Capítulo 15

-¿Por qué no nos hablaste del medallón, Ben? -preguntó el portavoz.

Había dedicado los minutos anteriores a explicarles a sus compañeros lo que había visto y ahora todos me miraban fijamente con caras de susto, incredulidad e incluso tristeza por parte de uno de los hombres.

-No sabía lo que era hasta ahora, para mí siempre ha sido un recuerdo de mi padre, nada más.

-No lo entiendes -suspiró negando con la cabeza-. Ese medallón es, probablemente, una de las piezas más importantes de todo Baem. Llevaba mucho tiempo desaparecido y, por lo que hemos podido saber gracias a tus visiones, parece ser que tu padre lo recuperó. No solo eso, si no que dio su vida para evitar que cayera en manos de Shakar y, con ello, nos salvó a todos -leves asentimientos por parte de todo el Consejo siguieron a esa frase-. Sin embargo, debió traerlo a Baem y no dejarlo en tus manos, Ben.

Sin saber por qué, yo no estaba del todo de acuerdo con eso. Puede que estuviera empezando a conocer a mi padre, pero estaba seguro de que si no lo trajo a Baem fue por algo. Se tomó muchas molestias para que le llegara a mi madre cuando habría sido mucho más sencillo encontrar un consulado y traerlo aquí.

-Te pediríamos que nos lo entregaras ahora mismo, si eso fuera posible -admitió Hakael.

-¿A qué se refiere? -preguntó Raissa.

Los miembros del Consejo se miraron entre ellos.

-“Cuéntaselo, Hakael. Ahora que lo tiene el chico, todo se sabrá igualmente” -dijo una de las mujeres telepáticamente.

Algo apesadumbrado, el portavoz asintió con la cabeza antes de hablar de nuevo.

-Ben, ¿has intentado quitarte el medallón últimamente?

Negué.

-Inténtalo ahora, por favor -me pidió.

Llevé las manos al cuello y agarré la cadena, sacándolo de debajo de la camisa y, al tratar de pasarlo por encima de mi cabeza, fui incapaz. Lo intenté de todas las formas diferentes que se me ocurrieron, pero la cadena no subía nunca de mis orejas.

-¿Por qué no puedo quitármelo? -quise saber, preocupado.

-Porque ahora eres el Portador del medallón, Ben, y lo serás hasta que mueras.

Se hizo el silencio en toda la sala. ¿El Portador? Y, ¿qué había querido decir con lo de “hasta que mueras”? Si no llego a estar sentado en aquel sillón, probablemente habría necesitado sentarme para ser capaz de entender todo lo que estaba ocurriendo.

-Un momento -interrumpió Raissa con los ojos abiertos como platos-. No puede ser, ¡no es más que una leyenda!

Se la veía realmente alterada.

-La inmensa mayoría de las leyendas nacen de una verdad, profesora -dijo calmadamente Hakael-. Y, en este caso, la leyenda es muy real.

No entendía nada.

-¿De qué leyenda habláis? -pregunté algo cohibido.

Raissa me miró, luego devolvió la mirada al consejo y, finalmente, con un resoplido dirigido a Hakael, me lo explicó.

-La leyenda dice que un medallón es la llave al Corazón de Baem, lugar del que nace la magia. Cualquiera que posea dicha llave, será el Portador y protector de la entrada. Pero es imposible que lo seas tú, Ben.

-En realidad -carraspeó Hakael-, es muy posible. ¿Por qué iba a buscarlo Shakar si no? Es la única forma conocida por la cual podría llegar a ser más poderoso que nosotros -dijo refiriéndose al Consejo-. Además, eso explicaría también las increíbles dotes mágicas de Ben. El medallón ha actuado como potenciador desde que era un niño, aumentando sus capacidades hasta lo que son hoy.

-Pero siempre he podido quitármelo -esgrimí.

-Solo un mago puede ser Portador -explicó-, y tú no lo fuiste hasta que se te despertaron los poderes hace unos días, ¿entiendes?

Asentí despacio, pensativo.

-Antes ha dicho que no me lo podré quitar hasta que muera, pero mi padre se lo dio a mi madre mientras aún estaba vivo, ¿no?

Hakael me miró un largo segundo antes de hablar.

-Tu padre sabía lo que ocurriría si se lo ponía y Shakar lo mataba, por eso nunca se lo llegó a poner. Haz memoria, chico, lo llevó siempre en un bolsillo.

Recordé las veces que en las visiones Charles se había llevado la mano a uno de los bolsillos de la cazadora para asegurarse de que seguía allí. Poco a poco fui atando cabos y viendo cada vez más sentido en la locura.

-Ahora, por favor, dejadnos solos -pidió amablemente-. Necesitamos deliberar.

Me levanté y seguí a Raissa. Aún me dolía la cabeza, aunque mucho menos que antes. La profesora sujetó la puerta para que pasara y la cerró a nuestras espaldas. Luego, nos sentamos en la sala de espera que, inexplicablemente para mí, se había quedado completamente vacía.

-¿Dónde se han metido todos? -interrogué a Raissa.

Miró alrededor algo confusa. No parecía haberse dado cuenta siquiera de que ya no había nadie.

-Su… supongo que el Consejo anularía las citas siguientes -dijo al fin, antes de volver al tema que seguía dando vueltas en su cabeza y, en realidad, también en la mía-. Ben, ¿comprendes la magnitud de lo que todo esto significa?

-Sí… creo -dije cavilando-. Principalmente, que Shakar me necesita muerto para poder conseguir el medallón que, por cierto, no me puedo quitar de ninguna manera.

La profesora cambió la expresión de su rostro y me miró con ternura, girándose en la silla para poder hablar cara a cara.

-Sí, Ben, pero no es solo eso -explicó-. La leyenda habla de la entrada al Corazón de Baem, una entrada secreta perdida hace muchos años en las montañas. Se supone que en ese lugar hay una puerta que solo se puede abrir con la llave que llevas al cuello -inconscientemente, cerré el puño en torno al medallón-. Tras la puerta, debería haber una larga escalera que lleva hasta un río que discurre bajo las montañas. No tiene principio ni fin, igual que las montañas que delimitan este mundo, discurre formando una gran circunferencia. Se supone que la magia apareció el mismo día que se crearon las montañas, gracias a la enorme cantidad de energía liberada. Una parte se mezcló con el aire, pero otra, mucho más grande, quedó atrapada bajo la roca, tan comprimida que pasó al estado líquido y formó el río del que te hablé antes. Siempre pensé que no era más que uno de esos cuentos que se les lee a los niños por las noches -meneó la cabeza-. Si Shakar consiguiera el medallón, no solo significaría tu muerte, sería la muerte de todos nosotros.

Se me hizo un nudo en el estómago. Empezaba a comprender la enorme responsabilidad que se estaba acumulando sobre mis hombros. Por lo que sabía hasta el momento, posiblemente la vida de muchas personas, incluida la mía propia, dependían de que ese medallón no cayera jamás en manos de Shakar.

Raissa se tapó la cara con ambas manos, apoyando los codos sobre sus rodillas.

-Ojalá no te lo hubieses llegado a poner -suspiró.

-Lo siento…

-No, no es culpa tuya, Ben -se disculpó irguiéndose de nuevo-. Solamente quería decir que habría sido mucho más sencillo. No entiendo por qué tu padre no lo trajo a Baem y prefirió poneros en peligro a ti y a tu madre.

Esa era la parte que yo aún no entendía tampoco, pero había empezado a confiar en mi padre. Era algo nuevo para mí, por lo que me sentía extraño.

-¿Por qué quiere Shakar tener tanto poder? -pregunté-. Sí, ya sé que quiere gobernar Baem -agregué cuando Raissa me miró frunciendo el ceño-. Quiero decir que por qué quiere hacerlo.

-Ojalá lo supiera -dijo algo derrotada-. Era un chico normal que destacaba entre los demás, solo eso. Era bastante solitario, aunque nunca le extrañó a nadie ya que al ir adelantado tenía poco tiempo libre para hacer amigos. Luego, ya graduado, todo cambió. Se tornó avaricioso, lleno de poder y se volvió contra el Consejo. Se creía superior a ellos, pero nadie le siguió. Al contrario, casi se rieron de él. Supongo que eso fue lo que detonó la oscuridad que crecía en su alma -se estremeció-. Ojalá lo hubiésemos sabido desde el principio, a lo mejor lo habríamos podido ayudar y nada de lo ocurrido habría pasado jamás.

Estuve de acuerdo con eso. Mi padre aún seguiría con vida.

-Raissa, tengo bastante miedo a lo que pueda ocurrir -admití.

Pasó uno de sus brazos sobre mis hombros y me acercó a ella sin soltar el abrazo.

-Me extrañaría si no lo tuvieras -reconoció-. No dejaré que te pase nada -prometió y nos quedamos en silencio.

-“Ben, ya podéis volver” -me llamó Hakael mentalmente al cabo de un rato.

Se lo dije a la profesora y caminamos de vuelta a la sala del Consejo. El sillón en el que me había sentado antes había desaparecido, así como los asientos de los miembros del Consejo. En su lugar, había aparecido una enorme mesa de madera en torno a la cual se habían concentrado.

-Acercaros, por favor.

Cuando estuvimos a un par de metros, pude ver que la mesa no era lisa, sino que sobre ella estaba grabada en relieve toda la superficie de la Tierra.

-Hemos tomado una decisión -anunció el portavoz-. Necesitamos encontrar el diario del último Portador antes de que lo encuentre Shakar. En ese diario, creemos, está indicado el lugar de la entrada al Corazón de Baem. Hemos decidido que seas tú, Raissa, la que acompañé a Ben.

Un momento, ¿acababan de decir que yo tenía que ir en busca de un diario?

Creo que a Raissa le impactó tanto la noticia como a mí.

-¿Qué? -fue lo único que consiguió decir, aunque su cara reflejaba el asombro que habían supuesto las palabras de Hakael.

El portavoz dio un paso hacia nosotros.

-Ojalá no fuera necesario enviar a Ben, pero no hay otra opción -explicó-. Hace tiempo yo mismo me encargué de estudiar todo lo relativo a los Portadores y a ese medallón. Por eso ahora he sido capaz de explicarles a mis compañeros la realidad que hay detrás de la leyenda. Aun así, necesitamos ese libro. El diario está protegido de forma tal que solamente otro Portador pueda tocarlo. El problema es que, si no conseguimos el diario antes de que Shakar sepa de la existencia de Ben, su vida correrá grave peligro. En cambio, si esperamos y Shakar consigue matarte -sus ojos me pidieron disculpas por lo que acababa de decir-, estaremos perdidos del todo, pues conseguir el diario no le supondrá casi ningún problema. Nuestra única oportunidad pasa por poner ese diario a salvo, cosa que solamente Ben puede hacer, al ser el único que puede tocarlo.

Raissa no salía de su asombro.

-Pero, ¿por qué yo? -preguntó-. Quiero decir, ¿por qué solo yo? ¿No deberían ir más magos? No creo que yo sola sea capaz de derrotar a Shakar -admitió.

Hakael se volvió hacia la mesa, con la mirada perdida en los continentes allí grabados y el pesar en su voz se volvió más evidente.

-Iría yo mismo si pudiera y, estoy seguro, lo mismo harían el resto de los miembros del Consejo -dijo paseando la mirada de uno a otro, que asentían-, pero nos es imposible ya que llamaría demasiado la atención. El diario está en la Tierra y hace demasiados años que ninguno de nosotros pone un pie allí. Tampoco es posible enviar un número superior a vosotros dos -explicó-, por el mismo motivo. Sabemos que Shakar tiene espías dentro de la Escuela y todos los movimientos y acontecimientos llegan rápidamente a sus oídos. Por suerte, solo los que estamos en esta sala conocemos, por el momento, la existencia del medallón, para los demás Ben es solamente un alumno aventajado. Si alguien pregunta, la versión oficial será que el viaje es parte de su entrenamiento especial.

-Ben no está preparado para algo así -insistió Raissa.

-Lo sabemos -reconoció el hombre-. Por eso no partiréis inmediatamente, te daremos un mes para que lo prepares. Dadas sus inusuales capacidades, debería ser tiempo más que suficiente para que asimile todos los conceptos básicos. No esperamos que necesite entablar combate de ningún tipo -trató de tranquilizarnos-. Shakar no os perseguirá, ya que no sabrá quiénes sois o qué buscáis, no deberíais correr ningún peligro y, en caso de que se presente alguno, estoy seguro de que serás más que capaz de solventarlo -dijo acercándose hasta Raissa y dándole un par de suaves golpecitos en el hombro-. Ahora, acercaros a la mesa para que podamos explicaros la situación del diario en el mapa en base a la investigación que realizó tu padre, Ben -cruzó una mirada conmigo-. Tened en cuenta que hace varios cientos de años que se le perdió la pista, aunque, en vista de que encontró el medallón, estoy seguro de que la información de Charles será la más precisa que podamos ofreceros.

Raissa se acercó a la mesa y me hizo un gesto con la mano para que la imitara. Aún estaba tratando de asimilar el tema de la búsqueda de un diario y mi más que probable futura lucha a muerte con Shakar, por lo que andaba un poco espeso.

Al final me acerqué lentamente y contemplé la imagen plana de la Tierra allí representada.

-Tu padre encontró el medallón en la ciudad subterránea de Nueva York -dijo señalando el lugar en el mapa con su varita-. Por lo que hemos entendido en sus apuntes, Gardar, el anterior Portador, no llevaba consigo el diario en el momento de su muerte. Queriendo protegerlo, lo guardó en algún punto de Madrid, lugar en el que estuvo justo antes de viajar a América. Os prometo que antes de que os vayáis os daremos datos más exactos de su localización -se excusó-. Ya tenemos a alguien trabajando en el rastro de Gardar en la ciudad.

-¿Qué tenemos que hacer con el diario si lo encontramos? -preguntó Raissa.

-Traerlo aquí, naturalmente -dijo Hakael sonriendo amablemente-. En vista de los acontecimientos, una vez graduado, Ben pasará a ocupar el puesto de Portador del medallón de forma continua.

-Pero, ¿no se supone que ya lo es? -preguntó la profesora.

Me di cuenta de que yo tenía la misma duda.

-Técnicamente, sí, pero no deja de ser un recién iniciado. Sería demasiado peligroso que, a día de hoy, se colocara socialmente un solo escalón por debajo del Consejo, ¿no crees? Es mejor mantenerlo en secreto tanto tiempo como sea posible.

Yo no entendí muy bien a lo que se refería el hombre, pero el ceño fruncido de Raissa me indicó que no estaba del todo de acuerdo con él. Aun así, fue algo imperceptible a ojos de los demás, pues en seguida sonrió y le dio la razón.

-Entonces -quiso saber-, ¿Ben puede saltarse las demás clases de este mes para centrarse en el entrenamiento?

Hakael asintió.

-Sí, y ya tenemos un sustituto para ti.

-¿Cómo? -preguntó Raissa sin entender.

-El entrenamiento de Ben ha de ser tu única preocupación -explicó-, por lo que otro profesor asumirá todas tus clases.

-Me parece bien -reconoció Raissa-, ¿algo más?

-No, podéis marcharos -hizo un gesto en dirección a la puerta con la mano-. Cuando tengamos alguna noticia nueva acerca del diario, os la haremos llegar. Recordad, solo tenéis un mes, aprovechadlo -se despidió.

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