Capítulo 28

Nos encontramos en un pasillo parecido al que había recorrido mi padre en su ascenso hasta el metro de Nueva York. Siguiendo un camino similar, solo que a la inversa, atravesamos el corredor y llegamos a una escalera tallada en la piedra, que se hundía en las profundidades del subsuelo de Madrid.

La tenue luz mágica que Raissa mantenía flotando sobre nosotros, no era suficiente para iluminar la ciudad que se extendía a nuestros pies, por lo que descendíamos sin saber muy bien qué nos íbamos a encontrar allá abajo. No sin esfuerzo y con bastante vértigo, comenzamos a descender pegados a la pared. La humedad de la piedra dificultaba sobremanera nuestro descenso, obligándonos a bajar mucho más despacio de lo que nos habría gustado y a mantener una concentración constante para evitar precipitarnos al vacío.

Desconocía cuánta ventaja le sacábamos a Shakar, pero estaba seguro de que aparecería en cualquier momento. Puede que él tuviera que descender por aquella empinada escalera igual que nosotros, pero los hassans no se enfrentaban al mismo problema y cuánto más tiempo perdiéramos en el descenso, mayor sería la ventaja que nos recortarían.

-¿Ves algo? -preguntó Raissa con un susurro.

Al ir en cabeza, estaba unos dos metros más abajo que ella. Miré hacia el suelo y solamente vi oscuridad, así que decidí soltar una mano de la pared, sacar la varita y crear una bola de luz. Con un simple pensamiento, le ordené que volara hacia abajo, dejando a la vista los esqueletos de los edificios que un día fueron una pequeña ciudad.

El suelo no estaba demasiado lejos, solo nos faltaban una docena de metros. Me concentré en la magia a mi alrededor y le ordené que creara una superficie sólida a mi alcance. Una vez que estuve seguro, saqué uno de los pies de la escalera y, algo temeroso, lo apoyé en el lugar en que creía estaba la magia solidificada.

Aguantó mi peso y al instante me encontré flotando hacia el suelo. Una vez allí, rodeado de casas, miré hacia arriba y apunté a Raissa con la varita. Nunca había hecho algo así, pero necesitábamos darnos prisa.

Concentrado, le ordené a la magia que creara una especie de asiento, el cual acerqué a la profesora.

-¡Déjate caer hacia atrás! -grité.

-¡¿Qué?!

-Confía en mí -supliqué.

Justo en ese momento, se escuchó un fuerte golpe sobre nuestras cabezas. Shakar había hecho explotar la puerta del metro que daba a la escalera. No nos había alcanzado. Al mirar hacia arriba vi la bola de luz que el propio mago sostenía sobre su cabeza, otorgándole un color pálido enfermizo a sus facciones. A su alrededor flotaban los hassans.

Raissa, consciente de lo que acababa de pasar, decidió dejarse caer. Por suerte, había sido capaz de mantener la concentración y el flujo de magia, por lo que recogí a la profesora y conseguí bajarla hasta el suelo con un esfuerzo tan grande que me obligó a doblarme por la mitad para recuperar el aliento.

La pausa no duró demasiado. Los hassans se lanzaron al vacío y volaron directos hacia nosotros mientras Shakar comenzaba el descenso por la empinada pared.

Raissa echó a correr, agarrándome por el brazo para obligarme a seguir su ritmo detrás de ella. Las piernas, entumecidas de cansancio, daban un paso detrás de otro de forma inconsciente, haciéndome tropezar e incluso caer en una ocasión.

-¿A dónde vamos? -pregunté, ya que Raissa parecía mantener un rumbo fijo.

-Sospecho que el portal, igual que en Baem, está en aquel edificio alto que parece ser el centro de la ciudad.

No vi motivo alguno para llevarle la contraria y, una vez que me ayudó a levantarme, seguimos corriendo.

Una luz roja pasó a escasos dos metros de mi cabeza, estrellándose en el suelo delante de mí. Mantuve el escudo en alto sin mirar siquiera atrás, sabía de sobra quién me perseguía y lo cerca que estaban. Un fuerte empujón por la espalda y las rojas telarañas que se dibujaron a mi alrededor, me indicaron que uno de los azotes acababa de alcanzar mi escudo. No sé muy bien cómo, conseguí mantener el equilibrio y seguir corriendo.

Doblamos una esquina hacia la derecha y el edificio apareció ante nosotros. Sus cuatro plantas llegaban casi hasta el techo de la bóveda en la que se encontraba la ciudad. Vale, cuatro pisos no forman un edificio demasiado alto, ¿no? Pero es que estando bajo tierra, cualquier cosa que se parezca a un edificio ya resulta imponente de por sí, más aún cuando todos los demás apenas superaban la primera planta.

Justo en ese momento un azote lanzó a Raissa por los aires, dejándola tumbada en el suelo contra las puertas de madera que parecían ser la entrada al edificio. Sin pensármelo dos veces, me lancé en su ayuda, consciente de que lo más probable era que con el golpe hubiera perdido la concentración y bajado su escudo. Interpuse mi cuerpo entre ella y los hassans y me encaré con ellos.

Detuve los primeros azotes sin demasiada dificultad y respondí con una serie de al menos veinte que volaron en todas las direcciones. Tal era mi rabia, que todos y cada uno de ellos salieron de mi varita con la máxima potencia, dejando completamente seco de magia el aire a mi alrededor.

Por suerte, la mayoría dieron en el blanco e hicieron chillar de dolor a los hassans alcanzados antes de desaparecer en el aire. Sabía que no tardarían demasiado en aparecer de nuevo, pero aquello al menos me dio el tiempo suficiente para ayudar a Raissa a ponerse de pie y cruzar aquellas puertas mohosas.

El interior de aquel lugar no estaba mucho mejor que todo lo demás. El polvo ocupaba prácticamente cada rincón, cubriendo con su blanco manto los escasos muebles que los magos habían dejado atrás. Vi una silla metálica y me encaminé hacia ella, ayudando después a la profesora a sentarse y recuperar el aliento.

-¿Cómo estás? -pregunté preocupado.

-Bien, tranquilo -dijo entre jadeos-. Es por el golpe, no me lo esperaba.

-¿Qué hacemos ahora? -no había tiempo que perder.

Raissa miró a nuestro alrededor. Aparte de un par de sillas y una alfombra hecha jirones, no había mucho más. En uno de los laterales, un cristal hacía las veces de ventanilla que, supuse, debió ser algún tipo de puesto de información. Señaló una puerta al fondo.

-Mira, allí.

Al fijarme mejor, vi que sobre la puerta había un cartel, tan cubierto de polvo que no se podía leer lo que ponía. Me acerqué y lo limpié con la mano.

“Entradas y salidas”, decía.

Raissa se puso en pie, no sin esfuerzo, y se acercó.

-Ábrela -me instó con la varita una vez más en alto.

Hice lo que me pedía y agarré el pomo. Nada más tocarlo, la puerta se vino abajo con sonoro estrépito, levantando una enorme nube de polvo que nos obligó a cubrirnos la cara con las manos.

Cuando por fin se asentó de nuevo, pudimos mirar lo que había dentro.

Aunque distaba de ser una sala tan grande o elegante como la de los consulados que había conocido, estaba claro que el arco de piedra que había en la pared del fondo era, o al menos había sido, un portal. Por lo demás, en la habitación no había absolutamente nada.

Corrimos hasta el arco y Raissa pasó las manos por los laterales, quitándole el polvo.

-Lo encontramos -murmuró con un deje de incredulidad en su voz.

-¿Y ahora? -apremié-. ¿Cómo se pone en marcha?

No pudo contestar. Un azote se estrelló contra nuestros escudos, seguido de media docena más. Desde la entrada del edificio, varios hassans nos los lanzaban sin parar. Raissa corrió hasta la entrada de la habitación y se apoyó contra el marco de la puerta, respondiendo al instante a los ataques y creando un escudo protector que impedía que ningún azote cruzara dicha puerta.

-¡Tienes que activarlo! -me gritó.

-¡¿Cómo?!

-Igual que haces todo lo demás. ¡Ordénale a la magia lo que quieres!

Traté de centrar mi atención en el portal mientras Raissa mantenía a los hassans a raya. Apunté la varita hacia el centro del arco, junté tanta magia como me fue posible y la dejé salir a través de la varita, ordenando mentalmente que activara el portal para poder regresar a Baem.

Por un momento creí que lo había conseguido. El arco entero se iluminó y una fina capa blanquecina pareció nacer en el centro y extenderse hasta los extremos, pero fue solo un instante. No tenía magia suficiente a mi alcance que seguir canalizando, así que el arco se apagó de nuevo. Lo intenté una vez más, pero el resultado fue el mismo. Al menos, la buena noticia era que el portal parecía seguir activo.

-¡Funciona, pero no puedo mantenerlo abierto más de medio segundo, no hay magia suficiente aquí! -avisé a Raissa.

-¡¿De verdad pensabais que llegaríais a escaparos?! -atronó una voz desde la entrada del edificio.

El ataque de ambos bandos se detuvo mientras Shakar daba un par de pasos hacia nosotros. Sudoroso, cojeaba y presentaba una fea herida sangrante en la frente causada seguramente por los soldados en el metro.

-Reconozco que estoy… impresionado -dijo bajando el tono de voz-. A estas alturas ya deberíais haber muerto ambos.

Uní mi magia al escudo que Raissa había creado en torno a la puerta, temeroso de que el mago atacara por sorpresa.

-No hay forma alguna de que consigáis activar ese portal -había levantado su varita blanca y nos apuntaba con ella-. Entregaros de una vez, no tiene sentido que sigáis luchando, voy a mataros igualmente.

Decidí que no quería seguir escuchando ni una sola palabra más de los labios de aquel hombre y lancé un potente azote rojo que le obligó a dar un paso atrás por culpa del impacto.

-¡Te matar… -comenzó a decir, pero al instante una serie de azotes lanzados por Raissa le impidieron terminar la frase.

-Hablas demasiado -dijo Raissa sin dejar de atacar.

El mago se ocultó detrás de una columna y desde allí atacó, apoyado una vez más por los hassans, los cuales volaban ante nosotros sin parar, acercándose hasta casi chocar contra el escudo y dificultándonos el hacer blanco.

Nuestro escudo conjunto se mantenía firme aunque, para poder reforzarlo, cada vez teníamos que convocar la magia a mayor distancia. Como no consiguiéramos hacer algo pronto, estaríamos acabados.

Uno de los hassans se acercó demasiado y se estrelló contra el muro, generando la explosión más grande que había visto hasta la fecha. Fue tan potente, que la onda expansiva me obligó a recular y todo el combate mágico se detuvo durante unos instantes. Por supuesto, esa pausa no duró demasiado, pero fue tiempo suficiente para que una idea acudiera a mi mente.

Corrí hasta el portal y me concentré en acumular tanta magia como me fue posible.

-Cuando te lo diga, baja el escudo y deja que uno de los hassans entre aquí.

-¿Qué? -preguntó sin entender-. ¿Te has vuelto loco?

-¡Tú hazlo! Confía en mí.

Con el ceño fruncido lanzó un par de azotes a la columna tras la que se escondía Shakar. Esperé a que uno de aquellos seres voladores se acercara lo suficiente al escudo.

-¡Ahora! -grité cuando vi a uno lo suficientemente cerca.

Confiando en que Raissa me había hecho caso, canalicé toda la magia que había en mí en dirección al hassan. Este, sorprendido, intentó dar media vuelta en el aire, pero era demasiado tarde. Lo atrapé y tiré de él hacia la habitación y Raissa volvió a levantar el escudo una vez que estuvo dentro.

El ser se retorcía con todas sus fuerzas, tratando de librarse del abrazo de mi magia. Sin embargo, yo era mucho más fuerte que él. Cerrando los ojos, me concentré, deseando que mi hipótesis fuera cierta. Al ver aquella explosión de uno de ellos contra el escudo, caí en la cuenta de que no eran humanos. Sí que lo habían sido un día, pero ahora no era nada, solamente eran energía.

Lentamente al principio y más rápido cuando fui cogiendo confianza, comencé a succionar toda la magia que había en aquel ser o, lo que es lo mismo, comencé a absorberlo por completo, y es que, tal y como había supuesto, todo él era magia.

Noté al instante la enorme cantidad de poder que se estaba acumulando dentro de mí. Nunca había absorbido tanta. El hassan se retorcía, cada vez más débil, hasta que al final desapareció con un leve gemido. Vi que Raissa me miraba con los ojos desorbitados mientras el escudo seguía recibiendo un azote tras otro.

Tal era la cantidad de magia que había dentro de mí, que la sentía arder en mi interior y tuve miedo de que me consumiera. Pero no fue así. Me encaré con el arco de piedra y levanté la varita.

“Funciona, maldita sea.” -ordené mentalmente.

Dejé salir toda la energía a través de la varita, sintiendo cómo poco a poco me desinflaba y la enorme presión que había sentido en el pecho iba disminuyendo. Clavé la mirada en el portal y vi que estaba funcionando, resplandecía en la oscuridad del lugar, iluminando todo como si fuera de día.

-¡Raissa! -llamé.

No hizo falta que dijera más. Echó a correr hacia el portal, abandonando el escudo de la puerta y colocándolo a su alrededor. Comenzaba a notar la magia agotarse, no podría mantener el portal abierto mucho más y ella lo sabía. Cuando apenas estaba a dos metros de mí, saltó chocando contra mi cuerpo y cruzando así al otro lado los dos al mismo tiempo y cerrándose el portal al instante tras nuestro paso.

Lo habíamos conseguido.

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