Capítulo 24

A la mañana siguiente, Emma y yo salimos juntos de la Torre Central. Decidimos pasar el día conociendo Baem y es que, entre los exámenes que ella tenía y mi entrenamiento, apenas habíamos vuelto a tener tiempo suficiente como para hacer una nueva excursión por la ciudad.

Dado que la Escuela se encuentra en el centro de todo y que eso limitaba los lugares a los que se podía llegar caminando, tomamos uno de los autobuses públicos que te llevaban a las afueras y que, al ser alumnos, nos salían gratis.

-Me sorprende que te hayan dado el día libre -le dije mientras veíamos la ciudad pasar a nuestro lado desde las ventanillas del autobús.

-¿Día libre? -se burló-. Se supone que estoy enferma. Además, hoy teníamos doble sesión de adivinación y el profesor Donovan es un pedazo de pan.

Estuve de acuerdo con ella. Aunque se enterara de dónde estaba, dudo que le dijera nada. Más aún si era por pasar conmigo aquel día en concreto.

-Es un buen hombre. Cuando vuelva de la Tierra debería ir a verle -dije pensativo-. Desde el día que me ayudó con la visión no he vuelto a cruzarme con él. Además, era el mejor amigo de mi padre, seguro que me puede contar algo más acerca de él.

Nos bajamos cuando el autobús se detuvo en la última parada, a las afueras de la ciudad. Al contrario que pasaba en todas las urbes que yo conocía, en Baem los edificios antiguos se encontraban en las zonas más alejadas. Lo normal es que una ciudad crezca de dentro hacia fuera, manteniendo los edificios más antiguos en su centro. Aquí, sin embargo, el centro era la Escuela y, por tanto, todas las familias adineradas se peleaban por los terrenos colindantes, construyendo y derribando sin parar. Sin embargo, la gente menos pudiente vivía lejos del centro, en los mismos edificios que se habían mantenido en pie durante muchas generaciones. Eso sí, nada allí parecía viejo, gastado o sucio, eso que quede claro. Las runas mágicas se encargaban de evitar cualquier tipo de desperfecto.

Caminamos por una calle ancha sin ningún destino en concreto. Simplemente queríamos disfrutar de la mutua compañía y dejarnos llevar.

-Tengo un regalo para ti -anunció ella de pronto.

-¿Un regalo? ¿Por qué? -dije sorprendido.

Ella se hizo la ofendida.

-¿Hace falta un motivo para que una chica le haga un regalo a su novio?

A pesar de que ya llevábamos saliendo un tiempo, todavía no me había acostumbrado a que se refiriera a mí como “su novio”, por lo que me puse nervioso al instante.

-No, no… no quería decir eso… es que no me lo esperaba, nada más.

Se rio, como siempre que se sabía motivo de mis ataques de nervios.

-Toma, bobo –dijo, tendiéndome un pequeño paquete.

Antes de abrirlo, queriendo recuperar parte de la dignidad perdida, la besé en los labios pillándola desprevenida. Cuando nos separamos, noté el brillo feliz de su mirada.

Entonces abrí el regalo. No sé cuál debió ser la cara que puse, pero Emma se rio con ganas una vez más. Dentro había una piedra. La saqué y la sostuve en la palma de la mano. Me fijé en que tenía una runa circular grabada en la superficie.

-Es la “piedra de los enamorados” -explicó Emma-. La runa simboliza el camino que nos une y que compartimos. La vi en uno de los libros de clase y decidí hacer una para cada uno -sacó una piedra idéntica de uno de sus bolsillos-. Tienes que cerrar el puño en torno a ella y pensar en tu pareja -dijo haciéndolo ella misma.

Al instante noté cómo la piedra que yo sostenía se empezaba a calentar.

-Eso hará que la piedra que tenga el otro emita calor -dijo sonriente-. ¿Qué te parece?

-Es… ¡genial! Me encanta.

Traté de imitarla y al instante me dijo que su piedra también se había calentado. Funcionaban.

-Así, al menos, sabrás que te echo de menos mientras estés allí -se refería a la Tierra, claro.

-Es un regalo perfecto -la cogí de la cintura y, atrayéndola hacia mí, la besé de nuevo-. Te quiero.

Al instante comprendí lo que acababa de decir y el pulso se me aceleró. Nunca le había dicho aquello a ninguna chica. Ella, por supuesto, también se dio cuenta. Pasaron unos segundos eternos en los que nos miramos fijamente a los ojos, con los labios a escasos centímetros de los del otro hasta que por fin rompió el silencio.

-Yo… también te quiero, Ben -susurró.

La abracé y permanecimos así largo rato, en medio de aquella calle desconocida para ambos y sin importarnos lo más mínimo el mundo a nuestro alrededor. Jamás pensé que una chica como Emma pudiera enamorarse de mí, pero allí estaba, sosteniéndola entre mis brazos.

Al final nos separamos y seguimos caminando cogidos de la mano. El resto del día pasó de forma similar. Paseamos y descubrimos edificios maravillosos, mucho más bonitos que los que había cerca de la Escuela. Al parecer, ninguno de los edificios de aquella zona era más grande por dentro, eso estaba reservado solamente a la gente pudiente. Por eso las fachadas tenían unos acabados mucho más elegantes, ahí sí que importaba la primera impresión.

Decidimos volver a la Escuela para cenar ya que ninguno de los dos tenía demasiado dinero encima como para pagar una cena de restaurante. Nos encontramos con Evan sentado solo en una de las mesas de la cafetería, cosa que me extrañó sobremanera.

-¿Estás bien? -le pregunté al acercarnos a él.

Alzó la mirada y esbozó una sonrisa forzada al vernos. Se notaba que le pasaba algo.

-Sí, no os preocupéis -mintió-. Me tengo que ir.

Se levantó y nos dejó allí plantados y preguntándonos aún qué diablos acababa de ocurrir.

-Está claro que algo le pasa -sentenció Emma mientras le mirábamos caminar en dirección al ascensor.

-Luego le pregunto en la habitación -prometí-. Seguro que le ha rechazado alguna chica y no sabe cómo aceptarlo -bromeé.

Emma se rio y nos olvidamos del tema, ordenando al instante algo de cenar.

-Todos te miran -comentó Emma.

Ya me había dado cuenta. Desde hacía algunos días parecía que todas las miradas se centraban en mí.

-Creo que es desde que fui a la Torre de Hechicería. Los rumores vuelan, supongo.

-Tengo un novio famoso, qué bien -ironizó ella.

No contesté. La verdad, toda aquella gente observando lo que hacía a cada instante me ponía de lo más incómodo. Traté de abstraerme y disfrutar de la compañía de Emma.

-Gracias por la piedra -agradecí una vez más-. Ha sido todo un detalle.

-No tienes que seguir dándome las gracias -sonrió-. Con las cinco primeras veces ya fue suficiente.

Nos reímos juntos.

Después de cenar nos tumbamos en la pradera y contemplamos las estrellas.

-Ten cuidado, por favor -dijo casi en un suspiro.

Supuse acertadamente que se refería a la misión.

-Lo tendré -prometí-. Además, Raissa no me dejará hacer ninguna tontería.

-Más te vale.

Apoyó la cabeza en mi hombro y permanecimos así largo rato, sin hablar, simplemente disfrutando de la cercanía del otro. Al final, mirando la hora que era, decidimos que lo mejor sería irnos a dormir.

La despedida fue… bueno, os lo podéis imaginar. Incluso Roland pareció apiadarse de nosotros y nos dejó algo de espacio.

-No pierdas la piedra -advirtió mientras se alejaba por el pasillo que llevaba hacia su dormitorio.

-No lo haré.

Al llegar a mi cuarto, Evan ya estaba dormido. Lamenté no poder hablar con él antes de irme, pero no quería despertarle. Me prometí que en cuanto volviera hablaría con él, a ver qué demonios era lo que le había pasado.

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Si has cambiado de idea y prefieres descargar el pdf, pincha en el siguiente enlace: Manuscrito Ben Stone y el Corazón de Baem

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