Capítulo 4

La oscuridad envolvía con su manto todo a mi alrededor. No podía encender ninguna luz, pues delataría mi posición. Avanzaba con paso decidido, atravesando las ruinas de la ciudad que tan bien había llegado a conocer en los últimos tiempos. Con las manos estiradas tanteaba las paredes y las esquinas de los edificios. Cada nuevo giro en la dirección correcta me infundía el ánimo suficiente para seguir avanzando y, aunque sentía la muerte pisándome los talones, un resquicio de esperanza inundó mi mente cuando una tenue claridad pareció cernirse a mi alrededor. Era apenas perceptible, seguía sin poder ver siquiera mis propias manos, pero suficiente para darme el aliento y las fuerzas necesarias para afrontar el último tramo de mi huida. Palpé con la mano el bolsillo de la cazadora para cerciorarme de que aquello que había venido a buscar seguía ahí y proseguí mi camino.

Desperté sobresaltado. Otra pesadilla. Estaba claro que jamás me abandonarían. Sin embargo, esa última había sido diferente a todas las anteriores. Por lo general era siempre la misma: oscuridad, huida y mucho miedo. En esta, en cambio, había llegado más lejos. Nunca antes llegué a apreciar la claridad y mucho menos a tener esa extraña sensación de esperanza. Algo había cambiado.

Miré el despertador y decidí levantarme. Mi madre ya no estaba y la casa guardaba absoluto silencio. Aproveché las horas que faltaban hasta que llegara Emma intentando estudiar, pero no conseguí sacarme nada de lo ocurrido de la cabeza. Como podéis imaginar, lo dos exámenes que me quedaban iban a ser un auténtico desastre.

Emma llegó a eso de las once de la mañana.

Nos sentamos en el salón, ambos excitados y nerviosos ante lo que estaba a punto de ocurrir. Magia. La misma que hacía un par de días para mí no era más que un cuento infantil, se había vuelto completamente real.

-Bueno, ¿empezamos?

No encontré motivo alguno para negarme.

-He traído varios lapiceros diferentes para mí, tú quédate con el de ayer que parece que contigo funciona bastante bien -mientras decía esto abrió la mochila que traía consigo y extrajo los lápices y también el libro de magia-. Lo he vuelto a leer de arriba a abajo. Todo lo que hice ayer estaba bien, pero aun así no conseguí nada. A lo mejor no todos podemos hacerla.

Me pareció ver un atisbo de envidia en su mirada.

-Tranquila, ya verás cómo tú también lo consigues -intenté animarla-. Estoy seguro de que no puede ser tan fácil como parece. Debe ser que yo hago algún tipo de trampa inconsciente y que por eso me sale.

-Sí, será eso -suspiró-. Bueno, basta de cháchara. Quiero verte otra vez en acción.

-A sus órdenes.

Me puse de pie en el centro de la sala y apunté con mi lápiz al envoltorio de un caramelo que previamente habíamos colocado encima de la mesa.

“¡Vuela!” -pensé.

Me hizo caso a la primera. Se levantó en el aire y se mantuvo a la misma altura que mi lapicero, flotando ante nosotros y riéndose de las leyes de la gravedad. Tuve una idea. Me moví y fui girando sobre mí mismo hasta situarme de cara a Emma, y el papel del caramelo hizo lo propio. Ella estiró la mano con la palma abierta y yo bajé un poco la “varita”.

Cuando el envoltorio tocó la piel de mi amiga, sentí que la corriente de energía se detenía y la magia desaparecía. Dejé de apuntar a Emma y me senté en el sillón que tenía más cerca para recuperar el aliento. No había sido tan horroroso como el día anterior, pero seguía sin ser una sensación agradable.

-¡Ha sido genial! -exclamó Emma al tiempo que yo me sentaba-. Tengo que aprender a hacerlo yo también.

Se levantó decidida y dejó el papelito en el mismo sito en que había reposado anteriormente. Armada con un lápiz de color verde apuntó hacia él y empezó a mover el brazo arriba y abajo. Su ceño, fruncido, daba cuenta de la concentración que mantenía, pero no parecía lograr resultado alguno.

El envoltorio seguía sobre la mesa cuando se dio por vencida después de probar con todos los lapiceros de colores que había traído consigo. Se dejó caer en el sofá delante de mí.

-No lo conseguiré nunca -se lamentó con las manos en la cara.

Me levanté y me senté a su lado agarrándola por los hombros.

-Vamos, ya verás cómo lo consigues. Si yo puedo hacerlo está claro que tú también.

No dijo nada, pero nos quedamos así un buen rato. Al final me miró.

-Sí, tienes razón -volvió a sonreír de nuevo-. Venga, hazlo otra vez, quiero volver a verlo.

Pasamos la siguiente hora entre papeles voladores e intentos fallidos de hacerlos volar por su parte. A pesar de eso, su humor se mantuvo alegre e incluso llegamos a reír a carcajadas con los extraños aspavientos que ella hacía a veces.

Poco a poco el cansancio me pasó factura. Estaba físicamente agotado. Decidimos que sería mejor dejarlo y Emma fue en busca de un par de refrescos a la cocina. Estuvimos charlando largo rato y volvimos a mirar el libro en busca de consejos. La verdad, nunca había visto un libro tan raro en toda mi vida, aunque he de confesar que, si explicaran esas cosas en mi instituto, las clases serían más amenas y seguro que la gente mostraría mucho más interés en cada asignatura.

De pronto alguien llamó a la puerta.

Yo no esperaba ninguna visita y sabía que no podía ser mi madre. Emma y yo cruzamos una mirada de preocupación al recordar a los dos hombrecillos que habíamos visto el día anterior.

Me levanté con sigilo y me acerqué hasta la mirilla de la puerta. Eran ellos.

-… sin llamar. Seguro que si estaban ahí ya se han escapado. Se supone que somos la autoridad, deberíamos poder entrar sin más.

-¿Quieres callarte de una vez? -gruñó el que estaba más cerca de la puerta.

-Sabes que tengo razón, te pongas como te pongas. Tú y tu manía de cumplir todas las normas para con estos massins. Seguro que…

No escuché más, me alejé de la puerta con el mismo sigilo con el que me había acercado, mientras los extraños volvían a llamar una vez más.

-Son ellos, los dos de ayer -susurré.

Emma palideció.

-Ven -le dije extendiendo una mano.

La cogió y la guie a la parte trasera de la casa. Desde la cocina se podía llegar al jardín. Salimos por allí y la ayudé a encaramarse a la valla que separaba mi casa de la del vecino. La seguí con algo de torpeza y desde allí salimos a la calle y nos escondimos detrás de un coche para ver lo que ocurría.

Los dos tipejos se cansaron de llamar y, tomando el pomo de la puerta, la abrieron sin más. Me pareció extraño, recordaba haber cerrado bien la puerta después de que llegara Emma.

No esperamos más y salimos corriendo calle arriba, poniendo tanta distancia de por medio como nos fue posible. Acabamos en un parque y decidimos sentarnos en un banco algo alejado para recuperar el aliento.

-¿Cómo demonios nos han encontrado? -preguntó ella.

-Llevo pensándolo todo el camino hasta aquí -contesté meneando la cabeza-. ¿Recuerdas ayer que dijeron algo acerca de un brote mágico y de que los mandaban a ellos a investigarlo?

Emma asintió.

-Tienen que ser capaces de rastrear la magia. Ayer no nos pillaron por los pelos y hoy más de lo mismo. Qué idiotas hemos sido, teníamos que haber atado cabos mucho antes.

-¿Y por qué no aparecieron cuando empezamos? Porque estuvimos un buen rato. Las dos veces han aparecido cuando ya lo habíamos dejado.

-Supongo que estarían lejos.

Nos quedamos callados. Ahora sabían dónde vivía. Seguro que harían guardia para esperar a que volviera a casa, porque en algún momento habría de volver.

-¿Qué hacemos ahora? -dije yo.

-¿Vamos a la policía?

-¿Policía? ¿Y qué les decimos?: “Hola agente, verá, estábamos haciendo un poco de magia y aparecieron dos tíos y se colaron en mi casa. ¡Ah! Y el día anterior también estuvieron a punto de cogernos en la vieja iglesia abandonada”.

-Vale, vale, ya lo pillo, tienes razón. ¿Y si…

De pronto todo se volvió negro a mi alrededor. Emma soltó un grito al tiempo que yo notaba unas manos agarrándome por los hombros y elevándome en el aire. Me habían puesto una especie de saco en la cabeza y ahora mi opresor me llevaba en volandas, como si pesara menos que una pluma. Traté de dar patadas y puñetazos, pero estaba completamente inmovilizado.

Cerca de mi posición podía escuchar otro forcejeo parecido al mío. Debía de ser Emma en una situación similar a la que yo me encontraba.

Por mucha resistencia que pusiera, todo era en vano. Mi atacante se mantenía firme y el mal olor dentro del saco empezaba a embotarme los sentidos. Entonces escuché las puertas de un coche abrirse y, acto seguido, me encontré a mí mismo sentado dentro. Noté a alguien a mi izquierda y supuse que era Emma.

El coche se puso en marcha con un rugido y salió disparado. Nos acababan de secuestrar.

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