Capítulo 16

Mientras bajábamos en el ascensor, Raissa me dijo que empezaríamos el entrenamiento al día siguiente y que aprovechara la tarde para descansar. Iba a ser un mes muy duro para mí, me avisó.

Aún era la una y media, por lo que mis compañeros todavía estaban en su primera clase de adivinación con el profesor Donovan. Sentí algo de envidia al imaginarlos tranquilamente en clase, sin ninguna preocupación añadida más allá de estudiar.

Para mí, en cambio, la situación había cambiado drásticamente. Llegué a mi habitación y me dejé caer sobre la cama. Llevé las manos al medallón y, una vez más, intenté quitármelo. Por supuesto, no conseguí nada. Lo observé y le di un par de vueltas enfrente de mi cara. No era nada del otro mundo, nada especial. A simple vista no era más que un colgante cutre. En la superficie dorada, muy gastada, se apreciaba un ligero relieve de lo que en otro tiempo pudo haber sido un runa. Ahora, en cambio, apenas era visible.

Me limité a resoplar y mirar al techo con el puño cerrado en torno al colgante.

“Portador del medallón”, pensé. Sonaba bien, aunque era una responsabilidad obligada, no elegida. Sentí un temor creciente dentro de mí, que me hizo temblar solo de pensar en el recuerdo de Shakar. ¿Cómo demonios iba a ser capaz de vencerlo?

Di vueltas y más vueltas en la cama, arrugando por completo el mono blanco que aún llevaba puesto y clavándome un par de veces la varita en el estómago de manera muy dolorosa. Lamenté el día en que me puse aquel medallón. Mi madre me lo dio de pequeño, comprendí entonces, queriendo mantener vivo el recuerdo de mi padre. A mí me dijo siempre que no sabía nada de él desde el día en que se fue, cosa que en parte, era cierta. Prefirió decirme que nos había abandonado antes de dejarme vivir con la esperanza de que algún día volviera a nuestro lado. La verdad, no la culpo.

En cambio, quien había sido siempre un desconocido para mí, poco a poco iba convirtiéndose en alguien al que comenzaba a admirar. No había abandonado a mi madre, lo habían matado. Dio la vida por proteger el medallón que llevo al cuello, murió para salvar Baem.

Por un instante, odié a ese tal Gardar, Portador antes que yo, por haber protegido el diario de aquella manera, obligándome a arriesgar ahora la vida inútilmente. Sí, inútilmente, pues no me creía capaz de derrotar jamás a Shakar.

En esas estaba cuando Evan apareció en la habitación, sonriente como siempre.

-Hombre, hola, no esperaba encontrarte aquí -saludó sorprendido.

-He tenido un día… complicado, acabo de llegar -confesé.

Se sentó en su cama y comenzó a cambiarse de ropa.

-¿Y eso? -quiso saber-. Emma me dijo que te llevaron a ver al Consejo porque… podías volar. ¿Iba en serio?

Con todo lo que había ocurrido, se me había olvidado por completo.

-Sí, eso parece -admití-. Por eso querían conocerme, dicen que tengo unas dotes mágicas muy prometedoras o algo así.

-Pues has estado allí toda la mañana, muy lento hablan si solo te han dicho eso -dijo con una media sonrisa en los labios.

-Es que había mucha gente delante de mí esperando su turno -mentí-. Me hicieron pasar hace apenas media hora.

Pareció aceptar mi respuesta.

-Voy a la cafetería, ¿te vienes? -me invitó-. Supongo que Emma estará allí. Además, quiero que me expliques eso de que puedes volar detenidamente. No te ofendas, pero me cuesta creerlo.

La verdad, no me apetecía nada comer en ese momento, mucho menos dar explicaciones.

-No, estoy bastante cansado -negué-, me quedo aquí un rato y ya si eso voy luego.

Insistió un par de veces más en que lo acompañara, pero pronto se dio por vencido y salió de la habitación, dejándome de nuevo solo con mis pensamientos.

Miré la montaña de libros que había encima de mi mesa y al instante me arrepentí de haberlo hecho. Comprendí que con todo el lío del medallón, no asistiría a más clases en un tiempo, lo que, al mismo tiempo, significaba no ver a Emma.

Apenas diez minutos después de que Evan se fuera, alguien llamó a la puerta y entró sin esperar respuesta. Era Emma. Cerró rápidamente y me indicó con el dedo en los labios que guardara silencio. Se escucharon unos pasos acercarse, detenerse y, después, alejarse de nuevo.

-¿Era Roland? -pregunté al fin mientras ella, sonriente, se acercaba hasta la cama y se sentaba en el borde.

-Sí -rio-, me vio entrar corriendo, pero le despisté subiendo las escaleras de los dormitorios. A ver cómo salgo de aquí luego –dijo, mordiéndose el labio inferior y frunciendo brevemente el ceño.

-¿Qué haces aquí?

-Qué bonito -exclamó haciéndose la ofendida-, una se la juega para ver a su novio y mira lo que consigue… -hizo un mohín, aunque volvió a sonreír al ver mi cara de arrepentimiento-. Es broma, no aprendes, ¿eh?

-No quería que sonara así, solo que me extrañó que aparecieras por aquí -me disculpé.

-Lo sé -dijo al tiempo que me obligaba a echarme un lado y se recostaba conmigo-. Evan me dijo que estabas en la habitación y que no ibas a ir por la cafetería, así que decidí venir yo. ¿Qué ha pasado? -preguntó al fin, sin poder aguantar más la curiosidad.

Me quedé callado un momento, decidiendo si debía contarle la verdad o mentir igual que había hecho con Evan. Al final decidí que contárselo no supondría ningún peligro añadido. Después de todo, no creo que se fuera a tomar muy bien que desapareciera dentro de un mes sin que ella supiera por qué.

Le hablé del Consejo, de la leyenda del colgante y de mi nuevo título: “Portador del medallón”. Se estremeció al mencionar a Shakar y me abrazó un poco más fuerte.

-No me gusta todo esto -musitó al final.

-Ni a mí -reconocí.

-¿Por qué tu padre te expuso a algo así?

Esa misma pregunta me la había hecho yo mismo muchas veces, y solo se me había ocurrido una respuesta.

-Creo que no fue su intención. Él le entregó el colgante a mi madre, no a mí. Ni siquiera sabía que mi madre estaba embarazada. Creo que lo único que quería era dejar el colgante en un lugar seguro, donde ningún mago lo encontrara jamás. Pero no contó conmigo, era imposible que lo supiera.

Emma permaneció callada un rato, meneando la cabeza.

-No es justo que te hayas convertido en el Portador, ni que te obliguen a jugarte la vida de esta manera. Tú no elegiste nada de todo esto y ahora resulta que tienes una responsabilidad enorme cuando apenas llevas aquí una semana.

-Bueno, me dan un mes para prepararme…

-¡Un mes! -exclamó ofendida-. ¿Treinta míseros días para que alcances el nivel de un graduado?

-Al menos lo básico… -no sé por qué me estaba poniendo a la defensiva si en el fondo ella tenía razón.

Se revolvió en la cama y se colocó de tal manera que su cara mirara la mía.

-Esto no está bien, Ben. ¿Por qué no se limitan a protegerte? Si Shakar no te encuentra, jamás podrá conseguir el medallón.

Yo también había pensado lo mismo.

-El problema es que no pueden protegerme eternamente -suspiré colocando un mechón de pelo rebelde detrás de su oreja-. Algún día, Shakar encontrará la forma de llegar hasta mí. Por eso es necesario encontrar el diario, de esa forma podrán proteger también el lugar en el que esté la entrada. Es mucho más sencillo custodiar una puerta que cuidar de una persona en todo momento, ¿no crees? -no me contestó-. Además, es posiblemente la única forma que existe de llegar hasta el diario. Si no lo hacemos ahora, cuando Shakar aún no ha oído hablar de mí, no creo que pueda hacerse más adelante.

Enterró la cara en la almohada.

-¿Y si te pasa algo?

-No me va a pasar nada -traté de tranquilizarla, aunque en realidad ni yo mismo creía lo que decía-. Raissa va a estar conmigo todo el tiempo y ya sabes que Shakar no tiene ni idea de lo que vamos a hacer. Así que lo único que tengo que hacer es un viajecito a Madrid, coger un diario y volver con él bajo el brazo. ¿Qué podría salir mal?

No dijo nada más al respecto, no hacía falta. En realidad, muchas cosas podrían ir horrorosamente mal.

-Ya le escribí a mi madre, por cierto -anunció al cabo de un rato.

-¿Sí? Me alegro -reconocí-, ojalá te conteste. Al menos podrá quedarse un poco más tranquila al saber que estás bien.

-Sí…

Le di un beso en la frente.

-Yo no sé qué contarle a la mía -me pidió al menos dos cartas a la semana para mantenerse al día de cómo estaba-. Me gustaría decirle la verdad, pero sería preocuparla innecesariamente ya que no puede hacer nada por ayudar. Y la idea de decirle que todo va maravillosamente bien no me llama demasiado, aunque supongo que será lo mejor.

Emma estuvo de acuerdo conmigo.

Pasamos el resto del día juntos, evitando todo aquello que tuviera que ver con mi cercano viaje a la Tierra, y nos centramos en hablar de nuestras experiencias de los últimos días. Me contó cómo eran las clases a las que yo no había asistido, los profesores y algún que otro cotilleo acerca de los compañeros.

Yo, por mi parte, le hablé de Raissa y de nuestros entrenamientos. Le volví a contar cómo había conseguido elevarme un par de metros en el suelo y las ganas que tenía de volver a hacerlo. Creía que, con un poco de práctica, conseguiría dominarlo.

Ya en la cafetería, la noticia de mi capacidad voladora había corrido como la pólvora y un grupo de alumnos se concentró a mi alrededor cuando fuimos a por la cena para que les contara lo que había sucedido. Lo hice, aunque me guardé algunos detalles. Cuando me pidieron una demostración, me negué. Pensé que era mejor dejar que creyeran que me lo había inventado todo a llamar demasiado la atención.

Emma, siempre a mi lado, me salvó en el momento justo, tirando de mí hacia el ascensor.

-¿Qué se siente? -preguntó.

-¿A qué te refieres?

-Pues a ser tan popular -dijo riéndose al tiempo que marcaba en el tablero de números el piso de los dormitorios.

-No sé, bien supongo -mentira, me sentía muy incómodo-. Pero solo sienten curiosidad, nada más.

-Pues había bastantes “curiosas” -dijo haciéndose la celosa.

-¡Oh, ya veo a dónde quieres llegar! -reí.

Ella rio conmigo, aunque al final me dio un suave golpe en el brazo.

-No te rías -dijo aún sonriente.

Me acerqué a ella y la miré a los ojos, sin decir nada, y la besé suavemente en la mejilla.

-Sé lo que intentas…

No le hice caso y la besé en la mejilla opuesta.

-No, estoy muy enfadada…

La besé en los labios en el momento exacto en que el ascensor llegaba al piso indicado y se abrían las puertas.

-¡Ejem! -carraspeó alguien a nuestra espalda.

Al mirar vi a Roland con los brazos cruzados y cara de mala leche. Se nos escaparon algunas risas mientras pasamos a su lado antes de darnos las buenas noches e irnos cada uno a su cuarto.

Pincha aquí para ir al capítulo 17

Pincha aquí para ir al índice de capítulos

Si has cambiado de idea y prefieres descargar el pdf, pincha en el siguiente enlace: Manuscrito Ben Stone y el Corazón de Baem

Anuncios