Capítulo 8

En el suelo, a los pies de la cama de la derecha, se encontraba todo mi equipaje. La habitación no era nada del otro mundo. Una cama pegada a cada pared, un par de armarios y escritorios y, al fondo, una ventana sin cortinas.

-Las maletas aparecieron hace un par de horas -me informó Evan mientras terminaba de enfundarse uno de aquellos uniformes blancos-. No hagas caso de Roland, está chalado.

-Eso me pareció -sonreí más relajado.

Me puse a deshacer las maletas bajo la atenta mirada de Evan.

-Soy de New Jersey -comentó-. Llegué ayer. Todo esto es una auténtica pasada, ¿verdad?

-Sí, si te soy sincero aún me cuesta creerlo.

-Ya, yo estoy igual que tú. Me muero de ganas de que empiecen las clases. ¡Eh! También vamos a ser compañeros de clase.

-¿Cuándo empiezan?

-El miércoles, que es día uno -dijo convencido mientras yo terminaba de colgar la ropa en el armario y me sentaba en mi propia cama.

-¿Mañana? Pero, ¿no deberían estar acabando el curso ahora? Ya casi es verano.

Negó con la cabeza.

-Aquí todo funciona de forma diferente. No hay vacaciones de verano, solo cuando acabas un curso te dejan un par de semanas libres hasta empezar el siguiente. Cada mes comienza una nueva promoción. Algunos chicos que me han contado que llevan casi tres semanas recorriendo Baem porque no tenían nada que hacer aún. Qué envidia. Tú y yo, en cambio, llegamos justo cuando empiezan los nuevos de este mes.

Lo pensé unos segundos. La verdad, tenía sentido. Por lo que sabía, la magia se despertaba en cada uno cuando le venía en gana, por lo que estarían llegando nuevos alumnos constantemente.

-Oye, son casi las ocho, deberíamos ir a cenar, ¿te vienes conmigo? -me invitó.

Asentí.

Pensé en Emma y supuse que nos encontraríamos allí. Imité a mi nuevo compañero y me puse uno de los monos blancos, sintiéndome bastante ridículo al instante. Evan me guio de vuelta hasta el ascensor y marcó el tercer piso. Allí, me explicó, estaba la cafetería de estudiantes y profesores.

Las puertas se abrieron y ante mis ojos apareció un paisaje increíble. Verdes prados se extendían desde donde nos encontrábamos hasta un edificio con un cartel que rezaba: “Cafetería”. El cielo (sí, había cielo) presentaba un maravilloso color rojizo debido al anochecer, y los estudiantes, sentados sobre el césped o en las mesas de la terraza del local, cenaban tranquilamente.

Un camino de asfalto unía el ascensor del que acabábamos de salir y la cafetería.

-¡Ben! -gritó una voz conocida.

Vi a Emma haciéndome gestos con la mano desde una de las mesas. Estaba acompañada de otras dos chicas. Respondí a su saludo y eché a caminar en su dirección.

-¡Wow! ¿De qué conoces a esa chica? -exclamó Evan a mi lado.

-Vinimos juntos -expliqué.

-Y… ¿hay algo entre vosotros?

-Algo hay, sí.

No quise entrar en más explicaciones y Evan tampoco hizo más preguntas. Cuando estábamos lo bastante cerca, Emma se levantó y me dio un beso en la mejilla a modo de saludo, haciéndome sonrojar al instante delante de todos los demás.

-¿Verdad que esto es increíble? -dijo sonriente mientras hacia un amplio gesto con el brazo.

No pude negarlo. Luego me presentó a sus dos nuevas amigas, que resultaron ser su compañera de habitación y la hermana de esta. Evan se lanzó a presentarse solo, entablando conversación con las dos hermanas al instante olvidándose de Emma y de mí, que reímos con ganas ante tal espectáculo.

Al ver la comida delante de las chicas, mi estómago rugió, recordándome que prácticamente no había comido nada en todo el día.

-¿Dónde se pide la cena? -pregunté.

-Aquí mismo -explicó-. Mira, ¿ves ese cubo del centro de la mesa? Apúntale con la varita y piensa lo que quieres. A mí aún no me sale, pero me ayudaron ellas.

Le hice caso.

“Hamburguesa con queso y patatas”

Al instante se materializó sobre el cubo lo que había pedido.

-¡Qué pasada! -exclamé-. ¿Puedo pedir cualquier cosa?

-Eso creo -rio.

Hablamos de lo increíble que era todo. Incluso hoy en día, hay veces que me paro a pensar en la cantidad de cosas maravillosas que he vivido desde que conocí Baem.

Miré a Emma y me maravillé con lo guapa que se veía a la luz del ocaso. Ella me sonrió, haciendo que mi pulso se acelerase al instante. No sé de dónde reuní el valor necesario, pero sin apartar mis ojos de los suyos, me acerqué hasta ella y la besé en los labios.

Fue un beso breve y ella no se apartó. Al contrario, mientras aún estaba a pocos centímetros de su cara, sonrió y esta vez fue ella quien me besó de nuevo.

-Pues sí que había algo… -escuché que decía Evan.

Nos separamos y me cogió de la mano. Fui incapaz de alejar la sonrisa de idiota que se me había quedado en el rostro, la cual levantó casi al instante las risas de nuestros nuevos amigos.

-¿Hasta dónde llega la pradera? -quise cambiar de tema.

-En realidad es una ilusión, ahora mismo estamos en el centro de una cúpula. Un par de cientos de metros más allá, llega hasta el suelo y corta el paso. Pero, por supuesto, es mágica. Por eso simula el cielo y la continuación de la pradera hasta ese horizonte que ves a lo lejos.

Tenía sentido, después de todo, seguíamos estando dentro de un edificio, ¿no?

Pronto se hizo de noche y nos cubrió un manto de estrellas. Dejamos atrás la cafetería y descendimos hasta la planta de los dormitorios.

-Menuda novia -dijo Evan en cuanto nos quedamos solos.

Al escucharlo de su boca me sonó extraño, aunque maravilloso al mismo tiempo.

-Gracias -respondí mientras me quitaba la ropa y me metía en la cama.

Evan hizo lo propio y, una vez a oscuras nos dimos las buenas noches. Me caía bien el chico.

-¿Tantas ganas tienes de morir, Charles? -susurró una voz entre las sombras.

Los hassans se hicieron a un lado, abriendo el círculo que me rodeaba lo justo para que un mago de túnica negra entrara en escena. Iluminado ahora por el globo de luz que flotaba sobre mí, pude apreciar perfectamente todos sus rasgos.

Era un hombre relativamente joven, de aproximadamente treinta años, con el pelo largo y ojos penetrantes, tan oscuros como su propia alma. En contraste, una varita de madera blanca asomaba entre sus dedos.

-Shakar… pagarás por esto -dije yo.

El mago se rio.

-¿De verdad lo crees?

No contesté.

-Ahora, si no te importa -dijo levantando su varita y apuntándola en mi dirección-, dame lo que he venido a buscar si no quieres que tu muerte sea mucho más dolorosa de lo que debería ser.

Escupí en el suelo, delante del mago.

-Está bien, como quieras. Matadlo -ordenó a los demonios.

En un último esfuerzo, elevé la varita al aire y apunté a la bola de luz.

De pronto la esfera explotó en un destello tan brillante que todo se volvió blanco a mi alrededor. Fue tanta la luz que surgió de la explosión, que los hassans se disolvieron en el aire y Shakar se vio obligado a esconder la cara dentro de su túnica para evitar quedarse ciego.

Aproveché el desconcierto para salir corriendo, tratando de aventajar de nuevo a mis perseguidores.

-¡Ben! -me zarandeó Evan- ¿Estás bien?

Tardé unos segundos en habituar mis ojos a la tenue luz de la habitación. El chico estaba de pie el lado de mi cama con cara de preocupación.

-Lo siento, Evan, ha sido solo una pesadilla -mentí.

-Pues para ser solo una pesadilla, no veas las voces que dabas.

-Lo siento, estoy bien, de verdad.

Evan me estudió durante un instante y luego, con aire enfadado, volvió a meterse en su cama.

-Como sean todas las noches así… -murmuró.

Pronto su respiración acompasada me indicó que se había vuelto a dormir. Yo, en cambio, no pude volver a pegar ojo. Charles era el nombre de mi padre. No me costó mucho atar cabos con lo que me había dicho el cónsul. El de las visiones no era yo, era mi padre. Estaba reviviendo algo de su pasado.

Instintivamente, cerré el puño en torno al colgante. Era lo único suyo que tenía. Me lo había regalado mi madre cuando era pequeño y hasta ese momento no le había dado mayor importancia.

Me pasé las horas restantes hasta el amanecer dándole vueltas al último sueño. Me costó mucho asimilar que aquel debía de ser mi padre desaparecido. Le había odiado desde pequeño por habernos abandonado a mi madre y a mí. Siempre creí que era alguien sin corazón al que no le había importado lo más mínimo. Sin embargo, todas estas visiones estaban cambiando mis sentimientos hacia él. Puede que mi madre tuviera razón y que algo horroroso le hubiese ocurrido, impidiéndole volver con nosotros.

Puede que ese tal Shakar le alcanzara y le matara, como había ordenado hacer. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal al recordar la sonrisa felina de ese hombre. Para mí había sido como vivirlo todo en carne propia. Incluso podía recordar la humedad del ambiente y la suave brisa que ascendía desde el suelo.

Estaba en una especia de ciudad subterránea, eso lo tenía más o menos claro. Por las sensaciones y los pensamientos de mi padre, había entendido que llevaba mucho tiempo buscando algo entre aquellas ruinas y que, cuando por fin lo había encontrado, Shakar lo había alcanzado y utilizado los hassans para obligarle a que se lo diera.

Estaba dispuesto a matar a mi padre para conseguir aquel objeto.

La tenue luz del sol comenzó a filtrarse en la habitación. Mirando el reloj decidí que ya podía levantarme y vestirme. Evan se desperezó en la cama mientras yo me ponía en pie.

-Buenos días -dijo con voz queda.

-Hola -saludé-. Oye, siento lo de anoche.

-No pasa nada, después de todo no es culpa tuya lo que hagas mientras estés dormido.

Nos vestimos con los uniformes blancos y, con los libros bajo el brazo, salimos hacia nuestra primera clase del día.

Las aulas estaban en el tercer piso. Al salir del ascensor comprendí que la tercera planta era todo un edificio en sí mismo, con varios pisos de altura ya que había escaleras que iban en las dos direcciones. Había muchísimas personas por los pasillos, eso sí, todos vestían el mismo mono blanco que llevaba yo mismo.

Encontramos un tablón que anunciaba nuestros horarios. La primera clase era “Historia”, en el segundo piso. Subimos y entramos en el aula, Emma ya estaba allí. Nos sentamos a su lado y esperamos a que comenzara la clase.

Pronto apareció un mago enfundado en una túnica negra y de pelo cano. Era casi tan anciano como los miembros del consejo que había conocido el día anterior. Al ver su atuendo, supuse que solamente los miembros del Consejo y los profesores llevaban aquellas túnicas negras.

-Soy el señor Morris -se presentó- y seré vuestro profesor de historia este primer año. Muchos de vosotros, los que habéis nacido y vivido en Baem, ya conoceréis la mayor parte de la materia de la asignatura. A pesar de ello, también habréis de examinaros.

Miré a mi alrededor. No era una clase muy grande, debíamos de ser una veintena.

-Haremos dos exámenes al año -prosiguió-, uno a mitad del curso y otro al final. No es una asignatura en extremo complicada, pero requerirá dedicación y estudio. Si nadie tiene ninguna pregunta… -hizo una pausa-. Bien, pues no perdamos más tiempo y empecemos. Podéis abrir vuestros libros de introducción a la magia por la página tres.

Todos obedecimos en silencio. Es gracioso mirar atrás y pensar en lo atemorizado que estaba aquel primer día de clase. En el instituto nunca había destacado demasiado y tenía pavor a que aquí me fuera igual de mal.

-¿Qué es la magia? ¿Alguien lo sabe? -preguntó el profesor Morris.

Nadie dijo nada.

-La magia es todo lo que nos rodea -explicó-. Está en el aire a nuestro alrededor, en los objetos que tocamos, en el suelo que pisamos y en cualquier persona. La magia está en todos nosotros, incluso los massins la tienen. Lo que nos diferencia a los magos de ellos y de cualquier otro objeto inanimado, es nuestra capacidad para utilizarla como queramos. Además, somos capaces de capturar las partículas mágicas del aire o del suelo, incluso las de un árbol o una piedra. Podemos absorber esa magia que nos rodea y canalizarla a través de la varita.

Mientras hablaba, comenzó a pasear entre los asientos, esquivando mesas y bolsas llenas de libros.

-Por supuesto, hay que tener mucho cuidado a la hora de utilizarla. Cuando absorbemos la magia de algo, se crea un vacío, un espacio sin magia que tarda varias horas en reponerse. En el caso de un vacío en el aire, no es un gran problema. Pero, ¿qué pasaría si absorbiéramos toda la magia de un árbol? Moriría. Por eso las leyes son claras, ningún mago debe absorber la magia de otro ser vivo a no ser que sea un caso de extrema necesidad en el que su propia vida esté en peligro.

Se detuvo en una mesa vacía en el centro de la clase y, apoyándose en ella, continuó con la explicación.

-Como os dije antes, todos tenemos nuestra propia reserva de magia. Podemos recurrir a ella o bien absorber la que nos rodea. Siempre deberíamos usar esta segunda opción, ya que la primera es muy peligrosa. Si uno no conoce sus propios límites, podría terminar muerto. Incluso aunque los conozca, al usar la magia propia, nuestro cuerpo se resiente y el cansancio se apodera de nosotros.

Recordé la terrible sensación de agotamiento que se había apoderado de mí las primeras veces que había hecho magia. Agradecí no haberme pasado o no estaría allí en aquel momento.

-¿Por qué nosotros podemos usar esa magia y los massins, no? -preguntó Evan.

-A eso iba ahora mismo, señor…

-Evan.

-Pues verá, existen muchas teorías al respecto pero, sinceramente, aún no se tiene una respuesta concreta. En vista de que solo se transmite genéticamente, se ha llegado a la conclusión de que existe un gen hereditario que nos permite a los magos ser lo que somos.

-Pero… ¿y el primer mago? ¿Quién se lo transmitió a él?

-No existen registros escritos ni de ningún tipo de las primeras generaciones de humanos en Baem -explicó pacientemente-. Por lo que sabemos, Baem podría ser más antiguo incluso que la propia Tierra. Se cree que los primeros seres humanos encontraron los portales por casualidad y que algunos se atrevieron a cruzarlo, decidiendo luego quedarse en este mundo. Seguramente las primeras generaciones no fueron capaces de hacer magia alguna, pero hay que recordar que Baem es un mundo mágico, con una concentración de magia en el aire varias veces más alta que en la Tierra. Sin embargo, a medida que nacían nuevas generaciones en la magia de este planeta, algo fue cambiando en los recién nacidos. Todo debió comenzar con explosiones fatales de poder hasta que lograron controlar sus dotes mágicas. Creemos, así mismo, que al principio la magia no permanecía dormida en sus cuerpos hasta cumplir los dieciséis, sino que fue la propia evolución la que derivó en eso.

Volvió hasta su escritorio y se sentó en su silla.

-Los portales, por supuesto, siguieron abiertos durante centenares de años, provocando un goteo incesante de seres humanos hacia Baem. Muy pocos volvieron a la Tierra. Podían hacerlo, es más, llegó un momento en que aprendieron a controlar dichos portales y su flujo, pero estaréis de acuerdo conmigo en que una vez que conoces Baem, es muy difícil dejarlo atrás y volver a la vida que tenías antes.

Comprendí a lo que se refería. En ese momento me parecía completamente imposible volver a mi antiguo instituto y a las infinitas horas de aburrimiento que estaban a punto de comenzar con las vacaciones de verano.

Levanté la mano.

-¿Se puede hacer magia sin una varita? -quise saber al recordar el lapicero que había utilizado.

-Sí, aunque es extremadamente difícil y nada recomendable ya que agota muy rápido las reservas internas de nuestro cuerpo. Pero no tenéis de qué preocuparos, es prácticamente imposible que a vosotros os suceda.

-¿Serviría un lapicero como varita? -esta vez fue Emma la que preguntó, siguiendo el hilo de mis pensamientos.

-¿Un lapicero, dices? No, en absoluto. Es cierto que las varitas son de madera en casi su totalidad, pero se usan diferentes materiales y hechizos, además de una serie de runas grabadas en las capas internas. Un lapicero nunca haría las veces de varita, ¿por qué lo pregunta? -se interesó.

Emma me miró sin darse cuenta, lo que llevó al señor Morris a fijar la mirada en mí.

-Verá… -comencé yo-. Cuando mi magia se despertó, hice que un bolígrafo volara. Pensé que, al estar sujetando un lápiz en ese momento, había sido gracias a eso. Después hice volar papeles, siempre apuntándoles con el lápiz. Pensábamos que el lápiz funcionaba como una varita.

El profesor elevó ambas cejas al escuchar mi relato.

-¿Quiere usted decir que, sin conocimiento alguno, realizó magia sin ayuda de una varita? -su tono delataba su incredulidad.

-Sí, supongo que si el lápiz no cuenta para nada… sí.

-¿Y usted lo vio? -le preguntó a Emma.

Ella afirmó con la cabeza.

-Qué interesante…

Se quedó pensativo durante un largo rato.

-¿Qué sintió?

Supuse que se refería al cansancio, así que le describí el agotamiento físico que se apoderó de mí justo después de cada intento. También me referí a la ausencia de él cuando hice volar la caja de la varita en la tienda.

-Excepcional -se notaba cierto atisbo de excitación y de admiración en su voz-. Realmente excepcional. Como dije antes, es prácticamente imposible que alguien al que se le acaben de despertar los poderes pueda hacer algo así. Se tardan varios años en aprender a controlar la magia hasta el punto de poder realizarla sin la ayuda de la varita. Más aún para hacer algo así en la Tierra, donde la magia escasea. ¿Cómo se llama?

-Ben, señor. Ben Stone.

El sonido de una campana reverberó en la clase indicando el final de la misma. El profesor nos dio permiso para salir y no dejó de mirarme ni un segundo mientras abandonaba el aula de la mano de Emma.

-Vaya, vaya, parece que el señor Morris ya tiene un favorito -dijo Evan socarronamente una vez fuera.

No dije nada, me limité a seguirle hacia nuestra siguiente clase: “Canalización de la magia”. Se impartía en un aula llamada “Cubo”.

Tuvimos que bajar a la planta baja y fue allí donde dimos con la puerta que estábamos buscando. Al cruzarla nos encontramos en un lugar completamente inesperado. Un enorme recinto cuadrado se extendía ante nosotros. Las paredes eran de piedra y el suelo de tierra. En cada extremo del lugar se elevaba una pequeña plataforma, también de piedra.

Más adelante nos explicarían que dichas plataformas se utilizaban en los combates mágicos. Cada uno de los oponentes se subía a una y desde allí se lanzaban los azotes mágicos que buscaban debilitar los escudos del rival. Los duelos terminaban cuando los azotes lo atravesaban o cuando el rival se rendía.

Observando a nuestro alrededor, no costaba mucho comprender el nombre del recinto. Visto en perspectiva, el lugar era un cubo: cuatro paredes, el suelo y el cielo abierto sobre nosotros, que proporcionaba la iluminación al lugar.

Una maga de túnica negra y bastante más joven de lo que cabría imaginar, nos esperaba justo en el centro.

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Si has cambiado de idea y prefieres descargar el pdf, pincha en el siguiente enlace: Manuscrito Ben Stone y el Corazón de Baem

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