Capítulo 26

-Me parece imposible que los massins no conozcan estos túneles.

Llevábamos más de diez minutos caminando. El estrecho corredor en el que nos habíamos encontrado al entrar, había ido aumentando poco a poco de tamaño hasta alcanzar al menos los dos metros de ancho. Las paredes, que al principio eran toscas y con enormes heridas allí donde las herramientas las habían tocado, pasaron a ser firmes y recubiertas de piedras que ascendían hacía un techo abovedado, el cual mantenía a salvo los pasadizos del peso del Palacio que se encontraba sobre nuestras cabezas.

A pesar de mi total desconocimiento acerca de la arquitectura de túneles y pasadizos, me parecía que aquellos estaban muy bien construidos, por lo que me resultaba imposible aceptar que los massins no conocieran su existencia.

-Supongo que fueron construidos al mismo tiempo que el Palacio -dijo Raissa pensativa-. Debían de funcionar como salida de emergencia para el rey en caso de extrema necesidad.

-¡Más razón aún para que los conozcan! -exclamé.

-Creo que lo más probable es que los túneles quedaran en desuso, puede que incluso los tapiaran ya que, igual que servían de salida, podrían servir de entrada a cualquiera que supiera encontrarlos. Podrían ser realmente peligrosos. Luego, simplemente, debieron ir quedando en el olvido.

-Menos para Gardar -añadí.

-Sí, él sabía dónde estaban. Aunque estoy segura de que la entrada mágica fue cosa suya. Dudo mucho que algún mago la creara originalmente.

Estuve de acuerdo. Además, eso apoyaba la teoría de Raissa de que las entradas originales fueron tapiadas, lo cual explicaría la nueva entrada excavada por Gardar.

Seguimos avanzando un rato más hasta que al final de la curvatura del pasadizo, apareció cierta luminosidad que nos hizo detener el paso.

-¿Qué es eso? -susurré.

-Luz.

-¿No me digas? -inquirí molesto.

-¿Cómo quieres que sepa lo que es, Ben?

No contesté.

Con un gesto, me indicó que apagara la bola de luz que aún flotaba sobre nuestras cabezas. Así, sumidos en la oscuridad, pudimos observar claramente cómo a medida que avanzábamos el pasadizo iba ganando más luminosidad. Era una luz anaranjada, que parecía danzar entre las sombras.

Después de avanzar una veintena de metros con el corazón desbocado en el pecho, el pasadizo por fin dejó de curvarse y ante nosotros apareció un enorme arco de piedra que hacía las veces de entrada a una sala iluminada por media docena de antorchas.

Tan silenciosos como nos fue posible, nos adentramos en la sala y miramos a nuestro alrededor con las varitas en alto, preparados para lanzar nuestros azotes al mínimo atisbo de actividad hostil. Sin embargo, no ocurrió nada.

La sala, con techos el doble de altos que los del pasadizo aunque igualmente abovedados, parecía formar un rectángulo perfecto, solo interrumpido por un par de columnas que nacían del suelo cerca del centro y que servían de refuerzo para soportar el peso que se extendía sobre nuestras cabezas. Había dos entradas: el túnel por el que habíamos llegado nosotros y otro situado justo en el lado opuesto.

-Mira -dijo Raissa acercándose a una de las antorchas y señalando su base-. Todas tienen runas grabadas, por eso se mantienen encendidas.

Me fijé y vi que tenía razón.

-Entonces, ¿no hay nadie aquí?

-No lo creo, seguramente lleven cientos de años ardiendo.

Me relajé un poco, aunque todo era demasiado tenebroso como para estar completamente calmado. Fue entonces cuando me fijé en la baldosa de piedra que estaba en el centro exacto de la habitación. Era la única que tenía algo grabado en ella.

-Raissa -llamé la atención de la profesora-, esta baldosa tiene algo escrito.

Ella se acercó a donde yo estaba agachado y leyó en voz alta.

-“Algunos secretos jamás deberían ser revelados. P. G.”

-¿P. G.? ¿Portador Gardar? -aventuré.

-Eso creo.

Con el ceño fruncido, comenzó a acariciar la baldosa con los dedos en busca, supuse, de una cerradura mágica igual que la de la entrada a los túneles. No tardó demasiado en encontrarla e introdujo en ella su varita.

-No se abre -anunció al cabo de un rato al tiempo que la extraía del agujero.

-Déjame intentarlo a mí.

Se hizo a un lado y ocupé su lugar. Acaricié los nudos de mi varita, la misma que había sido de mi padre, y la metí por el agujero que hacía las veces de cerradura.

-“Ábrete” -ordené mentalmente.

Con un crujido, la baldosa cedió un poco hacia adentro.

-¿Cómo…? -comenzó a decir Raissa.

-Soy el Portador -la interrumpí-, ¿recuerdas? Supuse que Gardar la habría configurado para que solo otro portador pudiera abrirla.

Ella asintió de acuerdo con la cabeza.

-Debí suponerlo.

Nos centramos en levantar la baldosa. A diferencia de la de la entrada, esta no se hundía en el suelo, sino que quedó suelta y fuimos nosotros quienes tuvimos que apartarla. Por suerte, éramos magos. Con un simple movimiento de la varita, Raissa la hizo elevarse en el aire y la depositó a medio metro de donde reposaba originalmente, dejando así abierto el hueco que protegía.

No era más que un pequeño agujero excavado en el suelo, pero lo verdaderamente importante era lo que reposaba en el fondo: había algo envuelto con una tela bastante sucia.

Intercambié una mirada con la profesora y ella alargó la mano, pero se topó con una barrera mágica que le impedía meter el brazo dentro del pozo. Igual que hiciera antes, me cedió el turno y yo sí que fui perfectamente capaz de llegar hasta el fondo y recoger el paquete. No había que ser demasiado listo para notar que dentro había un libro.

-¿Es el diario? -preguntó Raissa.

Nervioso, abrí la tela y me encontré con lo que habíamos venido a buscar. Forrado en cuero negro y con una portada completamente lisa, supe que se trataba del diario del Portador cuando, al abrirlo por la primera página, pude leer: “Propiedad del Portador Gardar”. En fin, creo que no hacían falta más detalles para estar seguros de lo que era, a menos que al hombre le hubiese dado por esconder más de un libro en aquel lugar.

Raissa intentó cogerlo, pero, una vez más, una fuerza mágica le impedía acercar siquiera las manos.

-Ya veo a lo que se refería el Consejo -dijo algo molesta.

Pasé un par de páginas y leí por encima. No había nada extraño. El hombre hablaba de su día a día, pero no parecía dar ningún tipo de indicación acerca de cómo llegar al Corazón de Baem. Decidí que lo mejor sería dejar la lectura para otro momento y Raissa estuvo de acuerdo.

-Será mejor que nos vayamos.

-¿Por qué tanta prisa? -dijo una voz a nuestra espalda.

Sobresaltados, ambos nos encaramos con la sombra que asomaba por la boca del túnel por el que nosotros mismos habíamos llegado. Sentí el escudo de Raissa protegiéndome y me di cuenta de que no había levantado el mío propio. Lo hice al instante.

A escasos metros de donde estábamos, se encontraba Shakar ataviado con túnica negra y con una sonrisa malévola en los labios.

-Hola, Ben -saludó-. Me alegro de volver a verte. ¿Has pensado en mi propuesta?

-Déjale, Shakar -dijo Raissa, interponiendo su cuerpo entre el mago y yo.

El hombre rio, arañando ecos a las paredes que se perdieron por los túneles.

-Raissa… -dijo el mago centrando su atención en ella-. Sabes que no eres rival para mí. Ni tú, ni el chico -añadió-. No me obligues a matarte.

Al decir esto, la varita de madera blanca con la que había matado a mi padre, asomó entre sus dedos. Sin embargo, mantuvo la mano relajada apuntando al suelo.

-¿De verdad creíais que no sabía dónde estaba el diario? -dijo en tono burlón-. Lo he sabido siempre, pero me faltaba el medallón para poder acercarme a él. Admito que tu padre consiguió engañarme. ¿Cómo iba yo a saber que tendría un hijo si ni siquiera él mismo lo sabía? -meneó la cabeza-. Pasé años buscándolo por media Europa, hasta que llegaste a Baem y el Consejo se enteró de lo que llevabas colgado del cuello…

Clavó los ojos en los míos y sentí que me taladraba el alma con la mirada. Un escalofrío me recorrió la espalda y un ligero temblor sacudió mis piernas. Sentí que el aire me faltaba y cada respiración se tornó en un esfuerzo. No era un buen momento para tener un ataque de nervios.

-Tan pronto como ellos lo descubrieron, yo mismo conocí la noticia -anunció orgulloso-. Tenías que haberte visto la cara cuando tuvimos nuestro primer encuentro -volvió a reírse-. “Únete a mí, bla, bla, bla”. Qué fácil fue hacerte creer que no sabía nada del medallón y empujarte a emprender esta búsqueda inútil.

Mientras hablaba, había dado un par de pasos en nuestra dirección, que nosotros habíamos contrarrestado de forma casi inconsciente retrocediendo otros dos, tratando de mantener siempre la misma distancia. Ambos teníamos la mente puesta en el túnel que se abría a nuestra espalda y que parecía ser nuestra única vía posible de escape.

-No me apetece matarte, chico -dijo encogiendo los hombros-. De verdad, preferiría no hacerlo. Pero entiendo que tratar de convencerte para cambiar de bando no es una opción después de que matara a tu padre, ¿me equivoco?

Mientras Shakar hablaba tuve una idea, pero necesitaba que la profesora me ayudara. Aparte de con el Consejo, nunca había intentado hablarle mentalmente a nadie. Me concentré en las barreras mentales de Raissa y me resultó extrañamente sencillo atravesarlas.

-“¿Raissa?”

Ella reaccionó al instante, volviéndose un breve segundo a mirarme confundida.

-“¿Ben?”

-“Sí, lo siento por esto pero tengo un plan -expliqué queriendo ser breve-. Lanza un azote al pilar de la derecha y yo lanzaré otro al de la izquierda. Si conseguimos que todo esto se derrumbe, puede que nos dé tiempo a salir por el túnel que tenemos detrás y que Shakar se quede atrapado en el otro lado.”

Sé que era un plan algo desesperado y que lo más probable era que muriéramos aplastados, pero al menos era un plan y Raissa no parecía tener otro mejor.

-¿Por qué no te apartas, Raissa, y me dejas terminar lo que he venido a hacer? Sabes perfectamente que si intentas impedirlo, morirás -estaba diciendo Shakar-. No seas estúpida, no tienes por qué morir hoy.

-“¡Ahora!” -grité mentalmente.

Al instante, ambos lanzamos un potente azote rojo a cada uno de los pilares, pillando a Shakar completamente desprevenido. Los pilares explotaron en cientos de pequeños pedruscos que salieron disparados en todas direcciones. Dediqué una rápida ojeada al mago y vi que levantaba un escudo protector en el mismo instante en que enormes piedras comenzaban a caer desde el techo.

-¡No! -gritó mientras se veía obligado a retroceder hacia la seguridad del túnel que tenía más cerca.

Tanto Raissa como yo conseguimos también llegar, no sin dificultades ya que todo el lugar se estaba colapsando sobre nuestras cabezas, al pasadizo deseado.

-¡Os encontraré tarde o temprano! -escuchamos gritar a Shakar desde el otro lado de los escombros que rápidamente anegaban el lugar-. ¡No tenéis escapatoria!

Avanzamos por el túnel al menos veinte metros y no nos detuvimos a recobrar el aliento hasta que consideramos que lo que estaba sobre nosotros no se vendría abajo. Con las manos en las rodillas y la respiración entrecortada, intercambiamos una mirada de incredulidad.

-Lo hemos conseguido -dijo Raissa al fin.

-Por los pelos -apunté-. Oye… siento haberme colado en tu cabeza.

-No pasa nada, olvídalo -dijo quitándole importancia-, era necesario. Venga, avancemos, no vaya a ser que también sea capaz de cruzar montañas de escombros.

Sin perder ni un segundo más, caminamos por aquel túnel desconocido con la esperanza de hallar una salida. Ninguno lo dijo en voz alta, pero ambos sabíamos que si no había salida alguna, estaríamos metidos en un buen lío.

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Si has cambiado de idea y prefieres descargar el pdf, pincha en el siguiente enlace: Manuscrito Ben Stone y el Corazón de Baem

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