Capítulo 23

Los otros miembros del Consejo lo imitaron. Casi al instante sus asientos desaparecieron y, entre ellos y nosotros, se materializó la misma mesa de madera tallada que había visto en nuestro último encuentro.

Todos nos situamos a su alrededor.

-Durante este mes, hemos enviado a nuestros mejores investigadores a seguir los pasos del Portador Gardar antes de su muerte -expuso-. Si bien es cierto que su residencia se encontraba en Baem, parece ser que durante los últimos meses realizó numerosos viajes por la Tierra. Creemos que huía de algo o de alguien y que por eso tomó la decisión de esconder el diario y, después, quitarse la vida en el lugar que creyó más seguro para ocultar el medallón.

Me estremecí. Nunca me había parado a pensar por qué el medallón había aparecido en Nueva York o por qué el diario no estaba con él. ¿Qué había podido llevar a aquel hombre a hacer algo así?

-Repasando las notas de la enorme búsqueda que emprendió tu padre, hemos comprendido que tenía razón desde el principio y debimos haberle hecho caso -se disculpó-. Charles fue el único que creyó en las leyendas y dio la vida para evitar que Shakar obtuviera aquello que andaba buscando. Si no fuera por él, a lo mejor ni siquiera podríamos estar manteniendo esta conversación ahora mismo.

Sinceramente, las palabras de aquel hombre no me suponían ningún consuelo. Solo podía pensar en que tenía razón: si le hubieran hecho caso, probablemente seguiría vivo.

-Gardar -dijo Hakael volviendo al tema central de la explicación-, murió dentro de una de las cuevas naturales que existen bajo el subsuelo de Nueva York, creyendo que allí el colgante estaría a salvo. Sin embargo, era imposible para él saber que en el futuro, Baem decidiría construir una ciudad subterránea en aquel lugar. Charles, seguro de que Shakar no conocía la localización, viajó hasta allí y pasó varias semanas buscando la entrada a las cuevas que estaba oculta en dicha ciudad. Desde ese punto ya no le supuso ningún esfuerzo encontrar los restos mortales de Gardar y, con ellos, el medallón. Sin embargo, Shakar le había seguido y esperado pacientemente a que tu padre realizara todo el trabajo, seguro de poder atraparlo cuando volviera a la ciudad subterránea. El resto de la historia ya lo conocemos todos -resumió, evitando narrar de nuevo el enfrentamiento entre Shakar y mi padre-. Lo que es realmente interesante acerca de los viajes anteriores de Gardar, es que parecen ser del todo aleatorios -continuó mientras señalaba los lugares por los que había pasado en el mapa con la varita-. En ese desplazamiento errático se basó tu padre para dictaminar que el hombre huía de algo.

La varita había señalado varias ciudades europeas, aunque no todas eran capitales.

-Creemos que, por el camino, buscaba un escondite adecuado para el diario, el cual encontró en su penúltima parada: Madrid -dijo al fin, señalando España en el mapa-. Pasó dos días enteros en la ciudad y las notas de Charles dicen que se hospedó en una posada situada en pleno centro. Aquí es donde todo se complica. Durante las últimas dos semanas hemos tenido a todo un equipo de investigadores estudiando los mapas de la ciudad de aquella época. La buena noticia es que han encontrado una serie de pasadizos que, creemos, fueron el lugar elegido por Gardar para el diario. La mala, que la entrada se encuentra en los aledaños del Palacio Real, lugar fuertemente vigilado por las autoridades locales.

Cuánto más conocía de aquel plan, menos me gustaba todo aquello.

-Ahí -dijo señalando dos sobres que había encima de una de las esquinas de la mesa-, tenéis todas las instrucciones necesarias para la misión, mucho más ampliadas que lo que acabo de exponer yo. Partiréis el lunes a primera hora y, por supuesto, hemos firmado una autorización para el uso de la magia. Eso sí, debéis recurrir a ella solamente en caso de necesidad extrema -advirtió con el ceño fruncido-. Si todo marcha bien, en cuestión de dos días deberíais estar de vuelta.

Hizo una breve pausa.

-No tenemos muy claro qué es lo que hay dentro de ese diario. Dadas las molestias que se tomó Gardar por ocultarlo, y la distancia que puso entre él y el medallón, confiamos plenamente en que en su interior se encuentre descrita la situación exacta de la entrada al Corazón de Baem. Con el diario en nuestro poder, será prácticamente imposible para Shakar hacerse con él, por lo que de poco importaría que consiguiese el medallón -me miró a los ojos-. Esperamos que, debido a ello, se le quiten las ganas de hacerse con él.

Había algo en todo aquello que seguía sin encajar, sin embargo, no sabía lo que era.

-¿Alguna pregunta? -invitó Hakael.

-¿Quién sabe que vamos? -preguntó Raissa.

-Nadie, ni siquiera el cónsul de la ciudad. Dentro de los sobres hay dinero suficiente para todos los gastos que se os puedan ocasionar. El plan es que crucéis el portal del consulado bajo la identidad de tía y sobrino que están de vacaciones y os hospedéis en un hotel. Nadie, aparte de los que estamos en esta sala -dijo abarcándonos a todos con un movimiento de los brazos-, sabe nada acerca de la misión.

El ceño fruncido de Raissa y la extraña sensación que yo mismo sentía por dentro, me hacían pensar que algo no estaba bien. Algo fallaba en todo aquello y me daba muy mala espina. Aun así, era incapaz de identificar el origen de aquella sensación y preferí no compartirla, temeroso de que los demás asumieran que en realidad lo que tenía era miedo. Y no, no era eso. Claro que tenía miedo y estaba nervioso, pero no tenía nada que ver.

-Supongo que los dos comprendéis la magnitud de lo que estáis a punto de emprender -dijo el hombre en tono solemne y prosiguió sin esperar respuesta-. Recoged los sobres y estudiad su contenido. Si tenéis cualquier pregunta, no dudéis en acudir a nosotros. Ahora, retiraros -señaló la puerta con la mano derecha-. Buena suerte.

Raissa y yo salimos de la estancia. Eché un último vistazo al Consejo antes de cruzar la puerta y comprobé que los ojos de todos estaban clavados en mí. Hakael, como siempre en el centro de sus compañeros, hizo una leve inclinación de cabeza a modo de despedida.

Por más que intentaba quitármelo de la cabeza, la sensación de que algo iba mal no me abandonaba y se lo comenté a Raissa una vez que estuvimos dentro del ascensor.

-Ya, yo siento lo mismo -dijo ella-. Todo parece demasiado… sencillo. Me cuesta creer que el Consejo piense que recuperar el diario pueda ser una tarea tan sencilla. Será mejor que nos andemos con mucho ojo.

Ojalá entonces hubiésemos comprendido el enorme peligro hacia el que estábamos a punto de partir.

Los dos días siguientes pasaron casi volando. Los entrenamientos se habían vuelto eternos combates mágicos entre Raissa y yo. Sin embargo, el sábado, dos días antes de emprender la misión, ocurrió algo diferente.

La profesora había comenzado un potente ataque continuo que apenas me dejaba un par de segundos entre tanda y tanda para lanzarle un par de azotes que, cómo no, detenía sin problema alguno. El sudor me caía por la frente y los ojos me escocían. La varita, firmemente sujeta con la mano derecha, parecía recalentarse ante la cantidad de magia que estaba fluyendo a través de ella para reforzar mi escudo.

Después de más de quince minutos en esa situación, comencé a notar la falta de magia a mi alrededor. La estaba consumiendo casi al completo y, si no hacía algo pronto, perdería el combate. Fue entonces cuando se me ocurrió una idea.

Era imposible que el potente ataque de la profesora no hubiese ido agotando al límite la magia que también ella tenía a su alrededor, por lo que acertadamente supuse que la fuerza de su ataque estaba a punto de disminuir.

Expandí mis sentidos y noté que sobre mí había una gran concentración mágica, así que decidí, en un último intento, llevar a cabo algo desesperado. Me centré en hacer fluir la magia del escudo hacia mis pies con la esperanza de tener aún potencia suficiente para poder elevarme un par de metros.

Con precario equilibrio, ya que la sequedad mágica del ambiente me impedía crear una superficie lo suficientemente estable para mis pies, comencé a elevarme en busca de nuevas reservas mágicas. Raissa, al ver lo que hacía, abrió mucho los ojos y lanzó a la desesperada una nueva serie de azotes rojos con la máxima potencia que fue capaz de reunir.

Sin saberlo en ese momento, eso fue lo que la condenó. En el mismo instante en que el primero de los azotes se estrellaba contra mi escudo, llegué a la altura suficiente como para tener a mi alcance toda una nueva reserva mágica que me ayudó a intensificar la potencia del escudo y a equilibrar mi hasta entonces precario vuelo.

Sin perder la concentración, me permití el lujo de sonreír. Antes incluso de lanzar un ataque, me supe ganador del duelo. Raissa había agotado prácticamente toda la magia que tenía a su alcance y sería incapaz de resistir mi envite. Con la varita en alto, dejé salir cinco fuertes azotes acompañados de los sonoros chasquidos que anunciaron a la profesora su inminente derrota.

Era la primera vez que la vencía y fue todo un placer ver la sorpresa dibujada en su rostro, casi oculto tras el color amarillo chillón de su escudo interior recién iluminado.

Descendí hasta el suelo al tiempo que ella se bajaba de la plataforma y caminaba hacia mí a grandes zancadas.

-Eso ha sido del todo…

-¿Impresionante? -interrumpí sonriente.

-Temerario e irresponsable -sentenció-. ¿Qué habría pasado si en mitad del ascenso te hubiese alcanzado? Lo más probable es que ahora mismo estuviésemos de camino a la enfermería.

-Pero no ha sido así -repliqué-. Creo que alguien está enfadada por haber perdido con un túnica blanca…

Raissa puso los ojos en blanco.

-Claro, es exactamente por eso -exclamó irónica dándome la espalda-. Se acabó la clase.

Me reí por lo bajo, no quería cabrearla más aún de lo que ya estaba.

-Mañana no vengas -dijo alzando de nuevo la voz.

-Tampoco es para ponerse así… -contesté confuso.

Se dio la vuelta y me miró. Volvía a sonreír de nuevo.

-Eres imposible. No, no tiene nada que ver con esto. Quiero que pases el día con Emma, Evan o quién sea y que hagas lo que quieras, pero que no tenga nada que ver con combates mágicos, conmigo o con la misión que emprendemos el lunes. Trata de descansar y desconectar.

Sorprendido, no pude evitar alegrarme por la noticia y estuve seguro de que a Emma también le haría la misma ilusión. A medida que se acercaba el día de mi partida, estaba cada vez más tensa e irascible. Apenas nos veíamos media hora cada día y eso no parecía ser suficiente para ninguno de los dos.

Pincha aquí para ir al capítulo 24

Pincha aquí para ir al índice de capítulos

Si has cambiado de idea y prefieres descargar el pdf, pincha en el siguiente enlace: Manuscrito Ben Stone y el Corazón de Baem

Anuncios