Capítulo 25

Me reuní con Raissa en la bóveda de los portales a las nueve en punto de la mañana. Siguiendo órdenes suyas, me había vestido con ropa normal. Llevaba al hombro una mochila con ropa limpia para otros dos días más.

Fue extraño ver a la profesora vestida con unos vaqueros, camiseta y sudadera negra. Estaba del todo irreconocible.

-Deja de mirarme así -fue lo primero que me dijo.

-Es que…

-Déjalo.

Obedecí. Se la veía de mal humor y preferí no decir nada más, no fuera a ser que se desatara una tormenta sobre mi persona.

Caminamos hacia uno de los portales.

-Solo tienes que pensar a dónde quieres ir. Madrid, no te confundas -advirtió Raissa.

Sin más, cruzamos el portal.

Aparecimos en una sala similar a la del consulado de mi ciudad, toda de piedra, con la diferencia de que una pulcra alfombra roja se extendía desde el arco del portal hasta la puerta de la habitación, indicando claramente el camino que debíamos seguir. Una vez fuera, nos encontramos de frente con un hombre elegantemente vestido.

-Ah, me había parecido que llegaba alguien, soy David, cónsul de Madrid -saludó presentándose.

-Este es mi sobrino Ben y yo soy Raissa -correspondió la profesora-. Venimos de visita, siempre he querido conocer España.

-¡Maravilloso! Os va a encantar. ¿Tenéis dónde alojaros o preferís que os preparemos una habitación aquí? -invitó.

-No, gracias, no hace falta -dijo Raissa sin dar más explicaciones.

El hombre mantuvo la sonrisa fija en el rostro, aunque se podía leer la curiosidad en sus ojos.

-Como queráis -dijo al fin-. Seguidme, por favor, os mostraré lo necesario para que sepáis moveros por la ciudad.

La distribución del consulado era idéntica a la del que ya conocía, por lo que me sentí cómodo al instante.

-Nos encontramos dentro del hotel Palace, exactamente en la habitación doscientos veintiuno -explicó.

-¿Cómo? -pregunté sin entender.

El hombre enarcó una ceja.

-Estoy seguro de que estás familiarizado con la magia de estructuras de Baem. Aquí funciona exactamente igual. La habitación doscientos veintiuno es en realidad la entrada al edificio en el que nos encontramos ahora mismo.

Me sentí algo estúpido, debí haberlo supuesto desde un principio.

-Necesitábamos un nuevo consulado más cerca del centro -explicó-, por lo que decidimos trasladarnos a este hotel. Hace muchos años que la gerencia está en manos de una familia bastante importante de Baem y nos cedieron amablemente la habitación en cuestión.

Mientras hablaba, nos guiaba por la red de pasillos de la planta superior hasta desembocar en la escalera que llevaba a la planta baja. Una vez abajo, nos llevó hacia una de las puertas laterales, la misma que daba a la gran majestuosa biblioteca que cada consulado parecía tener. Impresionado, tomé asiento junto a Raissa y el cónsul en uno de los sofás.

-¿Tenéis algo planeado para vuestra estancia aquí? -preguntó David.

Una alarma se encendió al instante en mi mente.

-¿Algo planeado? -dijo suavemente Raissa.

-Sí, ¿qué queréis visitar?

Ambos nos relajamos.

-No lo tenemos decidido aún.

-Dejadme que os aconseje -dijo el hombre bastante excitado mientras hacía aparecer un mapa de la ciudad en sus manos.

Nos obligó a ponernos en pie y lo desplegó sobre una mesa cercana.

-Estamos aquí -indicó-. Cruzando la calle tenéis el Museo del Prado y si, en cambio, preferís dar un paseo, os recomiendo que caminéis calle arriba hasta la Puerta del Sol y, después, sigáis la misma dirección hasta la Ópera y el Palacio Real.

Esto último llamó nuestra atención.

-¿Podría marcarlo en el mapa? -pidió Raissa.

-Claro, claro -contestó el hombre mientras con un rotulador nos indicaba el camino-. No tiene pérdida.

Le dimos las gracias y, pese a sus esfuerzos por entablar conversación, insistimos en que teníamos que irnos cuanto antes. Al final, algo abatido, nos guio hasta la salida de la embajada.

-Nos veremos en unos días, disfrutad de la ciudad -se despidió.

Cerrando la puerta a nuestras espaldas, nos encontramos en uno de los pasillos del hotel Palace. Estuve tentando de sugerirle a Raissa que nos hospedáramos allí mismo, pero sabía que su respuesta sería negativa.

En lugar de eso, la seguí cuando salimos a la calle en dirección al Palacio Real. Necesitábamos encontrar un alojamiento cercano y reconocer el terreno. Según las notas que nos había proporcionado el Consejo en los sobres, el Palacio se veía constantemente vigilado y protegido por las fuerzas de seguridad locales, por lo que necesitábamos idear un plan para conseguir llegar hasta el patio trasero, lugar donde se supone estaba la entrada al pasadizo que estábamos buscando.

Nos mezclamos con los turistas en la Puerta del Sol y observé maravillado la media docena de artistas callejeros que actuaban en medio de la plaza, tratando de conseguir algunas monedas de un público que se agolpaba, bastante entregado, a su alrededor. Nunca había estado en una ciudad tan grande y llena de vida como aquella. Mirara donde mirara, decenas de personas caminaban sin rumbo fijo, sacando fotos a diestro y siniestro. Otras, en cambio, parecían caminar con prisa, enfundados en sus abrigos y cargados con mochilas o maletines de trabajo. Pasamos sobre unas planchas de ventilación al mismo tiempo que el metro rugía bajo nuestros pies, elevando un soplido de cálido aire a su paso.

Raissa tuvo que llamar mi atención un par de veces, y es que era incapaz de seguir su ritmo y contemplar embobado todo lo que me rodeaba al mismo tiempo.

-Aquí servirá -anunció ella señalando el letrero de un pequeño hostal.

Nos dieron una habitación doble con dos camas y dejamos allí casi todas nuestras pertenencias. Luego salimos a la calle una vez más.

Cuando llegamos al Palacio Real me quedé asombrado. No se parecía en nada a ningún edificio que hubiese visto antes. Al parecer, había sido construido durante el reinado de Carlos III hacía más de cuatrocientos años y, una vez terminado, se había convertido en su residencia permanente. Las blancas paredes y las numerosas columnas incluidas en la fachada, le daban una apariencia imponente al mismo tiempo que le dotaba de una belleza única y del todo singular.

-Según esto -dijo Raissa señalando los apuntes del sobre-, a la izquierda está la catedral de la Almudena y la entrada principal del Palacio. Allí -apuntó con un dedo hacia lado derecho del edificio-, están los jardines de Sabatini y el patio en el que se supone que está la entrada.

Nos acercamos a echar un vistazo. En un principio habíamos creído que podríamos pasar del jardín al patio, pero una valla los separaba. Además, había varias patrullas de policías mezcladas entre los turistas y transeúntes, por lo que cualquier intento de saltarla llamaría la atención casi al instante.

-Es imposible entrar ahí ahora -dije.

Raissa estuvo de acuerdo y decidimos que lo mejor sería esperar a la noche, con suerte habría menos vigilancia. Pasamos el resto del día explorando las inmediaciones del Palacio y al final fuimos al hostal para descansar y estar frescos para por la noche.

Al tumbarme en la cama, noté el calor en el bolsillo de mi pantalón. Era la piedra que me había regalado Emma el día anterior. Me sentí culpable, desde que había salido de Baem había estado tan nervioso y concentrado que ni siquiera me había acordado de ella. La cogí entre los dedos de la mano derecha y, con los ojos cerrados, pensé en Emma. Así al menos sabría que estaba bien y que no me había pasado nada. Al cabo de un rato mi piedra se enfrió y supuse que Emma ya no estaba “conectada”.

Me volví hacia la cama en la que descansaba Raissa.

-¿Cómo vamos a entrar en el patio? -pregunté.

-Creo que la única forma de entrar sin ser vistos será utilizando magia. No lo hemos intentado antes pero… ¿crees que puedes hacer que volemos los dos?

La pregunta me pilló desprevenido. ¿Los dos? No tenía ni idea.

-No lo sé -admití-. Supongo que sí, pero no estoy seguro. ¿Por qué?

-Mi idea -expuso irguiéndose en la cama- es que entremos por los jardines Sabatini, tú nos elevas para pasar por encima de la valla y yo me encargo de crear un escudo reflectante, de forma que si alguien mira en nuestra dirección vean el suelo reflejado en el escudo. No es perfecto, pero puede funcionar.

No es que fuera un plan muy elaborado, pero tampoco necesitábamos algo más complicado que aquello. En uno de los mapas del sobre, se indicaba claramente con una “X” el lugar en el que estaba la entrada. Solo teníamos que llegar hasta allí, entrar y ya estaríamos fuera del alcance de la vista de cualquiera.

-¿Y para volver? ¿Lo mismo?

Ella asintió.

-Si funciona para entrar, debería hacerlo para salir.

-Eso espero…

No me gustaba que las cosas dependieran de mí, sin embargo, solo estábamos Raissa y yo, por lo que dependíamos el uno del otro.

Cuando por fin se hizo de noche, esperamos todavía unas cuantas horas más, con la esperanza de que hubiera el mínimo posible de personas paseando por la zona. Encontramos las escaleras que bajaban hasta los jardines y nos dirigimos a la valla en cuanto la localizamos. Era más alta de lo que había imaginado desde arriba, tenía al menos tres metros.

A nuestro alrededor no había absolutamente nadie. Nos habíamos cruzado en las escaleras con una pareja que subía y en el resto del jardín no se escuchaba ningún sonido aparte del crujir de las hojas en los árboles y el rápido aleteo de algún pájaro a lo lejos.

-¿Preparado? -susurró Raissa.

Asentí a modo de respuesta. Echamos un último vistazo al mapa para cerciorarnos de dónde estaba marcada la “X” y, después, la profesora se pegó a mí.

Me concentré en la magia del aire en ese mismo instante. No era igual que en Baem, en la Tierra la vibración era mucho más tenue y costaba más encontrarla, pero estaba ahí. Cuando la localicé le di las órdenes exactas de lo que quería que hiciera. Le pedí a Raissa que colocara cada pie pegado a uno de los míos y se abrazara a mí.

Fue una situación extraña. Aparte de Emma y mi madre, creo que nunca había estado tan cerca de otra mujer. A punto estuve de dejar la mente divagar por esos derroteros, pero conseguí centrarme de nuevo.

Le pedí a la magia que formara dos superficies sólidas bajo nuestros pies y, seguidamente, les di la orden de elevarnos en el aire. Fue mucho más difícil que cualquier otro vuelo que hubiera hecho hasta ese momento. Sin embargo, la consciencia de la importancia de la misión me ayudó a mantener una férrea concentración.

Comenzamos a elevarnos de forma tosca, dando bandazos de un lado a otro y perdiendo medio metro cada vez que conseguía ganar uno. El peso añadido de la profesora hacía que ambas superficies mágicas se combaran hacia el centro y nos obligaran a mantener un equilibrio del todo precario. A pesar de todo eso, al cabo de unos instantes ya nos encontrábamos al otro lado.

Fue entonces cuando Raissa creó el escudo reflectante y se complicó todo. No habíamos previsto la energía que requeriría el escudo. En el mismo instante en que lo formó, sentí la falta de magia a nuestro alrededor y las superficies que nos mantenían en el aire se quebraron. Nos precipitamos contra el suelo desde unos dos metros de altura y caímos pesadamente contra el asfalto.

Por suerte, estábamos todavía pegados a la valla y nos ocultaron las sombras que proyectaban los árboles del otro lado.

-¿Estás bien? -murmuró Raissa.

-Sí.

-¿Puedes caminar?

-Sí.

-No ha salido demasiado bien, ¿verdad? -bromeó calladamente.

-Para nada -ironicé-, aterrizamos justo en el sitio correcto.

Nos pusimos en pie con mucho cuidado. Raissa volvió a crear el escudo y nos cubrió con él a ambos. Caminamos lentamente por el patio, tratando de no hacer ningún ruido, hacia el lugar indicado en los planos. Cuando llegamos al punto exacto, lo único que había a nuestros pies era una baldosa de piedra que no difería en nada de las que la rodeaban.

La profesora se agachó y comenzó a inspeccionarla. Pronto encontró lo que buscaba: una hendidura en uno de los costados. Sacó su varita y la introdujo en aquel pequeño agujero. Más tarde me explicaría que era una puerta mágica. La varita del mago hacía las veces de llave. Una vez encajada en la “cerradura” había que darle la orden de que se abriera.

Con un sonoro crujido, la losa comenzó a hundirse en el suelo ante nosotros, dejando a la vista una escalera que descendía hacia las profundidades. Intercambiamos una mirada y, sin esperar un segundo más, entramos. Raissa se volvió hacia la escalera y hundió de nuevo la varita en algún punto que solo ella alcanzaba a ver, cerrando la entrada a nuestro paso y sumiéndonos en una oscuridad absoluta.

Conjuré una bola de luz que iluminase el estrecho pasadizo en el que nos encontrábamos.

-Parece que hace siglos que nadie baja por aquí -murmuré observando la suciedad, el polvo y la humedad que se extendían por todas partes.

-Por eso es un pasadizo “secreto”, Ben. Si no fuera así, dudo que Gardar lo hubiera elegido como escondite para el diario.

-Pues no es que nos haya costado mucho encontrarlo…

-Claro, porque tu padre y los investigadores del Consejo nos hicieron casi todo el trabajo, ¿no crees?-me regañó-. Venga, camina.

Le hice caso y eché a andar por el estrecho pasadizo, tratando de mantenerme tan alejado de las sucias paredes como me fue posible.

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Si has cambiado de idea y prefieres descargar el pdf, pincha en el siguiente enlace: Manuscrito Ben Stone y el Corazón de Baem

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