Capítulo 20

Abrí los ojos lentamente y vi una cara conocida sentada en una silla a mi lado. Emma, preocupada, me observaba en silencio. Desorientado, solo sabía que estaba tumbado en una cama y tapado con varias mantas.

Entonces se dio cuenta de que estaba despierto.

-Por fin, ¿cómo te encuentras? -preguntó poniéndose en pie y acercándose.

-Bien… creo -dije tratando de incorporarme.

Emma puso una mano en mi hombro, impidiéndomelo.

-Aún necesitas descansar, no te muevas -dijo antes de agacharse y darme un suave beso.

-¿Dónde estoy? -quise saber.

-En la enfermería. Te trajeron aquí hace un par de horas -me informó-. Te encontraron inconsciente en el ascensor. ¿Qué pasó, Ben?

El rostro de Shakar volvió a mi mente y el pulso se me aceleró. Traté una vez más de levantarme, pero Emma, firme, me lo impidió.

-¡Necesito ver a Raissa! -exclamé-. No puedo quedarme aquí, no puedo. Tengo que verla ahora mismo.

Estaba demasiado acelerado y Emma me observaba con el ceño fruncido.

-Estuvo aquí hace un rato y dijo que volvería más tarde. ¿Qué pasa, Ben? Cuéntamelo, por favor.

Me di cuenta de que la estaba asustando y traté de calmarme. Como pude, le relaté lo que había ocurrido al salir del Cubo y poco a poco fue palideciendo. Cuando terminé, me dijo que no me moviera de allí y salió corriendo en busca de la profesora.

Tardaron quince minutos eternos en aparecer, suficientes para estar cerca de tener un nuevo ataque de nervios. La enfermería no eran más que una docena de camas pegadas a la pared de una gran habitación. El olor de productos de limpieza inundaba el lugar y pronto me provocó un fuerte dolor de cabeza.

Cuando por fin llegaron, volví a relatar lo ocurrido, algo más calmado esta vez pero aún demasiado nervioso.

-Está bien, Ben, no pasa nada, aquí estás a salvo -trató de tranquilizarme Raissa-. Sabía que Shakar tenía espías en la Escuela, aunque nunca pensé que llegaría tan lejos. Al menos, no sabe nada importante, solo que eres poderoso.

-¡Pero sabe quién soy! Basta con que alguien se entere de lo del medallón para que venga a por mí -dije, molesto.

-No dejaré que eso ocurra. Y, en el hipotético caso de que sucediera, estarás preparado, Ben -me prometió.

-¡Si ni siquiera fui capaz de lanzarle un azote!

-Pero mantuviste firme tu escudo todo el tiempo, ¿verdad? Eres más fuerte que él. Por muchos azotes que te lance, si eres capaz de mantener levantado el escudo no te pasará nada.

Emma se sentó en el borde de la cama y me cogió de la mano.

-Necesito salir de aquí -supliqué.

Las dos cruzaron una mirada y acabaron accediendo, ayudándome a ponerme en pie.

-Tengo una idea para ayudarte con los azotes en combate -anunció Raissa-. Mañana la ponemos en práctica, ¿vale?

Asentí sin muchos ánimos. Entre las dos, me ayudaron a llegar a mi habitación y a acostarme en mi cama. Luego, bajo la atenta mirada de Roland, las dos se fueron y me dejaron descansar.

No me gustaba nada la sensación de impotencia que había experimentado en mi primer encuentro con Shakar, y eso que solo me enfrentaba a un holograma. Me había entrado el pánico y no había sido capaz de hacer nada más que levantar un escudo. Madre mía, incluso me había terminado desmayando. Qué horror.

Por suerte, la idea de Raissa realmente me ayudó.

Apareció por la mañana en mi habitación. Me dijo que venía a buscarme porque íbamos a ir a entrenar a un sitio diferente. Me vestí y tomé la poción que me tendió, junto con un par de plátanos. Al instante sentí las fuerzas renovadas dentro de mí, como si el día anterior no hubiera ocurrido absolutamente nada.

Seguí a Raissa hasta la planta cero y de ahí salimos a la calle.

-¿A dónde vamos? -pregunté extrañado mientras nos internábamos por uno de los caminos de los jardines de la Escuela.

-Ahí -contestó señalando con un dedo a una de las Torres-. Es la Torre de Hechicería.

Observé embelesado la construcción desde la distancia. No difería demasiado de la Torre Central y era completamente idéntica a las otras dos, la de Runas y la de Pociones. Eso no quitaba que fueran unas estructuras impresionantes, capaces de dejar sin aliento con solo mirarlas.

-¿Por qué vamos ahí? -quise saber-. ¿No es suficiente con el Cubo?

Raissa sonrió.

-Sí, el Cubo está muy bien -reconoció-. El problema es que allí no hay ni un solo rival decente para ti.

¿Rival? No estaría pensando en…

-Raissa, ¿qué tramas?

Se rio.

-Creo que el problema que tuviste ayer se debe a tu falta de práctica en un combate real. Vamos a dedicar esta última semana solamente a dos cosas: mejorar el tema del vuelo y que seas capaz de mantener un combate mágico.

A medida que nos acercábamos a la Torre más me excitaba ante la perspectiva de aprender a combatir. Sabía que era lo único que me podía llegar a salvar, por mucho que Raissa me asegurara que estaría siempre a mi lado. Después de todo, el día anterior mismamente acababa de tener mi primer encuentro con Shakar y ella ni siquiera estaba cerca. No la culpo, solo digo que era imposible que me vigilara a todas horas.

Llegamos a la Torre y entramos, viéndonos al instante rodeados por alumnos de uniforme rojo. Todos me miraban al pasar, y es que el mono blanco que vestía yo destacaba demasiado en aquel lugar.

El edificio funcionaba de igual manera que la Torre Central, con la diferencia que en las tiendas de la planta baja solamente se vendían armas y objetos para el combate. Raissa me guio hasta el ascensor y marcó el tercer piso, donde estaban las aulas.

Al abrirse las puertas noté que aquel lugar también era diferente. Las puertas de las aulas eran mucho más grandes y anchas. Seguí a la profesora por una serie de corredores hasta que se detuvo delante de una de ellas.

-Adelante –dijo, mientras las abría y me franqueaba el paso.

Lo que había al otro lado me dejó sin aliento.

Era un lugar idéntico al Cubo, solo que diez veces más grande. Las paredes estaban tan lejos una de otra que parecían incluso pequeñas y el cielo se abría sobre las cabezas de las decenas de alumnos que se encontraban entrenando en aquel momento. Al instante nos volvimos el centro de atención. A medida que nos adentrábamos en el Cubo de la Torre de Hechicería, más pequeño e insignificante me sentía.

-Así que es este -dijo mirándome de arriba a abajo un mago de túnica negra ante el que Raissa se había detenido.

Era un hombre completamente calvo y sin cejas, lo que le daba un aspecto a medio camino entre cómico y aterrador. Bajo la túnica negra, se podían apreciar el grosor de los músculos de sus brazos y se podía suponer que el resto de su cuerpo era igual de fuerte. Dada su altura, al menos un metro noventa, me miraba desde arriba, lo que proporcionaba un aspecto más imponente aún si cabe.

-Ben, este es Gerd -nos presentó-. Es un buen amigo mío y nos va a ayudar en esta última semana de tu entrenamiento.

Hizo una leve inclinación de cabeza en mi dirección, confirmando las palabras de mi profesora.

-Cuando me necesites, avísame -le dijo a Raissa antes de darse la vuelta y continuar con lo que fuera que estuviese haciendo con varios alumnos.

Nos apartamos un poco de todo el jaleo y pude hacerme una pequeña idea del lugar. Los alumnos se dividían en grupos de diez e iban pasando por diferentes estaciones, en las que realizaban varios tipos de ejercicios.

A mi izquierda, uno de los grupos lanzaba azotes sin parar contra una serie de blancos colocados a bastante distancia de donde se encontraban, incluso había blancos móviles. Un poco más allá, otro grupo se enfrentaba por parejas a un profesor, tratando de conseguir debilitar su escudo.

Raissa me explicó que cada uno de los alumnos y profesores llevaba un anillo que generaba un fino escudo pegado a la piel y que los protegía en todo momento. Así, cuando alguien conseguía derribar el escudo del contrincante, el siguiente azote alcanzaría el escudo del anillo, el cual se iluminaba de un color amarillo chillón, dando el combate o ejercicio por terminado.

Al lado de ese grupo había otro que se dedicaban a correr de un lado a otro, lanzando un azote al aire cada vez que cambiaban de dirección. Supuse, era un ejercicio para mejorar la forma física.

Había media docena de grupos más realizando ejercicios diferentes, pero creo que os hacéis una idea aproximada de la situación. Además, un ejercicio en concreto llamó mi atención por encima de todos y era precisamente el que dirigía Gerd.

Dos alumnos se estaban enfrentando en un combate mágico. Cada uno de ellos se encontraba en una plataforma de piedra idéntica a las que había en el Cubo de la Torre Central. Ambos mantenían las varitas en alto y se lanzaban un azote detrás de otro. Los rayos de luz, sobre todo amarillos, se cruzaban en el aire y se iban a estrellar contra el escudo del contrincante, provocando enormes telarañas en el aire enfrente de cada uno.

Uno de los chicos pareció aumentar la fuerza del ataque, pues entre los azotes amarillos comenzaron a aparecer series de azotes rojos. Primero dos de vez en cuando, luego tres y, de repente, lanzó tres azotes rojos curvos que destrozaron la defensa de su rival y se fueron a estrellar contra el escudo interior, iluminándolo al instante en ese horroroso color amarillo chillón.

-Wow -fue lo único que conseguí decir.

-Impresiona, ¿verdad? -dijo Raissa-. La primera vez siempre te deja boquiabierto, luego ya te acostumbras y casi se convierte en tu día a día. Siempre que elijas esta Torre, claro. En Runas y Pociones ni siquiera tienen Cubo. No creo que te gustara aquello.

Estuve de acuerdo.

-Bueno, ¿empezamos? -propuso.

-Claro.

-Verás, tienes que ponerte esto -dijo tendiéndome uno de aquellos anillos protectores-. Solo funcionan en el Cubo, ya sea este o cualquier otro, gracias a las runas que llevan grabadas.

Me lo puse y pareció adaptarse él solo al tamaño de mi dedo. Acto seguido noté la protección a mi alrededor.

-¿Estás preparado?

-¿Para qué? -quise saber.

No respondió, se limitó darse la vuelta y caminar en dirección a Gerd.

-Ya está preparado -le anunció.

El hombre me miró fijamente.

-¡Colin! -gritó.

Al instante un chico rubio se acercó corriendo a donde estábamos.

-¿Señor?

-Este es Ben, te enfrentarás a él. Es su primer combate, no te pases -le advirtió.

El chico me saludó con un movimiento de cabeza, que yo correspondí de igual manera, antes de dirigirse a una de las plataformas. Miré a Raissa y ella señaló con un dedo la plataforma contraria.

No hacía falta ser un genio para saber lo que tenía que hacer. Me subí sin demasiado esfuerzo, notando cierto cosquilleo nervioso en mi interior. Una vez arriba, localicé a Colin con la mirada y vi que levantaba la varita y esperaba a que yo hiciera lo mismo.

Traté de concentrarme y abstraerme de todo lo que me rodeaba. Escuché la cálida vibración de la magia en el aire y la llamé, notando al instante cómo se acumulaba dentro de mí. Levanté la varita y con ella un escudo completo a mi alrededor.

En ese momento Colin lanzó su primer ataque. Una serie de cuatro azotes verdes iluminaron el aire y chocaron contra mi escudo. Estaba probándome. Sonreí. Volvió a atacar, lanzando de nuevo cuatro azotes verdes, seguidos de dos amarillos. Todos se estrellaron en mi escudo y apenas consiguieron incomodarme.

Entonces decidí atacar. Tratando de impresionarle, lancé tres tandas de tres azotes amarillos. Los chasquidos de cada azote comenzaron a llenar el aire a nuestro alrededor al tiempo que mi contrincante respondía a mi ataque con un potente azote rojo que hizo tambalearse mi escudo al pillarme algo desprevenido.

Fruncí el ceño, apreté los dientes y me concentré en lanzar cinco azotes amarillos curvos, uno por cada lado, seguidos de uno rojo por el centro. Colin, que no se esperaba algo así de un chico de uniforme blanco de primer año, había formado un escudo demasiado débil para soportar un ataque potente, con lo que al instante se iluminó de amarillo cuando el último de los azotes de la serie impactó contra su escudo interno.

Acababa de ganar el combate.

Miré a Raissa y vi una sonrisa orgullosa en su rostro. No había estado nada mal para ser el primer combate serio que tenía. Gerd, en cambio, me miraba con ojos diferentes. Me estaba estudiando de nuevo con la mirada, queriendo recalcular su impresión inicial.

Colin, aún de pie sobre la plataforma, no salía de su asombro mientras sus compañeros aprovechaban para gastarle bromas y meterse con él. Les duró poco la alegría.

Durante la siguiente media hora tuve otros cuatro combates más. A medida que ganaba confianza, mis azotes se volvieron más potentes. Le había pillado el truco a los azotes rojos. Bastaba con ordenarle a la magia que saliera a máxima potencia mientras pensabas en algo que te cabreara mucho. Yo, por ejemplo, recurría a la muerte de mi padre y al rostro de Shakar en muchas ocasiones, provocando que el odio aflorara a mis sentimientos y contagiar así la magia del azote con ellos.

Después del cuarto combate, Raissa y Gerd se reunieron conmigo.

-¿Cómo te sientes? -preguntó ella.

-Bien, mejor que nunca -contesté animado.

-Ha sido… interesante -dijo el hombre-. En verdad eres poderoso. He de reconocer que en un principio pensé que Raissa exageraba. ¿Cuánto hace que se te despertaron los poderes? ¿Un mes?

Hablaba más para sí mismo que con nosotros.

-No sonrías tanto -me dijo Raissa bajándome los humos-. Eran todos uniformes rojos recién iniciados. No creo que con alumnos más fuertes vayas a tener tanta soltura.

-Eso ya lo veremos -contesté sonriente, provocando al instante el resoplido de la mujer.

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