Capítulo 6

Arthur sonrió satisfecho ante nuestra decisión y ordenó llamar a George y Bob para que nos llevaran a casa.

-Recordad que tenéis que estar aquí dentro de dos días, ni uno más.

-¿Cuándo podremos volver, aunque sea de visita, a ver a nuestras familias?

-Durante el primer año no podréis salir de Baem, ya que aún no tendréis el control absoluto de vuestras capacidades. A partir de entonces hay un permiso cada tres meses para el que lo quiera. Después, una vez graduados, podréis ir y venir cuando queráis.

Un año entero sin poder ver a mi madre. Se me hizo un nudo en el estómago. Cuando salimos del salón, George y Bob ya nos estaban esperando.

-Hola chicos -saludó el segundo-, sentimos mucho lo de antes, no era nuestra intención asustaros. Lo que pasa es que no queríamos que os volvierais a escapar y tener que seguir buscándoos por toda la ciudad mientras hacíais magia a diestro y siniestro. Yo soy Bob, y este que está a mi lado, George. Aunque sea bastante gruñón en realidad es un cacho de pan. Una vez, hace dos años más o menos, estábamos en mitad de un trabajo y…

-Bob, cállate -gruñó George.

-Solo digo que…

-¡Bob! -dijeron George y Arthur al unísono.

-Como podéis ver, a Bob le encanta hablar. Si por él fuera, hablaría durante horas seguidas hasta mataros de puro aburrimiento.

Bob se hizo el ofendido.

-¿Nos vamos ya? -preguntó con los brazos cruzados sobre el pecho.

-Claro -contestó Arthur volviéndose hacia nosotros-. Sé que los dos días siguientes van a ser muy difíciles para ambos. Pero confiad en mí, cuando lleguéis a Baem comprenderéis que estáis tomando la decisión acertada. Nos vemos pasado mañana.

Esta vez no hubo sacos en la cabeza ni empujones. El coche se alejó tranquilamente por el mismo camino por el que había llegado. Pronto reconocí el lugar y comprendí por qué preferían mantener su ubicación en secreto, no estábamos a más de dos o tres kilómetros de casa. ¿Cómo es que nunca había visto u oído hablar de aquella casa? Más tarde me enteraría de que existía una especie de escudos invisibles que ocultan los lugares que no han de ser encontrados por los massins.

A pesar de todo lo ocurrido aquel día, no eran más de las ocho de la tarde cuando me dejaron en la puerta de mi casa y siguieron su camino para dejar a Emma en la suya.

Mi madre ya había llegado, los sábados solía salir de trabajar a media tarde.

-Hola cielo, ¿dónde has estado? -preguntó dándome un beso.

Estaba sentada en el salón viendo la tele. Yo me senté en la butaca que estaba a su lado y busqué las palabras con las que explicarle todo lo que había sucedido.

Sin ser apenas consciente de ello empecé a hablar sin parar, contándole todo lo que había pasado desde el día anterior en clase con aquel bolígrafo. Ella poco a poco fue palideciendo. Apagó la tele y no me interrumpió hasta que terminé toda la historia.

Una solitaria lágrima se deslizó por su mejilla hasta perderse en la comisura de los labios. Con los ojos cerrados escuchó mis palabras y cuando acabé, guardó silencio. La verdad, no era esa la reacción que había esperado.

Cuando por fin habló, su voz sonó ronca por el llanto ahogado. Aunque había conseguido calmarse, podía ver en sus ojos una honda tristeza.

-No pensé que este día fuera a llegar nunca -susurró.

-¿Qué?

Me miró.

-Tu padre me advirtió hace años de que esto podría llegar a pasar algún día. Aun así, no le quise creer. Después de todo, él se había ido y solo estábamos tú y yo. Nunca pensé que las historias que me contaba pudieran ser reales, o que de verdad lo heredaran los hijos. Además, nunca pareció que lo hubieses heredado, siempre fuiste… normal.

-No lo entiendo, mamá.

Me hizo un gesto para que me acercara y me sentara en el sofá, a su lado. Me abrazó.

-Verás Ben, tu padre… era mago -comenzó-. Lo conocí mientras él estaba en una misión y no tardamos demasiado en enamorarnos.

La miré incrédulo.

-Sí, lo sé, te mentí. Pero, ¿qué habrías pensado si te hubiese dicho la verdad? Por lo menos, que tu madre estaba loca.

-No mamá, yo…

-Shh, no pasa nada, escucha -prosiguió-. Estuvimos juntos dos años en los que aparecía y desaparecía. No fue fácil, pero nos amábamos, así que conseguimos que funcionara. Todo iba bien, igual que siempre, hasta que un día apareció muy preocupado. Me dijo que algo había ido horriblemente mal y que no sabía cuándo podría volver. Me dio el colgante que llevas puesto y me pidió que se lo guardara hasta su regreso. Nunca volvió, esa fue la última vez que le vi, Ben.

-Pero entonces, ¡tú lo sabías! Sabías que esto iba a pasar -la culpé.

-Él nunca llegó a saber que estaba embarazada. Hacía apenas dos semanas que había sucedido cuando desapareció, ni siquiera yo lo sabía la última vez que le vi -meneó la cabeza-. Todo lo que sé son las historias que me contó y pensaba que solamente eran eso, historias. Nunca más volví a oír hablar de Baem o de magia alguna.

Traté de entender lo que significaba aquello. Todo mi mundo se había puesto patas arriba en esos dos días y, para colmo, mi madre me había ocultado toda mi vida que mi padre era un mago, que incluso yo podía llegar a serlo.

-Pero… ¿por qué no volvió? -quise entender.

Suspiró.

-Ojalá lo supiera. Solo sé que me quería y que algo horrible tuvo que sucederle. Si no, estoy segura de que habría vuelto a mi lado, a nuestro lado.

Apretó un poco más fuerte su abrazo y sentí las lágrimas inundar mis ojos. Lloré abrazado a mi madre ante la impotencia que sentía en aquellos momentos. Noté mi mundo desmoronarse a pedazos a mi alrededor. Nunca me habían gustado los cambios, y esto era demasiado.

Mi madre me mantuvo pegado a ella y secó todas mis lágrimas con el dorso de la mano. Estuvimos así, en silencio y abrazados, durante largo rato.

-Te quiero, hijo, y sé que esto es lo que tienes que hacer. Por ti, por tu padre.

-Un año, mamá, un año entero hasta poder volver a verte -musité.

No dijimos más, permanecimos en silencio hasta que nos pudo el sueño y nos fuimos a la cama. Milagrosamente, estaba tan cansado que no tuve mucho tiempo para pensar y pronto caí dormido.

Toda la esperanza que había sentido al notar la claridad, se esfumó al escuchar un susurro cerca de mí. Me habían alcanzado. Un fuerte chasquido rompió en silencio y el dolor acudió a mi brazo. Acaricié con la mano contraria el leve corte que me había provocado el azote mágico. Saqué la varita del bolsillo interior de mi cazadora y la apunté hacia arriba. Pronuncié las palabras necesarias para que una bola de luz del tamaño de un balón surgiera de la punta y se elevara ante mí. Ya no importaba que me vieran, me habían encontrado.

La luz iluminó todo a mi alrededor. Las ruinas de los edificios ocultaban sombras danzantes que trataban de ocultarse. Un nuevo chasquido sonó detrás de mí y el dolor estalló en mi espalda. Estaban jugando conmigo.

-¡Vamos! ¡Salid!

Una risa surgió de la oscuridad al tiempo que las sombras avanzaban un par de metros, cercando a su presa. Flotaban en el aire cual cascadas de oscuridad, sin llegar nunca a tocar el suelo. Eran ocho, o eso me pareció contar, suficientes para saber que no tenía escapatoria.

Desperté en ese preciso momento con la respiración entrecortada. Aquello se me estaba yendo de las manos. Gordas gotas de sudor humedecían todo mi cuerpo y las sábanas estaban empapadas. Yo mismo me sentía agotado y en tensión, esperando que de alguna de las sobras de la habitación surgiera uno de aquellos seres.

Poco a poco conseguí calmarme. Eran solo sueños. Aunque nunca había oído hablar de sueños que continuaran una historia, una noche tras otra, igual que capítulos de una serie de televisión. Y había sacado una varita, no un lápiz del número dos como el que había utilizado con Emma. Aquello era una varita mágica, de madera y alargada, con un par de nudos que facilitaban su agarre.

Me convencí a mí mismo de que lo que había creído simples pesadillas podían ser algo más y me prometí hablarlo con Arthur en cuanto le volviera a ver. Primero pensé en mi madre e incluso en Emma, pero decidí que ninguna de ellas podría darme solución alguna. En cambio Arthur era un mago, ¿no? Seguro que algo se le ocurriría para ayudarme.

El despertador marcaba las ocho de la mañana. Convencido de que no podría volver a conciliar el sueño, me levanté y preparé el desayuno. Mi madre aún dormía, así que le dejé café recién hecho en la cafetera para cuando se levantara.

Cuando por fin lo hizo, la ayudé con las tareas de la casa mientras hablábamos sin parar de todo lo que estaba a punto de ocurrir. Me pidió que le volviera a contar toda la historia y sonrió cuando se me escapó alguna que otra cursilada relacionada con Emma. Le agradecí en silencio que no hiciera comentario alguno.

La verdad, pasamos un día maravilloso. Al ser domingo, ella no tenía que trabajar, así que pudimos disfrutar de la mutua compañía. Si mi madre me lo hubiese pedido, seguramente no me habría ido nunca. Pero me apoyó en todo momento. Dijo que tenía un don y que debía aprender a utilizarlo. Seguramente el haber escuchado las mismas historias por boca de mi padre ayudó a que su desconfianza fuera mucho menor de lo esperado.

Cuando eran casi las nueve de la noche, sonó el timbre.

Era Emma y tenía los ojos rojos e hinchados de haber llorado. La hice pasar y mi madre cogió la maleta que traía consigo. La sentamos en el salón y le dimos un vaso de agua mientras ella trataba de explicar lo que le había ocurrido.

Al parecer sus padres no creyeron ni una sola palabra de la historia, consideraron que su hija se había vuelto loca y, ante su insistencia, se convencieron de que necesitaba ir a ver a un psiquiatra. Tuvieron una discusión enorme y ella acabó encerrada en su habitación. Luego decidió que tenía que escaparse.

-No sabía a dónde ir -murmuró con una disculpa en la mirada.

-No pasa nada, cielo, hiciste bien en venir aquí -la tranquilizó mi madre-. Puedes dormir en el sofá, no es muy cómodo, pero servirá para una sola noche.

Emma le dio las gracias tímidamente y poco a poco el blanco volvió a sus ojos y el rojo a sus mejillas.

Cenamos y los tres hablamos hasta altas horas de la noche. Imaginamos Baem y su Escuela, la vida en aquel mundo mágico. Emma sacó el libro y mi madre lo leyó con ansia. Me explicó que mi padre había sido profesor y que probablemente ese libro había sido suyo.

Emma hizo un amago de regalárselo a mi madre, pero ella lo declinó amablemente diciendo que seguramente nos sería más útil a nosotros.

Cuando el sueño nos venció por fin, mi madre vino a arroparme una última vez, con una sonrisa dibujada en el rostro. Esa noche no soñé, supongo que mi mente decidió darme un respiro ante todo lo que se avecinaba.

Me despertó el timbre de la puerta y, al abrir los ojos, comprendí que había dormido hasta tarde, recuperando todo el sueño perdido. Pasaban las once de la mañana cuando escuché la puerta principal abrirse y las voces de varias personas hablando.

Me espabilé y me asomé a la escalera que daba a la planta baja.

-Es un placer, Martha, digo… señora Stone. Ahora veo de dónde sacó Ben su atractivo. No quiero decir que Ben me atraiga lo más mínimo, esté usted tranquila -se atragantó-. Tampoco es que usted no me atraiga, no quería decir eso. No, tampoco quise decir eso otro…

-Mejor no digas más, Bob -reconocí la profunda voz de George.

Bajé los escalones que me separaban de la comitiva y saludé nervioso.

-¡Ah! Ahí estás, te estamos esperando -dijo Bob, aliviado al dejar de ser el centro de atención.

-Lo siento, me quedé dormido.

Mi madre llevó a los dos hombres al salón, donde esperaba Emma ya lista y preparada para marcharse.

Volví corriendo a mi habitación y me vestí con lo primero que encontré. En el suelo reposaba una maleta llena hasta arriba y sonreí al darme cuenta de que mi madre había hecho el trabajo por mí.

La despedida fue… complicada. No es fácil decirle adiós a tu madre sabiendo que no la vas a volver a ver en bastante tiempo. Ella lloró una vez más y amenazó a George y Bob con ir a buscarles al mismísimo fin del mundo como dejaran que algo me ocurriera. Lo dijo tan seria que casi tropiezan en su huida hacia el coche.

Mientras veía mi casa hacerse cada vez más pequeña en la distancia, comprendí por fin la importancia de la decisión que había tomado. Emma cogió mi mano mientras el sedán subía calle arriba, enfilando el camino que habría de llevarnos a nuestra nueva vida.

Es curioso pensar lo sencillo que es que todo tu mundo cambie para siempre. A veces basta con una persona, un gesto desinteresado o una simple sonrisa de un desconocido en la calle para que algo se permute dentro de ti. Ese día, creo yo, nació un nuevo Ben.

El consulado apareció ante nosotros a medida que nos acercamos por la polvorienta carretera. El coche se detuvo y todos nos apeamos. Arthur nos esperaba en la entrada, al pie de la escalera. Vestía igual de elegante que la vez anterior y nos recibió con amabilidad.

-Bienvenidos de nuevo. Estaréis ansiosos por llegar a Baem, supongo -sonrió-, dejad vuestras maletas ahí, Bob y George se encargarán de ellas.

Asentimos y le seguimos escalera arriba. El piso superior era igual de lujoso que el resto de la casa. Amplios pasillos, con puertas a cada lado, se abrían ante nosotros en todas direcciones. Me asaltó un instante de temor al pensar que, si me separaba del grupo, podría vagar durante días enteros por aquellas habitaciones sin encontrar el camino de vuelta a la planta baja.

Por suerte eso no llegó a ocurrir. Caminamos detrás de Arthur hasta que se detuvo delante de una de las puertas que había en el lado derecho. Nada la diferenciaba de las demás. Se abrió hacia dentro y el cónsul nos franqueó el paso.

La habitación era enorme. Por un momento creí imposible su tamaño. Si todas las habitaciones fuesen como aquella, esa casa debería ser veinte veces más grande de lo que ya era.

-Magia, Ben. Si te fijas, en la puerta se pueden apreciar una serie de runas. Gracias a ellas se aumenta considerablemente el tamaño de las habitaciones -aclaró Arthur al ver el asombro en mi cara.

En contraste con el resto de la casa que habíamos conocido, el suelo de esta habitación no estaba cubierto de moqueta, sino que era de fría piedra gris. También las paredes presentaban la misma composición. Ningún cuadro las adornaba. Había numerosos bancos de piedra maciza, a ambos lados de la sala, hasta llegar al fondo, donde sobre un escalón y pegado a la pared, se podía apreciar un enorme arco de piedra.

-Eso, chicos, es el portal que os llevará a Baem.

Emma y yo nos acercamos a él y lo miramos sorprendidos, ya que a través del arco no se veía más que la pared gris que había detrás. Me sentí algo decepcionado, esperaba algo más… espectacular.

-¿Cómo funciona? -preguntó mi amiga.

Arthur se acercó hasta nosotros. Había permanecido atrás mientras lo contemplábamos.

-Ahora mismo está apagado, por supuesto. Sería un derroche tenerlo encendido de forma continua, ¿no os parece?

-Supongo que sí -dije sin tener la menor idea.

-Hace falta un poco de magia para encenderlo y gran cantidad de ella para mantenerlo abierto. Por ello, una vez que lo active, os rogaría que lo cruzarais lo más rápido posible.

-¿Qué hay al otro lado? -quiso saber Emma.

-Os están esperando, no tenéis de qué preocuparos. Apareceréis en uno de los portales dentro de la Escuela.

Noté un tremendo nudo en mi estómago. Creo que nunca había estado tan nervioso como en aquel momento. Entonces recordé que había querido hablarle acerca de mis pesadillas.

-Arthur, quería preguntarte una cosa.

-Claro, dime.

Miré a Emma de reojo, me daba algo de corte comentarlo delante de ella, pero no sabía cuándo se presentaría un momento mejor.

Sin más, le hablé acerca de los extraños sueños que tenía. Como hasta hacía poco era siempre el mismo y que desde hacía un par de días la historia parecía avanzar. Me escuchó y finalmente se quedó pensativo.

-Cuando tengas tiempo, en la Escuela, busca al profesor Donovan. Es una eminencia en cuanto a visiones. Cuéntale lo que te ocurre y dile que vas de mi parte.

-¿Visiones?

-Sí, eso creo que son tus sueños. Aparecieron no hace mucho, coincidiendo con el despertar de tu magia. Debe ser algún tipo de visión, ya sea del futuro o del pasado.

-¿Cómo va a ser del pasado? Nunca he vivido algo así.

-No tienes por qué ser tú el protagonista, Ben. Lo revives como si lo fueras, sí, pero si es algo del pasado puede ser relativo a otra persona que no seas tú mismo. Pero tampoco me hagas mucho caso, nunca llevé bien las asignaturas del profesor Donovan -sonrió-. Tú búscale y cuéntaselo todo. Seguro que él te aclara el asunto muchísimo mejor que yo.

Acepté el consejo y le prometí que lo buscaría. Emma no dijo nada de todo el asunto, aunque se mantuvo atenta.

-Bueno, es la hora de que os vayáis. Nos veremos dentro de un año cuando tengáis vuestro primer permiso.

Nos dio la mano a modo de despedida y se encaró con el arco de piedra. Sacó una varita (la primera que veía en directo), y apuntó hacia el portal. Susurró algo en voz muy baja, con los ojos cerrados, y una espiral de luz comenzó a girar en el centro del arco.

Poco a poco fue creciendo hasta que llegó a todos los extremos y permaneció activo, girando sin parar y emitiendo una leve luz azulada.

-Muy bien, está listo, ¿preparados?

-Supongo… -dije.

-Caminad hacia él, no tenéis de qué preocuparos. Cruzarlo como si fuera una puerta normal y corriente. Buena suerte, chicos.

Emma cogió mi mano una vez más y, juntos, echamos a caminar.

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Si has cambiado de idea y prefieres descargar el pdf, pincha en el siguiente enlace: Manuscrito Ben Stone y el Corazón de Baem

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