Capítulo 17

Desperté antes de que sonara el despertador. Marcaba las seis y media de la mañana. Traté de volver a dormir la media hora que faltaba hasta que sonara, pero fui incapaz. Estaba bastante nervioso. Al final decidí aprovechar el insomnio y desayunar en condiciones. Me vestí rápido y me dirigí a la cafetería.

Estaba completamente vacía, ni un alma. Me senté en una mesa y pedí un tazón de cereales, el cual se materializó casi al instante. Mirando a mi alrededor, admiré la belleza del paisaje. La verde pradera se extendía hasta el infinito, creando un maravilloso horizonte artificial por el que comenzaban a asomar los rojizos rayos del sol.

Estuve tentado a pedir más comida, pero recapacité y recordé lo movidos que solían ser los entrenamientos, así que decidí que era mejor no arriesgarme y me encaminé al ascensor.

Al abrir la puerta del Cubo, vi a Raissa concentrada haciendo una serie de ejercicios. Cerré suavemente la puerta a mi espalda, tratando de no romper su concentración. Tenía el rostro sudoroso y, con la varita en la mano, lanzaba azotes a enemigos imaginarios en una danza continua que la llevó a terminar sentada en el suelo, de espaldas a mí.

-Hola -saludé al fin.

Se volvió extrañada y se puso en pie.

-No te escuché llegar, es pronto, ¿no?

Miré el reloj, aún faltaban diez minutos para las siete y media.

-Me desvelé y no conseguí dormirme de nuevo -reconocí.

La profesora dibujó una media sonrisa en los labios y me explicó el plan de entrenamiento para esos días.

-El Consejo va a trasladar las clases prácticas de grupo de este mes a otra aula, por lo que dejan el Cubo a nuestra entera disposición. Cada mañana vamos a realizar una serie de ejercicios que sirvan para mejorar y agilizar tu canalización -explicó-. Serán parecidos a los del último día, levantando objetos y cosas por el estilo. Luego, nos centraremos en reforzar tus escudos y también trataremos de reducir al máximo el tiempo que te tome levantarlos -dijo pasándose la manga de la túnica por la frente para secar las gotas de sudor que amenazaban con resbalar hasta sus ojos-. También necesitas aprender a lanzar azotes y a controlar sus intensidades, esa es la parte más complicada. Toma -me tendió una botellita con un líquido casi transparente.

-¿Qué es?

-Es una poción muy simple, pero útil -explicó-. Te traeré una cada mañana. Dado que tenemos mucho que aprender en muy poco tiempo, los días se te van a hacer bastante largos. La poción, digamos, te dará un plus de energía que te ayudará a soportar el entrenamiento.

Supuse, correctamente, que toda ayuda me vendría de perlas.

Pasé el resto de la mañana realizando ejercicios de canalización. A medida que practicaba, comencé a sentir que necesitaba mucha menos concentración para llamar a la magia. Raissa me dijo que, en principio, al final del mes la magia debería acudir a mí sin que ni siquiera tuviera que llamarla. Se volvería un acto reflejo, igual que no necesitas pensar para levantar el brazo, simplemente lo haces.

La comida, cómo no, la mandó traer Raissa al Cubo. Materializó un par de sillas, una mesa bastante cutre y comimos allí mismo un plato, algo frío, de lo que parecía ser una especie de legumbres.

Después, repetimos el ejercicio del día anterior en el que cada uno se situaba en una de las plataformas y ella me lanzaba azotes sin parar, obligándome a levantar un escudo detrás de otro. Me llevé un par de chispazos al principio, fruto del cansancio que ya comenzaba a hacer mella en mi interior, aunque pronto conseguí concentrarme y levantar los escudos en el mismo momento en que salían de su varita.

Pronto, comencé a distinguir los azotes curvos antes de que empezaran a girar. El chasquido que producían al ser lanzados era ligeramente más fuerte que el de los que iban rectos, lo cual se debía a que requerían una mayor cantidad de energía.

Pasamos dos horas sin descansar ni para beber agua. El mono blanco me asfixiaba y el sudor lo empapaba, sin embargo Raissa no me dejó quitarlo. Reglas de la Escuela, argumentó.

Llegado un punto, estuve tentado a intentar elevarme una vez más, aunque la profesora me pidió que no lo volviera a hacer, al menos de momento. Me dijo que era demasiado pronto y que aún no controlaba plenamente mis poderes, cosa que podría resultar fatal. Me prometió que, antes de que acabara el mes, me dejaría intentarlo una vez más y que trataríamos de encontrarle una utilidad táctica en combate, por lo que no me quedó más remedio que obedecer.

Cuando eran ya más de las cuatro y media de la tarde, decidió que podíamos descansar un rato antes de empezar con la siguiente lección: azotes.

-¿Por qué se llaman así? -pregunté dando un trago a la botella de agua que me acababa de tender Raissa.

-Es por el sonido que hacen al salir de la varita. Es como un latigazo, solo que “latigazo” no suena igual de bien que “azote”, ¿no crees? -sonrió.

Moví la cabeza afirmativamente. La verdad, lo segundo sonaba más imponente.

-Sinceramente, no tengo ni idea de quién acuñó el término, pero estoy segura de que originalmente no se llamaban así. Sin embargo, este es el nombre que nos ha llegado y, todo sea dicho, a mí no me disgusta.

Me hizo unas cuantas preguntas acerca de los escudos que había levantado durante las horas anteriores y mis sensaciones y, cuando creyó que había descansado “más que suficiente”, me obligó a ponerme de nuevo en pie.

Apuntó la varita hacia suelo situado a una veintena de metros de nosotros y allí se materializó un poste de madera con un globo rojo enganchado en lo alto.

-Bueno, Ben, creo que ya estás preparado para avanzar un poco más -dijo caminando a un lado y a otro a escasos dos metros de mí-. Los azotes son una forma de ataque mágico, igual que el disparo de una pistola. Como siempre, necesitas recurrir a la magia que te rodea para llevarlo a cabo -se detuvo y apuntó con la varita al globo-. Te concentras, le ordenas que entre en ti para ayudarte y, seguidamente, tienes que transmitirle tu necesidad de que salga convertida en azote -dicho esto, sonó un chasquido y una luz verde acertó de lleno el globo, haciéndolo explotar.

Al instante se materializó uno nuevo.

-Es algo más complicado que crear un escudo -continuó-. Necesitas pensar en el tipo de azote y en la potencia que quieres darle. Así, si quieres un azote curvo, tienes que imaginar la trayectoria que deseas que siga antes de acertar en el objetivo y, a continuación, liberas la cantidad exacta de magia que necesites en función de la potencia que requiera el azote.

Hizo una nueva demostración. Esta vez, el azote fue curvo y de color verde.

-Según la fuerza que tenga el azote, será de un color u otro, siendo verde el más leve, amarillo el intermedio y rojo el más fuerte. Solamente el rojo puede resultar mortal.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal al recordar la tanda de azotes rojos que Shakar había lanzado a mi padre y que habían conseguido debilitar por completo el escudo que lo protegía. Recordé la fría mirada del mago antes de lanzar el azote final y a punto estuve de caer por culpa del temblor de piernas que me sacudió.

Conseguí, sin embargo, continuar atento a la explicación.

-El amarillo sirve, por ejemplo, para aturdir; y el verde no tiene demasiadas utilidades. Si te soy sincera, más allá de darle una advertencia al posible rival poco más se puede hacer con él -se volvió hacia mí y me invitó a ocupar su lugar y apuntar al globo, morado en esta ocasión, que flotaba sobre el porte de madera.

Sin saber muy bien lo que hacía, apunté la varita y llamé a la magia, que acudió enseguida a mi llamada. Sintiéndome lleno de energía, traté de hacerle entender lo que necesitaba que hiciera.

No obtuve resultado alguno. La magia simplemente salió a través de la varita y tendió un puente invisible entre el globo y yo, igual que si le hubiera ordenado agarrarlo.

-Tranquilo -me animó Raissa-. Es normal que al principio te cueste, tú sigue intentándolo.

Cuadré los hombros, fruncí el ceño, apunté la varita y volví a darle órdenes mentales. Imaginé el chasquido que sonaba cada vez que la profesora lanzaba uno y, cómo no, eso fue lo único que obtuve.

La magia asumió que quería que hiciera ese ruido y eso hizo, pero sin lanzar azote alguno. Seguí intentándolo durante la hora siguiente y no conseguí mayores progresos que aquel. Finalmente, algo abatido, le pedí a Raissa descansar un rato y volver a intentarlo después.

Viendo que pensaba tomar ese descanso dijera lo que dijera, decidió concederme un respiro.

-No te desanimes, Ben, es mucho más complicado de lo que parece -dijo sentándose en una de las sillas que acaba de materializar-. Si fuera sencillo, no necesitarías mi ayuda.

No dije nada, estaba demasiado cansado tanto física como mentalmente. Le di un par de vueltas a la varita en la mano, acariciando la aspereza de los dos nudos que ayudaban al agarre. Era una varita sencilla, realmente hermosa. Mi padre había elegido bien.

Al cabo de un rato, me armé de paciencia y decidí que ya era hora de intentarlo de nuevo. Después de varios intentos fallidos, conseguí lanzar un breve rayo de luz verde que, si bien no consiguió hacer que el globo explotara, sí que me sirvió de motivación para que aproximadamente diez minutos después consiguiera hacer explotar aquel maldito globo morado.

No sé muy bien cómo lo conseguí, pero noté la magia salir de mí, de la misma forma que cuando agitas fuerte una botella con gas y de repente le quitas el tapón. Raissa, satisfecha, materializó un nuevo globo amarillo y me instó a seguir intentándolo.

Poco a poco le fui pillando el truco. Empujar la magia desde el pecho hacia el brazo, hacer presión y dejar que salga disparada. Por muy sencillo que parezca, os juro que fue lo más difícil que había tenido que hacer hasta aquel momento. Incluso volar me había parecido más fácil que lanzar azotes.

Al final de la clase, al menos seis de cada diez intentos conseguían salir con un leve chasquido, convertidos en luz verde de mi varita. Raissa decidió dar el día por terminado y me citó a la mañana siguiente a la misma hora.

Secándome el sudor de la cara con la manga de la túnica y realmente agotado, fui a la cafetería. Allí le conté a Emma cómo me había ido el día y ella me relató el suyo. Me explicó que les habían dicho que el Cubo estaría ocupado durante ese mes y que los habían llevado a dar clase a un aula cercana. También me dijo que no le caía demasiado bien el profesor sustituto de Raissa, que parecía ser un tipo frío y distante, sin ningún sentido del humor.

Nada más terminar de cenar, me disculpé y me fui a dormir. No podía más. Me dejé caer sobre la cama con la ropa aún puesta y me dormí al instante.

El día siguiente no fue mucho mejor. El entrenamiento, una vez más, fue agotador. Empezamos la mañana como siempre, con ejercicios de canalización, y después pasamos a los escudos.

Raissa se enfadó bastante al ver que tardaba mucho más que el día anterior en levantar uno y es que en varias ocasiones llegó a alcanzarme con un azote.

-¡Ben! -gritó bajando de la plataforma en la que se encontraba y caminando hacia mí-. ¿Qué demonios te pasa hoy?

-No lo sé -contesté de mal humor mientras ella llegaba hasta mí con el ceño fruncido.

-Lo estás haciendo fatal -estaba realmente cabreada-, incluso tu primer día lo hiciste mejor que hoy. Necesitas concentrarte, Ben, no hace falta que te diga todo lo que está en juego.

-¡Ya lo sé! -grité.

Raissa abrió mucho los ojos, no se esperaba esa reacción por mi parte. Yo tampoco, a decir verdad. Sin embargo, estaba tan cansado que apenas era consciente de todo lo que estaba ocurriendo. Me di cuenta de que no estaba a gusto, no me parecía bien nada de aquello. ¿Por qué yo? No quería ninguna de esas responsabilidades balanceándose sobre mi cabeza.

-¿Qué sentido tiene? -pregunté-. Es imposible que llegue a ser rival para Shakar con un solo mes de entrenamiento. Es imposible que yo sea el Portador de esto -saqué el medallón de debajo de la túnica y lo sostuve ante mi cara-. Es imposible que yo pueda hacer nada útil por salvar Baem o incluso por salvarme a mí mismo, ¡no puedo, Raissa, simplemente no puedo!

Las piernas me fallaron y me dejé caer en el suelo, quedando sentado a los pies de la profesora. No sé en qué momento había empezado a llorar, pero fue entonces cuando me di cuenta de la humedad que resbalaba por mis mejillas.

Raissa, al instante, se agachó a mi lado y me rodeó con sus brazos sin decir nada. Lloré largo rato, vaciándome por dentro. Desde que había llegado a Baem todo había pasado demasiado rápido. Los acontecimientos se habían precipitado uno detrás de otro sin darme tiempo siquiera a asimilarlos.

Todas las tensiones y las preocupaciones que se habían ido acumulando dentro de mí, se pusieron de acuerdo para estallar esa mañana. Los sentimientos, atrapados bajo una débil fachada de tranquilidad, aprovecharon para escaparse de lo más profundo de mi ser, desnudando ante la profesora al chico de dieciséis años que era en realidad, el mismo al que acaban de decir que la muerte podía estar esperándole a la vuelta de cualquier esquina por culpa de aquel dichoso medallón que ni siquiera podía quitarse; el mismo que llevaba toda la vida odiando a un padre desaparecido y que ahora, en cuestión de unos pocos días, empezaba a comprender que no había sido el hombre que siempre había creído.

Raissa se mantuvo firme a mi lado todo el rato, acariciando mi cabeza y mis hombros en un abrazo más propio de una madre que de una profesora.

Al final conseguí calmarme poco a poco. La verdad, me sentí mejor después de aquello. Llevaba mucho tiempo acumulando tensiones y me sirvió para desahogar. Después de todo, no era más que un chico que se estaba viendo obligado a convertirse en hombre a pasos agigantados.

-Te entiendo -dijo la profesora al cabo de un rato, cuando ya estaba más calmado-. No pasa nada, es normal. Has pasado unos días muy duros. No me di cuenta de todo lo que debías de estar sufriendo por dentro, lo siento -se disculpó.

-No… no pasa nada, no es culpa tuya -dije antes de sonarme la nariz en el pañuelo que acababa de tenderme Raissa-. Es solo que no creo que pueda conseguir nada de lo que esperáis de mí. Nunca he sido bueno en nada, ¿sabes? Puede que tengáis unas expectativas demasiado altas…

Pasó una vez más la mano por mi cabeza, peinando de forma inconsciente los cabellos rebeldes.

-No pienses eso, Ben -me pidió-. No te miento cuando te digo que tienes unas capacidades únicas. Eres poderoso, no sabes cuánto. Además, no estás solo en esto -sonrió-. Yo estaré a tu lado en todo momento. Y eso sin contar a la guardia de Baem y al Consejo, que te mantendrán a salvo en este mundo. ¿Por qué crees que Shakar no vive en Baem? Simplemente porque no puede, aquí lo atraparían y no es lo suficientemente poderoso para defenderse de todos nosotros.

-En realidad nunca llegué a pensar dónde estaba -admití-. Sé que escapó después de matar a un miembro del Consejo, pero no he tenido tiempo de darle muchas más vueltas al tema.

-Se fue a la Tierra y ha estado allí desde entonces, aunque nadie sabe exactamente dónde -explicó.

-¿De verdad crees que seré capaz de hacer todo esto? -pregunté nervioso, sin apartar la vista del suelo de piedra de la plataforma.

-Si no lo creyera no estaría aquí contigo -me animó-. Eres un buen chico, Ben, y eso es algo que juega en tu favor. Te prometo que cuando acabe este mes, ni siquiera te reconocerás -no perdió la sonrisa ni un solo instante-. Aún no te das cuenta de lo fuerte que eres, pero pronto lo harás. Confía en mí.

Hacía pocos días que la había conocido, aun así, en ese poco tiempo se había convertido en la persona en la que más confiaba de todo Baem. Sin contar a Emma, claro.

Se puso en pie y, cogiéndome de ambas manos, me ayudó a ponerme en pie. Me tendió otro pañuelo con el que terminar de limpiarme la cara y, sin más, bajo de un salto de la plataforma.

-Venga -dijo alejándose-, no perdamos más tiempo y volvamos al punto donde lo habíamos dejado.

Sintiéndome mucho más despejado que antes, levanté la varita dispuesto a formar un escudo tan pronto como Raissa volviera a lanzarme un azote. No sabía cuánta falta me hacía liberar todo aquello, pero fue como quitarme un peso enorme de encima.

Tiene gracia, no volvió a alcanzarme ni un solo azote el resto del día.

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