Capítulo 30

Emma no se apartó de mi lado en todo el día. Incluso las enfermeras terminaron apiadándose de ella y dejaron de dedicarle miradas furibundas. No es que a Emma le importara demasiado, pero me alegré también de dejar de ser el motivo de mofa de la profesora.

El conjunto de pociones que nos habían dado tanto a Raissa como a mí, habían conseguido resultados apreciables a simple vista. Casi todas las heridas se habían cerrado, algunas incluso desaparecido del todo, lo mismo que los moretones y la fatiga. Me sentía como nuevo.

Al final del día me dieron el alta, no así a Raissa.

-Si por mí fuera, tú también te quedarías -sentenció la jefa de enfermería-, pero son órdenes del Consejo. Me han pedido que te dijera que por favor, leyeras tanto del diario (no me especificaron nada más, espero que tú sepas a lo que se refieren) como te fuera posible y que mañana, a las once de la mañana, te reunieras con ellos en la última planta.

Miré a Raissa preocupado.

-Venga, no seas tonto, escapa de aquí tú que puedes -me instó-. Yo estoy bien, mañana nos vemos a las once.

Miró a la enfermera mientras pronunciaba estas palabras, retándola a llevarle la contraria. La mujer, algo ofendida, se dio la vuelta y nos dejó a todos con la sonrisa en los labios.

-No hace falta que lo leas entero -me avisó-. Intenta dormir algo también.

Le prometí que lo haría y Emma y yo salimos de aquel lugar contaminado por los olores de los cientos de pociones curativas. Ya en el ascensor, por fin pude besar a Emma sin que nadie nos mirara. Cuando llegamos a la planta de los dormitorios, aprovechamos que Roland no estaba atento y corrimos los dos hasta mi habitación, cerrando con cuidado la puerta tras nosotros.

-El día que nos pille… -dijo Emma sonriente.

-Ya nos preocuparemos por eso si alguna vez llegara a ocurrir -sentencié empujándola hacia la cama y tirándome yo mismo a su lado.

-Coge el diario -me pidió.

Pensaba dejar los “deberes” para más tarde. Aun así, me volví a levantar de la cama con un suspiro.

-Podías habérmelo pedido antes de que me acostara… -reproché.

Ya devuelta a su lado, lo abrí por la primera página y se lo mostré.

-¿Está en blanco? -preguntó confusa.

-¿Qué? No.

-Ahí no pone nada, Ben.

Confuso, pasé un par de páginas. Todas estaban escritas.

-¿De verdad no puedes ver lo que pone? -pregunté receloso.

-En serio, lo veo todo en blanco.

-Supongo… supongo que será otra medida de seguridad de Gardar y que solo yo puedo leerlo -deduje.

-Bueno… da igual. ¿Qué pone? -me apremió.

Leí en voz alta un par de páginas en las que no hablaba de nada relevante. Simplemente relataba su día, con las reuniones que había tenido, paseos que había dado e incluso lo que había comido.

-No parece una lectura demasiado interesante… -murmuró Emma con la cabeza apoyada en mi hombro.

A pesar de no poder leer nada, miraba el diario.

-No sé, pero no me parece que aquí haya dejado escrito cómo encontrar la entrada que andamos buscando. Esto parece simplemente… un diario. Sin más -suspiré algo abatido.

No quería desesperarme, sobre todo porque lo acababa de empezar, pero con todos los esfuerzos que nos había supuesto a Raissa y a mí conseguirlo, más valía que de verdad fuera la clave de todo.

-Venga, sigue leyendo un poco más -me instó.

Lo que iba a ser un poco, se convirtió en al menos una hora y medio centenar de páginas. Casi un cuarto del diario. Todo el tiempo era igual. Gardar hablaba de sus días, pero nunca apuntaba ningún tipo de información importante. La mayoría de los nombres propios ni siquiera aparecían completos, sino reemplazados por la inicial del nombre en cuestión. Esto hacía casi imposible saber quién le había visitado o con quién se había reunido.

Durante las casi cincuenta páginas que le leí a Emma, no había ningún rastro del Corazón de Baem ni de su entrada secreta. Es más, por lo que se entendía en sus palabras, el hombre parecía vivir en una de las Torres.

-¿No se suponía que vivía en la entrada al Corazón? -preguntó Emma confusa.

-Eso creía.

-Pues está claro que no era así -dijo convencida.

En ese momento se abrió la puerta de la habitación y apareció Evan.

-¡Hombre! -saludó sonriente-. Mira quién ha vuelto. ¿Dónde te habías metido?

Solo Emma y el Consejo conocían la misión que habíamos emprendido Raissa y yo.

-Y tú qué, ¿no tienes ninguna chica a la que molestar? -pregunté cambiando abruptamente de tema.

Debió notarlo, aun así me siguió la corriente y charlamos un rato los tres de cosas sin demasiada importancia. Al final, Emma decidió que debería irse. Le prometí que mañana después de ver al Consejo me reuniría con ella y nos despedimos con un beso, mientras Evan miraba hacia otro lado algo incómodo.

-¿Qué leíais cuándo entré? -preguntó el chico una vez que Emma se había ido.

-¿Qué? Ah, nada, solo un libro que me obligó a leer Raissa -mentí.

-¿De qué va?

-Es una especie de… diario de un mago antiguo.

-No suena demasiado interesante, ¿no?

-Aburridísimo -dije al instante, tratando de alejar su mente del libro.

Evan no preguntó más, me dio las buenas noches y se puso a dormir. Yo, en cambio, volví a sacar el diario para seguir leyendo. No quería tener que decirle al Consejo que apenas lo había empezado cuando me habían dado órdenes explícitas de leer “tanto como me fuera posible”.

Después de una hora de lectura y de haber llegado a la mitad del diario, me pareció que la forma de escribir y lo que Gardar relataba comenzaba a cambiar. Las entradas se volvieron más cortas y escuetas. Seguía sin hablar del Corazón de Baem, pero estaba claro que algo le ocurría. Me pareció entender que alguien o algo le perseguía y acechaba.

Llegó incluso un punto en el que el Portador narraba que se había visto obligado a recluirse en sus aposentos para protegerse de “Él”. ¿Quién demonios era “Él”? No lo decía en ninguna parte, pero estaba claro que le temía.

Terminé tan enfrascado en la lectura, que me olvidé por completo de la hora y seguí leyendo sin parar. De pronto, casi al final del libro, un párrafo llamó poderosamente mi atención:

“…nadie debería tener este poder, ni siquiera yo mismo. Si Él consiguiera el control, nada podría detenerlo hasta que todo el mundo estuviera muerto o sometido. Necesito hacer algo antes de que me domine, si no podría significar el final de Baem. Tengo que conseguir poner el medallón a salvo. Matarme es la única forma de matarlo. Solo espero poder hacerlo a tiempo.”

Cuando acabé de leer ese párrafo, un escalofrío recorrió mi espalda. Era la primera vez que nombraba el medallón y, además, casi en la misma frase hablaba de su muerte.

Evan se revolvió en la cama de al lado y volví la mirada hacia él. Dormía. Hacía rato que había apagado las luces de la habitación y que leía gracias a la luz de una pequeña bola luminosa que flotaba sobre mi cabeza, de forma que no molestara a mi compañero.

Volví a centrarme en el diario.

Las entradas siguientes seguían la misma línea. Parecía que Gardar se estaba volviendo completamente loco. Siguió divagando durante veinte páginas más, hasta que decidió abandonar Baem en busca de un escondite para el medallón. Pasó por varias ciudades y, aunque la mayoría no las conocía, sí que reconocí la última: Madrid.

Las últimas líneas, escritas con una letra inusitadamente pulcra, me pusieron la piel de gallina:

“…quien pueda estar leyendo esto. Aún conservo la lucidez suficiente para engañarle a Él, aunque no por mucho tiempo. Por favor, si has encontrado este diario significa que también estás cerca de encontrar el medallón. No lo busques más, te lo ruego. Nadie debería poseer tanto poder. Si cayera en manos equivocadas, significaría el final de Baem y, posiblemente, también el de la Tierra. He decidido ocultarlo, aunque para ello tenga que entregar mi vida. Al menos así Él tampoco lo tendrá.

No existe río bajo las montañas, ni entrada alguna. Los Portadores nos apoyamos en su leyenda para mantener la atención alejada del medallón. Durante cientos de años, hemos aparentado guardar el secreto de la entrada, cuando en realidad el Corazón de Baem es el propio colgante. Gracias a él, nuestras dotes se elevan por encima de las de cualquier otro mago. Si Él consiguiera dominar mi mente, significaría el final de Baem, y es por eso que he decidido acabar con mi vida, con nuestra vida.

Si estás leyendo esto, ya te habrás dado cuenta de que el diario era otra pista falsa y que no sirve para nada. Aun así, era la única forma que tenía de asegurarme que podría llegar a hablar contigo después de mi muerte. Por favor, desiste en tu búsqueda del medallón. Baem no lo necesita para sobrevivir.

Por el bien de todos, hay corazones que deben permanecer perdidos.

G.”

No había ninguna entrada más, el resto de páginas del diario estaban completamente en blanco.

Casi di un salto en la cama al comprender la realidad. No había entrada secreta, no había río bajo las montañas. Eso no era más que la leyenda exagerada pero, como Hakael había dicho, siempre hay parte de verdad en las leyendas.

Sí que había un Corazón de Baem, pero no era un lugar. Al contrario, era un medallón. El mismo que yo llevaba al cuello. Se me hizo un nudo en el estómago y sentí la imperiosa necesidad de quitarme el colgante, aún a sabiendas de que era del todo imposible. Lo que no entendía aún era por qué Hakael y el Consejo nos habían enviado en busca del diario cuando tenían que saber que no servía para nada. ¿O acaso los Portadores anteriores habían engañado incluso al mismísimo Consejo? Eran la máxima autoridad, los más sabios de Baem, es imposible que no tuvieran constancia de algo así, o eso creía yo.

Volví a releer las últimas palabras y una idea acudió a mi mente. En varias frases aludía a que, quitándose la vida, impediría a aquel que le perseguía hacerse con el medallón. ¿Y si ”Él” era en realidad él mismo? Estaba claro que Gardar se estaba volviendo loco poco a poco, no sería descabellado que hubiese generado una segunda personalidad que se estuviera haciendo con el control de su mente. Eso explicaría muchas cosas.

Dejé el libro a un lado y apagué la bola de luz. Me quedé mirando al techo en la oscuridad de la habitación mientras mi cabeza trataba de atar la infinidad de cabos sueltos que aún quedaban por resolver. Estaba rabioso, malhumorado, no me gustaba no entender las cosas. Me había jugado la vida, igual que Raissa, por recuperar un libro en el que solamente había constancia de la locura de un hombre y su lucha contra ella. Sí, puede que resultara una lectura interesante, no te digo que no, pero no tanto como para dar la vida por ella.

Algo muy gordo se me escapaba y no tenía ni idea de lo que era. Poco a poco me fue ganando la partida el sueño y decidí que ya tendría tiempo de discutir todo aquello con el Consejo en nuestra reunión de la mañana siguiente. Me prometí a mí mismo que no saldría de allí hasta conseguir todas las respuestas que buscaba. Necesitaba encontrarle sentido a todo aquello.

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Si has cambiado de idea y prefieres descargar el pdf, pincha en el siguiente enlace: Manuscrito Ben Stone y el Corazón de Baem

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