Capítulo 11

Una humeante taza de té reposaba en la mesa enfrente de mí. Aún me encontraba en estado de shock. Raissa me tapó los hombros con una manta y Donovan insistió en que bebiera. Lo hice y al instante noté que el calor se apoderaba de mis músculos, relajándolos y haciéndome sentir bien casi al instante.

El color volvió a mi rostro.

-¿Qué es esto? -quise saber.

-Un simple té con un par de gotitas de una poción sanadora. ¿Te encuentras mejor?

Asentí con la mirada perdida en el vapor que ascendía desde la bebida.

-¿Qué has visto, Ben?

No quería recordarlo, ni siquiera pensar en ello. Pero sabía que necesitaba contárselo, eran los únicos que podían ayudarme.

Cerré los ojos y rememoré la huida. Hablando en primera persona, tal y como yo lo había vivido, les conté todo lo que había sucedido desde que cegara a Shakar y sus demonios hasta que me matara en el claro de la iglesia. Sin embargo, fui incapaz de hablarles del medallón. No lo nombré en ningún momento. Les dije que Shakar creía que lo tenía, pero que no era así.

No sé por qué lo hice. Supongo que el saber que mi padre solamente había confiado en Martha para ocultarlo, me llevó a no querer compartir lo que sabía. Tuve un instante de pánico al pensar que podría poner a mi madre en peligro, que yo mismo podría ser expulsado de la Escuela si se enteraban que había estado guardando aquel medallón toda la vida, aunque fuera de manera inconsciente.

-Lo sabía -dijo Donovan después de escuchar el relato de la visión-. Sabía que Shakar había sido el culpable de la desaparición de Charles. Lo que no entiendo es por qué creyó que tu padre tenía el medallón, por lo que cuentas, parecía estar convencido de ello.

Me miró y yo no supe qué contestar.

-Donovan, el chico no sabe nada más -intervino Raissa.

El hombre suspiró.

-Lo sé, lo sé, perdona. Es que llevo años esperando respuestas -se puso en pie y abrió un cajón de una de las mesitas que había en el despacho-. Supongo que esto te pertenece -dijo tendiéndome una caja alargada de madera.

La abrí y me encontré ante la varita de mi padre, la misma que le había visto usar. Algo más alargada que la mía propia y con dos nudos en la madera que facilitaban su agarre, estaba entera, no rota como la recordaba.

-La mandé reparar -explicó el profesor leyendo mi rostro-. Quédatela, es tuya.

Una vez más, no supe qué decir. Le di las gracias y una duda asaltó mi mente.

-Profesor, ¿qué eran esas ruinas en las que estaba mi padre? Nunca he oído hablar de una ciudad subterránea bajo Nueva York.

-Ni tú, ni ningún massin -dijo mientras volvía tomar asiento enfrente de mí-. Verás Ben, no sé si has oído hablar del intento de acercamiento por parte de Baem a los no-magos.

-Algo nos explicó Arthur, pero fue solo de pasada -reconocí.

Donovan, conforme, asintió.

-Hace unos cuatrocientos años, el Consejo decidió llevar a cabo una nueva política con los habitantes de la Tierra. Sabían que no iba a ser fácil, por eso optaron por crear ciudades subterráneas bajo las principales urbes mundiales. Por supuesto, en aquella época, ni Nueva York ni ninguna de las demás poblaciones de la Tierra tenían metro, eso vino después, y, gracias a ciertas influencias, el mundo subterráneo se ha mantenido en secreto.

-El Consejo conocía bien los problemas a los que los magos podían enfrentarse en la Tierra -intervino Raissa, que se había mantenido al margen hasta ese momento-, por eso decidieron que lo mejor sería ir introduciendo la magia poco a poco. Las ciudades tenían entradas y salidas secretas, de forma que los massins no supieran nada de ellas y los magos pudieran huir rápidamente si ocurría algo.

La profesora se puso de pie y comenzó a pasearse por el despacho.

-Fue horroroso. Simplemente, no funcionó. La codicia humana no tiene límites. Se produjeron secuestros, violaciones y asesinatos en el momento en que se supo que la magia era hereditaria y que los no-magos jamás podrían llegar a utilizarla. Cientos de personas creyeron que habíamos llegado a la Tierra para esclavizarlos y crearon incluso una fuerza armada para atacarnos.

-Se intentó por todos los medios tratar de conseguir la paz -habló Donovan-. Regalaron pociones y remedios, curaron cientos de enfermedades, incluso hicimos demostraciones con animales fantásticos. Parecíamos más un circo que una comunidad -negó con la cabeza.

-Pero todo fue en vano -suspiró la maga-. Descubrieron la entrada a la ciudad subterránea de Moscú y atacaron sin piedad. Cientos de personas murieron aquel día. Magos y massins por igual.

-Fue entonces cuando el Consejo decidió dar marcha atrás -Donovan estaba realmente apesadumbrado-. Todos los magos volvieron a Baem o se hicieron pasar por no-magos y se quedaron en la Tierra.

-Pero, si hubo una guerra, ¿por qué nunca he oído hablar de ella? -pregunté.

-No todo el mundo en la Tierra creyó las historias. La mayoría pensaron que no eran más que cuentos, inventados por los gobiernos para infundir el miedo en la población. Eran otros tiempos, no había Internet ni los medios que existen hoy en día. Los que se opusieron a la magia fueron una minoría, pero suficientes para provocar grandes pérdidas entre nosotros. Desde entonces, Baem y la magia volvieron a ser un misterio, una leyenda más que contar a sus nietos.

-Sigo sin entender cómo es posible que nadie haya encontrado ninguna de las ruinas de las ciudades subterráneas -insistí.

-Ben, los magos conviven diariamente con los massins. Hay, posiblemente, más magos en las altas esferas que no-magos y ellos ni siquiera lo saben. El Consejo dictó que nos ocultáramos, no que desapareciéramos. La ley nos prohíbe hacer magia en la Tierra sin consentimiento previo, pero nos permite vivir dónde queramos. Por eso, nuestra comunidad tiene peso suficiente en la Tierra como para mantener las ciudades, y otro puñado de cosas más -me guiñó un ojo-, en secreto.

Me detuve a pensar por un momento en lo que significaba aquello. Posiblemente, muchos de los políticos que salían por la tele eran magos, qué digo, seguro que incluso los presentadores del tiempo lo eran. Los massins, y yo mismo hasta hacía unos días, viven una gran mentira.

-No es justo para ellos.

-Pocas cosas lo son, pero el Consejo lo intentó. Fueron los habitantes de la Tierra los que nos rechazaron. Incapaces de asimilar la verdad, prefirieron atacarnos y obligarnos a desaparecer para así seguir viviendo en la oscuridad.

No quise discutir más sobre ese asunto. Entendía lo que me decía Donovan, pero me costaba aceptarlo. Incluso su tono parecía indicar que él tampoco estaba demasiado conforme.

-Deberíamos dejarlo por hoy -dijo Raissa-, son casi las nueve.

No me había dado ni cuenta. Ni siquiera había comido ese día. Supongo que dormí más de lo que había pensado cuando estaba bajo los efectos de la poción.

-Sí, debería irme ya -indiqué-. Pero, ¿qué vamos a hacer?

-¿Vamos? -preguntó Donovan levantando una ceja y dejando claro que no contemplaba ningún tipo de colaboración por mi parte-. Hijo, no hay nada que se pueda hacer contra Shakar en estos momentos.

-Es a mi padre al que mataron, habrá algo que pueda hacer, ¿no?

-Sí, lo hay -intervino Raissa al tiempo que el hombre le echaba una mirada asesina-. Tienes que empezar tu entrenamiento cuanto antes. Hoy mismo subiré a ver al Consejo y mañana te paso a buscar para que empecemos.

El rostro de Donovan era un poema.

-¿Entrenamiento? -preguntó.

-Sí, profesor. Ben, ahí donde lo ve, es un mago excepcional. Tiene el potencial mágico más grande que recuerdo haber conocido.

Algo cambió en la mirada de Donovan mientras me estudiaba fijamente.

-Tu padre estaría orgulloso -dijo al fin-. Buena suerte.

-Gracias -contesté algo turbado.

Aún no me había acostumbrado a los cumplidos.

-Adiós, profesor -se despidió Raissa mientras salíamos del despacho y me acompañaba hasta el ascensor.

Estaba muy cansado, aun así, me moría de ganas de contarle a Emma lo que había sucedido.

-Mañana te paso a buscar y te cuento si hay buenas noticias -se despidió la maga-. Descansa.

La puerta del ascensor se cerró, dejándome solo. Decidí ir a la cafetería, me moría de hambre.

Cuando salí, pisando la verde pradera, me di cuenta de que ya era de noche. Había pasado toda la tarde en el despacho de Donovan.

-¡Ben! -exclamó Emma, apartándose de un grupo de chicos que estaban sentados en el césped y corrió hacia mí.

Me besó y acto seguido frunció el ceño, queriendo saber dónde me había metido todo el día. Estaba preocupada. Le pedí que me diera un segundo para coger algo de cenar y nos sentamos, solos por primera vez desde que llegamos a Baem, en la pradera.

Allí le conté lo que había sucedido. Le hablé del deseo de Raissa de que recibiera entrenamiento aparte del grupo, de Donovan y de la visión en la que moría mi padre a manos de Shakar. No sé por qué, pero a ella sí que le hablé del medallón.

-Has hecho bien en aceptar el ofrecimiento de Raissa, es una gran oportunidad para ti.

-Puede que nos veamos mucho menos…

-Lo sé, pero no será el fin del mundo, ¿no? -sonrió-. Lo que no me gusta nada es lo de Shakar y ese medallón. Mató a tu padre por él y ahora lo tienes tú. Estás en peligro.

Eso mismo había pensado yo, después de todo, dudaba mucho que el mago se hubiese dado por vencido y hubiese dejado de buscarlo.

-Si no me deshago de él, algún día me encontrará.

Emma negó.

-Te encontrará igualmente, tengas el medallón o no. Estás en el rastro. Si todavía lo tienes, querrá quitártelo y, si te deshaces de él, querrá saber dónde lo escondiste. Sea como sea, vendrá a por ti.

Recordé los oscuros ojos del mago mirándome fijamente antes de matarme. Bueno, de matar a mi padre. Sentí náuseas y miedo. Empecé a sudar, nervioso.

Emma se dio cuenta y se pegó a mí, abrazándome.

-Encontraremos una solución, ¿vale? No estás solo en esto.

Hice un esfuerzo sobrehumano por tranquilizarme. No quería que ella me viera así.

-¿Crees que debería hablarles del colgante a los profesores? ¿Debería dárselo?

Se quedó un rato pensativa.

-Creo que no, al menos por ahora. Puede que Shakar tenga espías en la Escuela y que se enteren de que lo tienes. Por el momento, si no dices nada, es imposible que sepa que lo tienes tú.

No me hacía mucha gracia la idea de llevar al cuello el objeto de deseo de un mago tan poderoso que, por cierto, parecía que tarde o temprano se iba a cruzar en mi camino.

-¿Qué crees que debería hacer, entonces? -pregunté.

-De momento, entrenar -dijo convencida-. Aprovecha el tiempo que tengas hasta que Shakar sepa de tu existencia para convertirte en el mago más fuerte posible.

-¿Me ayudarás?

Se rio.

-¿Yo? Si ni siquiera soy capaz de aguantar la dichosa pelota en el aire. Deberías ser tú quién me ayudara a mí.

Reímos juntos. Tenía razón.

-Hagamos un trato -propuso-. Tú me ayudas con la magia y yo a ti con las asignaturas como Runas o Historia.

Era justo, acepté de buen grado y cerramos el acuerdo con un tierno beso.

-Oye, hay algo de lo que no hemos hablado aún -dije yo algo cortado.

-¿De qué?

-Somos… ¿novios?

Su dulce risa se elevó en la noche de la pradera.

-Claro, bobo, o acaso crees que voy por ahí besando a todos los chicos con los que me cruzo.

-Pero, ¿por qué yo? Después de todo, hace tiempo que somos compañeros de clase y nunca te habías fijado en mí.

-Ah… ya veo a dónde quieres llegar.

-No es que no me gustes, al contrario, pero…

-Ben, no hables más -me cortó-. Sí, puede que en el instituto no me haya fijado en ti, pero han pasado muchas cosas desde entonces. Antes, simplemente, no te conocía. Luego vi en ti al chico que eres de verdad y me gustaste, no quieras darle más vueltas.

-Es que eres tan… tan… bueno, que eres muy guapa y yo… -no sé por qué demonios estaba tan nervioso.

-Ay, madre. Ben, no seas crío -me agarró la barbilla con dos dedos y me obligó a mirarla a los ojos-. Me gustas feo, guapo, alto o bajo. Me da igual todo eso, me gustas tú y punto. Ahora, dame un beso y quítate toda la tontería de encima si no quieres llevarte un capón.

Nos besamos otra vez. Es gracioso, en ese instante me preocupaba más ella que el mago loco que andaba buscando el medallón.

-Lo siento -me disculpé a escasos centímetros de su cara.

-No pasa nada. Además, gracias por lo de guapa -dijo entre risas, provocando que me sonrojara al instante.

Se apartó sin dejar de reír y se dejó caer hacia atrás, quedando tumbada en la hierba. Hice lo mismo y los dos contemplamos las estrellas de la cúpula. Evan nos había dicho el día anterior que, aunque todo el cielo era una ilusión, en realidad era una representación real del que había sobre Baem, como si una cámara lo grabara y se proyectara desde la pradera.

-¿Crees que serán las mismas estrellas que las de la Tierra? -preguntó ella.

-No lo creo, estamos en otro mundo, ¿no? Tienen que ser diferentes.

Guardamos silencio, observando el tenue parpadeo de los puntitos de luz.

-¿Lo echas de menos? -pregunté, acordándome de mi madre al instante.

-Sí, pero no tanto como esperaba.

-¿Por qué lo dices?

-Nunca he tenido una buena relación con mis padres -suspiró-. Mi padre es militar y siempre tenemos que irnos a vivir a los destinos que le den. En los últimos cinco años he ido a cuatro institutos diferentes. Parecía que ahora teníamos algo de estabilidad, pero el mismo día que volvimos del consulado y le conté lo que había pasado, me dijo que nos íbamos otra vez en cuanto acabara el curso.

Nunca me había hablado de estas cosas. En realidad, pese a haber estado colado por ella desde hacía tiempo, sabía muy poco de su vida. Empezó hacía cosa de un año en mi instituto y nunca supe de dónde venía ni por qué. La verdad, nunca habíamos hablado antes del día del parque de algo que no tuviera que ver con el instituto y el típico “¿me dejas la goma?”.

-Le dije que no pensaba irme -prosiguió- y por eso discutimos. Traté de hablarles de Baem y del consulado, pero no me creyeron o no quisieron hacerlo. Por eso me escapé y fui a tu casa. No sabía a dónde ir y sabía que jamás me dejarían irme a ninguna parte. Supongo que habrán movido cielo y tierra para encontrarme, pero no me importa. Debería… debería escribirle una carta a mi madre para que sepa que estoy bien.

Estuve de acuerdo.

-Sí, con todo el jaleo yo aún no le he escrito a la mía tampoco. Estará preocupada.

Me prometí que ese mismo día, antes de acostarme, escribiría una carta para ponerla al día y tranquilizarla.

-¿Sabes? Creo que venir aquí ha sido la mejor decisión de toda mi vida -dijo Emma-. Me siento liberada. Nunca he encajado en ninguna parte, pasaba tan poco tiempo en los nuevos institutos que ni siquiera me molestaba en hacer amigos nuevos. Para qué. Total, a los pocos meses me iría y no volvería a saber de ellos.

-¿Por eso nunca hablaste conmigo?

-Supongo… Me acostumbré demasiado a estar sola, no me lo tengas en cuenta.

La cogí de la mano.

-¿Crees que tus padres aún te siguen buscando?

-Sí, seguro que sí. Aunque estoy segura de que dentro de unos días mi padre decidirá que soy libre de hacer lo que me venga en gana y le prohibirá a mi madre ayudarme “el día que vuelva rogando perdón”.

-La verdad, no me cae muy bien tu padre. Prefiero ser sincero y decírtelo ahora que estamos empezando, no quiero incomodarte en las cenas de navidad -bromeé.

Me apretó la mano y tiró de mí, haciéndome girar y quedar de lado frente a ella.

-Bésame, tonto.

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Si has cambiado de idea y prefieres descargar el pdf, pincha en el siguiente enlace: Manuscrito Ben Stone y el Corazón de Baem

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