Capítulo 7

Atravesamos la espiral de luz azul con un cosquilleo en la piel y nos encontramos de pie en medio de un gran bullicio de gente. Por un instante nos quedamos paralizados.

Miré hacia atrás y allí estaba el portal, pero a su lado y en ambas direcciones había al menos una veintena de portales idénticos por los que no dejaban de entrar y salir personas.

Un tipo enorme apareció por el portal que había a nuestra izquierda, empujando a Emma y haciéndonos tropezar.

-¡Eh, ten más cuidado! -le gritó ella.

El hombre se volvió hacia nosotros y, sin dejar de caminar, soltó una serie de improperios. Desde luego, eso no era lo que me habría esperado encontrar al otro lado del consulado.

Alguien salió del mismo portal por el que habíamos llegado, chocando con nosotros.

-¿Qué hacéis aquí parados? ¡Vamos! Quitaros de en medio.

Estábamos completamente desorientados. Caminamos alejándonos de los portales y Emma me dio un leve codazo para llamar mi atención.

-Mira ese hombre de ahí.

Se refería a un señor de traje negro, alto y delgado, con una barba de dos días perfectamente arreglada. Su rostro juvenil difería de las arrugas que asomaban a su frente y a sus ojos, dificultando adivinar su edad real.

Lo que hizo que nos dirigiéramos hacia él fue el cartel que sostenía en sus manos con nuestros nombres.

-¿Emma y Ben? -nos preguntó cuando nos detuvimos a su lado.

Asentimos.

-Os estaba esperando, soy Normand, secretario del Consejo.

Estrechó nuestras manos y nos pidió que le siguiéramos. Abandonamos la bóveda de los portales y le seguimos por un ancho pasillo. Más adelante comprenderíamos que la bóveda era una especie de autopista entre la Tierra y Baem, con entradas y salidas continuas durante todo el día.

Normand nos guio hasta un ascensor.

-Os voy a llevar ante el Consejo para que aprueben vuestro ingreso en la Escuela -explicó-. Después os enseñaré todo esto para que sepáis moveros por aquí sin ayuda.

Nos limitamos a escuchar lo que decía sin abrir la boca.

Cuando el ascensor llegó a la planta más alta, salimos. Ante nosotros había una sala de espera similar a la que te encuentras en el dentista, aunque bastante más grande, y una recepcionista detrás de un mostrador.

-Estos son Ben y Emma, vienen a solicitar el acceso a los estudios.

La recepcionista nos miró de arriba a abajo y señaló las butacas que teníamos detrás. Luego le susurró algo a Normand y este se disculpó ante nosotros y se encaminó a las puertas que había al fondo, dejándonos a solas esperando a que alguien nos llamara.

Emma cogió una revista que había encima de una mesa.

-“Cotilleos del mundo massin” -leyó-, me alegra saber que aquí también existe la prensa rosa -ironizó.

-Mira esta -dije yo cogiendo otra-. “La verdad de la noche”.

Pasé unas cuantas páginas. En ellas aparecían reportajes acerca de seres fantásticos que parecían vivir en la oscuridad. De pronto palidecí. “Hassans”, leí. Una fotografía en color capturaba el momento en el que el ser miraba al fotógrafo. Una mancha de oscuridad con dos ojos amarillos que flotaba en el aire. Un escalofrío recorrió mi espalda.

-¿Qué te pasa?

-¿Recuerdas las pesadillas de las que hablé antes? Este es uno de esos monstruos que me acorralaban. Estoy seguro.

Emma cogió la revista de mis manos y leyó en voz alta.

-“…servidores del mal, espíritus de magos caídos en desgracia que se ven obligados a servir al señor que los reclame. Flotan en el aire, pues no tienen cuerpo alguno, solamente la ilusión de un par de ojos penetrantes y la negra silueta de lo que un día fueron. Cuídese de cruzarse en su camino, pues la noche es su territorio y usted nunca sería rival para uno solo de ellos…”

Dejó de leer y me miró.

-¿Estás seguro de que era uno de estos lo que viste?

-Uno no, al menos ocho. Y sí, me tenían completamente rodeado y se disponían a matarme. Estoy seguro.

Aunque no me guste admitirlo, estaba algo asustado en ese momento. Según Arthur, aquello podía llegar a ocurrirme en un futuro y, tal y como aquella revista predicaba, jamás saldría con vida de dicho encuentro.

La puerta se abrió y apareció Normand haciéndonos gestos para pasar al otro lado.

Al cruzar el umbral de la puerta me quedé sin respiración. Una semiesfera perfecta se abría ante nosotros, toda de cristal, dejando ver el mundo que se extendía a los pies de la torre en la que nos encontrábamos. Incluso el suelo que pisábamos era de cristal. Me sorprendió que, en lugar de los pisos inferiores, solo se vieran nubes y tierra. Sentí vértigo, así que miré hacia adelante y me concentré en lo demás que había allí.

Dentro de la habitación y también en semiesfera, cinco butacas ocupaban el centro del lugar, ocupadas por tres hombres y dos mujeres, todos bastante mayores. Vestían túnicas negras.

Nos observaron mientras Normand nos guiaba hasta el centro del semicírculo. Allí permanecimos de pie y en silencio, algo cohibidos por el escrutinio al que nos estábamos viendo sometidos.

-Bienvenidos -dijo el hombre que se situaba justo en el centro de los demás, el único que no llevaba brazalete alguno-. Os encontráis ante el Consejo de Baem. Habéis sido traídos a nuestra presencia, conforme a lo que dicta la ley, para juzgar si debéis ser admitidos como nuevos estudiantes.

Todos guardaban respetuoso silencio.

-Hemos recibido, estudiado y analizado el informe enviado por el cónsul de vuestra ciudad de origen -continuó-. Ante las evidencias del despertar de la magia en uno de vosotros y la existencia del bloqueo mental en el otro, hemos decidido la inclusión de ambos en el comienzo del próximo curso lectivo. Os deseamos la mejor de las suertes en vuestros estudios y os damos la bienvenida a la gran familia de Baem.

Permanecimos de pie, sin saber muy bien qué hacer o decir hasta que Normand se acercó a nosotros y nos susurró que ya había concluido la ceremonia y que debíamos irnos.

Hice una inclinación de cabeza hacia el consejo a modo de despedida y le seguimos. Agradecí para mis adentros salir de aquel lugar y, sobre todo, la moqueta completamente opaca que pisaban mis pies mientras esperábamos el ascensor.

-Es una simple formalidad que dicta la ley. Nadie puede ser aceptado sin el consentimiento del Consejo -explicó Normand mientras esperábamos el ascensor.

-Son los que mandan aquí, ¿verdad? -preguntó Emma.

-Sí, son nuestra máxima autoridad. Con el tiempo comprenderéis por qué son de vital importancia para el funcionamiento de este mundo.

Las puertas del ascensor se abrieron ante nosotros y nuestro guía seleccionó la planta cero.

-No quiero volver a esa sala nunca más.

Normand rio.

-No deberíais tener por qué hacerlo. Sé que la primera vez es bastante impresionante, debí habéroslo advertido, lo siento.

-Sí, definitivamente debiste hacerlo. ¿A dónde vamos ahora? -quise saber.

-En busca de todo lo que necesitaréis para poder comenzar las clases -dijo con una sonrisa en los labios.

Esperó a que preguntáramos algo, pero pareció darse cuenta de que no había llegado a levantar nuestro interés. Suspiró ante su evidente derrota. No es que no sonara bien, es que simplemente estábamos tan impresionados por todo en general, que cualquier cosa que saliera de su boca habría conseguido la misma reacción.

-En fin -dijo-, necesitáis libros, uniformes y una varita. La Escuela corre con los gastos de todos los iniciados, no tenéis que pagar nada. También la estancia es gratuita, por cierto. Algunos padres les envían dinero extra a sus hijos para los gastos adicionales. Basta con que lo ingresen en vuestra cuenta del banco y vosotros lo podréis retirar en cualquier cajero automático aquí.

Levanté una ceja. ¿También había cajeros automáticos? Aunque en el fondo no sé de qué me sorprendía, hasta el momento casi todo parecía más o menos igual que en casa, si obviamos lo que tenga que ver con la magia, claro.

Miré hacia arriba y fui incapaz de adivinar la altura a la que estaba el techo. Supuse que sería el mismo truco que el de la habitación del portal: muchísimo más grande por dentro de lo que la lógica permita imaginar.

La zona comercial en la que nos encontrábamos podría ser todo un edificio en sí mismo, pero recordé que en realidad era solo la planta cero, sobre la que crecía una enorme torre con varias decenas de plantas más hasta llegar a la última, la del Consejo.

-Lo que veis ante vosotros es el área comercial de la Torre Central. Es la zona de este tipo más grande de todo Baem. Cualquier cosa que necesitéis comprar, la podréis encontrar aquí.

No lo puse en duda. Cientos de personas, casi todas vestidas con uniformes de diferentes colores, caminaban de un lado a otro, pasando de tienda en tienda cargados de bolsas de lo más variopintas.

Seguimos a Normand a través del bullicio de personas.

-¿Por qué los colores de los uniformes? ¿Tienen algún sentido o cada uno se pone el que más le gusta? -quise saber.

Dichos uniformes, por cierto, consistían en una única prenda que incluía pantalones y mangas. Eran muy parecidos a un mono de trabajo, aunque ligeramente más elegantes.

-Los colores dependen de la especialidad de los estudios, así como de si se han graduado y ya son magos o no -explicó-. Los de color blanco, como el que llevaréis vosotros a partir de mañana, son para los alumnos de primer año. Durante dicho primer año de estudios todas las asignaturas son comunes, por eso no se hace ninguna distinción en cuanto a especialización.

Me miró y yo moví afirmativamente la cabeza para darle a entender que entendía lo que estaba diciendo.

-A partir del segundo curso -prosiguió-, los alumnos eligen entre Magia de combate (uniforme rojo), Runas (uniforme azul) y Pociones (uniforme verde) como continuación a sus estudios y dejan la Torre Central para estudiar en la torre de sus respectivas especializaciones.

-¿Cuántas torres hay? -inquirió Emma.

-Cuatro. La Central, en la que os encontráis ahora mismo y en la que pasaréis vuestro primer año de estudios, la Torre de Hechicería, la de Runas y la de Pociones. Creía que lo había explicado bastante bien antes -se disculpó-. Estas tres se sitúan alrededor de la Torre Central formando un triángulo perfecto, encontrándose todas a la misma distancia de las demás. Las cuatro torres juntas forman la Escuela, que es, a su vez, el centro de todo Baem.

Intenté imaginar lo que aquello representaba. Me moría de ganas de salir afuera para poder ver las torres en toda su magnitud. Seguro que quitaban el aliento.

-¿Todo el mundo vive en las torres? -preguntó Emma.

-No, aquí viven los estudiantes y los profesores, así como casi todos los trabajadores de la Escuela. Los magos ya graduados viven en la ciudad o en la Tierra, según sus obligaciones y deseos.

-¿La ciudad?

-Sí. Se extiende alrededor de la Escuela y en todas las direcciones. Es igual que cualquiera que conozcáis. Tiene cines, teatros, parques, piscinas, todo lo que podáis imaginar. Claro que casi todo tiene su toque mágico y muy pocos trabajos se hacen manualmente. Pronto apreciaréis a lo que me refiero.

Con cada nueva descripción que salía de su boca, más ganas te entraban de salir a explorar.

-¿Qué hay más allá?

-Bosques, praderas, un lago y montañas. Todo Baem está rodeado por completo de montañas, tan altas que nadie las ha llegado siquiera a escalar nunca. Delimitan este mundo, más allá no hay nada.

¿Nada? ¿Cómo no iba a haber nada al otro lado? Después de todo, una montaña tiene laderas por los dos lados, ¿no? Por increíble que os parezca, de todo lo que sabía hasta entonces de Baem, eso era lo único que fui incapaz de creerme.

-Algo tiene que haber -dijo Emma, que debió seguir un hilo de pensamiento semejante al mío.

-Nada en absoluto, aunque nadie lo sabe a ciencia cierta. Por supuesto, existen cientos de mitos y leyendas acerca de personas que cruzaron al otro lado, que las escalaron o que excavaron túneles en la roca, pero la verdad es que ninguna de esas historias es cierta. No existe ninguna prueba de que alguien las haya conseguido cruzar.

Normand se detuvo frente a una tienda de uniformes.

-Bien, primera parada. Necesitáis un par de monos cada uno.

Fue una experiencia agradable. Con ayuda de la varita, nos hicieron algunos retoques en las prendas y salimos de allí con una bolsa en la que cada uno llevaba dos uniformes de color blanco, el de los estudiantes de primer año.

La siguiente parada fue la tienda de libros.

-Como ya os dije antes -explicó Normand-, el primer año es idéntico para todos los alumnos. Tendréis seis asignaturas: canalización de la magia, runas, pociones, magia de combate, historia y adivinación. Cuando las hayáis aprobado todas, pasaréis al siguiente curso, eligiendo el camino que queráis.

Si alguna vez tengo una librería propia, ojalá sea igual que la librería de la señora Pomp. Montañas de libros de todo tipo se elevaban hasta el techo desde cualquier lugar en el que posaras la vista. Las paredes, ocultas todas detrás de estanterías, delimitaban un pequeño pedacito de paraíso para cualquier ser humano al que le guste la literatura.

-¡Hola, queridos! -nos saludó una señora bastante mayor al vernos entrar por la puerta-. Bienvenidos al templo de las letras, soy la señora Pomp.

La miré mientras trataba de asimilar lo que había dicho, y es que aún tenía la boca abierta y el cuello dolorido de mirar hacia arriba en busca del final de una enorme montaña de libros que se elevaba a mi lado.

-Son recién llegados -nos ayudó Normand, pues Emma se hallaba en una situación similar a la mía-, necesitan todos los libros de primero.

-Claro, claro, no hay más que verles las caras -rio Pomp-. ¿Recuerdas tu primera vez, Normand? Seguro que darías lo que fuera por revivir lo que estos muchachos están sintiendo ahora mismo.

Dándonos la espalda, se dirigió a una de las montañas de libros. En la base se podía leer un cartel que rezaba: “Escuela”. Sacó una varita y la apuntó al suelo.

-¡Portus!

A sus pies apareció el ser humano más pequeño que había visto nunca. No debía de medir más de treinta centímetros.

-Sube ahí y baja dos pares de libros de primero -ordenó señalando a la montaña.

El hombrecillo, cabizbajo, comenzó a escalar en busca de nuestros libros.

-¿No es algo… peligroso para él? -preguntó Emma.

-Para nada, tranquila, querida -dijo sonriendo-. Es un “Gong”, son seres hechos de arena. Si se cayera al suelo, se desharía y solamente tendría que volver a convocarlo para que apareciera de nuevo de una sola pieza. Estará bien.

-¡Cuidado! -gritó una vocecita desde las alturas.

Al instante dos grandes paquetes se estrellaron contra el suelo a nuestro lado, levantando una pequeña nube de humo.

Al mirar hacia arriba vimos a Portus saltando al vacío. Se me encogió el estómago durante un segundo, el tiempo exacto que tardó la señora Pomp en sacar su varita, apuntarle y hacer que desapareciera en pleno vuelo.

-Bueno, muchachos, estos son vuestros libros. Disfrutadlos y, sobre todo, cuidadlos. Todos los libros tienen vida. No se mueven, ni hablan, ni nada por el estilo. Pero mientras los lees puedes sentir su respiración pausada, casi imperceptible, el suave temblor de algunas letras cuando sueñan en silencio. Todos tienen el alma del árbol que fueron un día, conservan la vida que no acabó cuando los transformaron en historias, cuentos, explicaciones o cualquier otra maravilla escrita en sus páginas.

Nos despedimos de la señora Pomp y Normand nos guio hasta la tienda de varitas que estaba casi enfrente de donde habíamos estado antes. Varitas de todo tipo se exponían en vitrinas y mostradores de cristal, y un caballero repeinado nos atendió sin mucha alegría.

-¿Primera varita, verdad? -saludó.

Asentimos.

-Seguidme.

Nos pasó a la parte trasera de la tienda donde guardaba las varitas más sencillas. Sacó un par de cajas alargadas de un cajón y nos las tendió.

-Estas deberían iros bien.

Abrí mi caja y en ella había una simple varita de madera, alargada y sin ningún adorno. Un par de cortes bien tallados, ayudaban a una mejor sujeción. Sin pensarlo demasiado, apunté con ella a la caja de la que la había sacado.

“¡Vuela!” -dije mentalmente.

Y la caja se elevó en el aire. Emma ahogó un grito por el susto y Normand se limitó a enarcar una ceja, sorprendido. El dependiente me fulminó con la mirada mientras, acompañando a la caja con el movimiento, la deposité en la mesa.

Me extrañó la facilidad con la que lo había hecho. Casi no me había supuesto esfuerzo alguno.

-Sí, esas os servirán -dijo secamente el hombre.

Salimos de la tienda y Normand caminó de vuelta a los ascensores.

-Veo que ya controlas bastante bien tus dotes, Ben -me elogió.

Enrojecí, no estaba acostumbrado a recibir cumplidos.

-Sí… Emma me ayudó bastante. Fue antes de que aparecieran los tipos del consulado y nos llevaran con ellos.

Normand miró a mi amiga.

-¿A ti se te da igual de bien, entonces?

-Qué más quisiera… -contestó meneando la cabeza-. No, yo no he conseguido absolutamente nada…

-No te preocupes, es lo normal. Por costumbre, se necesitan varias semanas de clase para llegar a mover algo. Muchas más para obtener el control que tiene Ben.

Yo no sabía qué decir, así que mantuve silencio mientras Normand trataba de responder al torrente de preguntas que una animada y alegre Emma le fue haciendo sin piedad ninguna.

Para cuando llegamos al ascensor, ya conocíamos nuestro calendario académico, los exámenes que existían y un montón de consejos prácticos para controlar mejor nuestra magia.

Subimos hasta la segunda planta. Allí, nos explicó el secretario, estaban los alojamientos de todos los estudiantes. Igual que las demás plantas de la torre, era inmensa. Después de un par de giros en amplios pasillos, llegamos a unas puertas enormes.

-Estos son los alojamientos de los chicos, Ben -explicó mientras un hombre de gafas salía a recibirnos-. Roland, este es Ben, comienza sus estudios con nosotros y necesita una habitación.

El hombre me estudió con la mirada durante un instante y se dio la vuelta, echando a caminar. Un gesto de la cabeza de Normand me indicó que le siguiera.

Dejé a mi amiga y al secretario atrás, y me adentré en un bonito salón lleno de sofás ocupados por estudiantes. Me llevó hasta el fondo y me hizo subir tras él por unas escaleras que iban a dar a un alargado corredor.

Caminó por él hasta detenerse ante la habitación doscientos veintiuno y la abrió sin llamar.

-¡Roland! ¿Nadie te ha enseñado a llamar a la puerta? -gritó un chico a medio vestir sentado en una de las dos camas de la habitación.

El hombre, sin más, se giró y se largó, dejándome en la entrada con cara de idiota sorprendido. El chico pareció no darle importancia alguna, se levantó y me tendió una mano.

-Creo que vamos a ser compañeros de habitación. Soy Evan -sonrió.

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Si has cambiado de idea y prefieres descargar el pdf, pincha en el siguiente enlace: Manuscrito Ben Stone y el Corazón de Baem

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