Capítulo 10

Casi al instante apareció ante nosotros un señor bastante mayor. Encorvado, repartía su peso entre las piernas y un bastón. La piel, llena de arrugas de su rostro, contrastaba con la vivacidad que destilaban sus ojos detrás de unas simples gafas bifocales.

-Raissa, querida, no te esperaba –dijo, haciéndose a un lado para dejarnos pasar.

-Lo sé, profesor, ha surgido un asunto bastante urgente y necesitamos de su consejo.

Donovan me miró sin decir nada, esperando a que yo mismo hablase.

-Soy Ben, Ben Stone, señor. Soy… el hijo de su amigo Charles.

-Oh… ya veo -murmuró el hombre, dejándose caer en una silla y estudiándome con detenimiento-. Sí, he de reconocer que te pareces a él. Pero, ¿cómo? ¿Cuándo?

Su cara reflejaba desconcierto. Después de todo, tener un hijo era algo que se le cuenta a un amigo.

-Él nunca lo supo, creo -le conté-. Siempre pensé que había abandonado a mi madre antes de que yo naciera. Realmente le odiaba hasta hace unos pocos días en que… bueno, desde que supe que el protagonista de mis pesadillas era él y no yo, como creía en un principio.

-¿Pesadillas? -entrecerró lo ojos sin dejar de mirarme.

-Bueno, todos creen que son visiones. Le hablé de ellas a Arthur, el cónsul, y me dijo que le buscara en cuanto llegara a Baem. Luego se lo conté a la profesora Raissa -hice un gesto con la cabeza en su dirección-, y me instó en venir ahora mismo a verle.

Ambos profesores intercambiaron una breve mirada.

-Cuéntamelo todo -pidió al fin el hombre.

Volví a contar, una vez más, la historia de mis visiones y cómo, hasta la noche anterior, no supe que el protagonista era mi padre.

-Shakar… -susurró Donovan con rostro grave cuando al fin terminé.

-Por eso le traje hasta usted, profesor -explicó Raissa.

-Sí, sí, habéis hecho bien. Es solo que… -su voz se rompió y pareció hundirse en el asiento, envejeciendo diez años de un plumazo-. Le dije a tu padre que le dejara en paz, que no era rival para ese monstruo. Le supliqué que abandonara esa estúpida búsqueda.

-¿Qué buscaba? -quise saber.

-Una llave, Ben. Un medallón de otra época, que habría de servir como llave para abrir una puerta, cerrada hace cientos de años y que jamás debería ser abierta de nuevo.

Intenté disimular la sorpresa. ¿Un medallón? Por un instante sentí su peso, colgando de mi cuello y tirando de mí hacia el suelo. Pero era imposible que fuese el mismo del que hablaba Donovan. Era un simple medallón del tamaño de una moneda. No tenía nada de especial, ni siquiera tenía inscripción alguna.

-¿Estás bien, muchacho? -preguntó el profesor al ver mi cara.

-Sí, es solo que… me cuesta asimilar todo. Mi padre ha sido un desconocido para mí desde que nací.

Rogué en silencio que no hiciera más preguntas al respecto y traté de alejar el medallón de mi mente, pero seguía notando su frío contacto en mi pecho. Por suerte, pareció contentarse con la respuesta y cambió de tema.

-Entonces, ¿solo tienes las visiones mientras duermes? -preguntó.

Observé a Raissa, sentada en un sillón cerca de nosotros. Me sonrió, dándome ánimos para continuar.

-Sí, aunque no todas las noches.

-Y, ¿nunca se repite la misma escena?

-Al principio sí, siempre estaba huyendo en la oscuridad de algo que me perseguía. Luego todo cambió y cada vez que dormía, la historia avanzaba un poco más.

Donovan tosió varias veces antes de poder hablar de nuevo.

-No es normal que un recién iniciado tenga visiones, mucho menos de la intensidad de las tuyas. Creo que no podrás dormir tranquilo hasta que la visión llegue a su fin, sea cual sea y falte el tiempo que falte -explicó-. Sin embargo, hay algo que podemos hacer, ahora mismo si quieres. Ahí atrás tengo una poción que te sumiría en un sueño ligero y te obligaría a permanecer así, permitiendo que llegues hasta el desenlace y, esperemos, no vuelva a asaltarte en sueños. Puede… puede que lo que tienes que ver no sea agradable, Ben -me advirtió.

Sin embargo, en el fondo de mi ser estaba completamente decidido a hacerlo. Quería terminar con aquello, necesitaba conocer qué le había sucedido a mi padre y también si el medallón que llevaba al cuello era el mismo que había estado buscando mi progenitor.

-Quiero hacerlo -dije convencido-. Tarde o temprano llegaré a ese final, mejor hacerlo cuanto antes. Necesito respuestas.

Donovan reflexionó un breve instante antes de levantarse y dirigirse a un armario de la parte trasera del despacho.

-Creo que estarás más cómodo tumbado en aquel sofá -señaló un polvoriento sofá rojo colocado debajo de la única ventana del lugar.

Obedecí y me senté en él mientras el profesor se acercaba con una botella pequeña en la mano. Me la tendió.

-No sabe muy bien -advirtió-. Bébetela rápido y apenas lo notarás.

Quité el tapón de corcho y olí el contenido. Sin pensarlo siquiera, eché la cabeza hacia atrás y lo bebí de un trago. Asqueroso, tenía un sabor realmente horrible. No sé si alguna vez habéis lamido una alfombra, pero la sensación debe ser muy parecida.

-Bien -recogió la botella-, ahora túmbate y cierra los ojos. En unos segundos estarás dormido. No te preocupes, recuerda que solo es una visión, no te puede ocurrir nada…

Se me nubló la vista y no pude seguir escuchando lo que decía. Un remolino de pensamientos revoloteó en mi mente hasta que, por fin, quedé profundamente dormido.

Me adentré en la oscuridad con la respiración entrecortada. A medida que mis ojos volvían a acostumbrarse a la ausencia de luz, percibí de nuevo aquella claridad que antes me había llenado de esperanza.

Giré a la izquierda en un par de calles y me encontré, de bruces, con una pared que me cortaba el paso. Palpé la fría roca, buscando el principio de la escalera que habría de llevarme hacia la superficie.

-¡Encontradlo, maldita sea! -llegó el eco de la voz de Shakar.

Seguro que los hassans ya se habían recuperado y me buscaban en todos los edificios. No tardarían en llegar al callejón en el que estaba.

Mis dedos rozaron un corte profundo en la roca. Allí estaba la escalera. Sin perder ni un solo segundo más comencé a trepar, haciendo caso omiso a los dolores que recorrían casi todo mi cuerpo. Estaba agotado. Gotas gordas de sudor me resbalaban por la cara y la espalda, provocándome continuos escalofríos cuando una leve corriente de aire ascendía desde el suelo y entraba por debajo de mi camisa.

Eso era buena señal, estaba cerca de la salida. No tardé demasiado en hacer cumbre y caer rendido sobre una superficie plana. Necesitaba recuperar el aliento, pero no tenía tiempo. La claridad era ahora mucho mayor, veía mis manos e incluso podía distinguir el movimiento de mis pies a cada paso que daba.

Estaba en un pasillo de cemento. A lo lejos se apreciaba una fina línea de luz. Era el hueco debajo de una puerta que casi derribo al chocar contra la madera. Saqué la varita y la apunté a la cerradura.

“Ábrete” -ordené mentalmente.

Se escuchó un “click” y la puerta se balanceó hacia fuera. La empujé de una patada y la potente luz amarillenta de una bombilla me obligó a cerrar los ojos y llevarme una mano a la cara. Un ruido ensordecedor se adueñó del lugar. Cada vez sonaba más cerca y yo era incapaz de abrir los ojos.

Pero sabía dónde estaba.

Instintivamente di un paso atrás y volví a la oscuridad del pasillo mientras el tren destrozaba la puerta. Tenía aproximadamente diez minutos antes de que pasara el próximo.

-¡Arriba, inútiles! -se escuchó a mis espaldas.

Ya con la vista recuperada, me adentré en aquel túnel del metro de Nueva York y corrí entre los raíles. No tardé demasiado en ver a lo lejos las luces de la estación Franklin Street, así que dejé de correr y me acerqué a hurtadillas.

Con toda la pericia que me fue posible, subí al andén sin que las cuatro personas que estaban esperando el siguiente metro me vieran y salí a la calle, aspirando una profunda bocanada de aire nocturno. Hacía frío, pero no era suficiente para llegar a ser molesto.

Levanté el brazo y paré un taxi.

-Al aeropuerto de La Guardia. Rápido, por favor.

La conductora no hizo más preguntas, puso el contador en marcha y se unió al tráfico de la ciudad que nunca duerme en el momento exacto en que varias personas salían corriendo y gritando de la estación.

Al mirar atrás vi las oscuras siluetas de los hassans elevarse al cielo y separarse en todas direcciones. Uno de ellos sobrevoló el coche en el que iba y se perdió en la distancia. Me habían perdido el rastro.

La visión aceleró y me encontré sentado en un avión rumbo a Europa. Solamente tenía un pensamiento en la cabeza: Martha. Debía ponerla a salvo antes de que Shakar me encontrara.

Convencido de que mi vida había terminado en el mismo instante en que me crucé en el camino de aquel mago, cogí varios aviones que me llevaron a Londres, Lisboa, Varsovia, París, Moscú y Berlín, dejando para la última parada a Martha. Pasé pocas horas en cada urbe, visitando diferentes localizaciones con la esperanza de dejar suficientes pistas falsas antes de volver a los aeropuertos.

Cuando el taxi se detuvo fuera de su casa, estaba física y mentalmente agotado. Llevaba varios días de ventaja, pero sabía que no había forma de escapar de Shakar.

Antes de entrar, dibujé runas en las cuatro esquinas de la vivienda y enterré un par de amuletos en el césped en cada uno de los puntos cardinales, creando así un escudo protector. A ojos de cualquier mago, allí no viviría más que una anciana. Confiaba en que no les diese por entrar nunca en la casa si la apariencia externa difería de lo que Shakar buscara.

-¿Qué te ha ocurrido? -exclamó una asustada y sorprendida Martha al verme cruzar el umbral de la puerta de entrada.

Fui incapaz de hablar. Me dejé caer en el sofá y quedé dormido casi al instante.

Tardé varias horas en despertar. Para cuando lo hice, me di cuenta de que me habían quitado la ropa y tapado con una manta. Miré hacia el otro extremo del salón y la vi acurrucada en el sillón, con las piernas dobladas en el pecho y la mirada fija en mí.

-Hola -saludé tanteando el terreno.

-¿Hola? ¿Eso es lo primero que se te ocurre decir después de darme un susto de muerte? ¿Hola? -estaba claramente enfadada.

-Lo siento, no quería asustarte -dije con la voz más tranquila que pude-. Estoy agotado y en peligro. Llevo días huyendo.

Abrió los ojos tanto como pudo y me miró aterrorizada.

-¿Peligro? ¿Qué clase de peligro? ¿Qué ocurre Charles? -cada vez estaba más nerviosa.

Me levanté del sofá y me acerqué hasta ella. Me senté en uno de los reposa brazos y la abracé intentando calmarla.

-No pasa nada, lo solucionaré, te lo prometo. No me va a pasar nada -mentí.

-Entonces, ¿por qué dices que estás en peligro?

Suspiré.

-Me persigue alguien horrible y, tarde o temprano, voy a tener que enfrentarme a él. Ni siquiera debería estar aquí ahora mismo, no sé cuánta ventaja tengo. No debería haberme desplomado de la forma en que lo hice.

Me culpé por mi propia estupidez. Shakar podía estar a punto de darme alcance.

-No puedes irte, Charles, no en tu estado. Incluso tienes fiebre. Tienes que guardar reposo.

Le di un suave beso para que no hablara más.

-No pienses que no sé lo que intentas -dijo apartándose-. Escúchame, te conozco, ni se te ocurra pensar que voy a dejar que te marches.

Se puso de pie, alejándose de mí. Antes de que se apartara demasiado, la agarré de la mano y me levanté yo también, obligándola a girarse y a mirarme.

-Tengo que irme, si no te expondría a un peligro enorme. Confía en mí, por favor.

Sus ojos se humedecieron, pero no soltó ni una sola lágrima. Llevé la mano al bolsillo de la cazadora y saqué el colgante.

-Necesito que me guardes esto hasta que vuelva, ¿vale? Cuídamelo, por favor -dije mientras la obligaba con delicadeza a cerrar sus dedos en torno al medallón.

La abracé y la besé y esta vez fue a mí a quién se le nubló la vista. Apreté un poco más el abrazo y contuve las lágrimas lo mejor que pude.

-Tengo que irme ya -susurré apartándome de su lado y caminando hacia la puerta.

Ella me siguió en silencio.

-Te quiero, no lo olvides -le pedí mientras le daba un último beso antes de salir y cerrar la puerta tras de mí.

Llamé un taxi y, una vez dentro, rompí a llorar. Sabía que no volvería a verla nunca.

El coche me dejó en los linderos del bosque. Hacía un rato que había conseguido serenarme y ahora tenía la mente fría mientras caminaba por el camino de tierra que llevaba hasta la iglesia.

Hacía tiempo que había anochecido y el frío acariciaba mi piel. Conjuré una bola de luz que flotó delante de mí.

Los sonidos de la noche inundaron mi ser. Pequeños animales se alejaban corriendo en la espesura a medida que me acercaba a ellos y varios pares de búhos me observaron impasibles desde las ramas de los árboles que delimitaban el camino.

De repente un sonido destacó por encima de los demás. Un roce constante contra las hojas del camino, tan fuerte que incluso los búhos se alejaron, perdiéndose en la noche.

Hassans, pensé al instante.

Eché a correr, tratando de llegar al claro antes que ellos. Resbalé y me caí, me puse en pie lo más rápido posible y seguí corriendo. Las hojas de los árboles eran como cuchillas para mi cara y mis brazos, pero el dolor se presentaba lejano, casi como si no me estuviera sucediendo a mí.

En el claro caí de rodillas lo más alejado del camino que pude, aspirando aire en grandes bocanadas.

La noche se hizo un poco más oscura mientras una decena de sombras eran escupidas por el bosque. Se colocaron en semicírculo ante mí y lanzaron varios azotes. No buscaban hacerme ningún daño grave, lo tenían prohibido por su amo.

-Charles, me decepcionas -la voz de Shakar provenía de mi espalda. Me puse en pie de un salto y, girando sobre mí mismo, le apunté con la varita-. ¿Pensabas esconder el medallón en esta iglesia? Por favor, qué ridículo. Debiste haber vuelto a Baem cuando tuviste ocasión. Pensé que serías mucho más…

No le dejé terminar la frase. Lancé una docena de azotes que se fueron a estrellar contra el escudo que consiguió levantar apresuradamente, iluminando de color rojo la noche. Me miró furioso y me respondió con igual intensidad, obligándome a concentrar toda la magia en mi propio escudo.

Lo reduje tanto como pude, dejándolo casi pegado a la piel, de forma que consumiera la menor cantidad posible de energía mientras Shakar lanzaba un azote tras otro.

Pronto me vi obligado a recurrir a la magia del aire que me rodeaba, renovando así mis reservas internas y manteniendo ahora un flujo que iba del aire al escudo, dejándome el margen suficiente para lanzar un par de andanadas.

El primero de mis ataques le destrozó la defensa y el segundo le golpeó en el pecho, lanzándolo en el aire hacia atrás. Confiando en su superioridad, había dejado su escudo al mínimo.

Absorbí tanta magia como pude y, cuando estaba a punto de lanzar una nueva serie de ataques, algo me golpeó en la espalda. Los hassans acudieron en ayuda de su amo, lanzando todos a una, azotes tan potentes que me forzaron a ponerme de rodillas, buscando reducir al máximo el escudo que me protegía.

Noté que la magia a mi alrededor comenzaba a agotarse y di un salto a la desesperada hacia la izquierda.

-¡Alto! -exclamó Shakar.

Los azotes se detuvieron al instante y yo traté de ponerme en pie, recuperando el aliento.

-Sabes que vas a morir hoy, es imposible que te vuelvas a escapar -dio varios pasos hacia mí-. Has agotado mi paciencia, dame el medallón ahora y te mataré rápido, es la última vez que te hago esta oferta.

Comprendí que aún creía que lo tenía yo, por lo que mi truco había funcionado. Reí.

-¿Hay algo gracioso en todo esto? -preguntó mi verdugo-. Idiota, dámelo, ahora.

-¿No lo comprendes, verdad? -sonreí agotado-. No lo tengo, hace mucho que me deshice de él.

-Mientes.

-Tú mismo lo comprobarás después de matarme. No importa, jamás será tuyo.

Su grito rompió la noche y una veintena de azotes salieron en mi dirección. Levanté la varita, pero la fuerza del ataque la rompió, destrozando mi escudo casi al instante y haciéndome salir despedido más de cuatro metros en el aire.

Sentí la vida escaparse de mi ser mientras volaba. No había dolor, solo pesar. Martha, mi amor, jamás podría cumplir la promesa que le hice.

-¡Ben, Ben! ¡Tranquilo! -exclamaba una voz a mi lado-. Estás a salvo. Tranquilízate, soy Donovan, estás en la Escuela, hijo. ¡Ben!

Alguien gritaba sin parar por encima de la voz del profesor Donovan. Vi a Raissa sujetando mis brazos y comprendí que el que gritaba era yo.

Estaba aterrorizado, bañado en sudor. Me llevó un tiempo y muchas palabras tranquilizadoras por parte de los profesores, darme cuenta de dónde estaba. Había muerto. Lo había sentido. O, mejor dicho, había revivido la muerte de mi padre en carne propia.

Shakar. La oscura figura del mago acudió a mi mente y sus ojos me taladraron el alma. Él había matado a mi padre.

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Si has cambiado de idea y prefieres descargar el pdf, pincha en el siguiente enlace: Manuscrito Ben Stone y el Corazón de Baem

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