Capítulo 29

Caímos contra el frío suelo de la bóveda de los portales. A nuestro alrededor todo el mundo se detuvo a observarnos. La verdad, no me extraña. Habíamos aparecido de golpe, con un ruido estrepitoso y probablemente gritando de pura excitación incontrolada. Además, las pintas que llevábamos no eran normales. Vestidos sin ropa de magos, completamente llenos de polvo y con la cara y las manos negras, mezcla de sudor y suciedad. A mi lado, bien sujeto a mí, estaba el diario que tantísimo nos había costado recuperar.

Mientras nos poníamos en pie, la gente fue perdiendo el interés en nosotros y retomaron sus caminos, entrando y saliendo por los diferentes portales que había a nuestro alrededor. De los dos, Raissa era la que había salido peor parada. Tenía varias heridas y cortes visibles y no me pude ni imaginar lo mal que debía de estar debajo de la ropa. Prácticamente tuve que ayudarla a caminar para poder llegar hasta los ascensores.

-¿Cómo has hecho eso? -preguntó entre jadeos-. Lo de absorber al hassan.

Me encogí de hombros.

-Ni idea -admití-. Simplemente se me ocurrió que podían estar compuestos por magia y que, si de verdad era así, podría utilizar esa energía para abrir el portal.

-¿Y si no llega a ser así?

No contesté, no hacía falta.

-Necesitas ir a la enfermería -le dije cambiando de tema.

-Mira quién fue a hablar -murmuró tratando de esbozar una sonrisa.

No me había dado ni cuenta, pero mi estado no era mucho mejor que el suyo.

-No, primero debemos ver al Consejo -decidió ella-. Ya tendremos tiempo de recuperarnos después.

No estaba del todo de acuerdo, sobre todo al ver los gestos de dolor que hacía a cada paso que daba. Aun así, la conocía lo suficiente como para saber que de nada serviría insistir.

Entramos en el ascensor y apoyamos la espalda contra la pared mientras comenzaba la ascensión. Parecía mentira que hacía apenas quince minutos hubiésemos estado inmersos en una lucha a vida o muerte con el mismísimo Shakar. La verdad, después de haber conseguido escapar de él en dos ocasiones, había dejado de tenerle tanto miedo y respeto. No digo que no fuera poderoso, solo que ya no me parecía invencible.

La tranquilidad dentro del ascensor, contrastaba con las últimas horas que habíamos pasado en la Tierra. Desde el mismísimo momento en que encontramos el diario, todo había ocurrido rapidísimo. Aún no había tenido tiempo de asimilarlo.

Aparecimos en la sala de espera y la recepcionista no pudo evitar soltar una exclamación. Con el brazo derecho de Raissa alrededor de mi cuello para evitar que se cayera al suelo, decidimos no esperar turno alguno. Nos dirigimos sin más a las puertas que daban a la sala del Consejo y las abrimos de par en par, sorprendiendo a todos los allí presentes.

Los miembros del Consejo se encontraban cada uno en su asiento, hablando entre ellos en voz alta, cosa que me sorprendió ya que pensaba que solo se comunicaban mentalmente. Al vernos aparecer, todos pusieron los ojos como platos y un hombre y una mujer corrieron hacia nosotros para ayudarnos. Otros dos, hombre y mujer también, se pusieron en pie e hicieron aparecer un par de asientos para nosotros. El único que no se levantó fue Hakael, que nos miraba como si hubiese visto aparecer a un fantasma.

Los cuatro que nos ayudaron, no dijeron nada. Se limitaron a ofrecernos su ayuda para llegar hasta los asientos y luego volvieron hasta los suyos propios. Clavaron entonces la vista en Hakael, sin comprender por qué aún no había dicho nada.

El hombre pareció recuperar la compostura.

-Ben, Raissa, qué alegría veros de vuelta sanos y salvos -dijo con una media sonrisa congelada en el rostro-. Estábamos muy preocupados por las noticias que nos habían llegado desde España. Se ha armado un gran revuelo.

Aunque sus palabras eran correctas, había algo en su expresión que no encajaba. Nos miraba fijamente, con el ceño fruncido, como si estuviese cabreado con nosotros por haber aparecido. Sacudí la cabeza y decidí que serían imaginaciones mías, fruto del estrés de los últimos dos días.

-Por favor, contadnos qué ha ocurrido desde vuestra partida -pidió.

Intercambié una mirada con Raissa y vi en sus ojos la súplica de que fuera yo quién hablara. No me importó y comencé a relatar los acontecimientos de la misión. Conté de forma rápida cómo llegamos hasta los pasadizos subterráneos y me detuve a relatar con más detalle el primer encuentro con Shakar y la acción casi suicida que nos brindó una vía de escape. Al mencionar el diario, todos los ojos se clavaron en el libro que colgaba en mi costado. Decidí dejar ese tema para más tarde.

Hablé de la huida por el pasadizo secundario, la carrera por las calles de Madrid y la batalla mágica que nos vimos obligados a mantener dentro de la estación de metro contra los hassans. A medida que hablaba, comencé a ser realmente consciente de que, si habíamos conseguido volver a Baem, había sido por los pelos y con una gran dosis de buena suerte. Un tropiezo aquí o allá, o incluso una bajada accidental de un escudo, y lo más probable es que estuviéramos muertos. Me estremecí. Con toda aquella adrenalina recorriendo mi cuerpo, no había sido consciente de los peligros tan grandes que enfrentábamos.

Relaté el enfrentamiento con Shakar dentro de la ciudad subterránea y a todos se les escaparon expresiones de asombro cuando expliqué cómo había absorbido la magia del hassan para abrir el portal.

Cuando acabé de hablar y guardé silencio, nadie dijo nada. Los miembros del Consejo parecían absortos cada uno en sus propios pensamientos. Una vez más, el único que parecía discordar con el resto, era Hakael. Recostado en su asiento y con ambas manos cruzadas casi delante de la cara, me miraba con la misma expresión cabreada de antes, haciéndome sentir cada vez más incómodo.

-¿Quieres decir… -dijo arrastrando las palabras-, que tenemos que creernos que habéis conseguido derrotar vosotros solos a Shakar no una, sino en dos ocasiones? Eso sin contar a los hassans

-“¿¡Te has vuelto loco, Hakael!? -dijo mentalmente una de las mujeres casi al instante- ¿Cómo te atreves a cuestionar su palabra?”

-“Es imposible que hicieran todo lo que afirman” -terció el portavoz.

-“Sabes que eso es mentira. Tenemos informes que apoyan casi todas las partes de su historia y, con esperar un par de horas más, tendremos los datos que nos faltan. ¿Por qué iban a mentir en algo así?” -por el tono de su voz en mi cabeza, estaba claro que la maga estaba bastante molesta con el portavoz.

-“Nadie escapa de Shakar. ¡Mucho menos dos veces en un mismo día!” -dijo Hakael colérico.

Yo no entendía a qué venía todo aquello.

-“No sé qué tiene en nuestra contra -interrumpí yo malhumorado ante su actitud después de todo lo que habíamos pasado-, pero todo lo que he relatado es cierto.”

-“Lo sabemos, Ben -dijo la mujer en tono apaciguador-. Por favor, disculpa al portavoz. Ha estado del todo desacertado en sus comentarios. Os agradecemos sobremanera todo lo que habéis hecho para recuperar el diario. Ahora, retiraros para que podamos decidir qué hacer a continuación. Creo que deberíais ir a la enfermería para curar vuestras heridas. Pronto os mandaremos llamar. No hace falta que te recuerde la importancia del diario. Tenlo siempre contigo” -avisó antes de dar la conversación por concluida.

Hakael no dijo ni una sola palabra más, sino que se mantuvo en silencio y sin cambiar un ápice su actitud hostil hacia nosotros. Le indiqué a Raissa lo que nos habían ordenado hacer y la ayudé a salir de la habitación del Consejo.

-¿Qué demonios ha ocurrido ahí dentro? -me preguntó una vez fuera mientras esperábamos el ascensor.

Meneé la cabeza aún sin tenerlo yo mismo demasiado claro.

-Hakael afirma que mentimos, que es imposible que escapáramos de Shakar. No lo entiendo. Creía que todo esto era para recuperar el diario, no para ver quién era más fuerte entre Shakar y nosotros.

-No tiene sentido, ¿por qué se ha puesto así? -preguntó mientras entrábamos en el ascensor y marcaba el piso de la enfermería-. ¿Dices que ha sido una de las mujeres la que te ha despedido?

Asentí.

-Algo raro está pasando, eso está claro -dijo ella pensativa-. Bueno, no importa, Ben. Nosotros ya hemos hecho suficiente por hoy, ya habrá tiempo de preocuparse de otros asuntos.

Coincidí con ella. Ambos necesitábamos descansar.

En cuanto salimos del ascensor, la jefa de enfermería se hizo cargo al instante de nosotros, regañándonos por no haber acudido allí primero. Nos dio varias pociones que ayudaron a mantener los dolores alejados, nos obligó a tendernos a cada uno en una cama y nos ordenó que nos quedáramos allí hasta que las heridas y golpes desaparecieran, gracias a una nueva poción que, por cierto, sabía a rayos.

-¡Emma! -exclamé de repente al acordarme de mi novia.

Le supliqué a una de las enfermeras que la localizara. Primero se negó en rotundo, pero al final debió decidir que le supondría mucho menos esfuerzo encontrar a la chica que aguantar mis súplicas constantes.

-¿Crees que estará muy enfadada? -le pregunté a Raissa.

Ella rio.

-Cómo sois la juventud de hoy en día… ¿Acabas de burlar a la muerte y te preocupas de si Emma estará enfadada contigo?

Preferí no contestar. Sí que estaba preocupado.

Diez minutos más tarde, Emma entró en la enfermería como un rayo, casi chocando contra un par de enfermeras que charlaban en la entrada. A pesar de los gritos de estas, ella siguió corriendo y, al verme, se abalanzó sobre mí.

-¡Ben! ¿Estás bien? ¿Qué tienes? ¿Por qué no me avisaste antes de que ya habías llegado? ¿Qué te ha ocurrido? -me acribilló a preguntas.

Incapaz de saber a cuál contestar primero, simplemente la abracé.

-Estoy bien, tranquila -dije para calmarla.

-No contestabas a la piedra y me estaba volviendo loca. Estaba segura de que te había pasado algo -hablaba de forma acelerada, aunque poco a poco comenzaba a tranquilizarse.

-Lo sé, lo siento, es que no tuve tiempo ni de pensar -me disculpé.

-¿Y Raissa? ¿Está bien?

-Sí, perfectamente, querida -contestó la profesora desde la otra cama, tratando de contener el ataque de risa que le habíamos provocado.

Emma la miró, asintió con la cabeza y volvió a centrar su atención en mí.

-¿Conseguisteis el diario?

Señalé la mesa de la cabecera donde lo había dejado. Ella miró en su dirección y extendió la mano para tocarlo. Como ya le pasara a Raissa, una barrera invisible frenó su mano cuando apenas le faltaban veinte centímetros para llegar hasta él.

-Vaya… -murmuró confusa.

-Sí… solo yo puedo tocarlo. Ventajas de ser el Portador -dije irónico.

Clavó sus ojos en los míos con gesto serio.

-Quiero que me lo cuentes todo.

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Si has cambiado de idea y prefieres descargar el pdf, pincha en el siguiente enlace: Manuscrito Ben Stone y el Corazón de Baem

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