Capítulo 18

Las tres semanas siguientes pasaron rápidamente. Mi cuerpo se acostumbró pronto a la rutina y ya no me volví a sentir tan cansado. Las pociones que tomaba cada mañana también ayudaban, claro.

Hice unos progresos enormes. Al cabo de esas tres semanas ya era capaz de levantar un escudo en cuestión de milésimas de segundo, caminar con él levantado y aumentar o disminuir su potencia en función de los colores de los azotes de Raissa.

También aprendí a lanzarlos yo mismo. Me llevó más de cinco días conseguir lanzarlos de forma más o menos fluida. A partir de ahí, todo fue sobre ruedas. Pasé de lanzar azotes verdes a lanzarlos amarillos. Incluso conseguí lanzar alguno que otro de color rojo, aunque todavía me costaba.

Raissa se convirtió en un pilar fundamental para que no me viniera abajo. Después del ataque de realidad que me entró aquel día, se tomó la molestia de dedicar un buen rato de cada clase a hablar conmigo acerca de lo que sentía en cada momento, infundiéndome ánimos cuando creía que los necesitaba.

El otro pilar fue Emma. Comprensiva en todo momento con la situación que yo estaba viviendo, se pasaba los días estudiando y practicando para los exámenes que poco a poco había empezado a tener.

Desde que me habían apartado del grupo, ella también había avanzado mucho. Me dijo que era una de las pocas alumnas capaces de canalizar de forma adecuada la magia, moviendo los objetos prácticamente siempre a su antojo. Aún no habían pasado a otra cosa, pero estaba seguro de que cuando llegaran a la magia de combate no tendría ningún problema.

Aprovechábamos cada instante de tiempo libre para estar juntos, incluso salimos un día de la Escuela en busca de aquel delicioso chocolate caliente que habíamos probado en nuestra primera excursión por la ciudad.

A medida que pasaban los días, mi estado anímico mejoraba. Dejé de sentirme indefenso y a merced de Shakar. Por supuesto, sabía que no era rival para él, pero la insistencia de Raissa llegó a convencerme de que con ella estaría a salvo. Además, una vez que empecé a lanzar azotes me embriagué de poder y los temores se alejaron un poco más si cabe. Claro que ahí estaba ella para bajarme los humos con un par de azotes potentes que hacían tambalear mis escudos. Por lo que sabía, Raissa era una maga bastante poderosa. Había elegido el camino de la Torre de hechicería y, al graduarse, le ofrecieron un puesto como profesora que aceptó gustosa.

Tal y como había prometido, una vez que conseguí controlar de forma efectiva mis poderes, decidió que ya era hora de indagar en mi capacidad voladora y conocer sus límites.

-Buenos días, Ben -saludó Raissa cuando llegué al Cubo mientras me tendía la misma poción energética de cada mañana, aunque esta vez lo hizo con una gran sonrisa en los labios-. ¿Estás preparado?

Por su tono y su cara, deduje que algo tramaba.

-¿Para qué? -quise saber, receloso, mientras la tomaba de un solo trago.

Su sonrisa se hizo un poco más amplia al tiempo que apuntaba hacia abajo con su varita. Al instante, varias decenas de colchonetas cubrieron el suelo y entendí a lo que se refería. Por fin lo iba a volver a intentar.

-Creo que ya estás preparado para practicar el tema de volar -anunció-. Sinceramente, estoy muy impresionada con tu progreso. Pensaba que te iba a llevar más tiempo llegar al punto en el que estás ahora mismo, pero ya has superado con creces la preparación de cualquier alumno de primer año. Puede que sea cierto que ese medallón que llevas haya amplificado tus capacidades -comentó-, pero estoy segura de que ya eran de por sí bastante impresionantes. Bueno, empecemos -dijo encaminándose al centro de la sala.

La seguí.

-No tengo muy claro cuál es la mejor forma de proceder -confesó mientras se detenía y se giraba hacia mí-. Como te dije, nadie ha hecho nunca algo parecido. Creo que lo mejor será que trates de hacer lo mismo y yo estaré atenta por si te caes.

Cada vez estaba más excitado.

-¿Puedo empezar ya? -pregunté.

Raissa asintió, cambiando la expresión alegre de su cara por una mucho más seria y concentrada.

Le di la espalda. No quería desconcentrarme por mirarla. Cerré los ojos y al instante, la magia acudió a mí. Fruto del entrenamiento, ya no me costaba ningún esfuerzo. Solo con pensarlo, ocurría.

A medida que se acumulaba en mi interior, apunté con la varita hacia mis pies. Le había dado muchas vueltas desde la primera vez y llegué a la conclusión de que no era necesario tener levantado un escudo, al contrario, eso supondría una mayor cantidad de energía mágica fluyendo de forma continua a través de mí, lo que supondría un riesgo aún mayor.

Cuando noté que la cantidad de magia en mi interior era lo suficientemente cuantiosa, la dejé salir a través de la varita, ordenándole que se acumulara debajo de la suela de mis zapatos. Poco a poco fui dejando salir de mí más y más magia, que era automáticamente renovada desde el aire. Al cabo de un instante, el fino fluir de magia entre la punta de la varita y mis pies se había convertido en un potente chorro mágico.

Sentí la enorme cantidad que se estaba acumulando debajo de mis zapatos y le ordené pasar a un estado sólido. No tardé ni un segundo en notar que mi altura aumentaba en un par de centímetros. Ya estaba hecha la parte sencilla: crear una superficie que hiciera las veces de “suelo” para mis pies en el aire.

Me concentré entonces en proveerla de un flujo constante de magia, de forma que mantuviera sin fisuras su estado sólido. Seguido, pasé a la parte más compleja.

Con los ojos aún cerrados para evitar distracciones, ordené mentalmente que comenzara a elevarse. Casi pierdo el equilibrio cuando la pierna derecha comenzó a ascender algo más deprisa que la izquierda, obligándome a contrarrestar la velocidad rápidamente para evitar dar con mis huesos en el suelo.

Entonces abrí los ojos y miré hacia abajo. Me había elevado un metro y flotaba sin esfuerzo aparente. Aunque, en realidad, era muy consciente de la cantidad de magia que estaba consumiendo. Me había vuelto mucho más sensible en cuanto a la que me rodeaba. Ahora era capaz de cuantificarla, saber si una zona era rica o pobre en magia y a encontrar reservas en el aire lejos de mí, llamándolas con la mente para que se acercaran.

El problema era que, a pesar de ser capaz de canalizarla de forma efectiva, no había la cantidad necesaria para flotar en un mismo punto durante demasiado tiempo. Cuando apenas llevaba un par de minutos en el aire, noté que la energía que entraba en mí comenzaba a disminuir. Sondeé el ambiente y me di cuenta que lo estaba dejando prácticamente seco hasta que, de repente, la base mágica sobre la que se apoyaba mi pie izquierdo se volvió demasiado débil y quebró, haciéndome perder por completo el equilibrio y caer de costado sobre una de las colchonetas. Me alegré de que Raissa hubiese tenido la brillante idea de cubrir el suelo con algo blando.

-¿Estás bien? -me preguntó preocupada.

Asentí con la cabeza.

-Sí, es solo que me quedé sin magia a la que recurrir. La absorbo mucho más rápido de lo que pensaba.

Estuvo de acuerdo.

-Ya me di cuenta, ha sido increíble. Toda la magia en unos cinco metros a la redonda parecía concentrarse en ti -dijo algo asombrada-. ¿Te duele algo? -preguntó preocupada de nuevo.

-No, nada. Estoy bien -la tranquilicé-. ¿Lo intentamos otra vez?

-Como quieras… pero mejor nos vamos para allí -dijo señalando el lado opuesto del Cubo.

Estuve de acuerdo, la magia de aquella zona permanecía intacta.

Una vez más me concentré en crear superficie mágica debajo de mis pies y le ordené que ascendiera en el aire. Me resultó algo más sencillo que la vez anterior. Aun así, pronto me enfrenté al mismo problema: la magia del ambiente se agotaba rápidamente.

Decidí intentar moverme horizontalmente sobre el suelo cubierto de colchonetas y, con un breve pensamiento, transmití la orden de comenzar a desplazarse. Tuve que inclinar el cuerpo hacia adelante para contrarrestar el movimiento que, una vez más, casi me tira. Sin embargo, conseguí aguantar medianamente bien y pronto me encontré deslizándome a metro y medio del suelo de un lado a otro del Cubo.

Gracias al desplazamiento constante, la magia no se agotaba. Esto me obligaba a mantener una férrea concentración entre las órdenes mentales, el equilibrio y tratar de controlar mi dirección, eso sin contar la continua necesidad de suministrar más magia bajo mis pies para que no perdiera su forma sólida.

Pronto cometí el primer error. En mi desplazamiento no me di cuenta de que me estaba dirigiendo hacia la zona en la que había realizado el primer intento. Al adentrarme allí, noté la falta de magia al instante. Aún no había pasado tiempo suficiente para que se repusiera. Traté desesperadamente de ampliar mi llamada metal, proyectando mi necesidad fuera del radio de alcance que había abarcado antes.

No fui lo bastante rápido. El precario equilibrio que mantenía se vino abajo cuando la magia se debilitó y fue incapaz de soportar mi peso. Caí de cabeza contra las colchonetas e incluso llegué a rebotar un par de veces antes de detenerme por completo.

Raissa me había seguido de cerca y al instante se encontraba sobre mí.

-¿Estás bien? -preguntó nerviosa al tiempo que me tendía una mano para ayudarme incorporarme sobre la blanda superficie.

-Sí, sí. Es solo que me quedé otra vez sin magia a la que recurrir.

-Parecías tenerlo controlado, aguantaste mucho más que antes -dijo extrañada.

-No, el problema no fue ese. Verás -expliqué-, al moverme conseguí encontrar magia de forma continua a mi alrededor sin mucho esfuerzo. El problema fue que me acerqué demasiado a la zona en la que habíamos estado antes.

-Ah… ya veo -comprendió Raissa-. Esa zona está seca, ¿no?

Moví la cabeza afirmativamente.

-No me di ni cuenta -admití-. En fin, ¿una vez más?

La profesora no pudo evitar sonreír al tiempo que me tendía una mano para ayudarme a ponerme en pie.

Al acabar la tarde ya era capaz de mantenerme largo rato en el aire casi sin esfuerzo aparente. A Raissa se le ocurrió la brillante idea de unir ambas bases mágicamente de forma que, en vez de tener ambos pies moviéndose de forma independiente, estuvieran sujetos y al mover uno tuviera que mover necesariamente el otro. Pasó a convertirse casi en un juego, como patinar por el aire en una tabla invisible.

Todavía no me atrevía a elevarme demasiado, ya que temía perder la concentración en cualquier momento y precipitarme contra el suelo. Sí, ya sé que estaba acolchado, pero imagínate a ti mismo cayendo desde más de cinco metros de altura y comprenderás por qué no me llamaba demasiado la idea.

Al acabar el entrenamiento de ese día, estaba cansado pero tremendamente contento. Incluso Raissa sonreía más que de costumbre.

-Es increíble -dijo admirada mientras bebíamos agua y hacía desaparecer las colchonetas-. No me extraña que el Consejo te tenga tanto respeto, eres realmente muy poderoso, Ben.

-Sabes tan bien como yo que todo es cosa de esto -señalé el medallón.

-Puede ser, aunque tengo mis dudas de que sea solo cosa suya. Vale que puede que ayude -reconoció-, pero estoy segura de que ya eras muy bueno de por sí.

-A lo mejor tienes razón, pero si te soy sincero cambiaría todo esto encantado -confesé-. Ojalá no tuviera este medallón -suspiré dándole vueltas entre mis dedos.

-Venga, Ben, ya lo hemos hablado muchas veces -trató de animarme Raissa-. Hay que aceptar las cosas tal y como son. No podemos cambiar el pasado, pero sí trabajar duro para mejorar el futuro.

Lo sabía, pero me costaba asumirlo. Aun así, no tardé demasiado en animarme de nuevo. Aún recordaba el hormigueo en el estómago que había sentido mientras me paseaba de un lado a otro del Cubo sin tocar el suelo.

Sonreí. En realidad, por muy horrible que pareciese lo que se avecinaba, en esos momentos era tremendamente feliz.

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