Capítulo 21

La mañana siguiente la pasé realizando una serie de ejercicios diferentes. Pronto casi todos los alumnos de la Torre escucharon hablar acerca del chico de mono blanco que era capaz de lanzar azotes de todo tipo y que había conseguido ganar cinco combates nada más llegar a la Torre.

Cuando pasaba entre ellos o me acercaba a un grupo, todos guardaban silencio y me observaban. Sus rostros presentaban gran variedad de sentimientos diferentes, desde envidia hasta repulsión. Me hizo gracia que muy pocos, aparte de los maestros, mostraran respeto por mis dotes. Casi todos parecían creer que era una injusticia que yo estuviera allí entre ellos tan pronto.

Mientras trataba de alcanzar varios blancos móviles con azotes ligeros, Raissa se acercó hasta mí.

-¿Estás bien? -preguntó mientras se plantaba justo en mi línea de tiro para evitar que siguiera disparando.

-Claro, ¿por qué no iba a estarlo?

-Por los demás chicos -explicó-. No parece que estés haciendo demasiadas amistades.

Era verdad.

-No me molesta -confesé-. No estoy aquí para hacer amigos, estoy tratando de salvar mi vida. Si para ello tengo que cabrear a un montón de personas que se creen mejores solo por llevar aquí más tiempo que yo, pues sea. Además -dije con una media sonrisa burlona-, ya te tengo a ti.

-Claro -bufó ella-, será eso.

Reímos juntos. En verdad la sentía más como una amiga que como una profesora y estoy seguro de que a ella le pasaba algo parecido conmigo. El estar juntos tanto tiempo cada día había generado una serie de lazos de amistad realmente fuertes. Incluso Emma me dijo una tarde que se sentía algo celosa, no por Raissa, si no por el poco tiempo que conseguía pasar con ella. Aun así, nos iba bien. Si os soy sincero, cada vez que pensaba en que estaba saliendo conmigo, mi ego subía hasta el cielo.

-He estado hablado con Gerd esta mañana -anunció-. Vamos a incrementar la dificultad de los combates, a ver si encontramos cuáles son tus límites. ¿Te parece bien?

-Claro, tú mandas, profe -dije provocando que pusiera los ojos en blanco.

-¿Por qué estás de tan buen humor hoy?

-La verdad, ni idea, pero sienta bien -admití.

No dijo más al respecto, pero me indicó que la siguiera y me hizo subir a una de las plataformas.

-¡Jessica! -llamó Gerd.

Al instante una chica salió del grupo de alumnos que estaba más cerca de nosotros y se subió en la plataforma opuesta a la mía.

-Quiero un combate sin escudos permanentes, ¿entendido?

No tenía ni idea de a qué se refería.

-No… ¿Cómo es eso? -pregunté.

-Es muy simple, Ben -explicó el maestro-. No puedes mantener un escudo a tu alrededor de forma constante. Es necesario que detengas cada azote que te lance tu contrincante de forma individual, ¿lo entiendes?

Asentí. No iba a ser tan fácil como el día anterior.

Miré hacia Jessica y vi que ya se había colocado en posición de combate con la varita en alto. La imité y decidí ser yo quien lanzara el primer azote para ver cómo reaccionaba. Un fuerte chasquido rompió el aire cuando un rayo de luz amarilla salió de mi varita. La chica, sorprendida por el repentino ataque, acertó a desviarlo en el último instante.

Vi en su cara una expresión de determinación que no había visto en ninguno de los contrincantes del día anterior. Supongo que no quería perder contra mí y que sus amigos se lo echaran en cara más tarde.

Respondió a mi ataque con una serie de dos tandas de tres azotes amarillos, los cuales detuve con un escudo frontal en dos tiempos. La ventaja de esta forma de combate era que resultaba mucho más sencillo lanzar azotes mientras defiendes, por lo que tras parar su siguiente ataque, aproveché para intercalar un par de azotes rojos bastante potentes. Casi me costó creer que la chica no se lo hubiese esperado cuando se iluminó su escudo interior. Me miró con cara de muy pocos amigos mientras se bajaba.

Al instante, Gerd llamó a otro chico, que subió a la plataforma vacía y, sin esperar siquiera a que me colocara en posición, me lanzó un fuerte azote rojo que detuve con bastante esfuerzo. Cruzamos la mirada y vi una sonrisa de suficiencia dibujada en su rostro.

Eso hizo que me cabreara de verdad. Me estaba empezando a cansar de los humos engreídos de todos los uniformes rojos. Tensé los músculos, levanté la varita y lancé una decena de azotes curvos, todos rojos. El chico consiguió detenerlos todos, pero la sonrisa se le borró del rostro.

Dio un paso al frente e imitó mi ataque, azotes rojos me llegaron de derecha e izquierda, cinco por cada lado. Los detuve y lancé seis amarillos por el centro y dos rojos por cada lado. Pensé que eso sería suficiente para pillarlo desprevenido, pero me sorprendió deteniéndolos todos de nuevo. Tuve una idea y comencé a lanzar azotes amarillos sin parar, desde todos los ángulos hasta que, cuando noté que empezaba a estar cansado, lancé un azote amarillo por el centro seguido de uno muy potente rojo, confiando en que el primero ocultara el segundo.

Sonreí satisfecho cuando el chico se iluminó. Con una mirada furibunda, bajó de la plataforma.

-Impresionante, Ben -alabó Gerd.

Me ruboricé sin saber muy bien qué contestar.

-Ya te dije que era excepcional -dijo Raissa a su lado.

-En verdad lo es -contestó el hombre sin quitarme los ojos de encima-. Ese último chico lleva un año en esta Torre, dos en total en Baem y Ben lo ha vencido sin despeinarse siquiera. No lo entiendo, de verdad que no entiendo cómo es posible -tenía los ojos muy abiertos y parecía que, una vez más, en vez hablar con Raissa estaba hablando solo.

Ella se rio, aunque yo empecé a sentirme incómodo ante su mirada. Bajé de la plataforma y la profesora me llevó aparte.

-Creo que será mejor que sigamos entrenando en la Torre central -dijo.

Me sorprendió, no me esperaba eso.

-¿Por qué?

-No pensé que fueras a levantar tanta expectación. Fíjate -me pidió-, mira a tu alrededor. Casi todos los chicos nos están mirando ahora mismo.

Era verdad. Los que no estaban ocupados con algún ejercicio, miraban en nuestra dirección, curiosos por lo que pudiera estar haciendo.

-Estamos levantando demasiados rumores -dijo preocupada-. Creo que no hay nadie en toda esta Torre que no haya oído ya hablar de ti, y eso que solo llevas aquí día y medio -meneó la cabeza-. Cualquiera de estos chicos puede ser un espía de Shakar. Cuando te traje aquí pensaba que al menos perderías algún combate -reconoció-, pero eres demasiado fuerte para estos chicos. Lo mejor será que volvamos a la privacidad del Cubo de la otra Torre y que te enfrentes a mí. Así al menos no crearemos rumores nuevos.

Acepté, aunque no de buen grado. Me gustaba estar allí. Aun así, estaba claro que Raissa tenía razón.

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