Capítulo 3

Tardé unos segundos en reaccionar. Ahora que ella lo había dicho en voz alta, la consciencia de lo ocurrido se abrió paso en mi mente.

¿Había hecho magia? Estaba claro que ese papel se había movido, al igual que el bolígrafo en clase. Además, la sensación de cansancio que se apoderó de mí durante unos segundos, era exactamente la misma que había sentido esa mañana.

Poco a poco empezó a dejar de parecerme una locura. Supongo que el entusiasmo de Emma ayudó, aunque hay que reconocer que no tenía ninguna explicación mejor para los sucesos del día. Y estaba también ese libro, que hablaba de un montón de cosas extrañas de las que no habíamos oído hablar ninguno de los dos, pero que parecía respaldar por completo la teoría mágica.

-Venga, inténtalo otra vez -me pidió Emma mientras se sentaba encima del escritorio.

Levanté el lápiz, apunté al papel y… nada. Comencé a mover el brazo arriba y abajo, de lado a lado y todas las variantes que había hecho antes, pero nada ocurría. Emma, por su parte, no ayudaba mucho y me estaba poniendo de los nervios.

-Levanta un poco más el brazo. No lo muevas tan deprisa. El codo, vigila el codo. No, así no es.

La fulminé con la mirada.

-Vale, perdona -dijo levantando ambos brazos en señal de paz.

Se calló, aunque su ceño fruncido dejaba claro que, a su entender, seguía haciéndolo todo mal. ¡Como si ella tuviera idea de cómo se hacía en realidad!

“¿Quieres hacer el favor de moverte de una vez? ¡Elévate!” -exigí mentalmente.

Noté cómo la energía abandonaba mi cuerpo. Esta vez sabía lo que iba a ocurrir, así que no fue tan malo como las veces anteriores. Me di cuenta de que esa sensación de cansancio parecía recorrer todo mi cuerpo en dirección al brazo derecho, el mismo que mantenía estirado en dirección al papel.

Entonces se elevó, sin espirales esta vez. Se levantó suavemente y quedó suspendido a la misma altura que el lapicero con que le apuntaba.

Emma ahogó un grito y vi la excitación reflejada en su cara por el rabillo del ojo.

El papel estaba ahí, flotando ante mí, pero el fluir de energía por mi cuerpo empezó a ser insoportable. Un intenso dolor se alojó en mi estómago y caí de rodillas. Solté el lápiz y el papel planeó de nuevo en dirección al suelo.

La chica corrió hacia mí y me sostuvo los hombros.

-¿Qué te pasa? -noté la urgencia en su voz.

No pude contestar. Me sentía tan agotado que el mero hecho de articular una palabra me parecía un esfuerzo sobrehumano.

-Un… un segundo.

Pareció entender. Nos mantuvimos así durante unos minutos sin que ella me soltara en ningún momento. Poco a poco el dolor remitió y la fuerza fue volviendo a mi cuerpo. Intenté estirarme pero aún era demasiado pronto. Crucé una mirada con ella.

-Gracias -susurré.

-No pasa nada. ¿Te encuentras mejor?

-Eso creo.

-¿Qué pasó?

-No lo sé. Todo iba bien, el papel se levantó y sentí lo mismo que las otras veces. Pero creo que me esforcé demasiado por mantenerlo en el aire. Noté cómo toda mi energía desaparecía, fue realmente horrible.

Me pareció ver algo de compasión en sus ojos.

-Bueno, creo que por hoy ha sido suficiente.

No encontré motivo alguno para llevarle la contraria. Más allá de mis sentimientos hacia ella, estaba agotado. Había sido un día de locos, aunque a decir verdad, puede que entre el mágico descubrimiento y la cita con Emma, hubiese sido el mejor día de mi vida hasta la fecha.

Nos pusimos en pie y Emma se mantuvo cerca de mí, temerosa de que las piernas me jugaran una mala pasada.

-¿Cómo lo has hecho? -preguntó-. Que se elevara y se mantuviera en el aire.

-Creo que se lo ordené -contesté tras pensarlo unos instantes.

-¿Qué? No dijiste ni una palabra, te estaba mirando.

-Quiero decir que lo hice mentalmente.

Casi tan pronto como las palabras salieron de mi boca se me encendió la bombilla.

-¡Claro! Es eso, tiene que serlo. Las otras dos veces también fue así. En clase le ordené al bolígrafo que se acercara, luego al papel que volara y ahora le mandé que se elevara.

Me miró de forma suspicaz.

-¿Quieres decir que te comunicaste mentalmente con ellos? -dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

-Qué graciosa. No, simplemente lo dije para mí, aunque parecieron entenderme bastante bien a pesar de no hablar en voz alta.

Traté de hacerme el ofendido.

-A ver si lo entiendo: ¿primero apuntas y luego dices cosas mentalmente?

-Sí, exactamente.

Esperaba alguna mofa más por su parte, pero en lugar de eso cogió el lápiz de mi mano.

-Quiero probar.

-¿Estás segura? Ya viste lo que me pasó a mí.

-Sí, tengo que hacerlo. Y si veo que me pasa cualquier cosa suelto el lápiz y listo.

Aunque no me agradaba demasiado la idea, no era quién para prohibirle nada.

Ocupé el mismo lugar que ella ocupara antes en el escritorio y la observé mientras comenzaba un extraño baile con los brazos, no muy diferente al que debí de haber interpretado yo hacía unos minutos. Viéndola de esa guisa casi se me escapa una carcajada, pero por suerte me contuve. Ella no lo había hecho conmigo, cosa que agradecí de verdad.

Al cabo de un rato, y sin resultado, alguno pareció darse por vencida.

-¿Por qué no hace nada? A estas alturas tú ya lo habías movido.

No tenía ninguna respuesta que ofrecer.

-¿Has intentado decirle mentalmente lo que querías que hiciera?

-Créeme, si ese papel te contara todas las cosas que le he dicho que le haría como no echase a volar de una vez, a lo mejor se te quitaban las ganas de estar en esta iglesia abandonada conmigo.

Aunque lo dijo con el ceño fruncido con un aparente mal humor, no pude evitar reírme. Ella me pegó un suave puñetazo en el brazo y la risa se fue haciendo contagiosa. Supongo que los dos necesitábamos desahogar toda la tensión que habíamos acumulado durante el día.

Poco a poco nos calmamos.

-No pensé que fueras un tío tan majo -admitió Emma al tiempo que se recogía un mechón rebelde detrás de la oreja.

-Nunca tuve la oportunidad de demostrarlo.

De pronto fui consciente de su proximidad. Durante la última hora me había olvidado por completo de lo enamorado que estaba de ella. Noté las manos sudorosas y, no sé cómo, pues estaba sentado en el escritorio, casi me caigo.

Ella se adelantó y me ayudó a mantener el equilibrio.

-¿Aún estás cansado?

Sí, esa era una buena excusa, gracias.

-Eso creo, ha sido un día de locos.

-Dímelo a mí -suspiró.

-Deberíamos irnos, son casi las nueve. Seguro que ya es de noche. Toma, tu varita.

Hizo una especie de reverencia irónica y me tendió el lapicero entre risas. Luego, al verla subirse al escritorio para descolgar la linterna, una idea acudió a mi mente. Disimuladamente apunté el lápiz en su dirección.

“Bésame”

Bajó de un salto y caminó hacia mí con la linterna en la mano. Cruzamos la mirada y, cuando ya estaba casi a mi altura, me esquivó y cogió el pomo de la puerta con la mano.

-Vámonos -dijo.

Bueno, tenía que intentarlo, ¿no?

Mientras mi pulso recuperaba un ritmo normal, caminamos en la oscuridad de la iglesia hacia la salida. Se había hecho completamente de noche y la temperatura era considerablemente más baja que cuando llegamos.

Pasamos entre los bancos del centro de la sala y cruzamos la puerta principal. La noche envolvía todo a nuestro alrededor. La luna brillaba en el cielo, reflejando luz suficiente para iluminar lo que había a nuestro alrededor. A pesar de ello, me alegré de que Emma mantuviera la linterna encendida.

-Deberíamos quedar otra vez mañana -dijo mi acompañante-. Para volver a intentarlo, si quieres.

-Claro. Es sábado, ¿no? ¿Por qué no vienes a mi casa? Mi madre trabaja todo el día.

-¿La primera vez que quedamos y ya me invitas a tu casa? -inquirió sonriente.

-No, no pretendía… lo siento… no me di cuenta -tartamudeé-. Es solo que pensé…

Se rio.

-Es broma, Ben. Me parece bien lo de tu casa. Aunque he de reconocer que estás muy mono cuando te pones nervioso.

Agradecí a la noche la oscuridad que ocultaba mi rostro, debía de estar tan rojo como un tomate. Opté por no decir nada.

-¿Qué es ese colgante que llevas? -preguntó en referencia al medallón que colgaba de mi cuello.

-Me lo dio mi madre cuando era pequeño -expliqué-. Según ella, perteneció a mi padre. En realidad es lo único suyo que tengo. Si te digo la verdad, ni siquiera sé por qué lo llevo puesto, supongo que me he acostumbrado a él.

-Pues a mí me gusta, es diferente -concluyó.

Salimos del claro de la iglesia y nos adentramos en el camino que cruzaba el bosque. Mientras hablábamos de lo increíble de todo lo que había ocurrido, Emma se paró en seco y me mandó guardar silencio. Apagó la linterna y se quedó completamente quieta.

-¿Qué…

-¡Shh!

Me quedé callado y escuché. No se oía nada más que el roce de las hojas de los árboles mecidas por el viento y el lejano silbido de un par de grillos. Pero, entonces, escuché algo que no encajaba con los sonidos de la noche. Algo hacía crujir las hojas caídas enfrente de nosotros y un murmullo apagado… ¡voces! Alguien se acercaba por el camino en dirección a la iglesia.

Emma me cogió de la mano y me obligó a internarme un par de metros en el bosque. Nos agachamos detrás de un árbol y nos mantuvimos en silencio. Pronto pudimos escuchar parte de la conversación que mantenían las personas que se acercaban.

-… nunca mandan a otros. Pero claro, cumplimos y están contentos porque no nos pagan las horas extras. Y mientras sigamos haciendo bien el trabajo, seguirán enviándonos a nosotros. Además, ¿qué más da un poco de magia? Seguro que esos massins ni siquiera saben lo que han hecho. Tal vez deberíamos olvidarnos del asunto, igual para la próxima vez, si es que la hay, mandan a otros que no seamos nosotros dos, ¿qué opinas, George?

Cada vez estaban más cerca. Eran dos, ambos de corta estatura y algo rechonchos. Debían de medir poco más de un metro cincuenta. Delante de ellos llevaban una lámpara que iluminaba el camino. No, no era una lámpara, era una luz, sin recipiente alguno. Una bola de luz del tamaño de una pelota de golf suspendida en el aire por encima de sus cabezas peludas.

-Opino que te calles de una vez, desde que salimos de Baem no has cerrado el pico y ya me duele la cabeza de aguantarte -gruñó el que iba delante.

Eran bastante feos, la verdad, posiblemente las personas más feas que había visto en mi vida.

-Cómo eres, siempre con lo mismo. Un día me voy a creer de verdad eso de que no me aguantas y ya verás qué gracia te hace. Solo digo que, si cada vez que aparece un brote mágico nos mandan a nosotros, este se está convirtiendo en nuestro trabajo oficial. Y no me gusta. En Baem, al menos, no perdía ni un solo gramo (también es cierto que allí nos pasábamos el día sin hacer nada, ¿eh?). Pero aquí, en cambio, parece que solo hacemos ejercicio con tanto caminar. Al volver pienso comerme los tres cerdos que tengo reservados para mi cumpleaños, no es que sean nada del otro mundo, pero desde que pasamos por delante de aquella charcutería hace un rato, no dejo de pensar en cerdos. Cerdo a la brasa, cerdo frito, cerdo relleno de cebolla y pimiento, cerdo con manzana, ajo y perejil…

Poco a poco los ecos de sus voces se fueron perdiendo camino arriba. Cuando dejamos de escucharlos por completo, salimos de nuestro escondite. Emma encendió la linterna, tapando el haz con la mano para disminuir la luminosidad. Se llevó el dedo a los labios para indicarme que me mantuviera callado y señaló el camino en la dirección opuesta a la que se habían perdido aquellos dos.

No pensé ni por un segundo en seguirlos. Su conversación me había atemorizado. Supe que hablaban de nosotros, pero muchas cosas no las entendí. Caminamos casi de puntillas y, cuando creímos que era imposible que nos oyeran, echamos a correr hasta salir del bosque. Una vez fuera no nos detuvimos, sino que seguimos corriendo hasta adentrarnos en la ciudad.

Cogimos el primer autobús con el que nos cruzamos y nos sentamos atrás del todo tratando de recuperar el aliento.

-¿Quiénes eran esos y por qué nos están buscando? -susurró Emma con la voz entrecortada.

Cruzamos la mirada. Había miedo en sus ojos, seguramente tanto como en los míos.

Poco a poco el susto fue abandonando nuestros cuerpos y la excitación por todo lo que había sucedido ocupó su lugar. Si bien es cierto que ninguno consiguió alejar del todo el temor de lo que habíamos escuchado, coincidimos en que sería mejor no darle demasiadas vueltas, al menos por el momento.

Acordamos que ninguno intentaría hacer magia por su cuenta y que esperaríamos al día siguiente para volver a hacerlo juntos. Cuando llegamos a la parada nos despedimos y Emma me dio un leve beso en la mejilla antes de perderse calle abajo.

Caminé hacia mi casa con las manos en los bolsillos. Volvía a hacer el mismo frío que por la mañana. Encogí la cabeza entre los hombros tanto como me fue posible y aceleré el paso.

La luz de las ventanas me indicó que mi madre ya estaba en casa.

-Hola -saludé desde la entrada, cerrando la puerta tras de mí.

-Estoy en la cocina -me llegó su voz amortiguada.

Nuestra casa es muy simple, aunque de sobra para nosotros dos. Tiene dos plantas y un sótano. Las dos habitaciones están en el piso superior y en la planta baja están la cocina y el salón.

Atravesé este último y me encontré a mi madre sentada a la mesa con una ensalada delante de ella. Le di un beso en la frente y cogí cubiertos para unirme a la cena.

-¿Dónde has estado?

-He ido a la antigua iglesia de las afueras con una amiga.

Mi madre elevó ambas cejas en señal de sorpresa. No sé si por el hecho de haber ido allí o por escuchar salir de mi boca la palabra “amiga”.

-Y, ¿a qué habéis ido? -sonó más preocupada que curiosa.

-A nada mamá, un simple reto de ver quién aguantaba más tiempo dentro.

Su cara reflejó… ¿alivio?

-¿Ganó ella, no? -sonrió, sabedora de que me había golpeado en pleno orgullo.

-Claro que no.

Supongo que decidió que ya había sido suficiente y me contó cómo le había ido el día. Hablamos de mis exámenes y de que ya casi había terminado el curso. Dejó caer algo acerca de un campamento de verano, pero la corté antes de que terminara la frase ofreciéndole el postre.

Cuando me levantaba de la mesa para ir a mi habitación, volvió a sacar el tema.

-Oye, lo de esa iglesia… no me gusta que vayas por allí. Es vieja y puede pasar cualquier cosa.

-Vale mamá -concedí-, no pasa nada, buenas noches.

Me metí en la cama. Había sido un día agotador. Posiblemente el mejor y más extraño de toda mi vida. Y, además, Emma me había besado. Vale que fuera en la mejilla y a modo de despedida, pero era beso al fin y al cabo, ¿no?

No tardé demasiado en dormirme.

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Si has cambiado de idea y prefieres descargar el pdf, pincha en el siguiente enlace: Manuscrito Ben Stone y el Corazón de Baem

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