Capítulo 5

No sabría decir cuánto tiempo estuvo el coche en marcha ni adónde nos dirigíamos. No se escuchaba sonido alguno más allá del monótono traqueteo de las ruedas contra el asfalto. Me concentré en mantener la calma y respirar de forma pausada para evitar que el aire se viciara dentro del saco. Así, al menos, mantendría los sentidos despiertos.

Noté por la vibración de los asientos que nos habíamos adentrado por un camino de tierra, con muchos baches, y la progresiva reducción de la velocidad al cabo de un rato me indicó que estábamos llegando a nuestro destino.

El vehículo se detuvo por completo y las puertas se abrieron. Unas manos fuertes tiraron de mí, sacándome fuera.

-Te voy a quitar esto de la cabeza. Por favor, no grites ni hagas ninguna tontería.

La luz del sol me obligó a cerrar los ojos. Completamente deslumbrado, esperé hasta que se acostumbraron a la claridad para abrirlos poco a poco.

A mi lado se encontraba uno de los extraños hombres que habían entrado en mi casa y, al otro lado de un sedán negro de cristales tintados, se encontraba Emma, custodiada por el otro individuo.

Ante nosotros se elevaba una casa enorme, de esas que a veces salen por la televisión y en las que suelen vivir personajes famosos. Más que casa era un palacio, con altas paredes blancas y gigantescos ventanales. Habían aparcado el coche al pie de una bonita escalera de mármol que subía hasta la entrada principal.

Emma y yo intercambiamos una mirada preocupada.

-Venga, arriba -nos apremiaron.

Subimos la escalera con nuestra escolta detrás. Pensé en echar a correr, pero a nuestro alrededor solamente había bosques y supuse que no llegaría demasiado lejos. Además, no podía dejar a Emma sola.

Cuando llegamos arriba, las puertas se abrieron para dejarnos pasar. No sé por qué no me sorprendió que no hubiera nadie al otro lado tirando de ellas.

Se cerraron detrás de nosotros con un leve susurro y nos encontramos en el centro de una sala enorme. Justo enfrente había una escalera que se separaba en dos direcciones a medida que ascendía hacia la planta superior. El suelo, cubierto de una impoluta moqueta color granate oscuro con elegantes dibujos en dorado, solamente se veía interrumpido por alguna que otra estantería repleta de objetos extraños pegada a las paredes. Dos puertas, cerradas y una a cada lado de la sala, daban paso a, supuse, majestuosas estancias y salones.

-Bienvenidos.

La voz provenía de un hombre que bajaba tranquilamente por la escalera. Vestía traje oscuro, sin corbata, y llevaba el pelo cano peinado hacia atrás.

-Disculpad las formas y el susto que os hayan podido ocasionar, pero necesitábamos traeros aquí lo antes posible.

Llegó a nuestra altura y se mantuvo a un par de metros, suficientes para apreciar las diminutas arrugas que surcaban su rostro. Era difícil adivinarlo, pero supuse que andaba en la treintena.

Sus palabras no lograron calmarnos en absoluto.

-Nuestros padres se darán cuenta de que no hemos vuelto a casa y nos empezarán a buscar -advirtió Emma, aunque cierto temblor en su voz delató que estaba más nerviosa y asustada de lo que aparentaba.

Nuestro anfitrión sonrió.

-Tranquila, podréis volver pronto con ellos, hoy mismo de hecho, no tenéis de qué preocuparos.

Intercambié una mirada incrédula con mi amiga.

-¿Entonces, por qué el secuestro?

-No era mi intención que procedieran así -miró a los dos que teníamos detrás con el ceño fruncido-. Al parecer, intentaron hablar con vosotros antes de llegar a… eso, pero os escapasteis.

Al mirar a nuestros secuestradores vi que ambos mantenían la vista en el suelo, avergonzados.

-¿Dónde estamos? -pregunté.

-Aún no os puedo dar la información exacta, pero estáis cerca de casa. Sé que tendréis muchas preguntas y os prometo que todas encontrarán respuesta. Me llamo Arthur y soy el cónsul en esta ciudad.

-¿Cónsul? O sea, que eres de otro país -dijo Emma.

-Mmm… no exactamente. Estáis en uno de los consulados de Baem, o lo que es lo mismo, pisáis suelo que pertenece a otro mundo. No literalmente, claro, pero sí técnicamente.

-¿Qué? -no entendí ni una palabra.

Me miró y debió llegar a la conclusión acertada de que iba a requerir una larga explicación.

-Como dije antes, todo será explicado. Ahora, por favor, seguidme. Estaremos más cómodos en uno de los salones -volvió a fijar la vista en los dos tipos situados a nuestra espalda-. Bob, George, gracias, podéis retiraros. No vayáis muy lejos, os necesitaremos para devolver a nuestros invitados a sus casas.

Sin más, se volvió y caminó hacia una de las puertas laterales. Le seguimos y, una vez al otro lado, nos encontramos en un majestuoso salón repleto de estanterías llenas de libros y varios sofás repartidos por toda la sala.

-Sentaos, por favor. ¿Queréis algo de beber?

-Estamos bien -contesté yo, receloso.

Arthur esperó hasta que tomamos asiento en un sofá en el centro del salón y, entonces, se sentó frente a nosotros.

-Veréis, sé que no es sencillo de entender y que la situación se nos ha ido un poco de las manos. Os ruego, sinceramente, que aceptéis mis disculpas. George y Bob son buenos y leales, pero a veces confunden las formas. Me gustaría que pudiéramos olvidarnos de todo lo ocurrido y que confiarais en mí. Os doy mi palabra de que si, cuando acabemos esta conversación, seguís queriendo volver a vuestras casas, nadie os detendrá. Sois libres de ir y venir a vuestro antojo.

Calló, esperando algún tipo de respuesta por nuestra parte que nunca llegó.

-Está bien, supongo que confiar en alguien en estas circunstancias no es tan sencillo como pueda parecer. Permitidme pues que, a fin de ganarme ese derecho, conteste a vuestras preguntas.

Fue Emma la que habló primero.

-¿Qué estamos haciendo aquí?

-Claro, por supuesto. Veréis, uno de vosotros, o los dos, ha realizado actos mágicos no autorizados. Por supuesto, no se presentará ningún cargo en vuestra contra ya que no sabíais lo que estabais haciendo. La ley os protege por completo, podéis estar tranquilos. Lo único que nos obliga a hacer es encontrar lo antes posible el brote mágico para poder controlarlo, es decir, llevar al mago o magos en cuestión al consulado más cercano para así poder explicarles qué es lo que ha ocurrido en realidad y cuáles son sus opciones -hizo una pausa para permitirnos asimilar sus palabras-. Cada vez que alguien descubre su potencial mágico tiende a experimentar, como fue vuestro caso, sin ser consciente de lo que ello conlleva. La magia no existe, al menos esa es la versión oficial de cara a los massins. Por eso está terminantemente prohibido llevar a cabo cualquier tipo de acto mágico en la Tierra sin autorización previa de las autoridades de Baem.

Cuando guardó silencio, ni Emma ni yo teníamos muy claro qué quería decir todo aquello.

-Sé que es difícil de asimilar, a mí también me costó en su día. Intentad entender las pequeñas cosas primero. Uno de vosotros, o los dos, ya aclararemos eso más tarde, es mago de nacimiento y sus dotes acaban de despertar. No estáis secuestrados ni nada parecido, sino que, amparados por la ley, habéis sido traídos al consulado más cercano para poder daros las explicaciones pertinentes.

Un nuevo silencio bañó el salón mientras asimilábamos la información.

-¿Qué es Baem? -inquirió Emma.

-Baem es el mundo original de la magia. No aparece en ningún mapa de la Tierra, pues no está en ella. Es un mundo mágico al que solo se puede acceder desde ciertos portales. Por lo general, dichos portales suelen encontrarse dentro de los consulados. No obstante, no todos tienen uno. Aunque Baem es un mundo entero en sí mismo, no es tan grande como cabe imaginar. Para que os hagáis una idea: pensar la ciudad más grande que conozcáis, multiplicadla por ocho y ese es el tamaño aproximado de todo Baem.

-¿Y por qué nunca hemos oído hablar de él?

-Imaginad por un segundo que todo el mundo conociera la existencia de Baem y, por consiguiente, de la magia. ¿Qué creéis que ocurriría? Todo lo que conocéis cambiaría. Las luchas por el poder serían horrorosas, la envidia hacia aquellos nacidos magos llegaría al punto de provocar asesinatos o secuestros, una masacre constante movida únicamente por el egoísmo humano. La magia es maravillosa, sí, pero peligrosa al mismo tiempo. Y esto que os digo no son simples suposiciones -su rostro se ensombreció con el recuerdo-. Hace varias generaciones se intentó un acercamiento que terminó derivando en enormes pérdidas para todos los bandos implicados. Por eso, el gobierno de Baem decidió borrar todo rastro de magia existente y limitar su uso. Es gracias a ese antiguo acercamiento que hoy existen muchas de las leyendas que conocéis, las cuales, por cierto, son ciertas en su gran mayoría.

Suspiró. Parecía triste, realmente afectado por los sucesos de los que hablaba. Su mirada permaneció perdida en algún punto de la habitación hasta que hablé de nuevo, interrumpiendo sus pensamientos.

-Se ha referido varias veces a “manins”, ¿qué son?

-Es “massins”, Ben. Cuando hablamos de massins nos referimos a las personas ajenas al mundo mágico, aquellas que desconocen por completo la existencia de la magia.

O sea, nosotros dos hacía un par de días.

-Antes dijo algo de las opciones que teníamos, ¿a qué se refería?

-Si no os importa, antes de llegar a ese punto me gustaría escuchar vuestra historia. La de los dos últimos días, quiero decir.

Emma y yo cruzamos la mirada. Se encogió de hombros, como queriendo decir que no íbamos a perder nada por contarle lo que había pasado. Entre los dos le hicimos un resumen bastante largo de todo lo ocurrido, desde el incidente en clase con el bolígrafo hasta los papeles voladores de mi casa esa misma mañana.

Arthur permaneció callado durante todo el relato, escuchando atentamente y asintiendo cuando la historia parecía concordar con los datos que él tenía.

-Luego, sus matones nos taparon la cabeza y nos trajeron hasta aquí -concluí.

Guardó silencio largo rato.

-Primero, permitid que me disculpe de nuevo. George y Bob son algo… especiales. Y lo segundo, como supuse desde el principio, solamente a uno de vosotros se le ha despertado la magia. Emma, tú deberás pasar una prueba para conocer si también tienes aptitudes o no. Lo normal es que las capacidades mágicas comiencen a desarrollarse al cumplir los dieciséis, ya que antes de ese momento el propio organismo las retiene como mecanismo de defensa. La magia puede ser muy peligrosa, sobre todo si no se es lo suficientemente fuerte para controlarla. Por eso, nuestro cuerpo espera hasta que nos considera preparados para darnos el control sobre ella.

Miré a Emma, alargué la mano y, de forma impulsiva, cogí la suya. No me rechazó.

-Quiere eso decir que… ¿que nunca podré hacer magia igual que la hace Ben?

-Para nada, querida. Déjame que intente explicarlo mejor. Ser mago es algo que se transmite hereditariamente. En el caso de Ben, alguien muy cercano, sus padres lo más probable, sean magos. Pero en tu caso podría ocurrir que un abuelo lejano lo haya sido, por eso es necesario hacerte la prueba.

-Un momento -interrumpí yo-, ¿ha dicho que mis padres son magos?

Arthur me miró, comprendiendo al instante por la expresión de mi cara que estaba pisando terreno resbaladizo.

-Verás, Ben, que la magia aparezca con la misma fuerza con la que ha aparecido en ti, suele ser debido precisamente a eso.

-Pues tiene que haber otra explicación. Puedo asegurar que mi madre no tiene nada de maga.

-¿Y tu padre?

Me quedé callado, sin respuesta. Moví los labios, queriendo hacer ver lo imposible de aquello, pero fui incapaz. En realidad no lo conocía.

-No… no lo sé. No lo conozco.

Entonces el cónsul comprendió el porqué de mi reacción.

-Lo siento, no lo sabía -se disculpó-. Pero deberías considerar esa posibilidad, Ben.

No dije nada más. A mi mente volvieron los años de abandono. ¿Mi padre un mago? No, no podía ser.

Sentí un apretón en la mano por parte de Emma que me devolvió al presente y me dio las fuerzas necesarias para apartar de mi mente todos esos pensamientos.

-Entonces, ¿qué clase de prueba tengo que pasar? -cambió de tema mi compañera.

-Es una simple exploración mental, muy sencilla y completamente indolora. Los magos, tengan sus poderes despiertos o no, tienen una capacidad especial para proteger sus pensamientos. Si yo detectara esa barrera mental en ti, significaría que han existido magos entre tus antepasados.

-Y, ¿si no?

-Pues… sintiéndolo mucho, querida, no serías considerada maga y, respondiendo a tu pregunta anterior: no, no podrías llegar a hacer magia.

Esta vez fui yo quien tuvo que darle un apretón en la mano para infundirle ánimos a ella.

-¿Podemos hacerlo ahora? -dijo.

-Claro, no hay problema, solo lleva un par de minutos.

-Vale, hagámoslo -decidió, aunque un leve temblor en su voz dejó claro que no las tenía todas consigo.

Arthur asintió y se puso en pie. Fue hasta uno de los extremos de la sala y volvió con dos sillas de madera bien acolchadas y tapizadas en terciopelo azul marino, una en cada mano. Las situó cerca de donde estábamos, una frente a la otra, e invitó a Emma a sentarse.

-Necesito que cierres los ojos y te tranquilices. Voy a poner la yema de mis dedos a cada lado de tu frente para facilitar la lectura, no te asustes.

Desde el sofá observé cómo Arthur colocaba las manos a ambos lados de la cabeza de Emma y cerraba los ojos de la misma forma en que le había pedido a ella que hiciera. El tiempo pasó lento hasta que, por fin, el cónsul bajó las manos y abrió los ojos lentamente.

-Interesante… -murmuró.

Emma, a su vez, lo observaba expectante. El hombre se dio cuenta y sonrió.

-Sí, eres maga, Emma.

El rostro de mi amiga se iluminó de alegría.

-¿Qué era tan interesante? -pregunté mientras se acercaban de nuevo al sofá.

-Es solo que… no pensé que lo fuera, las posibilidades eran ínfimas.

Aunque lo dijo sonriendo, una vocecita en mi cabeza pareció gritarme que algo se callaba.

-Bueno, supongo que ahora querréis conocer vuestras opciones.

Asentimos.

-Veréis, son solo dos. O bien os trasladáis a Baem para poder desarrollar vuestras capacidades y convertiros en magos; o bien se os aplica un conjuro de atadura que bloquea vuestros poderes y volvéis a vuestras vidas normales como si nada hubiese pasado.

Los dos lo miramos atónitos. ¿Irnos a Baem? ¿A otro mundo? ¿Dejar a nuestra familia así, sin más?

La idea parecía tan ilógica como descabellada, pero me di cuenta que en el fondo de mi ser ansiaba conocer ese lugar, aprender a usar la magia, ser mago… ¡Mago! ¡Qué locura!

Observé a Emma de reojo y por su expresión supuse que se encontraba ante el mismo conflicto interno que yo mismo.

-¿Tenemos que decidirlo ahora?

-Me gustaría daros más tiempo, pero la ley no lo permite. Aun así, si decidís ir a Baem, se os permitirían dos días de plazo para poner vuestros asuntos en orden y que podáis despediros de vuestras familias.

-¿Podremos decir a dónde vamos?

-Sí, pero debéis advertirles de que no pueden divulgarlo a nadie o se meterán en serios problemas. La versión oficial ha de ser que os habéis ido a estudiar al extranjero, el sitio será de vuestra propia elección. Cualquier ciudad de Europa suele ser una buena opción.

-Pero… jamás lo entenderán. Mis padres no van a creerse todo esto.

Arthur la miró comprensivamente.

-Sé que no es fácil. Cuando yo me fui de Barcelona hace ya bastantes años, nadie lo aceptó y a día de hoy… bueno, digamos que mi familia no sabe ya mucho de mí. Pero debéis comprender que la ley ha de ser estricta en este asunto. No puede haber magos descontrolados por el mundo, por eso habéis de decidir hoy sobre vuestro futuro.

Me había olvidado por completo de que aún tenía la mano de Emma unida a la mía. Nos miramos largamente, sopesando lo que estábamos a punto de hacer.

-Yo… yo voy -dijo Emma sin apartar sus ojos de los míos.

-Yo también -contesté yo.

Ella sonrió y me dio un abrazo. Al menos íbamos a ir juntos. Me alegré.

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Si has cambiado de idea y prefieres descargar el pdf, pincha en el siguiente enlace: Manuscrito Ben Stone y el Corazón de Baem

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