Capítulo 34

Raissa y yo caminábamos por el sendero que llevaba hasta el claro de la iglesia. Hacía un rato que se había hecho de noche y la oscuridad del lugar era absoluta. Cualquier movimiento fuera del pequeño radio de luz que proyectaba la bola que flotaba sobre nosotros, provocaba que nos pusiéramos automáticamente en guardia.

Con los escudos levantados, avanzamos rápido, sin preocuparnos demasiado en ser sigilosos. Cuánto más atrajéramos la atención, mejor para nuestros amigos. Aun así, no podíamos evitar sobresaltarnos ante el más mínimo movimiento fuera de nuestro campo de visión.

Poco a poco, el bosque se fue abriendo ante nosotros y la parpadeante luz de una veintena de antorchas nos dio la bienvenida al claro. Estaban repartidas por todo el lugar, alejando así todas las sombras.

-Comenzaba a temer que no supieras dónde encontrarnos -dijo una voz desde el interior de la iglesia.

Al mirar hacia allí, vimos a dos figuras salir caminando por la puerta entreabierta y, tras ellos, una tercera persona les seguía amordazada: Emma.

Tanto Shakar como Hakael vestían túnicas negras y ambos sujetaban sus varitas en la mano. Apuntaban con ellas al suelo, aunque advertí por las fluctuaciones de la magia a su alrededor que los dos tenían los escudos levantados.

-Aun así -continuó hablando el hombre-, confiaba en tu… estupidez. No así en la tuya, profesora -dijo mirando a Raissa-, pensaba que serías capaz de controlar al chico y evitar que viniera a regalarme el medallón.

Estiró la mano y agarró a Emma por el pelo, colocándola ante él con la varita apuntando a su cuello. Di un paso al frente.

-No, no, no -me advirtió-, estás muy bien ahí donde te encuentras. Habréis venido solos, ¿verdad? No me gustaría tener que matarla sin darte la… oportunidad de salvarla -apretó un poco más la varita contra el cuello de la chica, provocando que a ella se le escapara un pequeño grito de dolor.

-Estamos solos, déjala en paz -contesté furioso.

Me miró largo rato, tanteándome, y yo le aguanté la mirada. Al final, se encogió de hombros y empujó a Emma hacia atrás, sacándola de mi campo de visión.

-Está bien, te creo -dijo bajando un par de escalones-. Os lo voy a poner muy fácil: te ofrezco una muerte rápida, limpia. A cambio, dejaré que tanto la chica como la profesora se vayan sin un solo rasguño. Solo quiero el medallón.

-Jamás -dije firmemente.

-No he acabado -se detuvo y me miró malhumorado-. Si no aceptas mi propuesta, me veré… nos veremos obligados a mataros a los tres.

-¿Por qué? -pregunté de repente.

-Por qué, ¿qué?

-¿Por qué quieres el medallón? ¿Por qué matar a los demás miembros del Consejo? Ya eras el portavoz, la persona con más autoridad de todo Baem. ¿Qué necesidad había de toda esta destrucción?

El mago me miró un segundo antes de estallar en carcajadas. Shakar se unió a él y la risa de ambos elevó sus ecos en la cálida noche del bosque, encogiendo en parte mi valor. Sin embargo, justo en ese momento noté la mano de Raissa sujetar mi antebrazo, apretándolo suavemente para infundirme los ánimos que necesitaba para seguir hablando.

-¿Qué es tan gracioso?

-No lo entiendes, ¿verdad? -inquirió mirándome con desprecio-. No quiero gobernar Baem, ni vivir allí atrapado. Somos magos, seres humanos mejorados. Deberíamos ser nosotros quienes controlasen la Tierra, quienes lo controlasen todo. ¿Por qué limitarme a Baem cuando, con ese colgante, podré extender mi poder por ambos mundos? Los massins se encogerán al escuchar mi nombre y los magos me temerán. Pasaré a la historia como el rey de dos mundos y tú, mocoso, eres lo único que se interpone entre todo ese poder y yo.

Dio otro par de pasos en nuestra dirección.

-Llevo muchos años esperando pacientemente a que el medallón apareciera de nuevo. Sabía que lo haría, siempre lo hace -dijo con vehemencia-. Por eso, cuando te leí la mente y lo vi, supe que al fin había llegado mi momento. Lamentablemente -puso cara de enfado-, mi fiel Shakar no fue capaz de atrapar a un simple crío, obligándome entonces a descubrir la fachada que tanto trabajo me había costado levantar.

Levantó la varita y me apuntó con ella. Reforcé el escudo y Raissa unió sus fuerzas a las mías, creando así una fuerte capa protectora que nos cubría a ambos.

-¿Y ahora me preguntas, por qué? -inquirió elevando el tono de voz y avanzando lentamente en nuestra dirección-. Es muy simple, Ben: porque puedo. Puedo quitarte ese medallón, matarte, incluso puedo jugar contigo antes de hacerlo. Puedo volverme aún más poderoso y, sobre todo, puedo utilizar ese poder para lo que mejor me venga en gana. Puedo ser el rey de dos mundos y tú, chico, no vivirás para verlo.

No dijo más. De su varita salió un azote rojo y el potente chasquido rasgó con su sonido el silencio la noche. Se estrelló contra nuestro escudo conjunto al tiempo que Shakar bajaba los escalones que le separaban de Hakael y se unía a su ataque. Fue entonces cuando aparecieron los hassans, convocados por Shakar, y comenzaron su vuelo frenético por todo el claro, lanzando azotes sin parar cada vez que se acercaban lo suficiente a nosotros.

-“Recuerda el plan” -le dije mentalmente a Raissa, de forma que ninguno de nuestros contrincantes pudiera escucharme.

Entonces respondimos al ataque, manteniendo nuestro escudo conjunto. Mientras uno lo reforzaba el otro lanzaba azotes sin parar. Gracias a eso, fuimos capaces de mantener las distancias con nuestros enemigos, quienes se vieron obligados a detener su avance y a concentrar mayores esfuerzos en su propia defensa. Aun así, detenían cada azote de forma individual, por lo que deduje que no tenían un escudo completo levantado. El rostro de Hakael reflejaba una mueca de superioridad, delatando así el placer que sentía al comprender que nosotros estábamos gastando la magia de nuestro entorno a una velocidad muy superior a la suya.

Pronto quedaríamos a su merced.

Le hice un gesto a Raissa con la cabeza y comenzamos a desplazarnos horizontalmente, buscando zonas que aún no se hubiesen visto afectadas y que mantuviesen sus reservas mágicas intactas.

La luz anaranjada de las antorchas otorgaba a las negras sombras voladoras de los hassans un aspecto extremadamente sombrío. Cada vez que uno se acercaba lo suficiente a nuestra defensa, aprovechaba para lanzar pequeños azotes que, si bien no eran demasiado potentes, sí que nos obligaban a mantener un escudo completo a nuestro alrededor.

Lancé una media docena de azotes, rojos por supuesto, a cada uno de los magos. Los detuvieron sin mayor esfuerzo y respondieron con un ataque de la misma intensidad. Todo a mi alrededor se había vuelto de un radiante color rojo, iluminado por la luz de los incesantes azotes de uno y otro bando.

Traté de sorprender a Hakael con tres series de azotes curvos. Igual que hiciera con aquel alumno en el Cubo, lancé en cada serie dos azotes muy seguidos, confiando en que al detener el primero, no viera el segundo. No obstante, Hakael no era ningún alumno. Era uno de los magos más poderosos de todo Baem y detuvo los seis azotes sin problema, dedicándome una sonrisa socarrona después de hacerlo.

Por extraño que os parezca, por el momento, el plan se mantenía en marcha según lo previsto. Fue en ese momento cuando decidimos pasar a la segunda parte. Recogimos el escudo conjunto y lo separamos en dos, de forma que ahora cada uno se centrara solamente en el suyo propio. Entonces comenzamos a caminar, cada uno en una dirección, sin dejar de devolver los azotes que nos lanzaban.

Tal y como habíamos supuesto, Hakael y Shakar atacaban juntos, casi hombro con hombro. A medida que nos separábamos en semicírculo alrededor de ellos, se vieron obligados a concentrarse cada uno en uno de nosotros. Shakar eligió a Raissa, dejándome a mí contra Hakael.

El antiguo portavoz del Consejo frunció el ceño y perdió la sonrisa. No parecía gustarle demasiado no saber qué nos proponíamos.

Le lancé diez azotes curvos, cinco por cada lado, y otros tres que le cayeron desde arriba, obligándole a levantar un escudo completo. Ahora, gracias al desplazamiento, tanto Raissa como yo teníamos una pequeña ventaja sobre ellos. Ambos gozábamos de nuevas reservas de magia mientras que los otros dos, plantados en el mismo punto del centro del claro, comenzaban a agotar la que les rodeaba e, instintivamente, hicieron lo que habíamos supuesto que ocurriría.

Ambos dieron un par de pasos hacia delante, acercándose más a Raissa y a mí, aunque alejándose el uno del otro. En ese momento me llegaron tres azotes por la espalda, procedentes de un hassan que se había colocado detrás de mí sin que me diera cuenta y, por un instante, estuve a punto de perder la concentración. Por suerte, Hakael no se dio cuenta y no aprovechó la ocasión. Le lancé un azote al hassan, errando el blanco por pocos centímetros y volví a concentrarme en detener el ataque incesante de Hakael.

El hombre seguía dando pasos de forma casi inconsciente en mi dirección, igual que Shakar en la de Raissa. Así, cada vez más lejos el uno del otro, comenzaban a ser ligeramente más vulnerables. Sabía que debía dar la señal en el momento justo, o si no, todo el plan se vendría abajo.

Por el rabillo del ojo vi a Emma tirada en el suelo, a la entrada de la iglesia, en el mismo punto en el que Hakael la había obligado a permanecer y noté una gota de sudor frío bajar por mi espalda, provocándome un breve escalofrío.

Reduje la velocidad con que lanzaba azotes, tratando de engañar a mi contrincante y hacerle creer que la magia comenzaba a escasear a mi alrededor. Aproveché ese instante para mirar a Raissa, prácticamente en el otro lado del claro. No sé muy bien cómo, pero captó mi mirada y asintió con la cabeza. Era la hora.

Cinco, seis, hasta diez azotes rojos se estrellaron contra mi escudo en ese breve espacio de tiempo en que me había permitido desviar la atención de Hakael. Sentí mi propio escudo temblar y sonreí.

Hakael detuvo el gesto en el aire, reteniendo el azote que estaba a punto de lanzar y me miró sin comprender. Entonces comencé a lanzarle débiles azotes verdes, los cuales estaban lejos de poder causarle daño alguno. Enarcó las cejas y yo seguí sonriendo cuando, al otro lado del claro, Raissa hizo exactamente lo mismo que yo, dejando a Shakar completamente descolocado.

Fue entonces cuando un terrible estallido se escuchó en todo el claro, mucho más potente que cualquier azote que hubiésemos podido lanzar ninguno. Algo chocó a gran velocidad contra la espalda de Hakael, lanzándolo hacia adelante. El hombre, gracias a su instinto, había levantado un escudo completo a su alrededor en el último momento, por lo que la bala que se estrelló contra él no llegó a rozar si quiera su piel. Aun así, la fuerza del impacto y, sobre todo, la sorpresa, le hicieron perder el equilibrio y caer de bruces en el suelo.

Fue entonces cuando aproveché la incertidumbre del momento para alzarme en el aire. A medida que ascendía, sentí nuevas reservas de magia a mi alrededor, que fui absorbiendo y redirigiendo hacia mis pies.

Los hassans, igual que Shakar y Hakael, se habían detenido confusos en el aire. Buscando con la mirada el origen de la bala. Fue así como uno de ellos no se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde de que me había situado justo detrás suyo, flotando en el aire casi pegado a su espalda.

Igual que había hecho en el subsuelo de Madrid, absorbí al hassan y sentí su magia llenarme por dentro. Me concentré en retenerla dentro de mí hasta absorber por completo al ser.

Cuatro potentes rayos de luz roja se estrellaron entonces contra Shakar, lanzándolo por los aires. Arthur, Raissa, Bob y George, todos con la varita en alto, habían alcanzado de lleno al hombre, dejándolo inconsciente en el suelo. Al contrario que Hakael, su escudo no había sido lo suficientemente fuerte y es que, orgulloso en su prepotencia, lo había mantenido prácticamente al mínimo en aquellos momentos de confusión.

Hakael se puso en pie furioso y me buscó con la mirada.

-¡Eh, tú! ¡Aquí! -llamé.

Miró hacia arriba y su cara se desencajó por completo al verme flotando en el aire sobre su cabeza. Fue entonces cuando centré toda mi atención en la magia que había acumulado y la dejé salir a través de mi varita en dirección a Hakael.

El azote, completamente blanco, iluminó el claro igual que si aún fuese de día, dejándome ver así la sorpresa reflejada en el rostro del mago, del todo impotente ante lo que se le venía encima. Levantó los brazos y se cubrió con ellos la cara en un inútil esfuerzo por protegerse. El azote lo alcanzó de lleno en el pecho y le hizo salir despedido al menos una veintena de metros, acabando con su vida casi en ese mismo instante.

Era imposible que hubiese sobrevivido a eso.

Fue entonces cuando noté que el aire a mi alrededor se encontraba completamente seco de magia y perdí la concentración. Al detener el flujo hacia mis pies, quedé suspendido solo dos o tres segundos más antes de precipitarme contra el suelo. El golpe me cortó la respiración y me dejó tumbado y tremendamente dolorido.

Por suerte, me tranquilicé al ver que más o menos podía moverlo todo y que el dolor comenzaba a remitir poco a poco. No había nada roto.

-¡Ben! -gritó Raissa corriendo hacia mí.

Miré en su dirección y vi a Arthur, George y Bob apuntando con sus varitas a Shakar, quien permanecía inconsciente en el suelo.

-¿Estás bien? -preguntó cuando llegó a mi lado.

Asentí.

-Ha sido solo el golpe. ¿Emma? -pregunté al acordarme de ella.

Raissa me ayudo a ponerme en pie y me guio hasta los pies de la iglesia. Allí, el coronel ayudaba a su hija a deshacerse de todas las ligaduras que la sujetaban. Un rifle humeaba en el suelo a su lado.

-Ya está, ya pasó todo -le decía a la chica.

Ella le miraba con ojos de incredulidad.

-¿Pa… papá? -preguntó, mirándolo con los ojos muy abiertos.

De todo lo que había sucedido, probablemente aquello era lo que menos se habría esperado.

-Es una larga historia -la tranquilicé yo-. ¿Cómo estás?

-Bien. Asustada, pero bien. No me han hecho nada. Actuaban como si yo no estuviese todo el tiempo -se liberó del todo y se puso en pie, lanzándose al instante a mi cuello.

Su abrazo me pilló por sorpresa, casi sin darme tiempo siquiera a prepararme para recibirla. Si no fuera porque Raissa aún me sujetaba, ambos habríamos caído al suelo.

-No tenías que haber venido -me susurró en el oído.

-Tú habrías hecho lo mismo por mí. Nunca dejaría que te ocurriera nada malo.

Soltó su abrazó y me besó.

-¿Qué hace mi… padre aquí, Ben? -preguntó cuando nuestros labios se separaron.

-Creo que tenéis mucho de lo que hablar -le dije-, ya tendremos tiempo de explicaciones más tarde -me volví hacia Shakar-. Esto aún no se ha terminado.

Bajé decidido los peldaños de la iglesia con la varita en la mano.

-Apártate, Arthur -le dije al cónsul, quien se había interpuesto entre Shakar y yo.

-No puedo, Ben. No dejaré que lo hagas -anunció.

Le miré confuso.

-¿Qué quieres decir? -pregunté arrastrando las palabras.

El hombre levantó ambas manos en señal de paz, dejándome ver que no sujetaba su varita.

-Ben, sé lo que este hombre te ha hecho, pero no podemos matarlo. Hemos conseguido atraparlo con vida y hay que llevarlo a Baem. Solo el Consejo tiene potestad para ejecutar a alguien.

Noté cómo una mano se posaba en mi hombro.

-Tiene razón, Ben -dijo Raissa-. Si hubiese muerto en combate, igual que Hakael, no habría pasado nada. Pero si lo matas ahora sería considerado un crimen.

-¡Pero él mató a mi padre! -grité.

-Lo sé, y no te impediré que hagas lo que creas conveniente -dijo la profesora-. Solo te pido que lo pienses muy bien antes de hacer nada. Estoy segura de que el Consejo le sentenciará a muerte -insistió.

Mantuve la varita en alto, apuntando a Arthur. Sin embargo, las palabras de ambos comenzaron a calar poco a poco en mí y la bajé lentamente. Comprendí que si lo mataba ahora, perdería lo que más me importaba: Emma.

Respirando profundamente, me giré y les di la espalda, dejando que fueran ellos quienes se encargaran de amordazarlo y prepararlo para su transporte de regreso a Baem.

Pincha aquí para ir al capítulo 35

Pincha aquí para ir al índice de capítulos

Si has cambiado de idea y prefieres descargar el pdf, pincha en el siguiente enlace: Manuscrito Ben Stone y el Corazón de Baem

Anuncios