Capítulo 13

Salimos de la Torre Central y nos encontramos con una ligera cortina de lluvia. La fuerte tormenta que había descargado durante la mañana se perdía en la distancia y, aquí y allá, asomaban tímidos rayos de sol.

Al mirar a nuestro alrededor, se podían ver tres altas torres, además de la nuestra, conectadas por caminos asfaltados. A cada lado de los caminos se extendían verdes extensiones de césped adornadas por árboles y arbustos, haciendo de los terrenos de la Escuela un lugar maravilloso.

Como aún seguía lloviendo débilmente, apenas había personas transitando los caminos, así que nos aventuramos por el que teníamos delante, ya que parecía llevar directo hacia la ciudad.

Baem, como ya os he dicho, no es un mundo demasiado grande. La vida gira en torno a la Escuela, extendiéndose en una maraña de edificios en todas las direcciones. Ninguno de estos tiene más de tres pisos, lo que da la impresión de que las torres son aún más altas de lo que parecen.

Todo el mundo mágico está rodeado y limitado por montañas, tan altas que nadie ha llegado a escalarlas jamás. Ni siquiera desde lo alto de las torres se alcanzan a ver las cimas. Nadie sabe qué hay más allá. Unos dicen que no hay nada, otros que existen más ciudades aisladas de todo y a otros, simplemente, les da igual.

Gráficamente, podríamos describir la forma de Baem como un círculo gigante. En los extremos se sitúan las tierras de arado y los cultivos, así como todas las fuentes de alimento. También se aprovechan las laderas de las montañas tanto como se puede. Aunque a los pocos kilómetros de altura solo existe roca yerma, las laderas son ricas en pastos para el ganado y manantiales de agua dulce.

A medida que nos acercamos al centro de la circunferencia, es decir, a la Escuela, aparecen las fábricas y poco a poco la civilización.

Es una ciudad como cualquier otra, con sus parques y sus tiendas. Los magos que deciden quedarse a vivir allí, tienen su propia casa y colegios a los que mandar a sus hijos. No hay nada que echar en falta de la Tierra y, además, tiene el añadido de que se puede utilizar la magia sin necesidad de permisos especiales siempre que, claro está, respetes la ley.

Emma y yo descubrimos que las construcciones de este mundo se regían todas por la misma regla: pequeño por fuera, enorme por dentro. Incluso al entrar en la más pequeña de las tiendas que encontramos a curiosear, aparecimos en un patio que daba a un edificio de dos plantas, coronado por un cartel luminoso que anunciaba todo tipo de objetos artesanales.

A medida que paseábamos cogidos de la mano, empecé a sentir verdadera atracción por la ciudad y me embargó el sentimiento de querer quedarme allí para siempre. Creía, y estaba en lo cierto, que cada día en este mundo podría deparar en mil y una aventuras distintas.

Hacía un par de horas que había dejado de llover cuando nos sentamos en una cafetería con vistas al parque donde jugaban media docena de niños.

Con un delicioso chocolate delante, intercambiamos opiniones de todo lo que habíamos conocido desde que salimos de nuestras casas.

-¿Te imaginas haber crecido en un lugar como este? -preguntó Emma con la mirada perdida en los niños del parque.

-Sinceramente, me cuesta imaginarlo. Allí en la Tierra todo es tan… normal, que no soy capaz de imaginarme a mí mismo aquí de pequeño. Además, mi madre no es maga y nunca podrá venir a Baem -dije algo entristecido al darme cuenta de que lo que acababa de decir era completamente cierto.

La ley no permitía la entrada de massins en Baem, fueran o no familiares. Si un mago se enamoraba de un no-mago, tendría que mudarse a la Tierra para poder vivir con su pareja y sus hijos no pisarían Baem hasta que se les despertara la magia, en el caso de que lo hiciera.

-¿Le escribiste ya a tu madre?

-Sí -admití contento-, ayer mismo cuando llegué a mi habitación. Estaba agotado, pero no quería que estuviera preocupada por mí. Le hablé de las clases, de Raissa y de lo increíble que es todo esto. También le dije que estabas bien.

Me sonrió.

-Yo aún no me he decidido a escribirle a la mía. Creo que si lo hiciera, mi padre rompería la carta antes de que ella pudiera leerla siquiera -confesó con el ceño fruncido-. No sé, supongo que acabaré cediendo y escribiéndola, pero no espero que me llegue una respuesta.

-Bueno, no pierdes nada por intentarlo -dije pasando un brazo por sus hombros-. Además, seguro que te sientes mejor si lo haces. Piensa que si no te contestan, no será por culpa tuya. Tú ya habrás cumplido tu parte.

Apoyó la cabeza en mi hombro.

-Tienes razón. Sí… escribiré la dichosa carta cuando volvamos. A ver si así se me quitan los remordimientos de la cabeza de una vez.

Acerqué la taza a los labios y di un largo trago ahora que, por fin, había dejado de humear. Ni siquiera en un mundo mágico son capaces de servir un chocolate que no esté hirviendo.

-¿Qué tal te va con tu compañera de habitación? -pregunté para cambiar de tema.

-Bien, es bastante maja. Pero su hermana se pasa el día en nuestra habitación y, en fin, ya sabes que las habitaciones son enanas, no es que haya mucho espacio para tres personas.

Posó la mano sobre mi pecho de forma inconsciente mientras hablaba.

-¿De dónde son?

-De aquí, de Baem. Nunca han estado en la Tierra, ¿no te parece increíble?

Asentí.

-Supongo que tan increíble como que nosotros no conociéramos la existencia de la magia hasta hace nada.

Su mano comenzó a jugar con el medallón a través de la tela.

-¿Por qué se lo daría a tu madre? -se preguntó Emma.

-No lo sé, supongo que creyó que era la mejor forma de mantenerlo a salvo. ¿Recuerdas que te dije que antes de ir a ver a mi madre recorrió media Europa? Estoy seguro de que Shakar se ha vuelto loco todos estos años repasando esos lugares de arriba a abajo.

-Me parece increíble que un par de runas os hayan protegido a ti y a tu madre todo este tiempo.

Yo mismo había pensado en eso muchas veces.

-Supongo que solo vemos aquello que queremos ver. En eso se basó mi padre a la hora de ocultarnos. Si Shakar o alguno de sus secuaces nos buscaba, pasaría de largo al ver a una anciana y a sus gatos. Esperarían que mi padre escondiese la llave en el lugar más seguro que conociese.

-Creo que así lo hizo.

Nos quedamos callados un instante. Supongo que tenía razón. Cuanto más a la vista estuviese el medallón, más oculto estaría.

-Cada vez que pienso en Shakar me pongo nerviosa -confesó-. Algún día aparecerá y tendremos que enfrentarnos a él.

-¿Enfrentarnos? -levanté una ceja.

-No pensarás que te dejaré solo, ¿no?

La aparté de mi pecho y, girándola, hice que me mirara.

-Emma, no puedes exponerte tú también, ya es suficiente con que lo haga yo. Si algún día aparece, escóndete, por favor. Yo me enfrentaré a él. Además, seguro que Raissa y los demás profesores estarán conmigo. Lo más probable es que yo no tenga que hacer nada. Ellos se encargarán de él.

-¿Y si no? -exclamó-. No pienso dejarte solo. Hemos venido a Baem juntos y juntos seguiremos.

-Emma…

-Shh, no digas ni una palabra más. Creo que ya deberías conocerme lo suficiente para saber que no tienes opción.

Dicho esto, volvió a posar la cabeza en mi pecho y dio por terminada la conversación. Sin embargo, me prometí a mí mismo que jamás dejaría que a ella le pasara nada.

Estuvimos un rato más en aquella cafetería antes de volver a la Escuela.

-Hombre, pero si son los tortolitos -dijo Evan en cuanto nos vio llegar.

Cómo no, estaba rodeado de chicas. Algún día, sin Emma delante, tenía que preguntarle qué demonios hacía para estar siempre así.

-Cállate, Evan -dijo Emma sentándose y pidiendo la cena.

Ya había conseguido dominar el arte de pedir comida. El muchacho levantó ambas manos en señal de paz.

-¿Dónde os habíais metido?

-Fuimos a ver la ciudad, aún no habíamos salido de la torre.

Le di un bocado a la hamburguesa. Sí, lo sé, tenía que empezar a pedir otras cosas, pero es que estaban realmente buenas.

Evan estiró la mano y me robó una de las patatas fritas.

-¿Os ha gustado?

-Sí, no la imaginaba así tan… normal -confesé.

Todos rieron.

-Claro, esperabas casas voladoras y personas de tres metros de altura, ¿no?

Le lancé un puñado de patatas y él se limitó a comerse las que se le habían quedado en el regazo.

-Gracias -dijo sonriente.

De verdad, era odioso cuando quería. Aun así no pude evitar reírme.

Más tarde, ya en la habitación, Roland me trajo una carta. Era de mi madre. Se alegraba de que estuviera bien y me contó cómo habían sido los días desde que me había ido. Me dijo que habían llamado del instituto preguntando por mí y que les dijo que me había tenido que ir del país unos días por unos problemas personales.

Más adelante mis profesores de la Escuela me explicarían que, a efectos de la Tierra, cuando me graduara como mago también lo haría como estudiante de instituto y que, si decidía volver, podría entrar en la universidad que quisiera ya que casi todo el sistema educativo estaba controlado por magos.

Esa noche dormí profundamente. Gracias al profesor Donovan, no volví a tener más visiones. La pesadilla se presentó en forma de túnica negra cuando, otra vez a las siete de la mañana, me despertó Raissa.

-¿Hoy también? -pregunté soñoliento-. Pero si hoy no nos toca ninguna clase contigo.

-Sí, y todos los días después de hoy. El Consejo me ha autorizado a entrenarte de la forma que considere oportuna y, dado que el Cubo suele estar ocupado el resto del día, entrenaremos cada mañana antes de que empiecen las clases.

Evan nos miró con cara de pocos amigos.

-¿También vais a despertarme cada día?

-Lo siento -se disculpó la profesora-. No, a partir de hoy será Ben quien se despierte solo y sin que yo tenga que venir a buscarle, ¿entendido? -dijo tendiéndome un plátano.

-Sí.

Terminé de enfundarme el uniforme y, plátano en mano, salimos de la habitación.

-Hoy vamos a comenzar con la magia de combate, Ben -me explicó cuando llegamos al Cubo-. Coge tu varita, empezaremos con la técnica para crear un escudo.

Hizo que me colocara enfrente suyo antes de continuar.

-Un escudo no es más que una protección mágica. Necesitas convocar a la magia antes de crearlo y, luego, tienes que decirle lo que quieres que haga -explicó-. Es lo mismo que cuando le ordenas que agarre una pelota, solo que esta vez le mandas que se coloque a tu alrededor y te proteja. Es necesario que le indiques exactamente lo que quieres: puedes ordenar que se coloque a modo de pared enfrente de ti, a tu alrededor como si estuvieras dentro de una esfera o incluso pegada a tu piel, cualquier forma de escudo que te venga a la mente será válida para una situación en concreto -hizo una pausa mientras mi mente iba procesando la información-. Cada tipo de escudo requiere de una cantidad de magia determinada. Así, si solo te enfrentas a un atacante que está enfrente de ti, puedes optar por el muro, dejando los lados desprotegidos pero ahorrando en energía. Tendrás entonces que estar muy atento para, en caso de que te lance un azote curvo, levantar un nuevo escudo en tu flanco antes de que te alcance. ¿Lo entiendes?

Sí, parecía sencillo de entender. Cuánto más pequeño fuera el escudo, menos magia consumiría y, al mismo tiempo, menos protegería.

-¿No sería mejor dejar un escudo que me cubriera entero y así no tener que preocuparme?

-Teóricamente, sí. Pero te enfrentarías a otro problema: la magia en torno a ti no es infinita. Cuánto más tiempo mantuvieses ese escudo activo, antes se agotaría dejándote a merced de tu oponente. Ni siquiera podrías lanzar azotes para contraatacar, ya que no habría ni una pizca de magia en torno a ti.

-¿Y si me moviera continuamente?

-Esa es otra técnica válida, sí -admitió-. Aunque bastante difícil ya que tendrás que estar atento por dónde pisas, a mantener el escudo levantado y a atacar al rival. Cuántas más cosas tengas en mente, más sencillo será que cometas un error fatal. Pero bueno, vayamos por partes, ya llegaremos a eso. Por ahora vamos a empezar levantando un escudo.

Se alejó unos cuatro metros de mí.

-Quiero que te concentres, localices la magia y le ordenes que se coloque a tu alrededor para protegerte. Luego, te lanzaré un azote suave para ver si lo has conseguido.

Asentí levantando la varita.

Ni siquiera me hizo falta cerrar los ojos para encontrar la magia esta vez. Ya me había acostumbrado y solo tuve que centrar mi oído para que captase la vibración. Una vez localizada le pedí lo que me había ordenado Raissa y sentí cómo la magia entraba en mi pecho y, saliendo a través de la varita, se arremolinaba a mi alrededor. Por supuesto, a ojos de cualquier persona, incluso los míos propios, no había nada en torno a mí.

-Ya está -anuncié concentrado.

Raissa se limitó a levantar la varita y un pequeño impulso de luz verde salió de la punta con un chasquido. Voló rápidamente la poca distancia que nos separaba y se estrelló contra el escudo haciendo que, allí donde entraron en contacto, se iluminara como una tela de araña del mismo color que el azote. Estuvo apenas dos segundos iluminado.

-¡Bien! Ojalá a mí me hubiese resultado tan sencillo como a ti -dijo con evidente respeto-. Intentemos otra vez y vayamos incrementando la potencia de los azotes.

Repetí el proceso anterior y Raissa comenzó a lanzar azotes cada vez más potentes. Yo me limitaba a seguir absorbiendo magia del ambiente y proyectándola en el escudo mientras este se iluminaba una vez tras otra. Al principio los azotes eran todos verdes pero, a medida que Raissa subía la intensidad del ataque, pasaron al amarillo y, al final, lanzó uno rojo, igual a los que habían empleado mi padre y Shakar en su duelo a muerte.

Después de este último, se hizo el silencio en el Cubo. Con el aumento de la potencia de los azotes, también había aumentado el sonido de los chasquidos con los que salían de la varita de Raissa.

El escudo resistió el envite, aunque en un momento dado tuve que dar un paso adelante y moverme a una zona en la que hubiera más magia, ya que comenzaba a escasear a mi alrededor. Raissa no dejó de atacarme y a punto estuve de perder la concentración.

Sin embargo, todo fue bien.

-Estoy realmente impresionada. Tenía miedo de hacerte daño y no los lancé al cien por cien de potencia, pero aun así ningún alumno mío había sido capaz de aguantar el escudo en alto tanto tiempo bajo un ataque continuo en su primer día. Mucho menos moverse con él levantado, que te vi hacerlo -sonrió.

-Me pareció bastante sencillo, la verdad. Solo hay que decirle a la magia lo que quieres que haga y ella lo hace. Es una sensación increíble.

Raissa me pidió que subiera a una de las plataformas de piedra mientras ella se dirigía hacia otra, situada en el lado opuesto del Cubo.

-Compliquémoslo un poco más. Quiero que estés atento, con el escudo bajado. Cuando lance el azote, lo verás volar hacia ti y deberías tener tiempo suficiente para levantar el escudo antes de que te alcance. ¿Entendido?

-Sí, creo.

Cuando por fin llegó a la plataforma y se subió en ella, me apuntó con la varita. Yo imité su posición y me concentré.

-Empecemos -anunció.

Al instante vi salir una luz verde de la punta de su varita. Llamé a la magia pero me puse nervioso y perdí la concentración en el momento justo en que el azote me alcanzaba en el brazo. Era un simple chispazo eléctrico, pero me dejó una marca rojiza.

-¡Ay! -exclamé.

Raissa rio.

-Venga, no ha sido nada. Concéntrate.

Lo hice y me lanzó otro. Esta vez conseguí reunir la magia en mi interior, pero no fui lo suficientemente rápido como para ordenarle que me rodeara y el azote me alcanzó de nuevo.

La profesora no esperó a ver cómo estaba, sino que me lanzó otro.

Estuve más rápido, pero el escudo no era lo suficientemente fuerte y el azote lo atravesó, aunque absorbió parte de su fuerza y apenas sentí un cosquilleo.

Vi otra luz verdosa salir disparada en mi dirección y, sujetando con fuerza la varita, creé el escudo en el momento justo en que llegaba el azote, arrancando chispas verdes al estrellarse contra él.

Sonreí.

Entonces todo fue más sencillo. Cada vez que veía una luz aparecer, levantaba un escudo. Llegó un momento que lo hacía de forma instintiva y casi sin pensar en ello. Raissa empezó a lanzarlos de forma más seguida y de mayor intensidad pero no consiguió volver a alcanzarme.

-Bien, genial. Has nacido para esto, chico -me alabó desde su posición en la plataforma-. Vuelve a levantar el escudo de antes, el completo. Voy a lanzarte una serie de azotes curvos para que veas cómo son y te familiarices con ellos.

Hice caso y levanté el escudo una vez más. Raissa empezó a lanzar azotes curvos. Apuntaba tan a mi derecha que pensé que no conseguiría alcanzarme pero, cuando estaban a mitad de camino, los rayos de luz comenzaban a trazar un semicírculo que terminaba alcanzando mi escudo. Raissa siguió lanzándolos desde ambos lados mientras yo observaba alucinado las curvas imposibles que trazaban antes de dibujar telarañas verdosas en el aire al estrellarse en mi defensa.

Entonces un pensamiento acudió a mi mente. Recordé el ejercicio del día anterior, el del agua y la bañera. Había solidificado la magia dentro del agua para conseguir hacer una esfera que se elevara en el aire. ¿Qué pasaría si… ?

Cerré los ojos mientras los azotes de Raissa seguían estrellándose contra el escudo. Me concentré en él y en la esfera perfecta que formaba a mi alrededor. Seguí la curvatura hasta mis pies y me centré en ellos. Luego hice que la magia que había debajo de ellos se solidificara, trasladando la energía a través del escudo hacia ese punto.

Le ordené que se elevara y ella obedeció, igual que lo había hecho dentro de la bañera. El escudo seguía activo a mi alrededor gracias a que la magia que yo absorbía del aire salía de mi varita para fortalecerlo y luego se dirigía hacia mis pies para unirse a la que estaba pisando.

Era igual que una fuente, con la varita como grifo abierto por el que salía el torrente mágico, cayendo en una cascada que hacía las veces de defensa protectora.

Miré hacia abajo y vi el suelo a un par de metros. A medida que ascendía, notaba que la magia a mi alrededor se consumía más rápido de lo que esperaba, teniendo que absorberla a una velocidad mucho mayor de lo que nunca lo había hecho. Esto, además de requerir de toda mi concentración, estaba dejando “seco” de magia el aire que me rodeaba.

Raissa ya no me lanzaba azotes, sino que me miraba boquiabierta.

-¡Ben! -gritó asustada.

Su grito me sobresaltó y perdí la concentración. Dejó de fluir la magia a través de mí, lo que provocó que mi escudo desapareciera y me precipitara contra el suelo.

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Si has cambiado de idea y prefieres descargar el pdf, pincha en el siguiente enlace: Manuscrito Ben Stone y el Corazón de Baem

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