Dios! Qué mañana tan horrible llevaba.

Pero entonces todas esas tonterías desaparecieron de mi cabeza. Por fin la vi acercándose a la parada. Estaba preciosa, como siempre, con su melena castaña recogida en una sencilla coleta y el mundo entero girando a su alrededor. Bueno, quizá no fuera el mundo entero sino más bien solamente yo, que de tanto pensarla llegó a parecer que los días no amanecían hasta que por fin la veía.

Me quedé observándola caminar, pasando por delante de mí con los auriculares en los oídos. Casi cierro los ojos al notar su aroma tan cerca, pero me di cuenta a tiempo de que una señora me estaba mirando y me contuve.

Llegó el autobús y la interminable fila de personas fue disminuyendo. Aunque yo había llegado pronto, entré de los últimos, siempre pendiente de ella y completamente invisible a sus ojos.

El viaje no es demasiado largo, aunque sí se hace eterno debido a las numerosas paradas que separan mi casa del instituto, en las que siempre parecen subir cientos de personas. No exagero, para cuando llegamos por fin a nuestro destino estábamos tan apretados que si alguien empujara a los de delante, caeríamos todos de uno en uno como fichas de dominó.

Pensé, erróneamente que, ahora que acababa de cumplir los dieciséis, mi madre me daría permiso por fin para comprarme esa moto para la que llevaba prácticamente toda mi vida ahorrando y la que, está claro, jamás tendré.

Una vez en clase me senté en mi sitio de siempre en el aula de historia, justo al final, donde no fuera blanco fácil de las preguntas del profesor ni de las mofas de los compañeros.

Emma, esa chica de la que os he hablado antes, se sentaba en la mesa contigua a la mía, al otro lado del pasillo central de la clase. Nunca he sido muy bueno con las chicas, la verdad. Mi primer beso fue con quince años y creo que se debió más a la compasión que a otra cosa. En fin, a lo que iba, Emma se sentaba lo suficientemente cerca de mí para estar en mi campo de visión y anular casi todas las posibilidades que yo tenía de atender.

Es extraño, creo que aunque yo estuviera justo enfrente de ella, seguiría sin entrar en el suyo. Hacía un año que éramos compañeros y tengo miedo de que si, por alguna casualidad de la vida, le hubiesen preguntado mi nombre, no sabría si me llamaba Ben o “el chico ese que se sienta atrás en mi clase”.

Por cierto, me llamo Ben, por si no había quedado claro. Ben Stone.

Es increíble lo lento que puede llegar a pasar el tiempo mientras estás en el instituto. Y ese día en concreto parecía que el reloj se había puesto en huelga, dejando pasar los minutos como le venían en gana.

El profesor hablaba sin parar de clases políticas y mecanismos del gobierno. Es seguramente la asignatura más aburrida que he estudiado en toda mi vida. Manteniendo su discurso de fondo y escuchándolo a medias por si acaso le daba por preguntarme algo, me dediqué a garabatear las hojas que tenía encima de mi mesa.

Sin querer, al ir a cambiar de bolígrafo, el que estaba utilizando se cayó al suelo, lejos de mi alcance. Nadie le hizo el menor caso y a mí no me apetecía nada levantarme a recogerlo, arriesgándome a centrar la atención del profesor en mi persona.

Haciendo malabarismos en la silla y armado con un lapicero en un vano intento por ganar algo de distancia, me estiré todo lo que pude para intentar alcanzar el que estaba caído. Incluso mi medallón salió de debajo de la camiseta y quedó colgando en el aire.

“Vamos hombre, pon algo de tu parte, acércate aunque sea un poquito, ¿no ves que no llego? ¡Ven aquí!” -pensé mientras me estiraba al máximo.

De repente me noté muy cansado, como si hubiese pasado una noche entera en vela y mi cuerpo lo recordara en ese preciso instante, al tiempo que el bolígrafo daba un salto y salía volando hacia mi cara. Se me escapó algo parecido a un grito debido a la sorpresa y perdí por completo el precario equilibrio que estaba manteniendo. Di con mis huesos en el suelo y toda la clase se giró a ver qué había ocurrido. Pronto las risas superaron el silencio inicial y yo volví a sentarme en mi asiento muerto de vergüenza.

Miré a Emma de refilón y la vi seria. Al menos ella no se reía de mí, qué curioso. Por un momento casi me olvido de lo sucedido.

-¿Se puede saber qué demonios hace señor Stone? -dijo el profesor.

No me había dado ni cuenta, pero la clase ya estaba en silencio y él se encontraba de pie a mi lado.

-Lo… lo siento, se me cayó el boli y al ir a recogerlo…

Con toda la vergüenza que había pasado se me había olvidado por completo el bolígrafo. ¿Cómo era posible que hubiera salido disparado? Estaba a más de medio metro fuera de mi alcance, justo en el centro del pasillo y no había forma humana de que llegara hasta él, pero de repente había volado directo hacia mi cara y era imposible que alguien lo hubiese golpeado, estaba tan lejos de mí como de cualquier otro.

Alguien tenía que haberlo hecho, ¿cómo narices iba si no a moverse él solo?

-Disculpe, ¿interrumpo algo? -carraspeó el profesor-, lleva usted casi un minuto callado.

Se escucharon algunas risitas en la clase.

-No, no, perdóneme, ha sido un accidente.

El profesor me miró de arriba a abajo a través de sus gafas bifocales, queriendo decidir si merecía la pena decir algo más. Luego, acompañado de un resoplido se dio la vuelta y prosiguió con la explicación, actuando como si nada hubiera sucedido.

Volví a mirar a Emma y la sorprendí observándome con los ojos entornados. Seguramente se estaría preguntando cómo alguien podía ser tan torpe como para caerse él solito de una silla en mitad de una clase. Cruzamos la mirada un segundo y devolvió su atención a la clase, al tiempo que yo cruzaba mis brazos encima de la mesa y hundía la cara entre ellos, queriendo desaparecer del mundo para siempre.

Me salvó el timbre del recreo.

Recogí todas mis cosas lo más rápido que pude y salí al pasillo. Eché a caminar con paso firme por el cada vez más atestado corredor en dirección a la salida. Jamás había hecho novillos en toda mi vida, pero en ese momento sentía la imperiosa necesidad de alejarme de allí todo lo que me fuera posible.

Una extraña sensación de vergüenza, culpabilidad e idiotez recorría mi mente. Aproveché que a esa hora las puertas estaban abiertas para escabullirme entre las personas que entraban y salían y perderme así calle abajo. Si alguien me vio, no le debió importar demasiado. Caminé largo rato sin pensar en nada, ni siquiera tenía un rumbo fijo. Simplemente me concentré en dejar la mente en blanco y en poner un pie delante del otro, evitando tropezar. No me hacía ninguna falta volver a caer de nuevo.

Llegué a un parque y me senté en el primer banco libre que encontré. A pesar del frío que hacía por la mañana, el sol había conseguido caldear el ambiente hasta alcanzar una temperatura agradable y un vistazo a mi alrededor constató que el parque bullía de vida. Niños y adultos se mezclaban con los árboles y columpios, casi todos los bancos estaban ocupados por personas mayores que conversaban desganadamente de vete tú a saber qué, e incluso aquí y allá se podía ver a gente tomando el sol.

Poco a poco el recuerdo de todo lo que había sucedido fue volviendo a mí, junto con un miedo creciente a lo que diría mi madre si se llegara a enterar de que no estaba en el instituto.

¿Qué demonios había pasado con ese bolígrafo? Las imágenes de lo ocurrido se agolparon en mi cabeza mientras esta trataba de encontrar una explicación lógica que cuadrara lo suficiente como para ser medianamente creíble. Ni siquiera tenía por qué ser cierta, solamente tener algo de sentido.

Volví a ver el bolígrafo volar derecho a mi frente, mi cuerpo en el suelo, la risas de mis compañeros y el rostro de Emma mirándome fijamente, con esa expresión incrédula ante lo que debió ser la mayor estupidez que había visto en toda la semana, puede que en todo el último mes si me apuras.

-¿Qué haces aquí? -preguntó una voz a mi izquierda.

Alcé el rostro y casi me vuelvo a caer del susto. ¿Emma?

-Estoy… estoy pensando.

-¿Y no piensas en volver a clase? -preguntó enarcando una ceja y con media sonrisa dibujada en los labios.

¿Incredulidad?

-No, no me encuentro muy bien.

Creo que esa había sido la conversación más larga que habíamos mantenido hasta la fecha. Todavía hoy no salgo de mi asombro. Con la luz de mediodía reflejada en su cabello y ese aura que rodea a todas las chicas que se saben guapas, casi me quedo sin respiración tratando de encontrar las palabras con las que seguir hablando.

Era realmente hermosa, o al menos eso me parecía a mí. Vestida con unos jeans y un jersey largo de color blanco que le llegaba hasta los muslos, con la mochila de clase colgada de su hombro derecho y un archivador bajo el izquierdo, mantuvo sus ojos marrones fijos en los míos tanto tiempo que sentí la necesidad de volver a hablar.

-Y tú, ¿qué haces aquí?

-Te he seguido.

-¿Qué?

-Sentí curiosidad al verte salir del instituto y te seguí. No me parecías de los que se saltan clases. Además…

Se mordió el labio inferior para evitar seguir hablando, aunque para mí resultó ser el gesto más sensual que había visto en toda mi vida. Al menos en directo.

Volvió a cruzar los ojos con los míos y tuve la sensación de que se preguntaba qué demonios estaba haciendo allí conmigo. Decidí que no podía dejar escapar la oportunidad de seguir hablando con ella, quién sabía cuándo podría volver a suceder algo así.

-Además… ¿qué?

Suspiró.

-¿Por qué te caíste de la silla en clase?

Vaya, no me esperaba esa pregunta. Y tampoco tenía una respuesta con la que evitar que pensara que además de algo corto, estaba loco de remate.

-La verdad, no lo sé, perdí el equilibrio al intentar coger el bolígrafo que se me había caído.

-Sí, eso ya lo sé, lo vi. Pero, ¿por qué perdiste el equilibrio?

Por primera vez apartó su mirada de mí y la fijó en el suelo que nos separaba. Como queriendo encontrar las palabras para hacer otra pregunta más, pero arrepintiéndose en el último momento.

-Pues… la verdad, no sabría cómo explicarlo.

Esta vez sí que me volvió a mirar, y su expresión dejaba claro que se estaba mosqueando por algo.

-Inténtalo.

En fin… fue bonito mientras duró, al menos había llegado a hablar con ella.

-Si te digo la verdad, no tengo la menor idea de lo que pasó. Cada vez que lo pienso tengo la sensación de que estoy medio loco. Estaba intentando alcanzarlo estirándome tanto como podía. En la mano tenía un lápiz para intentar ganar algo de distancia aunque no servía de nada, seguía demasiado lejos. Entonces… entonces me sentí cansado y me caí.

Se mantuvo en silencio unos segundos, con cara pensativa.

-Sí, pero… ¿qué pasó con el bolígrafo?

Ahora fui yo el que se mantuvo callado mirándola fijamente a ella. ¿Era posible que hubiese visto lo que sucedió en realidad?

-¿A qué te refieres?

-¡Oh, vamos! Déjate de cuentos ya, sé lo que vi. Ese bolígrafo se movió solo. Estoy segura de eso. ¿Cómo lo hiciste?

-No… no lo sé, de verdad.

-¿Es un truco?

-No.

-¿Entonces quieres decir que al bolígrafo le apeteció golpearte en la cara y que decidió salir volando hacia ti él solito?

¡Ding, ding, ding! La pregunta del millón…

-No, no digo eso. No digo absolutamente nada. ¡No sé qué pasó! Por eso me fui de clase. Ese maldito bolígrafo me atacó, se movió solo sin que nadie lo empujara y se estrelló en mi frente. ¿De verdad crees que llevarme un golpe en la cara y caerme al suelo en mitad de la clase era algo que yo querría que ocurriera?

Sin darme cuenta de ello, me había puesto de pie y había subido el tono de mi voz. También me había acercado a ella y ahora la tenía a menos de un metro de mí. Hacía mucho tiempo que no me alteraba de esa manera.

Los rasgos de ella se suavizaron y dejó de fruncir el ceño. No se alejó de mí.

-Te creo. Es solo que… yo también lo vi, y quiero entenderlo. No me gusta no entender las cosas. Y hace unos días encontré… -dio un paso atrás y su ceño volvió a fruncirse de nuevo-. Nada, olvídalo. Será que los dos nos hemos vuelto locos.

Se giró y echó a caminar.

-¡Emma, espera!

La alcancé y me interpuse en su camino.

-¿Qué encontraste?

-¿Qué?

-No te hagas la loca, acabas de decir que encontraste algo, ¿el qué?

Volvió a morderse el labio inferior, haciendo que por unos segundos me olvidara de todo lo que estaba ocurriendo y mi concentración se fijara solamente en la suave piel rosada de ese labio. Tenía que ser maravilloso besarla.

Habló de nuevo y me devolvió a la realidad.

-¿Tienes algo que hacer esta tarde?

De todo lo que hubiera podido decir, eso es lo que más descolocado me pudo dejar.

-No… no, nada, ¿por qué?

-Quedemos a las siete en la iglesia abandonada.

Abrí tanto los ojos que casi se me salen. ¿Quería quedar conmigo? Eso sí que no me lo habría esperado jamás.

-Claro, pero, ¿por qué allí?

-Ya lo verás.

Y ahora sí, echó a caminar pasando por mi lado y dejando tras de sí solamente su aroma y el vago recuerdo de todo lo que acababa de ocurrir, tan increíble como improbable.

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