Capítulo 31

Abrí los ojos de golpe. Algo me había despertado. Por la oscuridad que aún dominaba la habitación, deduje que aún era de noche. El movimiento de una sombra al lado de mi cama me sobresaltó. Había alguien de pie, mirándome, aunque por culpa de la falta de luz solamente podía adivinar su silueta.

Maldije en silencio por no haber dejado la varita debajo de la almohada como solía hacer, pero con todo el tema del diario, la había posado sobre la mesa. Estaba al alcance de mi mano, pero para ello tendría que estirarme y desvelar que estaba despierto.

-Sé que no estás dormido -dijo casi en un murmullo la figura.

-¿E… Evan? -pregunté confuso.

Una pequeña bola de luz apareció en el aire, iluminando los rasgos de mi compañero de habitación.

-Sí, Ben, soy yo.

-¿Qué demonios haces ahí plantado? Me has dado un susto de muerte. ¿Qué hora es?

El chico permaneció de pie, mirándome.

-Son las tres de la mañana -dijo al fin-, la hora límite para hacer lo que se me ha ordenado.

-¿De qué hablas? -pregunté confuso.

El susto inicial había alejado el sueño y despejado mi cabeza. Aun así, no entendía nada. Fue entonces cuando me di cuenta de que me apuntaba con la varita y todos mis músculos se tensaron. Muy lentamente, levanté ambas manos en señal de paz y me erguí hasta quedar sentado. Miré al chico a los ojos y vi que se encontraba al borde del llanto.

-¿Qué estás haciendo, Evan?

Fue en ese momento cuando se derrumbó. Estalló en lágrimas y gimoteos, bajó la varita y se dejó caer en su cama, momento que aproveché para quitarle la varita de las manos y coger la mía propia por si acaso. También encendí las luces de la habitación con un movimiento rápido.

-Lo… siento. Nunca… creí que… llegara a pedirme… algo así -decía tapándose la cara con las manos-. No puedo, no puedo, no puedo.

A pesar de no entender nada de lo que estaba ocurriendo, no pude evitar apiadarme de él.

-Por favor, cálmate -le pedí-. Cuéntame qué demonios está pasando.

Poco a poco fue recuperando la compostura y consiguió calmarse lo suficiente para hablar con claridad. Eso sí, era incapaz de mirarme a los ojos.

-Me mandó matarte, Ben. Desde que somos compañeros de habitación me ha obligado a contarle lo que sabía de ti, lo que hacías, con quién y todas esas cosas. Me dijo que si no colaboraba le haría daño a mis padres. Lo siento, lo siento mucho, Ben. No tenía elección y tampoco sabía nada relevante sobre ti. Solo le hablé de Emma, de Raissa y poco más. Pero ayer me dijo que tenía que matarte… y no puedo hacerlo. No… no puedo, Ben. Va a matar a mis padres -volvió a romper en lágrimas.

Puse una mano en su hombro y traté de calmarlo una vez más.

-¿Quién te mandó hacer todo eso? -exigí saber.

Esa fue la única vez que levantó la mirada, clavando sus ojos en los míos.

-Hakael -dijo con odio evidente en el tono de su voz.

Me quedé de piedra. ¿Hakael me quería muerto? ¡Pero si era el portavoz del Consejo! Entonces pensé en su cara al vernos aparecer a Raissa y a mí el día anterior, sus palabras y su hostilidad apoyaban lo que acababa de decir Evan. Lo que no conseguía entender era el por qué. Tenía claro que tenía que ver con el medallón. ¿Será que lo quería para él? Cualquier otra opción sería en beneficio de Shakar.

-¿Qué te dijo exactamente que hicieras? -interrogué a Evan.

-Que… te matara.

-Sí, eso ya lo sé. Pero, ¿qué más te pidió?

-Pues que lo hiciera antes de las tres de la mañana y que le confirmara que lo había hecho. Y que si no lo hacía, esta noche iría él mismo en persona a Nueva Jersey en busca de mis padres y que… que…

No pudo acabar la frase y se derrumbó de nuevo.

Miré el reloj. Pasaban de las tres y media. Hakael ya debería haber deducido que Evan no había hecho lo que le había ordenado. Traté de pensar con tanta claridad cómo me fue posible, cosa harto difícil en aquel momento.

Raissa. Tenía que contarle todo a la profesora. Ella sabría qué hacer.

Le dije a Evan que no saliera de la habitación y salí corriendo con la varita en la mano. Por suerte, todo el mundo dormía a aquellas horas y no tardé demasiado en conseguir llegar hasta la enfermería.

-¿Qué haces aquí? -preguntó la enfermera de guardia cuando me vio entrar.

-Tengo que ver a Raissa.

-Vuelve por la mañana, no puedes entrar a estar horas.

-No lo entiende, tengo que verla ahora mismo.

Me giré y le di la espalda, caminando a grandes zancadas hacia la cama en la que dormía la mujer.

-¡Eh! -gritó la enfermera tratando de alcanzarme.

El grito despertó a Raissa, quien se revolvió en la cama con cara soñolienta, tratando de discernir lo que estaba ocurriendo. Al verme correr hacia ella, pareció despejarse lo suficiente para comprender que algo iba mal y se irguió en la cama, quedando sentada.

-¡Raissa! Necesito tu ayuda, es urgente -dije rápidamente antes de que llegara la enfermera.

-Jovencito, tienes que irte ahora mismo -dijo la señora en cuanto llegó a donde estábamos.

Me agarró por el hombro y tiró de mí, tratando de alejarme de allí.

-¡No! -gritó Raissa-. Déjelo.

La enfermera miró boquiabierta a la profesora.

-No es posible, va en contra de las normas. Este joven se va a ir ahora mismo o si no…

-¡Que lo deje! -chilló Raissa poniéndose en pie.

La enfermera dio un pequeño salto. Se había asustado.

-¡Oh! Ahora mismo voy a llamar a la enfermera jefa y ya verá lo que…

Dejamos de escuchar lo que decía mientras se alejaba ofendida.

-¿Qué ha pasado?

Lo más rápido que pude, le expliqué lo que me había sucedido con Evan. Raissa, con los ojos como platos, me escuchaba sin interrumpirme. También le hablé del diario. Le conté lo que pensaba de Gardar así como la inutilidad de la misión que nos habían hecho emprender.

-Todo esto huele muy mal -dijo ella cuando acabé de hablar-. Por lo que parece, Hakael está moviendo muchos hilos para hacerse con el medallón. Por eso ayer cuando aparecimos en la sala del Consejo se puso de tan mal humor…

Se quedó callada en mitad de la frase.

-¿Qué pasa? -la apremié para que me contara lo que estaba pensando.

-Ben -dijo mirándome con miedo en los ojos-, ¿qué habría pasado si Shakar nos hubiese matado?

No sabía a dónde quería llegar, así que me limité a contestar.

-Pues que estaríamos muertos y él tendría el medallón.

-Exacto -exclamó ella.

-¿Y? ¿Qué se me escapa?

-Piensa -me dijo agarrándome del brazo-. ¿No se supone que Hakael también quiere el medallón?

Asentí.

-Entonces -continuó-, ¿por qué nos envió a la Tierra en busca del diario si ya sabía que tenías el medallón y que el diario no servía para nada? Es imposible que Hakael no supiera la verdad acerca del colgante. Es el portavoz.

Fue entonces cuando comprendí la deducción que había hecho Raissa.

-Trabajan juntos -dije en voz alta-. Hakael y Shakar están en el mismo bando. ¡Por eso Hakael nos envió a la Tierra! Así Shakar nos mataría y conseguirían el medallón. No me extraña que estuviera tan cabreado al vernos aparecer. Nadie habría apostado a que escaparíamos de una trampa tendida por ambos.

-Exacto. Lo que no entiendo -dijo ella pensativa-, es por qué mandó a Evan matarte. Podía haber mantenido la mentira tanto tiempo como hiciera falta para darle a Shakar una nueva oportunidad de conseguir el colgante.

Cierto, pero había algo que Raissa no había entendido todavía.

-Sí, pero no -expliqué-. Al regresar de la Tierra trajimos con nosotros el diario, el cual solamente puedo tocar o leer yo. Era cuestión de días, por no decir horas, que lo leyera entero y llegara a la conclusión obvia: no era necesario arriesgarse por recuperarlo. Eso nos generaría nuevas preguntas, cuyas respuestas nos llevarían hasta él.

La profesora asintió lentamente a medida que asimilaba lo que decía.

-¿Crees que el resto del Consejo sabe algo de todo esto? -pregunté.

-No, no lo creo -dijo meneando la cabeza-. Ya viste cómo te defendió una de las mujeres. Pienso que Hakael los ha conseguido engañar hasta ahora. Al ser el portavoz, tiene más autoridad que el resto. Seguro que les ocultó toda la información importante sobre el medallón.

Yo también opinaba lo mismo, aunque después de descubrir la traición de Hakael, me costaba aceptar la inocencia de los demás tan fácilmente. Sin embargo, justo en ese momento ocurrió algo que ayudó a disolver todas las dudas que aún teníamos.

Una sonora alarma comenzó a tronar en todo el lugar.

-¿Qué es eso? -grité para hacerme entender por encima del sonido.

-Significa que todo Baem se encuentra en estado de emergencia -gritó ella a su vez-. Algo terrible ha tenido que ocurrir y apostaría lo que quieras a que tiene que ver con Hakael. Vamos -dijo mientras se vestía rápidamente delante de mí, sin pudor alguno, y echaba a correr hasta el ascensor-. Tenemos que encontrar a los demás miembros del Consejo.

En cuanto entramos en el habitáculo, este comenzó a ascender solo. Extrañado, golpeé las teclas de diferentes pisos, pero ninguna respondía y seguíamos ascendiendo sin parar. Intercambiamos una mirada preocupada.

-¿Hakael?

Ella negó con la cabeza.

-Sospecho que esta alarma general tiene mucho que ver con él -dijo-, pero lo más probable es que ni siquiera siga en Baem. Sabe que en cuanto nos contaras lo de Evan y todos atáramos cabos, tendría que enfrentarse a la guardia -meneó la cabeza-. Ni siquiera él es rival para tantos magos juntos.

-Pero entonces, ¿a dónde nos lleva el ascensor? -insistí confuso.

-Creo que a la sala del Consejo -contestó mirando la pantalla en la que desfilaban ordenadamente los pisos que íbamos dejando atrás.

Tenía razón. El ascensor se detuvo en el último piso.

Las puertas se abrieron y ambos nos colocamos en guardia, con las varitas en alto y los escudos levantados. Sin embargo, nos vimos obligados a bajar las varitas en señal de paz. Ante nosotros, abarrotando la sala, había al menos medio centenar de magos apuntándonos con sus varitas.

-¡Alto! -gritó una femenina voz detrás de todos ellos-. Ellos pueden pasar.

Los soldados se abrieron con algo de reticencia y nos dejaron un pasillo por el que llegar hasta la sala del Consejo. Inconscientemente, mantuve mi escudo levantado. No me gustaba nada la cara con la que nos miraban aquellos hombres y mujeres.

-Disculpad por este recibimiento -se disculpó la señora en cuanto entramos en la sala.

Se trataba de una de las mujeres del Consejo, la misma que me había defendido el día anterior. Desconocía su nombre, pero en mi interior me alegré de verla. Aun así, se notaba que había mantenido algún tipo de enfrentamiento. En su cabeza lucía un vendaje y su brazo izquierdo estaba entablillado. Además, su melena cana presentaba restos rojizos de lo que debía de ser sangre de la herida de la cabeza. A simple vista, se encontraba mucho peor de lo que habíamos estado Raissa y yo el día anterior.

-Os he hecho venir para tratar de manteneros a salvo, aunque pienso que por el momento ya no hay nada que temer y que Hakael ha salido de Baem. Aun así, sospecho que sois los únicos que pueden arrojar un poco de luz a todo lo que ha sucedido.

Raissa tenía razón, el portavoz parecía estar en el centro de todo aquel lío.

-¿Qué ha pasado? -preguntó la profesora.

La señora suspiró abatida.

-No lo tengo demasiado claro, solo sé a ciencia cierta que Hakael se ha revelado contra todos nosotros y ha… matado a los otros tres miembros del Consejo. Yo me salvé porque quedé inconsciente -dijo señalándose la venda de la cabeza-. Debió de pensar que también me había matado.

Me llevó un segundo comprender la magnitud de sus palabras, y es que de todo el Consejo de Baem, solo quedaba ella.

-Creo que nosotros tenemos cierta idea de por qué ha hecho todo esto… -no conocía su nombre, así que dejé la frase en el aire.

-Olivia, me llamo Olivia -nos dijo-. Desde ahora asumo todas y cada una de las funciones del Consejo, incluida la de portavoz, hasta que podamos restaurarlo. Sigue, Ben, ¿qué estabas diciendo?

Crucé la mirada con Raissa antes de comenzar a relatar todo lo que me había sucedido desde que descubrí que el diario nos era del todo inútil hasta la confesión de Evan, pasando porque el verdadero Corazón de Baem lo llevaba yo al cuello.

Cuando acabé de relatarlo todo, Olivia se dejó caer pesadamente en uno de los asientos y se llevó la mano sana a la cara.

-¿Cómo no nos dimos cuenta? -preguntó meneando la cabeza.

Nadie dijo nada. Supongo que ella tampoco esperaba una respuesta.

-Cuando apareciste con el medallón, él lo supo -dijo casi arrastrando las palabras-. Nos habló de la leyenda, del río y las montañas y todos nosotros le creímos. ¿Por qué no íbamos a hacerlo? -se le quebró la voz y pasaron unos segundos hasta que habló de nuevo-. Ahora lo entiendo todo, ojalá lo hubiese visto tan claro antes…

-¿A qué se refiere?

Suspiró.

-Esto viene de lejos -explicó-. De la época en la que Shakar todavía era un alumno en la Escuela. En cuanto comenzó a destacar, Hakael se encargó en persona de su educación, igual que Raissa está haciendo contigo. Ahí fue cuando entablaron amistad. Al poco de graduarse, Shakar comenzó aquella ridícula campaña en contra del Consejo y, aunque Hakael se mostraba públicamente en contra, en privado no tenía… la actitud que esperas de un portavoz en una situación así -sentenció-. Nadie supo nunca cómo Shakar consiguió llegar hasta nuestros aposentos en aquel día fatídico en que se desató la locura. Como comprenderéis, allí las medidas de seguridad son máximas. Aun así, las burló todas y mató a un miembro del Consejo antes de que sonaran las alarmas y consiguiera escapar. Ahora que por fin soy capaz de ver el tipo de persona que era Hakael, estoy segura de que fue gracias a él que Shakar consiguió llegar hasta nosotros y, seguramente, quién le proporcionó una vía de escape segura. Por supuesto -aclaró al ver el ceño fruncido de Raissa-, nada de esto apareció en ninguna de las versiones oficiales y por eso nunca lo has oído mencionar siquiera. Hakael se encargó de que nadie se fijara en él, tergiversando cualquier noticia en la que se le mencionara. Nos dijo que era por el bien del Consejo y nosotros, ilusos, le creímos y estuvimos de acuerdo. Incluso le llegamos a ayudar -dijo furiosa-. En aquel momento nadie sospechaba nada de Hakael. Ahora, en cambio, conocemos la verdad. Además -hizo un movimiento rápido con el brazo malo que le robó un claro gesto de dolor-, después de las atrocidades que cometió Shakar, nadie se fijó en él. Todo quedó en segundo plano y él estaba en el puesto de mayor influencia de todo Baem.

-Pero, si ya tenía tanto poder e influencia, ¿para qué atacar al Consejo?

-La ventaja del Consejo, Ben, es que todas las decisiones se someten a votación entre nosotros y, para que algo se apruebe, dicha votación tiene que ser unánime, nadie puede estar en contra. Hakael quiere tener el control absoluto, hacer lo que quiera sin depender de nadie. La rebelión de Shakar fue un primer intento bastante desastroso. Sin embargo, ha permanecido a la espera durante todos estos años. Eliminó todos los datos que existían acerca del medallón y mandó a Shakar en su busca. Cuando tu padre consiguió esconderlo, Hakael se mantuvo a la espera, seguro de que algún día volvería a aparecer -clavó sus ojos en los míos-. Y, entonces, apareciste tú. Leyó tu mente -temblé al recordar la presencia del hombre dentro de mi cabeza, rebuscando hasta encontrar el medallón- y supo que lo llevabas al cuello y que gracias a él tenías tales dotes mágicas. El problema era precisamente ese: lo llevabas puesto y solamente existe una forma de poder arrebatártelo. Como portavoz del Consejo le era prácticamente imposible hacer algo así, por eso urdió el plan de la búsqueda del diario, convenciéndonos a todos de su importancia, de forma que fuera su esbirro quien te… quien hiciera el trabajo sucio.

-Pero escapamos, conseguimos volver a Baem -intervino Raissa-. Y por eso estaba tan furioso, todos sus planes se han desmoronado. Ahora que lo sabemos todo, solo hace falta restaurar el Consejo y proteger a Ben.

Raissa pareció alegrarse al llegar a esa conclusión. Yo, en cambio, no las tenía todas conmigo. Tanto Hakael como Shakar seguían vivos y yo era lo único que se interponía realmente en su camino. No, nada había acabado aún. ¡Incluso mi compañero de habitación era un espía que había estado a punto de matarme! Era casi gracioso que Raissa creyera que podía ser tan sencillo.

-No lo creo, querida -apoyó mis pensamientos Olivia-. Shakar y Hakael, juntos, son un enemigo muy poderoso. Estoy segura de que harán todo lo posible para conseguir ese colgante y hacerse con el control de Baem.

-Entonces, ¿qué hacemos ahora?

Olivia esbozó una sonrisa triste, cansada.

-Ahora debemos descansar y rehacer el Consejo -sentenció-. Debemos normalizar la situación antes de emprender ninguna acción. Una escolta os acompañará a cada uno durante los próximos días -dijo señalando hacia la puerta-. Dudo que Hakael intente algo ahora mismo, pero más vale estar atentos. Podéis retiraros -nos despidió con un gesto de la mano y una leve inclinación de la cabeza.

Mientras salíamos de la acristalada sala del Consejo, miré atrás y la vi sentada en su silla, con la mirada perdida en los asientos que la rodeaban. Parecía haber envejecido diez años de un día para otro.

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Si has cambiado de idea y prefieres descargar el pdf, pincha en el siguiente enlace: Manuscrito Ben Stone y el Corazón de Baem

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