Capítulo 14

Di con mis huesos en el suelo y el dolor me taladró las piernas durante unos segundos eternos. Quedé tumbado hasta que Raissa llegó a mi lado y me ayudó a incorporarme.

-¿Qué demonios ha sido eso? -preguntó con el ceño fruncido agachándose a mi lado.

No sabía muy bien qué decir.

-No lo sé, estaba probando una cosa, luego gritaste y perdí el control, por eso caí.

-¿Cómo no iba a gritar si de repente echas a volar? -exclamó enfadada.

El dolor inicial del golpe pareció remitir, aun así permanecí sentado en el suelo. Sonreí.

-Eso hacía, ¿no? Volar -estaba orgulloso.

-Sí y tengo miedo de que si no te llego a interrumpir te hubieses caído tú solo desde mucha más altura -su cara reflejaba una mezcla de sorpresa y enfado, todo junto-. ¿Cómo lo has hecho?

Traté de explicarle la idea que había tenido y cómo conseguí que la magia se solidificara debajo de mis pies para luego hacer que me elevara en el aire.

-Pero eso es del todo imposible -dijo asombrada-. No se puede canalizar tal cantidad de magia, te consumiría.

Me miraba con los ojos muy abiertos, incrédula.

-No lo entiendes, ¿verdad?

Negué con la cabeza.

-Ben, que yo sepa, nadie ha hecho jamás lo que acabas de hacer tú. Es verdad que se puede solidificar la magia, se puede conseguir que se vuelva una fina lámina, como en el ejercicio de la bañera. Pero casi nadie pasa de eso. Conseguir que la magia se vuelva tan dura como para aguantar tu peso, además de las fuerzas “G” que se generan al elevarte, es imposible. Si no lo hubiese visto, jamás lo habría creído.

-Pero no es imposible, lo acabo de hacer -insistí.

Meneó la cabeza de lado a lado, como queriendo despejarla.

-Conseguir que la magia en estado sólido mantenga su forma requiere de unas dotes mágicas excepcionales, ya que la cantidad de magia que fluye a través de tu cuerpo en ese momento consumiría a cualquiera -dijo sin apartar los ojos de los míos-. Imagina que la canalización de los magos es una carretera de un único carril, ¿vale? -asentí para que supiera que la seguía-. La magia pasa por esa carretera a una velocidad limitada, igual que un coche. En cambio, Ben, tú no tienes una carretera igual que la que tenemos los demás. Para conseguir lo que acabas de hacer, necesitarías una autopista de cinco carriles y sin límite de velocidad, ¿entiendes?

Empezaba a hacerme una idea de lo que quería decir la profesora.

-Pero, eso no es malo, ¿no? -pregunté preocupado.

-No, es solo que… ni siquiera los magos del Consejo pueden canalizar tal cantidad de magia. Aún no sé cómo enfocar esto. Necesito pensar -se puso en pie-. Dejémoslo aquí por hoy. Te espero mañana a las siete y media, ¿vale?

Yo también me levanté y nos despedimos. No apartó los ojos de mí hasta que salí del Cubo. Cerré la puerta a mis espaldas y me apoyé contra ella. La cabeza me daba vueltas entre las palabras de Raissa y la sensación de estar en el aire.

Cuando por fin me calmé un poco, eché a correr para buscar a Emma.

-Puedo volar -fue lo primero que le dije, provocando que prácticamente escupiera la cucharada de cereales que acababa de llevarse a la boca.

Estaba en la cafetería desayunando sola mientras repasaba las primeras páginas del libro de pociones. Aún faltaba una hora para la primera clase del día.

-¿Qué quieres decir? -entornó los ojos, como buscándole un significado diferente a lo que acababa de decir.

-No quiero decir nada -insistí-, solo eso: puedo volar.

No dijo nada, simplemente se quedó mirándome casi sin parpadear durante un rato.

-Volar… ¿volar? -con la mano señaló al cielo.

-Sí, Emma, volar, en el aire.

-¿Cómo? -le estaba costando asimilarlo.

Entonces le conté lo que había pasado en la clase de esa misma mañana.

-Eso es… increíble -dijo boquiabierta.

-¡Ben! -llamó una voz conocida a mis espaldas.

Me giré justo a tiempo de ver a Raissa llegar a mi lado.

-Supuse que estarías aquí. Emma -la saludó con una inclinación de cabeza, a la que ella correspondió de igual manera-. Ben, necesito que vengas conmigo, el Consejo quiere verte.

Se me hizo un nudo en el estómago al instante.

-¿Para qué? -quise saber.

-Vengo de estar con ellos, les he contado lo que pasó esta mañana y quieren hablar contigo, solo eso, tranquilo.

Lejos de tranquilizarme, cada vez estaba más nervioso. Miré a Emma y su expresión dejaba claro que no estaba mucho mejor que yo. Además, recordé la sala del consejo y la transparencia de todas las paredes, suelo incluido, y sentí vértigo.

-Vamos, tenemos que ir ya -apremió la profesora.

Me levanté y la seguí, incapaz de articular palabra alguna. Emma, sin salir aún de su asombro, observó cómo me alejaba.

Mientras el ascensor incrementaba su velocidad y nos llevaba hasta la última planta, Raissa intentó tranquilizarme. Solo querían conocerme mejor, ya que parecía ser el alumno más prometedor de los últimos tiempos.

Cada vez estaba más acongojado con todo eso de mis dotes mágicas y demás. Nunca había sido el centro de atención de nada en toda mi vida y, desde que llegáramos a Baem, parecía que eso era lo que sucedía cada día.

Al cabo de un par de minutos, me encontré a mí mismo esperando, una vez más, en la pequeña sala habilitada para tal fin mientras Raissa desaparecía tras las puertas del Consejo.

En la sala había más personas que la vez anterior, casi todo magos ya graduados y vestidos con ropas normales. Sin embargo, me llamó la atención un chico que vestía el uniforme rojo. Parecía realmente preocupado por algo y no apartaba los ojos de sus pies. Debió de sentirse observado, pues levantó la mirada y me pilló mirándole.

Hice un leve gesto con la cabeza a modo de saludo antes de volver a mirar hacia la puerta. El chico ni siquiera me devolvió el saludo, se limitó a perder de nuevo la mirada en el suelo.

La puerta se abrió y Raissa, haciéndome gestos con la mano, me llamó para que pasara, provocando al instante las miradas rencorosas de todos los que llevaban esperando más tiempo que yo.

La sala del Consejo estaba igual que la recordaba: un semicírculo perfecto de cristal y, en el centro, sentados en butacas, tres hombres y dos mujeres que me observaban.

-Hola, Ben -saludó el hombre del centro cuando llegué a su altura.

-Ho… hola -tartamudeé.

-Te recuerdo del otro día en la ceremonia. No tuvimos mucho tiempo, así que no llegamos a presentarnos. Soy Hakael, miembro y portavoz del Consejo.

Pensé que iba a decirme los nombres de los demás, pero no lo hizo.

-Te hemos traído a nuestra presencia porque, según tus profesores, tienes unas dotes únicas. La profesora Raissa incluso insiste en que son superiores a las nuestras -levantó ambos brazos, señalando a sus compañeros-. Lo que nos ha generado gran curiosidad. ¿Es cierto que esta mañana has conseguido volar?

Asentí, nervioso.

-¿Cómo lo hiciste?

Repetí entonces la misma historia que le había contado a Emma, aunque mucho menos seguro de mí mismo en esa ocasión. Cuando acabé, guardaron silencio largo rato y me observaron.

Cambié el peso de una pierna a la otra varias veces, hasta que de pronto escuché voces en mi cabeza. Reconocí la de Hakael, pero al mirarle me di cuenta de que ni siquiera estaba moviendo los labios.

-“Es imposible, seguro que están mintiendo los dos” -dijo una voz femenina.

-“Si hubiese hecho algo así, ahora mismo estaría muerto” -defendió otra mujer.

-“¿Por qué nos iba a mentir? Puedo entender que el chico mienta para obtener atención pero, ¿de verdad creéis que Raissa mentiría sobre algo así?” -esgrimió Hakael.

-“No, no tiene motivo alguno para mentir” -estuvo de acuerdo uno de los hombres.

-“Pero, si es verdad, tenemos que controlar al chico desde ya. No queremos que pase otra vez lo de Shakar” -fue, otra vez, una de las mujeres la que habló.

-“Shakar no tiene nada que ver con Ben” -exclamó Hakael.

-“No, no digo que tengan nada que ver, solo digo que si a este también le da por sublevarse después de graduado, nos dejaría en muy mal lugar.”

-“Por el amor de Dios, no podemos presuponer que el chico va a ser una amenaza. ¿Y si, al contrario, se convierte en una gran baza para nosotros? -preguntó el único hombre que se había mantenido en silencio hasta el momento-. Hace apenas una semana que se le han despertado los poderes. Antes de eso, ni siquiera conocía Baem. No hay peligro alguno, mucho menos por parte de un chico de diecisiete años.”

-Dieciséis -dije en voz alta, arrepintiéndome al instante.

Todos los ojos del Consejo se clavaron en mí.

-¿Qué has dicho, Ben? -preguntó lentamente el portavoz.

Incapaz de mirarle a los ojos, clavé la mirada en el suelo.

-He dicho… que tengo… dieciséis, no diecisiete -dije, provocando que una exclamación ahogada se escapara de una de las mujeres del Consejo.

El hombre enarcó ambas cejas.

-¿Nos has escuchado?

Moví afirmativamente la cabeza.

-¿Cómo lo has hecho? -quiso saber.

-No lo sé -admití cambiando una vez más el peso de mi cuerpo de pierna a pierna-. Simplemente empecé a oír voces dentro de mi cabeza. Luego reconocí la suya y comprendí lo que pasaba.

Intercambiaron miradas que no supe descifrar. ¿Respeto? ¿Miedo?

-Ben, se supone que solo los miembros del Consejo son capaces de hablar mentalmente -explicó-. Nadie, aparte de nosotros mismos, es tan poderoso como para cruzar la barrera mental que todo mago posee de nacimiento. Verás -explicó-, la conversación telepática requiere de la capacidad de cruzar esos muros, aunque sea para escuchar a escondidas.

Até cabos al instante y comprendí lo que quería decir.

-Pero, no he hecho nada -traté de explicar-, ha pasado solo.

-Sí, lo sé, pero eso no hace sino incrementar nuestros temores. Ser capaz de entrar en la mente de alguien es algo muy peligroso y, como comprenderás, cambia drásticamente tu situación. Ahora mismo, la ley nos ofrece dos opciones: la primera, atar tus poderes y enviarte de vuelta a la Tierra; y la segunda, hacerte una exploración mental para poder estar seguros de tus intenciones verdaderas.

-Consejo -intervino Raissa-, disculpad mi intromisión, pero siento que necesito interceder en favor de Ben. No se le puede privar de sus poderes, no es culpa suya ser poderoso. Nació así -cruzó la mirada conmigo antes de continuar-. Es un riesgo en potencia, sí, pero no deja de ser prácticamente un niño. Podemos ayudarle a controlar sus dotes sin necesidad de llegar a ese extremo.

Hakael asintió.

-Estoy de acuerdo contigo, Raissa. Por eso, si Ben accede, deberíamos proceder de la segunda manera -se quedó callado, esperando mi respuesta.

-¿Duele?

-Puede resultarte molesto, después de todo, no deja de ser una violación de tu mente, pero necesaria si quieres seguir aquí. Es cierto que podemos enseñarte, pero antes necesitamos conocer tus secretos, si es que los hay.

Aunque la decisión parecía obvia, me llevó un rato asentir para darle permiso. Me trajeron un sillón y Hakael se puso en pie, acercándose a mí y colocándose a mis espaldas. Me pidió que apoyara la cabeza y luego sentí sus fríos dedos tocarme la piel a cada lado de la frente.

Al instante noté una intrusión. La cabeza me dolió y la presencia se intensificó.

-“No te resistas, Ben” -susurró la voz de Hakael en mi mente.

Traté de superar el susto inicial y de relajarme tanto como fuera posible. La presión aumentó y sentí ganas de gritar, pero le dejé hacer.

Poco a poco aparecieron recuerdos del pasado, tan lejanos que incluso yo los creía perdidos. Dicen que cuando estás a punto de morir, puedes ver toda tu vida pasar ante tus ojos. Pues bien, eso mismo me estaba pasando a mí.

Momentos de mi vida desfilaron por mi cabeza para que Hakael, impasible, los observara. Después de más de media hora, llegamos a los recuerdos más recientes, aquellos que tenían que ver con el despertar de mi magia.

Vi, impotente, cómo volvían a mí las pesadillas y, con ellas, el recuerdo del medallón que llevaba al cuello. Entonces Hakael se centró en el colgante y obligó a mi cabeza a recordar todo lo que existía acerca de él en mi memoria, repasando toda la historia del medallón desde el momento mismo en que me lo dio mi madre cuando era pequeño.

Cuando por fin detuvo la exploración mental, apartó sus dedos de mi frente y caminó de vuelta a su asiento. Por educación, intenté levantarme del sillón en el que estaba, pero un fuerte pinchazo en la cabeza me lo impidió. Desistí y, sentado, miré a Hakael.

-La situación es mucho más compleja de lo que pensábamos -dijo al fin.

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Si has cambiado de idea y prefieres descargar el pdf, pincha en el siguiente enlace: Manuscrito Ben Stone y el Corazón de Baem

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