Capítulo 32

-Tengo que ver a Emma -le dije a Raissa una vez que entramos en el ascensor.

Junto a nosotros había cuatro magos, dos para cada uno a modo de escolta. Les habían ordenado seguirnos de cerca a cualquier lugar que fuésemos. La verdad, me sentía incómodo con su presencia.

-¿Sabes dónde está? -me preguntó la profesora.

Negué con la cabeza.

-Ni idea, pero son las siete de la mañana -dije señalando el reloj de mi muñeca-. Debería estar en su habitación.

-Sí, seguro que sí. Además -añadió al recordar el protocolo-, cuando se conecta la alarma general, todos los alumnos tienen la obligación de permanecer en sus habitaciones hasta nuevo aviso.

Salimos del ascensor en el piso de los dormitorios, con los escoltas pisándonos los talones. Roland nos echó una mirada malhumorada, pero al ver que iba con Raissa se limitó a murmurar por lo bajo y a volver su atención a lo que fuera que estuviera haciendo.

Hacía mucho que la alarma había dejado de sonar, por lo que la mayoría de los alumnos se habían limitado a seguir durmiendo. Tratamos de hacer el menor ruido posible mientras nos acercábamos a la habitación de Emma. Sin embargo, cuando su puerta quedó al alcance de la vista, no pude evitar echar a correr.

Estaba abierta de par en par y sin ninguna luz dentro.

-¿Emma? -llamé desde la entrada, forzando la vista en la oscuridad del lugar.

Raissa me alcanzó en ese mismo instante y encendió las luces.

La imagen que apareció ante nosotros me dio un vuelco al corazón. Solamente había una persona en la habitación: la compañera de Emma. Además, la chica estaba tirada en el suelo, con un pequeño charco de sangre a su alrededor.

En la pared, pintada con sangre, había una cruz.

-¡Ben, no te quedes ahí parado! -gritó Raissa mientras se abalanzaba sobre la chica-. Está viva, ¡llamad a una enfermera! -les ordenó a nuestros escoltas.

Los hombres se miraron entre ellos un segundo.

-¡Ya! -tronó Raissa.

Al instante uno de ellos salió disparado por el pasillo en busca de ayuda médica. Con el rostro pálido, me acerqué a ellas y vi que toda la sangre procedía de un feo corte en la cabeza.

-Solo está inconsciente -me aclaró Raissa-, pero ha perdido mucha sangre.

Por mucho que me preocupara la chica, en mi mente solo había una pregunta.

-¿Dónde está Emma? -dije con corazón en un puño.

Raissa me miró y meneó la cabeza mientras mantenía la mano sobre el corte, evitando así que la chica siguiera perdiendo sangre.

-Esto ha tenido que ser cosa de Hakael.

Sí, eso lo tenía bastante claro.

-¿Crees que la ha… -no pude terminar la frase.

-No -atajó Raissa-, la necesita con vida. ¿No te das cuenta? Se la ha llevado con él para sacarte de Baem. Debimos haber pensado en esto antes -se lamentó-. Ahora espera matarte y conseguir el medallón cuando vayas en busca de Emma.

No sabía qué hacer, qué decir o qué pensar. Me quedé en una especie de estado de shock, incapaz de asimilar que habían secuestrado a Emma por mi culpa, por llevar aquel dichoso medallón al cuello. Se me vino el mundo encima al darme cuenta del peligro en que se encontraba y me tuve que sentar en la silla de uno de los escritorios de la habitación.

Justo en ese momento llegó la atención sanitaria y, con ayuda de dos de los guardaespaldas, se llevaron a la chica herida a la enfermería, dejándonos a Raissa y a mí en silencio en la habitación, mientras los otros dos escoltas guardaban la entrada.

Raissa encontró una toalla con la que limpiarse la sangre de las manos.

-Ben, no es culpa tuya -trató de tranquilizarme.

-¡Claro que es culpa mía! -grité, con los ojos húmedos de lágrimas-. Ojalá nunca me hubiera puesto este estúpido medallón. No nos ha traído más que problemas a todos. Y ahora Emma… -no pude decir nada más, me sentía del todo impotente.

Raissa se acercó hasta mí y apoyó la mano en mi espalda, tratando de consolarme.

-No puedes culparte por esto -sentenció-. El único culpable es Hakael, nadie más. Así que haz el favor de tranquilizarte, necesitamos pensar cómo recuperar a Emma.

Me di cuenta entonces del número que estaba montando y traté de calmarme. Además, la profesora tenía razón: aún había que salvar a Emma.

-Lo mejor será hablarlo con Olivia.

La miré perplejo.

-No hay nada que hablar, cuanto antes nos vayamos, mejor -insté tozudo.

-No, Ben, eso no puede ser -dijo Raissa seriamente-. Tú eres el único que no puede ir. Si te vencieran, conseguirían el medallón y podríamos darnos todos por muertos.

Me puse furioso. Sentí la sangre arderme en las venas y requerí de todo el autocontrol del mundo para no empezar a lanzar gritos a diestro y siniestro. En el fondo, sabía que Raissa tenía razón. Aun así, también sabía que de una forma u otra, iba a salir de Baem en busca de Emma.

-Tengo que ir -afirmé-. Si no voy yo, la matarán, desaparecerán y luego estaremos en la misma situación que estábamos, esperando a que hagan un nuevo movimiento. Y no estoy dispuesto a jugar con la vida de Emma.

-¡Ni siquiera sabemos dónde están!

En realidad, yo sí que lo sabía. O, al menos, estaba casi seguro. Desde que había visto la cruz pintada en la pared, había tenido un presentimiento.

-Sí que lo sabemos -dije convencido-. Hakael estuvo dentro de mi mente, rebuscó a placer y conoce el sitio exacto en el que esperar a que vaya a su encuentro: la vieja iglesia en la que Shakar mató a mi padre. Sabe que será el primer lugar que me venga a la memoria en cuanto vea esa cruz -dije señalando la pared.

Raissa me miró largamente, sopesando las opciones que tenía.

-Diga lo que diga, ¿vas a ir igual, verdad?

Asentí.

-Es Emma, Raissa. Me necesita.

Sé que le estaba pidiendo demasiado. Arriesgar mi vida para salvar la de mi novia podría significar la victoria de Hakael, con todo lo que ello conllevaría. Aun así, creo que había llegado a conocerme lo suficiente como para saber que lo más probable fuera que, si no me ayudaba, acabaría encontrando la forma de escaparme de su vigilancia e ir a la Tierra yo solo, cosa que limitaría mucho mis posibilidades de victoria. En otras palabras, casi la estaba obligando a ayudarme.

-Olivia se va a poner furiosa cuando se entere de que nos hemos ido…

Me alegré de que cediera, aun así estaba demasiado preocupado por Emma como para celebrarlo.

-¿Cuándo nos vamos? -pregunté ansioso.

-Lo antes posible -suspiró-. Primero tenemos que darle esquinazo a esos dos -dijo señalando con la cabeza a los dos hombres que esperaban al otro lado de la puerta-, y luego salir de Baem antes que la noticia del secuestro de Emma llegue a oídos de Olivia. Estoy segura que lo primero que hará será tratar de encerrarte para evitar que cometas ninguna estupidez, exactamente igual, por cierto, que la que estamos a punto de cometer…

Preferí no decir nada y evitar así tentar a la suerte. No quería que Raissa cambiara de idea.

-¿Cómo lo hacemos? -pregunté mirando hacia la puerta.

-Déjamelo a mí.

Sin decir ni una sola palabra más, se dirigió decidida hacia los dos magos. Habló con ellos menos de un minuto y ambos salieron corriendo pasillo abajo.

-Hecho -dijo sonriente.

-¿Qué les has dicho? -estaba confuso, esperaba que fuera mucho más difícil deshacernos de ellos.

-Pues que me acababan de comunicar que alguien acababa de atacar la sala del Consejo y que habían solicitado todos los refuerzos posibles.

-¿Qué? Pero si estaban en la puerta, es imposible que nadie te avisara de nada.

Se rio.

-Sinceramente, no pensé que fuera a funcionar, pero bastó con meterles prisa para que fueran a ayudar y prometerles que no nos moveríamos de aquí. Así que -anunció asomándose al pasillo para asegurarse de que no había nadie por allí-, será mejor que nos vayamos antes de que se den cuenta de que no ha pasado nada y vuelvan a buscarnos.

Estuve de acuerdo.

Salimos de la habitación y, sin más, cogimos un ascensor que nos llevó hasta la bóveda de los portales. A pesar de lo temprano que era, entraba y salía gente sin parar de casi todos los arcos.

-Necesitamos un plan -murmuró Raissa-. No podemos enfrentarnos a Hakael y Shakar nosotros solos.

-Tengo una idea, puede que funcione -dije sin revelar nada aún-. Luego te la cuento.

Me miró de forma rara, pero no hizo ninguna pregunta más y nos limitamos a caminar hacia uno de los arcos. No podía dejar de pensar en Emma y en lo que fuera que le pudiera estar ocurriendo en aquel mismo instante. El sentimiento de culpabilidad me acompañaba en cada paso que daba, y no me abandonó en ningún momento mientras cruzábamos el portal y aparecíamos al otro lado.

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Si has cambiado de idea y prefieres descargar el pdf, pincha en el siguiente enlace: Manuscrito Ben Stone y el Corazón de Baem

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