Capítulo 33

-¡Ben! -saludó el cónsul Arthur- ¡Qué alegría volver a verte!

Acabábamos de aparecer en la sala del portal del consulado y el hombre había venido a recibirnos. Mientras le estrechaba la mano, su atención pasó a centrarse directamente en Raissa.

-¿Y usted es…?

-Raissa, profesora de Ben en la Escuela -dijo ella tendiéndole la mano.

-Un placer, un placer…

El apretón de manos se prolongó demasiado, haciendo que Raissa se incomodara y se soltara con un gesto algo brusco.

-Bueno, ¿qué os trae por aquí? -interrogó-. Tenía entendido que los nuevos alumnos no podían abandonar Baem hasta cumplido su primer año de estudios.

Raissa y yo intercambiamos una mirada. Teníamos que contarle la verdad, confiar en él, porque lo íbamos a necesitar si queríamos vencer a Hakael y Shakar.

-Arthur -dije yo-, será mejor que vayamos a la biblioteca y nos sentemos. Tenemos mucho que contarte y poco tiempo.

El hombre, confuso, se pasó una mano por la cana cabellera y nos miró de arriba a abajo. Al final se encogió de hombros y echó a caminar hacia el piso inferior, con la profesora y yo mismo pisándole los talones. Una vez en la biblioteca, nos invitó a sentarnos donde mejor nos pareciera e, igual que hiciera la vez anterior en que los invitados éramos Emma y yo, procedió a sentarse justo enfrente nuestro.

Le relaté entonces, tan resumidamente como me fue posible, todo lo acaecido desde que dejara su consulado y llegara a Baem. Aparte de alguna que otra exclamación ahogada y gestos de incredulidad cada vez que le hablaba de mis enfrentamientos con Shakar, no dijo nada. Se limitó a escucharme sin interrumpir hasta que llegué a la parte de la última noche, con el secuestro de Emma y el levantamiento de Hakael.

-Pero, ¡eso es imposible! -su rostro había palidecido y le costaba asimilar las últimas noticias-. Hakael nunca haría algo así.

-Lo ha hecho, cónsul -intervino Raissa-. A todos nos cuesta asimilarlo, pero es la realidad. Ha secuestrado a Emma y ha venido aquí a esperar a Ben.

-Si el portavoz… si Hakael hubiese venido aquí, ¡yo lo sabría! Nadie ha cruzado el portal esta noche.

-¿Estás seguro? -pregunté con el ceño fruncido.

El hombre gesticulaba y afirmaba que era algo imposible. Se había puesto de pie y caminaba de un lado a otro negando con la cabeza. Parecía al borde de un ataque de nervios.

-Arthur, necesitamos que te calmes.

Él me miró y se detuvo en seco.

-Lo… lo siento -murmuró al darse cuenta de lo que estaba haciendo.

Se dejó caer de nuevo en el asiento delante nuestro y nos miró fijamente.

-Estoy seguro de que nadie ha cruzado el portal -dijo más calmado-. Yo lo habría notado y, en caso de que se me pasara por alto, habría quedado registrado. Al levantarme siempre compruebo todos los registros y nadie entró durante la noche.

-¿Hay alguna forma de eludir el registro? -preguntó Raissa.

-No -contestó de forma rotunda.

-¿Seguro?

-Bueno… supongo que si alguien puede eludirlo, ese alguien sería Hakael. Pero desconozco en qué forma ha sido capaz de burlar el sistema -meneó la cabeza-. Se supone que es imposible.

Suspiré. A lo mejor Arthur tenía razón y Hakael no estaba allí.

-Ha debido encontrar la forma -afirmó Raissa, reforzando mi teoría del paradero del mago-. No es culpa tuya, nadie podía prever algo así.

Aunque amables, las palabras de la profesora no sirvieron para calmar al cónsul. Después de todo, la parte más importante de su trabajo consistía en controlar las entradas y salidas de Baem.

-¿Cómo puedo ayudar? -dijo al fin.

Raissa me miró expectante y fue entonces cuando, por fin, revelé a ambos el plan que se iba formando en mi cabeza.

-Es… interesante -murmuró Arthur después de escucharlo.

-Y complicado -terció Raissa.

-¿Alguno tiene un plan mejor? -pregunté malhumorado al ver que a ninguno parecía convencerle.

Ellos se miraron un segundo y luego ambos negaron con la cabeza.

-Puede funcionar -dijo Raissa, más para sí misma que para nosotros.

-Claro que sí, basta con que cada uno cumpla su parte.

-Qué sencillo…

-Os lo repito, si alguno tiene un plan mejor, que lo exponga. No tenemos tiempo que perder.

Ninguno dijo nada.

-Bien, pues pongámonos en marcha.

Salimos de la biblioteca y allí esperaban dos hombres menudos, rechonchos e igual de feos que la última vez que los había visto.

-¡Hola Ben! -saludó Bob-. No esperábamos volver a verte tan pronto. ¿Dónde está Emma? ¿Qué tal por Baem? ¿Verdad que es precioso? Sobre todo en esta época del año. Espero que te estén tratando bien por allí. Pareces más alto que la última vez que nos vimos. Es increíble cómo crecéis los jóvenes hoy en día. La verdad…

-¡Bob, cállate! -le regañó George.

-¡Siempre igual! Ni saludar puede uno. Es cosa de buena educación, ¿sabes George? Ni “hola” le has dicho siquiera al muchacho. Luego, cuando no tengas ni un solo regalo en navidad, no te quejes. ¿Cuándo fue la última vez que sonreíste? De verdad, no conozco a nadie más soso y estirado que tú. Seguro que…

-¡Bob! -esta vez fue Arthur quien le cortó.

El hombrecillo, ofendido, se quedó con la boca abierta y las palabras a medio salir. Cruzándose de brazos apretó fuerte los labios, haciéndonos entender que no pensaba volver a hablar nunca más.

-Llevad a Ben y a Raissa a… -nos miró para que le diésemos una dirección.

-A casa de la madre de Ben -contestó Raissa.

La miré, sorprendido.

-¿Qué?

-No pensarás enfrentarte a Shakar y Hakael sin antes haber visto a tu madre, ¿no? Se merece saber qué está ocurriendo.

Aunque ya se me había pasado por la cabeza la idea de ver a mi madre antes de ir a la iglesia, no me había parecido apropiado debido a la situación en la que se encontraba Emma.

-Pero… no hay tiempo para eso -dije.

-Sí que lo hay -terció la profesora-. Para que tu plan tenga éxito, necesitamos ir a la iglesia cuando sea de noche. Arthur se encargará de preparar a George y Bob -ambos nos miraron con cara de circunstancias, incapaces de comprender de qué iba todo aquello-, nosotros haremos todo lo demás y al anochecer nos pondremos en marcha. Es decir, hay tiempo suficiente para pasar por tu casa antes de ir a la de…

-¿Prepararnos para qué? -interrumpió Bob rompiendo su silencio-. Arthur, ¿para qué nos tenemos que preparar? Decídnoslo ya, no nos hagáis esperar hasta que volvamos al consulado. O, mejor aún, ¿por qué no viene Arthur con nosotros y así nos lo cuenta por el camino? O si no quiere venir, podemos ir hablando con él por el manos libres, así también me serviría. Aunque, bueno, otra opción…

-¡George! -exclamó Arthur cortando el torrente dialéctico de Bob-, será mejor que los lleves tú solo y que Bob se quede aquí conmigo.

El hombrecillo asintió sin decir nada y echó a caminar hacia la salida, sin detenerse a comprobar si lo seguíamos o no.

-No te retrases -avisó Raissa al cónsul en referencia al plan de esa noche- todos tenemos que estar en posición para cuando Ben dé la señal.

Arthur prometió que allí estaría, igual que Bob y George. Les dejamos atrás mientras Bob comenzaba una tanda eterna de preguntas al cónsul, sin dar siquiera tiempo a este para contestar alguna.

Bajamos las escaleras que nos separaban del sedán negro, ya arrancado, en el que nos esperaba nuestro chófer y montamos en él, alejándonos al instante de aquel maravilloso edificio que hacía las veces de consulado de Baem.

A medida que avanzábamos por el traqueteante camino sin asfaltar y nos acercábamos más a la ciudad, comencé a perderme en mis propios pensamientos. Aunque hacía apenas un par de meses desde que partiera de allí junto con Emma, habían pasado tantas cosas que mi sensación era la de llevar fuera de casa varios años. Me alegré un instante por dentro al darme cuenta de que iba a ver a mi madre, aunque la alegría duró poco al recordar a mi novia, cautiva por aquellos dos hombres.

Fuera como fuese, aquello iba a terminar aquel mismo día.

Tanto si vencíamos y yo vivía, como si yo moría, Emma sería libre. En un caso porque la habríamos liberado y, en el otro, porque ya no les haría ninguna falta al haber conseguido el medallón. Me estremecí al pensar en todo lo que estaba arriesgando. No era solo mi vida o la de Emma o Raissa, también el futuro de todo Baem estaría en juego esa noche.

Cuando el coche se detuvo delante de mi casa, Raissa y yo nos bajamos y caminamos hacia la puerta de entrada mientras George daba la vuelta al coche y se perdía en la distancia, de vuelta al consulado.

Llamé a la puerta y esperamos. No sé por qué, pero estaba tremendamente nervioso. Al cabo de un instante se abrió y apareció el rostro sorprendido de mi madre. Se lanzó a por mí y me estrechó entre sus brazos, sin poder evitar humedecer mi cabello con las lágrimas que había aflorado de sus ojos.

Cuando por fin se calmó, nos hizo pasar a dentro y yo le presenté a Raissa.

-Creía que no te podría ver hasta después de un año, ¿ha pasado algo? -preguntó preocupada.

Intercambié una mirada con Raissa.

-Será mejor que nos sentemos, mamá -dije señalando el sofá-. Sí que ha pasado algo, pero no lo que tú crees. Verás… en mis cartas no he sido del todo sincero contigo.

Le conté la verdad de todo lo que había ocurrido desde mi llegada a Baem, igual que había hecho con Arthur. En las cartas, para no preocuparla innecesariamente, le había dicho que todo iba muy bien. Que llevaba las clases con buena nota y que a Emma y a mí nos iba muy bien juntos. En ningún momento le había hablado de Shakar, de mi padre, del medallón o de mis extraordinarias dotes mágicas, por lo que la conversación se alargó un buen rato mientras ella trataba de asimilar toda la nueva información.

-Quieres decir que lo que pasó en España… ¿fue cosa tuya? -preguntó incrédula.

Asentí.

-Pero, ¡si salió en todas las noticias! Hablaban de un atentado terrorista.

Se había llevado las manos a la cabeza.

-Y Emma… ¡pobre Emma! -negaba con la cabeza-. Y tu padre…

Quizá debería haberle contado todo con un poco más de tacto y no tan de golpe. Necesitó de al menos otra media hora y de medio centenar de preguntas más para conseguir calmarse y asimilar todo.

-Entonces… ¿vais a enfrentaros a esos dos magos esta noche?

-Sí.

-¿Vosotros dos solos? -preguntó con los ojos abiertos de par en par.

-Sí. Bueno, no. En realidad nos van a ayudar unos cuantos amigos.

-¿Quiénes?

Le conté entonces el plan que habíamos elaborado.

-¿De verdad crees que el padre de Emma os va a ayudar? -preguntó enarcando una ceja-. Desde que os fuisteis ha actuado como si Emma no existiese. La buscaron durante una temporada, incluso me hicieron preguntas a mí al ver que tú tampoco volvías al instituto. Pero al poco tiempo desistieron y han seguido con su vida como si nada, al menos de puertas para fuera. Es más, por lo que he oído, están a punto de trasladar al coronel a un nuevo destino. Se iban a ir el mes pasado, pero con todo el lío de Emma les concedieron hasta el final del verano.

-Es su hija, ¿no? -contesté convencido-. Y está en peligro. Seguro que nos ayuda a salvarla. Además, no conozco a nadie más en toda la ciudad que tenga acceso a una pistola.

Mi madre dejó escapar un largo suspiro y me dio la razón, deseando que estuviera en lo cierto.

Pasamos las horas siguientes charlando todo lo relajadamente que fue posible. Mamá me hizo un millar de preguntas diferentes acerca de Baem y, sobre todo, de lo que había descubierto acerca de mi padre. Me sentí bien al hablarle de él. Su rostro reflejaba una paz que hacía mucho tiempo que no veía en ella. Aun así, le duraba poco. Cada vez que mencionaba a Shakar o algo de mis “aventuras”, le recordaba que esa misma noche arriesgaría mi vida. No intentó convencerme de que no lo hiciera. Me conocía lo suficientemente bien para saber que no pensaba cambiar de idea.

Cuando el reloj marcaba las seis de la tarde, decidimos que era hora de ir hasta la casa de los padres de Emma. Me despedí de mi madre, quien no pudo evitar volver a llorar. Esta despedida no era igual que la última, cuando me había ido a Baem; esta podía ser la última.

Después, con los ojos húmedos, guie a Raissa calle abajo.

Llamé a la puerta y esperamos hasta que se escuchó el sonido de media docena de cerrojos. Cuando la puerta se abrió hacia dentro, apareció ante nosotros un hombre alto, con el pelo cortado al estilo militar y una barriga incipiente que hacía equilibrios por encima de un cinturón bien apretado. Al verle, supe al instante que era el coronel, el padre de Emma. Aun así, no pude evitar preguntarme cómo era posible que ese hombre hubiese tenido una hija tan hermosa como Emma. Seguro que había salido a la madre.

-Tú -fue lo único que dijo al verme.

Tenía el ceño fruncido y la cara se le había torcido en una mueca de malhumor.

-Se… señor -tartamudeé-. Soy Ben Sto… Stone.

-Ya sé quién eres. ¿Qué demonios haces aquí?

Dirigió una rápida mirada a Raissa, pero a los dos segundos volvía a tener la vista clavada en mí. Respiré hondo.

-Necesito su ayuda.

La sorpresa apareció en su rostro. Seguramente, verme a mí pidiéndole ayuda era lo último que se habría esperado encontrar aquel día.

-¿Me estás tomando el pelo?

Negué efusivamente con la cabeza.

-No, señor. Es Emma. Corre un gran peligro, podría incluso morir.

Al escuchar aquello su expresión malhumorada y su postura violenta, cambiaron por completo. Me volvió a mirar de arriba a abajo y le dedicó un nuevo escrutinio a Raissa. Toda la fachada de tipo duro se le vino abajo.

-¿Qué le ha pasado? -preguntó preocupado-. Por favor, pasad y contádmelo todo.

Respiré aliviado mientras cruzábamos el umbral de la puerta y nos adentrábamos hasta el salón de la casa. Allí estaba la madre de Emma, mirándonos con sorpresa.

-Es Emma, le ha pasado algo -informó el coronel.

Nos invitaron a sentarnos y ellos se quedaron de pie, esperando a que uno de nosotros comenzara a hablar.

-Verán… no sé muy bien por dónde empezar -confesé-. Cuando Emma se fue de aquí, no les mintió cuando dijo que se iba a Baem, un mundo mágico.

-Sí, sí, eso ya lo sabemos -dijo el hombre.

-¿Cómo? -pregunté confuso-. Creía que la habían estado buscando.

El coronel suspiró.

-Puede que no haya sido un padre ejemplar, pero quiero a mi hija. Cuando me contó lo de Baem, traté de impedirlo. Lo que no esperaba era que se escapara de casa ese mismo día. Sabía a dónde iba, aun así, tuve que aparentar que la buscábamos. No tenía una explicación mejor para la policía. Simplemente dije que se había escapado después de una fuerte discusión.

Seguía sin entender parte de lo que había dicho.

-¿Quiere decir que… conocía lo que era Baem antes de que Emma le dijera que se iba?

-Sí… -contestó dejándose caer en una butaca-. Pero nunca pensé que Emma pudiera ser maga. Es imposible, ¿entiendes?

No. No entendía nada. Estaba completamente descolocado. El hombre, al ver mi cara, decidió explicármelo.

-Mi padre era mago -explicó-, pero abandonó Baem para casarse con mi madre. Renunció a la magia y, cuando yo nací, me ató las dotes mágicas de forma que nos mantuviéramos alejados de ese mundo. A él nunca le había gustado. Aun así, me habló de todo eso. Quería que supiera la realidad en la que vivía. Luego yo me hice militar y tuvimos a Emma -agarró suavemente la mano de su mujer, quien se había sentado en el reposabrazos de la butaca-. Mi padre me dijo que, al tener mis propias dotes atadas, mi hija no sería maga pues ella también nacería con ellas bloqueadas. Y yo le creí, claro. Pero luego… luego llegó el día en el que apareció diciendo que se iba a Baem, que era una maga y no fui capaz de impedírselo. Solo trataba de protegerla, ¿entiendes? Y ahora… ahora resulta que mi padre tenía razón y mi hija corre peligro.

Eso explicaba muchas cosas. Por ejemplo, el por qué Emma era maga. No es que hubiese tenido un pariente lejano que había sido mago, tal y como Arthur había supuesto, sino que su propio padre lo era, tuviera o no las dotes atadas.

-No lo entiendo. Si ya sabía dónde estaba, ¿por qué nunca contestaron a sus cartas? ¿Saben lo mal que lo ha pasado?

Ambos miraron al suelo con gesto de culpabilidad, incapaces de aguantarme la mirada.

-No… no fuimos capaces -murmuró el hombre-. ¿Cómo decirle a tu propia hija que la has estado mintiendo toda su vida? Pensábamos contestar, lo juro -dijo levantando la mirada de nuevo-, pero aún estábamos tratando de encontrar la mejor manera de hacerlo. Por el amor de Dios, ¡si hace apenas mes y medio que se fue! ¿Cómo íbamos a pensar que podría llegar a sucederle algo en tan poco tiempo? Mi padre siempre me dijo que Baem era un lugar seguro. Él estaba en contra de la magia en general, no de Baem. Creía que no estaba bien que se le ocultara al resto de la población que la magia existía y por eso decidió renunciar a ella y vivir como uno más.

No estaba de acuerdo con ellos. Aun así, sacudí la cabeza y alejé todo aquello de mi mente. No era el momento ni el lugar de mantener esa discusión. Lo importante era rescatar a Emma.

-Dejémoslo. Además, es con Emma con quién tienen que mantener esta conversación, no conmigo. Al menos el que conozcan que la magia existe y todo lo demás, facilita las cosas. Esta es Raissa -dije señalando a mi acompañante-, es profesora en la Escuela de Baem.

Ambos la saludaron con un gesto, siendo conscientes en ese momento de que hasta entonces apenas habían reparado en su presencia. Durante la siguiente media hora, les conté todo lo que necesitaban saber de los hechos que habían ocurrido en Baem. Lo más difícil fue decirles que la habían secuestrado para llegar hasta mí. Aun así, no se lo tomaron tan mal como habría esperado. Supongo que estaban algo desbordados con la información, igual que le había ocurrido a mi madre.

Seguido, les expuse el plan que habíamos elaborado para rescatarla y cuál iba a ser el papel del hombre en todo aquello.

-Puedo hacerlo -dijo firmemente.

-Eso espero. Casi todo depende de que actúe en el momento exacto -dije clavando la mirada en sus ojos-. Espere mi señal antes de abrir fuego.

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