Capítulo 27

El pasadizo en el que nos encontrábamos parecía no tener fin. A diferencia del otro, este era mucho más estrecho y parecía bastante más antiguo. Había humedad por todas partes e incluso llegamos a cruzarnos con un par de ratas que a punto estuvieron de crispar nuestros nervios.

La bola de luz que iluminaba nuestro camino otorgaba al pasadizo de un aire tétrico. Avanzamos tan rápido como nos era posible, siempre con la sensación de que la muerte nos pisaba los talones.

-Oh, no -murmuré al ver que el túnel terminaba de repente.

Raissa no dijo nada, sino que se adelantó y comenzó a palpar las paredes. Al instante comprendí lo que buscaba: una cerradura mágica. Suspiré aliviado cuando mis dedos encontraron la hendidura. Iba a meter la varita, pero Raissa me lo impidió.

-Cuidado, estoy segura de que Shakar también conoce esta salida. Cuando estemos fuera, tenemos que ocultarnos lo antes posible.

Asentí, comprendiendo al instante lo que se había callado: la otra opción era que Shakar ya nos estuviera esperando allí fuera.

Me armé de valor e introduje la varita en el agujero. Tuvimos que dar un par de pasos atrás ya que, acompañada del ya acostumbrado crujido, una escalera comenzó a descender desde el techo, dejando entrar la luz del día. Había amanecido mientras estábamos en el subsuelo.

Asomamos la cabeza, no sin cierto temor, y casi caigo escalera abajo del susto cuando un perro comenzó a ladrar a nuestro lado. Salimos con las varitas en alto ante la sorprendida mirada del dueño del animal, que alternaba entre mirarnos a nosotros y mirar al hueco que había aparecido en el suelo.

-¿Dónde estamos? -le preguntó Raissa.

-En… en… la Cuesta, la Cuesta de… los Ciegos -consiguió balbucear.

Raissa se agachó y volvió a cerrar la entrada del túnel mientras yo echaba un vistazo a nuestro alrededor. No había ni rastro de Shakar. Nos encontrábamos a media altura de una larga escalera en mitad de la calle, con un edificio de fachada roja a nuestra derecha y lo que parecía ser un pequeño parque al otro lado.

Sin esperar ni un segundo más, echamos a correr. A lo lejos se escuchaba el sonido de varias decenas de sirenas. Subimos calle arriba y a punto estuvo de arrollarnos un camión de bomberos. Al seguirlo con la mirada, vimos una enorme nube de polvo que se elevaba hacia el cielo.

En ese momento no lo sabíamos, pero más adelante nos enteraríamos de que, al derrumbarse aquella habitación en la que habíamos estado, parte del patio principal del Palacio Real se había venido abajo, dejando un enorme agujero en mitad de la plaza y las fuerzas de seguridad se habían hecho cargo de la situación al instante, temerosos de que se tratara de un ataque terrorista.

Raissa hizo un quiebro y, cogiéndome de la mano, me obligó a meterme con ella en un portal. Se llevó un dedo a los labios para indicarme que guardara silencio.

Al mirar lo que ocurría afuera, se me heló la sangre en las venas. Media docena de hassans volaban en dirección a la Cuesta de los Ciegos. Shakar seguía vivo. Tan pronto como había salido del túnel, envió a los hassans en nuestra búsqueda. Cinco minutos antes y nos habrían atrapado sin ningún problema.

-¿Qué hacemos ahora? -murmuré.

Ella meneó la cabeza.

-No lo sé. No podemos volver al hotel, estoy segura de que Shakar lo tiene controlado. Y tenemos el mismo problema con el consulado, no hay forma de entrar en él sin que nos atrapen. Necesitamos encontrar la manera de regresar a Baem, aquí no estamos a salvo.

Se podía leer cierta desesperación en su rostro. No la culpo, las cosas se habían complicado de forma extraordinaria. Sea como fuere, necesitábamos volver al mundo mágico cuanto antes y solamente existía una forma de hacerlo.

-Necesitamos un portal -sentencié.

-Lo sé, pero no podemos llegar hasta el consulado.

-¿Y si vamos a otra ciudad? -sugerí-. Cogemos un tren o un avión y, una vez allí, usamos el portal de su consulado.

Raissa lo sopesó durante un instante.

-Dudo mucho que consiguiéramos salir de Madrid antes de que Shakar nos diera alcance -dijo al fin negando con la cabeza-. Aunque…

Se quedó callada, con gesto pensativo.

-Aunque… ¿qué? -la apremié.

-Nada… olvídalo, es una locura.

-Creo que no estamos en situación de poder desechar locuras -apunté.

-No, Ben, es imposible -dijo nerviosa, aunque al ver mi cara se rindió y decidió explicarse por fin-. Cuando se construyeron las ciudades subterráneas, cada una tenía su propio portal que conectaba con Baem. La de Madrid seguro que aún lo tiene, el problema es que hace siglos que nadie lo utiliza y no sé si seguirá funcionando.

Una serie de gritos en la calle nos hicieron interrumpir la conversación. Los hassans sobrevolaban la zona de la Cuesta de los Ciegos tratando de localizarnos y varios transeúntes corrían aterrorizados en todas las direcciones, señalando con exagerados aspavientos a las oscuras formas que flotaban sobre ellos.

-¿Conoces alguna de las entradas?

-¿A la ciudad subterránea? -inquirió sorprendida-. No podemos ir ahí, Ben. Si el portal no funciona, quedaremos atrapados a merced de Shakar.

-¿Y cómo crees que estamos ahora mismo? Es nuestra única opción.

La profesora se mordió el labio inferior y se llevó ambas manos a la cabeza. Inició entonces un frenético paseo arriba y abajo del portal hasta que al fin se detuvo y pareció aceptar la realidad.

-No tengo ni idea de dónde se encuentran las entradas antiguas, solo sé que se construyeron entradas nuevas ocultas en los túneles del metro, con la esperanza de facilitar el acceso por si en un futuro se volvían a habitar.

Sonó un fuerte estallido en la calle y al mirar vimos una nube de polvo ascender desde la Cuesta de los Ciegos. Los hassans habían hecho explotar la entrada secreta a los pasadizos.

-¿Y cómo las encontramos? -traté de centrarme.

-No… no lo sé, Ben -parecía estar al borde de un ataque de nervios-. Espera, sí, ya me acuerdo -dijo de repente agarrándome de un brazo-. Las puertas que llevan a la ciudad subterránea tienen una runa dibujada que hace que los massins no las vean. ¡Ya está! Solo tenemos que encontrar la puerta que tenga la runa.

Claro, una cosa muy sencilla, sobre todo teniendo en cuenta el mago loco que nos perseguía y que la ciudad se había llenado de policías debido al hundimiento en el Palacio Real. Eso sin contar a los hassans.

-Vamos, cuánto más tiempo perdamos aquí, antes nos darán alcance -instó la profesora.

Parecía haber recuperado la compostura.

Salimos con mucho cuidado del portal, tratando de no llamar la atención de las negras figuras que flotaban a lo lejos. La estación de metro más céntrica y cercana a donde nos encontrábamos era “Ópera”, pero la tuvimos que descartar porque se encontraba pegada al Palacio y podríamos llamar demasiado la atención. Decidimos que la estación de “Sol” sería la mejor opción. Cuando salimos del alcance de la visión de los hassans, echamos a correr.

Cientos de personas habían salido a las calles para ver qué estaba ocurriendo, por lo que nuestro avance se fue volviendo más y más lento a medida que nos acercábamos a la estación. Por los pedazos de conversaciones que pude escuchar en nuestra carrera, todo el mundo creía que se había producido un ataque contra la Casa Real.

Nos encontrábamos en plena carrera por una de las calles que llevaban hasta la Plaza del Sol, cuando una serie de chillidos a nuestras espaldas nos llamaron la atención. Aterrado, vi a lo lejos la oscura figura de dos hassans que volaban hacia nosotros. Todo el mundo los señalaba antes de echar a correr calle arriba, en la misma dirección en la que nos movíamos nosotros, provocando que casi al instante nos encontráramos en mitad de una turba de personas que corrían aterradas, tratando de escapar de aquellas dos sombras que volaban sobre ellos.

No les culpo, incluso les entiendo. Creían que habían sido atacados por terroristas y ahora dos sombras negras con forma de personas aparecían flotando en el aire.

Aun así, todo esto dificultó enormemente nuestro avance. Cuando por fin llegamos a la boca de metro que llevaba a la estación, los hassans estaban prácticamente sobre nosotros y, desde las calles adyacentes, habían aparecido otros cuatro que al instante se unieron a los dos primeros. Habían encontrado nuestro rastro.

Comenzamos a bajar las escaleras al tiempo que un potente rayo de luz roja se estrellaba contra el cartel que anunciaba el nombre de la estación, haciéndolo estallar en mil pedazos. Los gritos de las personas se volvieron casi ensordecedores. Los que estaban dentro peleaban por salir y los que se encontraban fuera, por entrar. Nadie sabía qué hacer.

A empujones y codazos, conseguimos llegar hasta las escaleras mecánicas que nos llevaron al centro de la estación.

-Por aquí -dijo Raissa señalando el cartel que indicaba dónde se encontraba el andén más profundo.

Media docena de azotes se estrellaron a nuestro alrededor. Uno incluso me alcanzó. Di entonces gracias mentalmente por el entrenamiento de Raissa y es que, gracias a él, era capaz de correr con un escudo levantado a mi alrededor.

A nuestra izquierda, un par de policías abrieron fuego contra los hassans. Por supuesto, fue en vano. Las balas los atravesaron y al instante les alcanzaron dos potentes azotes, uno a cada uno, que los lanzó por los aires antes de terminar cayendo, inconscientes, en el suelo.

Tuvimos que detenernos y contraatacar, ya que si seguíamos huyendo pronto superarían nuestras defensas. Con las varitas en alto, Raissa y yo comenzamos a lanzar azotes contra las oscuras figuras que danzaban en el aire cerca del techo de la estación. Se movían tan deprisa que era prácticamente imposible alcanzarles. Aun así, la fortuna quiso que dos azotes potentes, uno mío y otro de Raissa, dieran en el blanco al mismo tiempo sobre uno de ellos. Soltando un chillido ensordecedor, desapareció en el aire tras una cortina de humo negro.

Crucé una mirada esperanzada con la profesora y esa pequeña victoria nos dio las fuerzas necesarias para coordinar mejor nuestro ataque.

-¡Izquierda! -gritó ella y ambos lanzamos sendos azotes rojos contra el hassan que estaba en aquella zona, errando el blanco por escasos centímetros.

-¡Arriba! -dije yo justo antes de que ambos alcanzáramos al hassan que había conseguido acercarse peligrosamente a nuestra línea defensiva.

Igual que el anterior, desapareció en el aire tras soltar un lastimero grito de dolor.

El ataque de nuestros enemigos pareció perder entonces parte de su fuerza. Dejaron de intentar avanzar hacia nosotros y un fuerte sonido de sirenas anunció la llegada de medio centenar de soldados. Sin embargo, no entraron en la estación, sino que abrieron fuego contra algo allá arriba. Al instante, los hassans nos dieron la espalda y volaron en ayuda de su amo. Shakar acababa de llegar.

No perdimos ni un segundo, echamos a correr y doblamos la primera esquina a mano derecha que encontramos. El pasillo estaba completamente desierto, por lo que los únicos sonidos que acompañaban a nuestras aceleradas pisadas, eran los ecos de los gritos, disparos y explosiones que habíamos dejado atrás.

Cuando al fin llegamos al andén, teníamos una pequeña ventaja sobre nuestros perseguidores. Supuse, acertadamente, que Shakar se había visto obligado a abrirse paso entre los soldados. Sentí lástima por aquellos hombres, no tenían ni una sola posibilidad de vencerle. Aun así, agradecí inmensamente el tiempo y ventaja que nos estaban proporcionando.

Debido a todos los acontecimientos que estaban teniendo lugar, la ciudad entera se encontraba en estado de alerta. Por ello, el servicio de transporte subterráneo se había visto interrumpido y en todos los carteles luminosos de la estación se pedía a los habitantes que evacuaran el lugar de forma ordenada.

Gracias a esa circunstancia, pudimos saltar al centro de las vías sin temor a ser arrollados por uno de los trenes. En cuanto nos adentramos un par de metros y abandonamos la luminosidad del andén, Raissa iluminó nuestro camino con una bola de luz que flotó tranquilamente sobre nosotros.

-Por los pelos -murmuró sin dejar de correr.

-Y que lo digas… -coincidí.

Ambos estábamos cubiertos en sudor, con el pulso acelerado y la seguridad de que el peligro aún no había terminado.

-¿Dónde crees que estará la puerta?

-No lo sé -admitió-. Supongo que no muy lejos del andén. Sería demasiado peligroso para cualquiera tener que adentrarse mucho más en el túnel.

Por supuesto, tenía razón. No pasaron ni tres minutos cuando una puerta azul llamó mi atención. Situada en la pared izquierda, una enorme runa de forma cuadrada adornaba su superficie.

-No es que sea muy sutil… -dije mientras nos acercábamos a ella.

-No tiene por qué serlo, solo los magos pueden verla -me recordó-. Venga, no tenemos tiempo que perder -la abrió de un empujón y me franqueó el paso-. Adelante.

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