Capítulo 22

El día siguiente amaneció extraño. Volver a la rutina en el Cubo de la Torre Central me cambió el ánimo durante buena parte de la mañana. Cuando llegué, Raissa me esperaba con la acostumbrada poción. La perspectiva de enfrentarme a ella en un combate real me animó bastante, así que poco a poco fui recuperando la sonrisa que había tenido el día anterior.

A modo de calentamiento, me hizo lanzar azotes contra una serie de objetos móviles, de forma que tuviera la cabeza ocupada y no pudiera pensar demasiado, cosa que me vino perfecta. Al cabo de un rato, decidió que ya era suficiente y nos subimos cada uno a una de las plataformas.

-¿Llevas puesto el anillo? -preguntó antes de comenzar el combate.

-Sí.

-Bien, intentaré no ser muy dura contigo -dijo con una media sonrisa burlona dibujada en el rostro.

Ambos levantamos la varita. Opté por un escudo completo mientras que Raissa, en cambio, decidió no protegerse y detener cada azote individualmente. Fue ella la primera en lanzar su ataque, rompiendo con los sonoros chasquidos de sus cuatro azotes intermedios el silencio del Cubo.

Mi escudo los detuvo sin ningún problema y lancé el contraataque, que la profesora detuvo sin ni siquiera inmutarse. Entonces, para mi sorpresa, comenzó una tanda ininterrumpida de azotes rojos que se estrellaron sin parar a mi alrededor. Llegaban desde todos los lados, lo que me obligaba a mantener la concentración solamente en la defensa, incapaz de lanzar ningún azote.

Estuvimos así al menos cinco minutos hasta que empecé a notar que mi escudo se estaba debilitando. Raissa no cejó en su ataque y en cuestión de segundos consiguió atravesar mi defensa y estrellar varios azotes contra el escudo protector del anillo de entrenamiento, haciendo que todo mi mundo se iluminase de amarillo durante unos momentos.

Tuve que sentarme en el suelo de la plataforma para recuperar el aliento. Raissa, preocupada, me preguntó cómo estaba.

-Bien, estoy bien, solo cansado -dije en un hilo de voz-. ¿No decías que no ibas a ser demasiado dura? -la culpé.

-Me pareció que después de los dos últimos días necesitabas una pequeña cura de humildad -replicó sin perder la sonrisa que se había instalado en su cara una vez que comprobó que todo estaba en orden-. No me gusta perder ni a las canicas, menos aún contra un uniforme blanco tan enclenque como tú.

Aunque lo dijo para picarme, no entré al trapo y me puse en pie lentamente.

-Bueno, esta vez no me pillarás por sorpresa -anuncié orgulloso.

Ella se rio y ambos recuperamos nuestras posiciones en las plataformas. Pasamos el resto del día intercalando combates con ejercicios de recuperación, de forma que al final de la tarde no estuviera demasiado cansado. Por supuesto, no conseguí alcanzar el escudo de su anillo ni una sola vez, aunque en una ocasión estuve cerca, o eso me pareció. Enfrentarse a Raissa no tenía nada que ver con los chicos de mono rojo que había vencido los días anteriores. Se adelantaba a todos mis ataques y me obligaba a defenderme sin parar. Ni siquiera fui capaz de estar sin el escudo permanente, y es que eran tal la cantidad de azotes que volaban hacia mí, que no me daba tiempo a saber desde dónde llegaban.

A pesar de todo, Raissa me felicitó cuando decidió dar la clase por concluida. Dijo que muchos magos a los que se había enfrentado a lo largo de su vida, ni siquiera habían aguantado tanto en algunos combates como lo había hecho yo, lo cual me devolvió algo del orgullo que había ido perdiendo a lo largo del día.

Me reuní con Emma en la cafetería. Estaba sentada con Evan repasando unos apuntes de runas.

-Estoy segura de que esa no es, ¿no ves que es imposible que un arco represente la necesidad de una silla de no cojear? ¿Cómo vas a anclar la magia a la runa si ni siquiera es la correcta? -escuché cómo Emma reñía al chico a medida que me acercaba a ellos.

-Vale, vale, tampoco hace falta que te pongas así. Además, si tan claro lo tienes, ¿cuál es la runa correcta, listilla?

Emma soltó un bufido mientras pasaba una hoja detrás de otra en busca de la runa que buscaban.

-Hola -saludé al llegar a la mesa, sacando a ambos de su discusión.

-¡Ben! -dijo mi novia antes de levantarse y darme un sonoro beso en la mejilla.

-Yo no te pienso besar -bromeó Evan.

-Gracias, todo un detalle -me reí-. ¿Qué hacéis?

Me senté en una silla que estaba libre y me uní a su mesa.

-Mañana tenemos el primer examen de runas -explicó Emma-. Es horroroso, tenemos que sabernos un centenar de runas diferentes y, para colmo, hay varias que nos mandan buscar a nosotros sin explicación alguna. Y Evan no ayuda mucho -añadió fulminándole con la mirada.

-Lo que pasa es que tú tampoco encuentras esa dichosa runa -se defendió-, no quieras echarme a mí toda la culpa.

Preferí no decir nada mientras se enzarzaban en una nueva discusión acerca de quién ayudaba más y quién menos, limitándome a pedir un refresco del cubo de nuestra mesa.

-Eres insufrible -gruñó Emma al final.

-Gracias -aceptó el otro, el cumplido.

-¡Agh!

Emma cerró el libro que tenía delante con todos los apuntes dentro, dando así por terminada la discusión.

-Da igual, lo que no sepamos ya dudo que lo aprendamos para mañana -sentenció más calmada-. ¿Qué tal tú?

Hablaba conmigo.

-Bien, muy bien en verdad, aunque Raissa me ha dado una paliza detrás de otra durante todo el día -admití-. Aun así, he hecho más progresos que los dos días anteriores juntos. Nunca está de más que te muestren que no eres invencible.

-¿Es verdad que les diste una buena paliza a los de la Torre de Hechicería? -preguntó Evan, al que le habían llegado los rumores.

Asentí despacio.

-Suerte, supongo -dictaminé algo avergonzado.

-¿Suerte? -exclamó con expresión sorprendida-. Me han contado que no perdiste ni un solo combate, incluso ganaste a alumnos mucho más experimentados que tú.

-Cualquiera tenía más experiencia que él… -dijo Emma.

-Lo sé, me refiero a que hacía mucho que habían aprendido a combatir y aun así les ganaste. No debían de estar muy contentos, ¿verdad?

Sonreí al recordar sus caras.

-No demasiado, por eso Raissa decidió que volviéramos a entrenar aquí -expliqué.

-Increíble, menudo compañero de habitación me ha tocado -dijo Evan sonriente.

-Menudo me ha tocado a mí… -dije en tono burlón, provocando que me lanzara a la cara la bola de papel que había estado reposando delante suyo sobre la mesa.

Al cabo de un rato, Evan nos dejó solos con la excusa de ir a saludar a unas amigas que le estaban esperando. No tenía remedio.

-¿Cómo estás, Ben? -preguntó Emma cogiéndome de la mano al cabo de un rato.

-Bien, ya te lo dije antes.

-No, no me refiero a eso. Hablo de lo del diario, ya no queda nada. ¿Cómo te sientes respecto a todo eso?

A pesar de lo ajetreado de las últimas semanas, siempre tuve en mente la misión que se avecinaba. Se lo conté.

-No lo sé. Bien, creo, pero cada vez que pienso en ello me pongo nervioso y me entra el pánico -admití.

-Es normal, incluso yo estoy asustada y ni siquiera voy a ir.

-Lo que más miedo me da es tener que enfrentarme a Shakar -confesé-. Me aterra volver a bloquearme y no ser capaz de defenderme.

Me acarició la cara con la mano libre, obligándome después a levantar la mirada del suelo y cruzarla con la suya.

-Estarás bien, Ben -trató de animarme-. Tanto el Consejo como Raissa están seguros de que Shakar no sabe nada de vuestros planes.

Quería pensar que era así, pero me costaba creer que un mago tan poderoso como él no supiera nada de todo aquello. ¡Incluso había encontrado la forma de hablar conmigo dentro de la Escuela!

-Ojalá sea así -dije al cabo de un rato.

Me besó y cambiamos de tema, tratando de evadirnos de la realidad que se aproximaba.

-¿Aún no te ha contestado tu madre? -pregunté.

Negó con la cabeza.

-Le he mandado otra carta, ¿sabes? Por si acaso la primera se perdió -dijo sin estar demasiado convencida de ello.

-Haces bien, seguro que esta vez te contesta -traté de animarla-. Mi madre te manda saludos, por cierto. Le he contado… bueno, le dije que estábamos juntos -confesé algo cortado.

Ella se rio.

-¿Dijo algo?

-Solo que se alegraba y que hacíamos buena pareja. Vamos, nada que no supiera yo de antemano -dije socarronamente, ganándome al instante un suave puñetazo en el brazo.

-Será mejor que me vaya a repasar…

-¿No decías que lo que no te supieras a estas alturas ya no tenía solución?

-Ya… pero si no luego tengo remordimientos de conciencia y pienso que podía haber hecho más.

La acompañé y nos despedimos antes de que Roland pudiera echarnos una de aquellas miradas de desprecio a las que ya comenzaba a acostumbrarme. Era un hombre entrañable, ¿verdad?

La mañana me sorprendió despierto, escuchando la respiración acompasada de Evan en la cama de al lado. Decidí levantarme. Al ponerme en pie vi un pedazo de papel en el suelo frente a la puerta de la habitación.

“Buenos días,

Te espero a las 7:30 en la sala de espera del Consejo. Sé puntual.

Raissa.”

Bostezando miré la hora que era. Faltaban treinta minutos para las siete y media. Decidí tomármelo con calma. Me vestí y pasé por la cafetería para desayunar algo ligero antes de tomar el ascensor hasta el último piso.

Al abrirse las puertas, vi a Raissa sentada en una de las sillas y me acerqué hasta ella.

-Recibiste mi nota -dijo aliviada a modo de saludo.

-Era difícil no verla.

-No quería llamar a la puerta y despertaros. Te lo habría dicho ayer si lo hubiera sabido, pero a mí me han hecho llamar a las seis de la mañana -dijo meneando la cabeza.

-¿Qué quieren?

-Supongo que ya sabrán más acerca del diario y nos darán instrucciones para recuperarlo -conjeturó.

Tenía unas ojeras bastante pronunciadas, lo que me hizo suponer que había dormido muy poco.

-¿Estás bien? -le pregunté algo preocupado-. No tienes muy buena cara.

-Sí, solo algo cansada -me tranquilizó esbozando media sonrisa-. No he dormido muy bien y, para colmo, cuando por fin cojo el sueño me despiertan.

-¿Por qué no esperan a más tarde para llamarnos?

-No lo sé, supongo que no querrán tener que cancelar el resto de compromisos que puedan tener. En fin, ahora ya estamos aquí. No importa.

Como si la hubiesen escuchado, las puertas del Consejo se abrieron de par en par.

-“Pasad, Ben” -dijo una voz en mi cabeza.

-Dicen que entremos -avisé a Raissa.

Ella asintió con la cabeza y ambos nos encaminamos hacia la entrada. Al cruzarla, una vez más, sentí el vértigo que me producía aquella estancia. Miraras a donde miraras, el cristal transparente te revelaba lo que había bajo tus pies y la enorme altura a la que te encontrabas. Como siempre, traté de centrar la mirada en los cinco miembros del Consejo.

-Gracias por ser tan puntuales -dijo Hakael en voz alta-. Os hemos hecho llamar para mostraros los detalles de la misión que habréis de emprender muy pronto. Antes de nada, ¿qué tal los progresos de Ben, profesora? -preguntó dirigiéndose a Raissa-. Han llegado a nuestros oídos rumores de un chico de uniforme blanco que había superado en combate mágico a alumnos mucho más experimentados que él mismo. ¿Acierto al suponer que se trataba de tu alumno?

-Sí, portavoz -dijo ella alzando la voz para que todos pudieran escucharla-. Ben ha hecho unos progresos extraordinarios. Jamás había visto a nadie controlar la magia de la forma en que él lo hace -me hizo sonrojar al instante y clavé la mirada en el suelo, claro que no había suelo alguno y tuve que obligar a mis ojos a mirar de nuevo a Hakael-. Ha superado con éxito todos los entrenamientos que le he propuesto, llegando incluso a ser capaz de mantener largos combates mágicos conmigo. Puede que se haya quedado atrás en runas, pociones o historia, pero en canalización y magia de combate está prácticamente al nivel de un mago graduado.

Vi la sorpresa en los rostros de los miembros del Consejo. Supongo que, aunque sabían que era poderoso, escucharlo de labios de Raissa le daba una mayor credibilidad al asunto.

-Entonces -dijo Hakael-, ¿crees que se debe todo al medallón?

Raissa meneó la cabeza.

-No -dijo rotundamente-. Es probable que el medallón amplifique sus dotes pero, aun así, estoy segura de que si no lo tuviera también nos encontraríamos ante un alumno igualmente destacado.

Las respuestas de Raissa parecieron agradar al Consejo, que alternaba las miradas entre la profesora y mi persona.

-Y tú, Ben, ¿cómo te sientes? ¿Te adaptas a todo esto?

Si le hubiese contado toda la verdad, seguramente habría estado más de una hora hablando.

-Sí -resumí-. Aún me cuesta asimilarlo, pero Raissa siempre está cuando la necesito.

Cruzamos la mirada un breve instante y ella sonrió levemente.

-Recibimos el informe de tu encuentro con Shakar, Ben -comenzó Hakael, llegando al fin al tema que había querido abordar desde el principio-. ¿Te importaría volver a relatárnoslo?

No tenía opción, así que les conté todo lo ocurrido desde que el ascensor se detuvo en el piso veintidós hasta que me quedé inconsciente. No me interrumpieron hasta que terminé mi relato.

-No queremos poner en duda tus palabras, Ben, pero en la planta veintidós no hay nada de lo que has descrito -dijo el portavoz con tono algo escéptico-. Solamente hay varios despachos en desuso y un par de almacenes de documentos antiguos. Hicimos revisar todo el lugar por varios magos, e incluso las plantas superiores e inferiores a esa, pero en ningún momento se encontró algo parecido a lo que describes.

No entendía nada. ¿Insinuaba que me lo había inventado?

-No… no sé qué decir -dije-. Solo sé lo que pasó y estoy seguro de que pasó de verdad. Aún hoy siento terror al recordar el rostro de Shakar aparecer en medio de aquella habitación.

Nadie dijo nada hasta que Raissa habló.

-Ben no tiene motivo alguno para inventarse el encuentro. Además -me apoyó-, lo que cuenta encaja perfectamente con lo que podríamos esperar de Shakar y, mejor aún, nos revela que no sabe nada acerca de lo que nos proponemos hacer y de la verdadera identidad de Ben.

Hakael se mostró de acuerdo.

-No queríamos insinuar que Ben se lo hubiera inventado -dijo pausadamente-. Queríamos explicar que no hay ninguna prueba, solo eso. Somos incapaces de pensar la forma en que Shakar consiguió realizar dicho encuentro, pero coincidimos contigo y, dado que Ben está bien, consideramos que ha sido del todo oportuno.

No tenía muy claro si estaba de acuerdo con lo que decían o no.

-Bueno, será mejor que empecemos con lo que de verdad importa ahora mismo -sentenció Hakael poniéndose en pie.

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