Capítulo 2

El resto del día pasó lento. Volví del parque a casa sin ninguna prisa, con la mente dividida entre lo que pasó en clase y lo que pasó con Emma. Por una parte seguía sin comprender lo que había ocurrido con ese bolígrafo; y por la otra, tampoco entendía qué había sucedido con Emma.

Solo tenía una cosa clara: esa tarde iba a volver a verla. Vale, puede que lo de quedar en una iglesia abandonada no fuese lo que yo tenía en mente, pero algo en sus palabras me llevó a creer que no iba a ser tan simple.

Cuando llegué a casa mi madre aún seguía en el trabajo, calenté algo de la comida del día anterior que aún quedaba en la nevera y me puse a estudiar. Sí, puede que hubiese sido un día de locos, pero eso no quita que me quedaran un par de exámenes antes de que llegara el verano.

Si he de ser sincero, no estudié mucho. Fui incapaz de concentrarme en nada que no fueran los sucesos de la mañana, así que a eso de las seis decidí que sería mejor ponerse en marcha.

La iglesia en la que había quedado con Emma se encontraba cerca de las afueras, casi en la zona industrial, dentro de un bosque de hoja caduca que parecía crecer a su alrededor. Llevaba muchos años abandonada y era conocida en toda la ciudad, ya que su aire tétrico y el abandono la habían llevado a convertirse en un lugar habitual entre los jóvenes, a los que les apetecía demostrar quién era más valiente de entre sus amigos retándose a entrar solos o acompañados cuando caía la noche.

Después de un par de autobuses, por fin llegué a los linderos del bosque y me encontré caminando por el único camino que se adentraba en la maleza. A cada paso que daba me hacía un poco más consciente de la locura que era estar allí completamente solo, no por las historias de fantasmas, sino porque ya eran casi las siete y el sol empezaba a esconderse tras las montañas. No tardaría en hacerse de noche. Y sí, tenía algo de miedo, ¿vale?

Las sombras alargadas de los árboles a mi alrededor lamían con sus oscilantes formas el camino que se abría silencioso ante mí. De vez en cuando se podía escuchar la rápida huida de una lagartija entre las hojas caídas, las mismas que crujían calladamente bajo mis pies.

Poco a poco las ramas fueron cubriendo el cielo y la oscuridad empezó a rodearme. Tuve la angustiosa sensación de que alguien me seguía. Al mirar atrás no vi más que las mismas sombras que antes cruzaron mi camino, pero el repentino correr de algún animalillo terminó por crispar mis nervios y me obligó a salir corriendo, deseando llegar al claro de la iglesia lo antes posible.

Poco a poco la claridad regresó a mi alrededor y en la carrera me encontré de golpe con la antigua parroquia. Allí, sentada en las escaleras de la entrada con un libro en el regazo, estaba Emma.

Intenté calmar mi propia respiración y caminar aparentando tanta tranquilidad como me fue posible. Ella levantó la vista en mi dirección y media sonrisa se dibujó en su rostro.

-¿Has venido corriendo?

-Pensé que llegaba tarde.

-Para nada, llegas muy puntual. ¿No será que te has asustado en el camino? -su sonrisa se hizo un poco más grande.

Vaya, ahora se hacía la graciosa.

-¡Eh! Bastante tengo con que me hayas hecho venir hasta aquí -intenté hacerme el ofendido.

-Vale, vale, ya me callo -concedió, aunque la sonrisa socarrona no desapareció de su boca-. Será mejor que entremos, se está haciendo de noche.

Sin comprobar si la seguía, comenzó a subir los escalones que nos separaban de la mohosa puerta de roble.

La iglesia no era nada del otro mundo, una simple construcción rectangular con un pequeño campanario en lo alto. Ya no había campana alguna allí colgada, sino que esta se oxidaba sobre el césped en el mismo lugar donde la habían dejado años atrás. La puerta permanecía siempre entreabierta, atascada en la herrumbre y el abandono.

Seguí a Emma al interior y comprobé que no era mucho mejor que lo que habíamos dejado fuera. Una sala casi vacía se abría ante nosotros. El suelo, lleno de hojas y suciedad, estaba agrietado y en muchos sitios se apreciaban desniveles. Solo quedaban un par de bancos atravesados de cualquier manera que no invitaban a sentarse en ellos, pues lo más probable es que te encontraras a ti mismo en el suelo rodeado de astillas y maderos si te atrevías a intentarlo siquiera.

Emma caminó decidida delante de mí, llevaba los mismo jeans que en la mañana pero se había cambiado el jersey por una sudadera, mucho más práctica para una aventura en un edificio abandonado. Desde que la vi sentada esperándome no tuve ocasión de volver a pensar en lo que estaba ocurriendo. ¿Era esto una cita? ¿Qué querría de mí? Tanto tiempo juntos en clase y nunca había dado muestras de querer hablar conmigo más allá de los asuntos puntuales que pudieran surgir en la propia aula.

La verdad, aunque no tenía ni idea de lo que había ocurrido en realidad, estaba muy agradecido a ese bolígrafo volador.

Atravesamos la sala y, lejos de querer aparentar temor alguno, me abstuve de hacer ninguna pregunta y me limité a seguirla en silencio.

Fue ella la que lo rompió.

-¿Habías venido aquí alguna vez antes?

-No, sé las historias que cuentan y poco más, ¿y tú?

Me miró enarcando una ceja, como queriendo remarcar lo estúpido de mi pregunta.

-Es obvio que sí, ¿no?

Sí, no se lo iba a negar, estaba claro que algo se traía entre manos.

Dejamos la sala principal por un corredor lateral y nos encontramos de frente con una puerta cerrada. Entonces Emma sacó una llave de uno de sus bolsillos. Era una de esas llaves antiguas de hierro y muy grande. Me fijé en la enorme cerradura que adornaba la puerta.

-¿De dónde la has sacado? -pregunté incrédulo mientras ella le daba un par de vueltas dentro de la cerradura. Se escuchó un “¡click!” y la puerta se abrió un poco hacia dentro.

Cuando salí de mi asombro la miré y pude comprobar que ella, a su vez, me miraba sonriendo. Quise aparentar que no estaba nada impresionado, aunque creo que ya era tarde para salvar el orgullo.

-Se la he cogido prestada a mi padre. Hace unos días estaba en su despacho y me dio por curiosear en los cajones. En uno de ellos encontré un sobre blanco con la palabra “iglesia” escrita en letras bien grandes. Dentro estaba esta llave.

-Y no te pudiste resistir, ¿no?

Se rio.

-Pues no. Además, tuve la corazonada de que se trataba de esta iglesia en particular y me pregunté para qué serviría la llave, ya que la puerta de la entrada está atascada y, que yo sepa, no tiene ninguna cerradura.

Mientras hablaba empujó la puerta y ante nosotros apareció una sala completamente a oscuras. Emma empuñó una linterna (sí, lo sé, tenía que habérseme ocurrido llevar una) y la apuntó al interior.

-Creo que es una especie de despacho. Aunque no entiendo muy bien para qué querría alguien tener un despacho en una iglesia.

El haz de luz iluminó una estantería pegada a la pared izquierda con unos cuantos botes de cristal en ella, una enorme mesa de escritorio justo en el centro y una antigua silla de piel detrás de esta. Eso era todo.

-No parece muy interesante la verdad… -murmuré.

-Ten paciencia, hombre. Igual te sorprendes.

Entró en el despacho y yo la seguí. Al no tener ninguna ventana el aire del interior estaba viciado, dejando un extraño regusto a óxido en la boca con cada bocanada de aire que respiraba.

Mi guía se acercó hasta el escritorio, se subió en él y colgó la linterna de un cable que bajaba desde el techo. Supongo que era el mismo del que antaño colgara una lámpara. Gracias a esto, la habitación quedó decentemente iluminada.

Seguido, dejó el libro que había estado cargando sobre el escritorio y me miró inquisitivamente, invitándome a echar un vistazo.

Por supuesto, lo hice. Llegué a su lado y pude apreciar que el libro en cuestión no estaba en muy buen estado. La portada, que un día fue blanca, tenía ahora un color verdoso y arrugado, como si alguien lo hubiera sumergido en un lodazal y después se hubiese olvidado por completo de él.

Tenía un título bastante desgastado. Miré a Emma y con un gesto me dio permiso para coger el libro y acercarlo a los ojos, buscando un ángulo de luz que me permitiera descifrar lo que decía.

“Introducción a la magia”.

La miré incrédulo. Ya no sonreía, estaba completamente seria y estudiaba mi reacción.

-Tiene que ser una broma -le dije.

-Lo encontré aquí, en este despacho, exactamente en un falso fondo del segundo cajón del escritorio.

Miré al libro, al escritorio, a ella y luego, una vez más, fijé la vista en el libro. Cada vez estaba más convencido de que mi amor platónico estaba algo mal de la azotea.

Abrí el libro y me encontré el índice:

“Índice

  1. ¿Qué es la magia?………..…..página 3
  2. ¿Cómo se canaliza?……….…página 10
  3. Tipos de varitas……………..página 17
  4. Grandes magos………………página 20
  5. La magia en el día a día………página 32
  6. Construcciones mágicas……..página 46

7… Etc.”

Supongo que os hacéis una idea.

Emma seguía seria, estudiando todos mis movimientos. Empecé a pasar una página tras otra leyendo entrelíneas: “… está en el aire que nos rodea.”, “son todas las cosas y ninguna a la vez… ”, “… runas antiguas con poder en sí mismas… ”

-¿Qué es esto, Emma? ¿Una especie de broma?

Cogió el libro de mis manos con un suspiro, lo cerró y lo volvió a dejar encima del escritorio.

-Es un libro de texto.

-¿Qué?

-Sí, como los que tenemos en el instituto, ¿no lo ves? Es exactamente igual.

-Claro, porque todos los libros que tenemos en clase hablan de lo “complicado que es convocar la magia en una situación de necesidad extrema”, ¿no?

Puso los ojos en blanco.

-No, Ben, no es un libro como los que tenemos, sino uno de otra Escuela, alguna en la que enseñan estas cosas.

Vaya, sí que se sabía mi nombre, espero que no se me notara demasiado la sorpresa en el rostro o que la asociara con el libro del que hablábamos.

-Te juro que cuando lo encontré pensé que era algún tipo de broma, igual que tú. Pero luego vi lo que hiciste en clase con aquel bolígrafo…

Por fin todo encajó en mi cabeza. Emma creía que lo que había sucedido con el bolígrafo era magia. Debieron de confundirla todas las cosas que decía ese libro y ese fue el motivo de que me siguiera hasta el parque. Debió creer que yo era algún tipo de mago y por eso me invitó a ir allí. Creía que sabía hacer magia. ¡Oh, Dios mío! Cuando por fin se interesaba por mí, resulta que se estaba volviendo medio loca.

-Emma, yo no hice nada.

-¡Claro que sí! Sé lo que vi. Nadie movió ese bolígrafo, fuiste tú. Tuviste que hacerlo.

Allí, dentro de aquel húmedo despacho de una antigua iglesia abandonada, justo en mitad de un pequeño bosque que ponía la piel de gallina a cualquiera que lo atravesara, lejos del bullicio de la ciudad y junto a la chica de la que hacía muchísimo tiempo que estaba enamorado, comprendí lo absurdo de todo. Si no fuera porque de camino a esa “cita” fui pellizcándome para asegurarme de que no se trataba de un sueño, te juro que habría creído que todo aquello no era más que otra de aquellas pesadillas que solía tener cada noche.

Sin embargo allí estaba yo, y Emma a mi lado con ojos suplicantes de comprensión. Ella misma debía de creer que se estaba volviendo loca, y no la culpo. Todo era de lo más extraño.

-A ver… es imposible, tiene que existir una explicación lógica -traté de decir.

-No hay ninguna otra, Ben. He leído ese libro entero y sé que has hecho magia. Tú mismo dijiste que, justo antes de que el bolígrafo saliera volando hacia tu cabeza, te sentiste cansado y que por eso perdiste el equilibrio y te caíste. Aquí habla de eso -abrió el libro ante nosotros y buscó una página concreta en la que hablaba de los efectos de la magia-. ¿Ves? Dice que al usar la magia de tu propio cuerpo agotas tu energía. Eso es lo que te ocurrió a ti, por eso te sentiste tan cansado.

No lo voy a negar, todo tenía sentido si obviamos el hecho de que la magia no existe. Sin embargo, la veía tan emocionada que me dio miedo seguir negando lo que ella encontraba evidente. Cuerda o no, seguía siendo Emma y yo seguía prendado de ella. No pensaba estropear la primera vez que reparaba en mi presencia. Si quería magia, supongo que no me costaba nada darle la razón.

-Vale… sí, puede que sea eso.

Su rostro se alegró y su sonrisa pareció iluminar la habitación entera más aún que la linterna que se mecía tambaleante sobre nuestras cabezas.

-Pero no tengo ni idea de cómo ocurrió -me apresuré a decir antes de que se le ocurriera pedirme que hiciera algún tipo de demostración.

-Lo sé, por eso te seguí. Me pareció que estabas asustado y pensé que a lo mejor hacías alguna estupidez.

-¿Como sentarme en un parque?

-Exacto -su risa espontánea llenó el silencio de la iglesia-. Me caes bien, Ben.

La franqueza de su voz hinchó mi pecho y me ruborizó las mejillas. Agradecí en silencio la penumbra.

-Tú a mí también, aunque nunca pensé que nuestra primera cita fuera en un sitio como este.

Ni siquiera sé por qué dije eso.

-¿Quién ha dicho que esto sea una cita? -sonrió abiertamente.

-Yo… no quería decir eso, lo… lo siento -tartamudeé.

Tierra trágame. Su risa volvió a elevarse en el silencio, provocando leves ecos en las paredes de la iglesia. Al menos a uno de los dos le parecía graciosa la situación.

-Venga, ven aquí y probemos algo de lo que dice el libro.

El semblante serio volvió a apoderarse de su rostro mientras pasaba con cuidado varias páginas. Fui yo quien, al leer uno de los títulos, se dio cuenta de una cosa:

-Aquí dice que para hacer magia hace falta tener una varita. En clase yo no tenía ninguna. Aunque hubiese sabido hacer magia, no habría podido.

Me miró pensativa.

-¿Estás seguro de que no tenías ninguna?

-¿Cómo demonios iba a tenerla si me acabo de enterar hace diez minutos de que existe la magia?

-No, no me refiero a eso. Haz memoria.

No sabía adónde quería llegar, aun así le hice caso. Pensé en mí mismo estirado en la silla intentando alcanzar el bolígrafo. Estaba demasiado lejos y a pesar de usar un lápiz para…

-Espera, no estarás pensando en el lapicero, ¿no?

Asintió.

-Aquí dice que las varitas se hacen de madera bañada en una mezcla de diferentes ingredientes, pero madera al fin y al cabo. Puede que no sea una varita en condiciones, pero, ¿no podría haber funcionado cómo una?

Por supuesto, dentro de la locura de conversación que estábamos manteniendo, no parecía demasiado disparatado.

-Así que, si apunto con un lapicero a ese papel que hay en el suelo, ¿saldrá disparado hacia mi cara?

-Sí… supongo que sí. Es lo que pasó en clase. ¿Por qué no iba a pasar otra vez? Vamos, prueba.

Enarqué las cejas y la miré sin creer lo que acababa de decir. Pero su expresión dejaba claro que lo decía completamente en serio.

-Verás -comencé-, me parece una idea genial, pero no he traído ningún lapicero.

Llevó la mano al bolsillo trasero de su pantalón y sacó uno. Cómo no.

-Yo sí, toma –dijo, tendiéndomelo.

-¿No prefieres probar tú? -dije esperanzado.

Ninguna de las dos opciones posibles me atraía: o bien no pasaba absolutamente nada y yo me encontraría apuntando con un lápiz a un papel mientras hacía movimientos extraños; o bien todo lo que habíamos hablado hasta el momento era cierto y dicho papel saldría disparado hacia mi cara. Lo último que me apetecía era quedar en ridículo una vez más.

-¿Qué crees que llevo haciendo todo el día en mi casa? -inquirió con un tono bastante cortante.

Estaba claro que no bromeaba. Cogí de sus manos el lápiz que me tendía y, no sin recelo, apunté con él al papel en cuestión.

Nada sucedió, pero seguí intentándolo. Empecé a hacer movimientos con el brazo: círculos, latigazos imaginarios e incluso espirales. Emma, lejos de reírse me daba consejos y me sugería movimientos, pero el papel se mantenía inmóvil.

-No parece que funcione demasiado -comenté.

-Tienes que estar haciendo algo mal, en clase lo hiciste, los dos lo sabemos. Vuelve a intentarlo -insistió.

Suspiré. Es increíble lo que llegamos a hacer a veces por la chica que nos gusta.

“Venga papelito, no me hagas quedar mal y muévete de una vez, ¡vuela!” -pensé al tiempo que realizaba una especie de remolino con el lápiz.

Entonces ocurrió.

Sentí que me faltaba el aire y por unos segundos el sueño se apoderó de mí. Fue solo un instante, pero el grito de Emma me espabiló por completo. Ante nosotros el papel se elevaba trazando rápidos círculos. Pareció llegar a su punto más alto, cesó la subida y comenzó a caer de nuevo hacia el suelo, planeando lentamente de un lado al otro del despacho.

Lo vimos caer y no apartamos los ojos de él hasta que estuvo completamente inmóvil en el pavimento. Miré el lapicero que aún sujetaba entre los dedos de mi mano derecha y después levanté la mirada hacia Emma.

Tenía ambas manos alrededor de la nariz y de la boca, con los ojos muy abiertos y una expresión de sorpresa congelada en el rostro. Alternaba la mirada entre el papel y yo, hasta que de pronto estalló en una especie de chillido de júbilo y corrió a abrazarme.

-¡Lo has hecho, lo has hecho! -gritaba.

Yo también la abracé a ella y, por unos segundos, me olvidé por completo de todo lo que acababa de suceder, concentrando todos mis sentidos en la cercanía de su cuerpo y la extraña sensación de felicidad que me inundaba por dentro.

No fue un abrazo muy largo, pero fue lo mejor que me había pasado en mucho tiempo.

Poco a poco Emma se fue calmando y se apartó de mí. Con las manos aún en mis hombros y los ojos clavados en los míos dijo:

-¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer? ¡Magia! Existe, existe de verdad. ¡Acabas de hacer magia, Ben!

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