Capítulo 9

-Dejad todas vuestras cosas junto a aquella pared -señaló la que se extendía a nuestra espalda-. Coged solamente la varita.

Obedecimos y nos acercamos a ella. Su pelo, negro, combinaba con el de la túnica que vestía y sus ojos eran de color azul. El pálido tono de su piel marcaba el contraste con sus ropas y acentuaba la profundidad del mar de su mirada.

-Soy la profesora Raissa -comenzó cuando nos hubimos reunido todos a su alrededor-, y os impartiré “Canalización de la magia” este curso. Aprenderéis a canalizar la energía del ambiente y a transformarla y moldearla según vuestros deseos. Conoceréis los diferentes tipos de escudos, así como ataques y defensas posibles en una situación de combate. Aprenderéis a trabajar juntos y, sobre todo, a hacerlo de forma individual.

Su voz era firme e imponía respeto. Mientras hablaba nos miraba a los ojos de uno en uno, sin detenerse demasiado tiempo en ninguno en concreto.

-Empezaremos con cosas sencillas, moviendo objetos de un lado a otro. A medida que vuestras capacidades aumenten, también lo hará la dificultad de los ejercicios. Al acabar el curso, todos deberéis ser capaces de entablar un combate sencillo, convocar encantamientos de primer grado y, sobre todo, ser capaces de localizar y sentir la magia que os rodea para poder canalizarla en vuestro beneficio propio. Los aprobados los decido yo, según el progreso de cada uno.

Cambié el peso de una pierna a la otra, algo nervioso.

-Comenzaremos ahora mismo. Repartiros en parejas por toda la explanada -ordenó.

Evan me miró un segundo, pero comprendió al instante que Emma y yo iríamos juntos. Elegimos una zona no demasiado alejada del centro y esperamos mientras Raissa repartía pequeñas pelotas de espuma roja a cada par.

-Debéis colocarlas en el suelo y, por turnos, tratar de hacer que se mueva. Para ello, tendréis que apuntar a la pelota con la varita y ordenarle mentalmente lo que queréis que haga. Debéis concentraros y tratar de sentir la magia que os rodea. Está en todas partes, a vuestro alrededor. Cerrad los ojos, eso ayuda, y sentid la vibración que ejerce en el aire, la música silenciosa que pronto será una sinfonía para vuestros oídos. No os preocupéis si no conseguís nada, es vuestra primera clase.

Se situó junto a una de las parejas y apuntó a la pelota que reposaba en el suelo a su lado. Esta se elevó en el aire y se mantuvo flotando mientras la profesora proseguía con la explicación.

-Respirad profundamente y concentraros en todo lo que os rodea. Imaginad las diminutas partículas mágicas que están a vuestro alcance. Ellas notan el poder que hay en vosotros y escuchan atentamente, esperando una orden que les indique lo que deben hacer. Sentid cómo entran en vuestro cuerpo y arden en su interior. Canalizarlas después hacia el brazo que sujeta la varita, para ello solo tenéis que pensarlo, y decidles qué deben hacer a continuación.

Todos mirábamos embobados la pelota que flotaba en el aire.

-Es mucho más sencillo de lo que parece -dijo mientras la guiaba de vuelta al suelo-. Pronto lo haréis de forma instintiva y la magia acudirá a vosotros cuando la necesitéis. Podéis comenzar, iré pasando de pareja en pareja para ayudaros.

Emma se giró hacia mí.

-Puedes hacer los honores -le dije con una sonrisa burlona.

-Como usted guste -correspondió con media reverencia irónica.

Se colocó ante la pelota con los ojos cerrados y extendió el brazo de la varita. Estuvo un buen rato callada y sin moverse. Entonces repitió alguno de aquellos movimientos con el brazo que había hecho en el salón de mi casa y que habían provocado nuestra risa, pero tampoco parecía conseguir nada con ellos.

A mi alrededor todas las parejas se encontraban en una situación parecida. Nadie movía la dichosa pelotita.

Emma se rindió al cabo de un cuarto de hora. Su ceño fruncido indicaba que no estaba de humor para bromas, así que guardé silencio mientras ocupaba su lugar.

Apunté a la pelota y cerré los ojos tratando de concentrarme. Aunque ya lo había hecho otras veces, nunca había sabido muy bien cómo y, por lo que había comentado el profesor Morris, había utilizado mi propia magia interior, cosa que podía ser fatal.

Dejé de escuchar las conversaciones de mis compañeros, todo se volvió silencio. Me imaginé el Cubo sin nadie más que yo mismo y traté de sentir la magia que me rodeaba. Al principio no percibí nada más que mi propio pulso y mi respiración, pero pronto advertí un zumbido. Una vibración constante en el aire que me rodeaba. No era viento, dentro de aquellas cuatro paredes de fría roca gris, no había. Era algo diferente.

El sonido se hizo más intenso a medida que me centraba en él y se convirtió de pronto en algo tangible. Abrí los ojos y miré a mi alrededor sin ver a las personas, solamente estábamos el aire que respiraba y yo. Alargué la mano y la moví a un lado y a otro lentamente, notando la suave caricia de la magia. Es una sensación parecida a cuando mueves una mano debajo del agua, solo que mucho más leve, casi imperceptible.

Entonces hice lo que había explicado la profesora e imaginé ese flujo de magia que me rodeaba convergiendo en mi pecho. Al instante noté el calor en mi interior. Era una sensación increíble. Me sentí bien, fuerte, feliz. Todas las preocupaciones me abandonaron y me embriagué de magia hasta que advertí que no podía absorber más.

Centré ahora la mirada en la pelota y apunté la varita hacia ella.

“Vuela” -pedí mentalmente.

Y la pelota voló, saliendo disparada hacia el cielo siguiendo la dirección a la que apuntaba mi brazo, y no dejó de ascender hasta que lo volví a bajar lentamente.

Hice que se detuviera a mi altura y decidí probar una cosa nueva.

“Flota donde estás y no te muevas” -pensé.

Con cuidado al principio y después ya sin temor, dejé de apuntar a la pelota. Creí que se caería en cuanto apartara la varita, pero se mantuvo en el punto exacto en que la había dejado suspendida en el aire.

Me sentía bien, igual que antes. Notaba la magia fluir desde mi cuerpo hacia la pelota y, al mismo tiempo, más magia fluir desde el aire hacia mí. En ningún momento me sentí cansado, al contrario, me sentía mejor que nunca.

Entonces reparé en Emma y en su cara de perplejidad. Miré un poco más allá y comprobé que los ojos de toda la clase estaban fijos en mí. Me puse nervioso y perdí la concentración, cortando al instante el flujo mágico. La pelota cayó al suelo, rebotando varias veces hasta detenerse, al fin, a los pies de Raissa, que se había acercado calladamente hasta mi posición.

Todo el mundo me miraba en silencio. Advertí expresiones muy diferentes, desde enfado y envidia hasta clara admiración y sorpresa. Evan era uno de estos últimos.

-Lo… lo siento -murmuré dirigiéndome a la profesora.

Ella enarcó una ceja.

-¿Sentirlo? ¿Por qué? Has hecho justo lo que mandé hacer e incluso has ido más allá -se refería a dejar de apuntar a la pelota y que esta se mantuviera en el aire-. ¿Es la primera vez que haces esto?

-No, bueno, sí. Al menos lo de sentir la magia que me rodea y canalizarla a través de mí.

Entonces le expliqué lo mismo que al profesor Morris, contando de nuevo la historia que todos mis compañeros ya conocían. Pareció creerme y no le pidió a Emma que lo confirmara.

-Excepcional -dijo- realmente excepcional. ¿Cómo te llamas?

-Ben Stone.

Cerró los ojos un instante, como queriendo grabar mi nombre en su memoria.

-Me gustaría que esperaras después de clase para hablar contigo un momento.

-Claro, no hay problema.

La profesora se volvió hacia el resto de la clase.

-Venga, seguid intentándolo -ordenó.

Todos volvieron al trabajo, aunque no dejaron de mirarme de vez en cuando.

-¿Cómo has hecho eso? -preguntó Emma acariciándome suavemente la cara para que le devolviera la atención.

Nuestros ojos se encontraron.

-Supongo que concentrándome mucho. Por un instante me olvidé de todo, solo estábamos el aire y yo. Entonces fue cuando sentí la magia. En realidad, todavía la siento. Sé que está ahí.

-¿Sabes? Odio que se te dé tan bien y a mí tan mal. Hace que me sienta una completa inútil.

Comprendí a lo que se refería. En realidad, yo había estado en esa misma situación casi toda mi vida con respecto al resto de compañeros de mi clase, sobre todo con aquellos que hacían a algún deporte. De verdad, jamás queráis verme jugando al baloncesto.

-Lo siento -dije yo.

-No te disculpes, bobo, no es culpa tuya. Además, me basta con mirar a los demás para darme cuenta de que no estoy mucho peor que ellos -rio.

Era verdad, nadie parecía conseguir nada. Vi a Evan a lo lejos apuntando a la pelota, tan concentrado que incluso se le marcaba una vena en la frente. De pronto lanzó una maldición y le dio una patada a la pelota, lanzándola lejos.

-Genial, ya se ha movido por fin -dijo cabreado.

-¡Eh! Más te vale ir corriendo a por ella -le riñó su compañero de ejercicio.

Evan se alejó en su busca pisando fuerte. Parecía a punto de echar humo por las orejas.

-Parece que tienes razón -le comenté a Emma-. Venga, inténtalo otra vez. Trata de dejar la mente en blanco y concéntrate en sentir el aire a tu alrededor -cerró los ojos-. No pienses en la pelota, solo intenta expandir tu mente. Imagina el Cubo, el cielo que hay sobre ti y céntrate en respirar pausadamente. No pienses en nada más, solo respira y escucha en el silencio. Busca un sonido que no encaje y aférrate a él.

Me quedé callado, sin moverme siquiera para evitar romper su concentración. Estuvo así varios minutos, hasta que abrió lentamente los ojos y apuntó a la pelota con su varita. No dijo nada, ni hizo gesto alguno, pero la pelota dio un pequeño salto. Apenas fueron diez centímetros, pero estaba claro que lo había conseguido.

Dio un grito de alegría y corrió a darme un abrazo.

-¡Lo hice! La moví, ¡lo conseguí!

Estaba tan emocionada que la gente comenzó a mirar en nuestra dirección de nuevo y algunos sonrieron al verla.

-Lo vi, lo vi -dije riéndome suavemente.

-Te juro que empezaba a pensar que jamás conseguiría hacer magia. Pero hice lo que me dijiste y de pronto la noté y le dije que viniera a mí. Fue casi como una descarga eléctrica. Pasó a través de mí y salió disparada hacia la pelota. Pero también cuenta, ¿no? -frunció el ceño, ahora preocupada de repente.

Solté una carcajada.

-Claro que cuenta.

Me dio un suave puñetazo en el brazo.

-¡Eh! No te rías de mí o hago que te pongas a dar botes como la pelota.

Levanté las manos en señal de rendición.

-Oh, gran maga, no, por favor -supliqué entre risas.

Entonces el tronar de la campana retumbó en el espacio vacío del Cubo sobresaltándonos a todos.

-Vale chicos, no ha estado mal para ser el primer día -dijo Raissa-. Nos vemos dentro de dos días. Ben, no te olvides de esperar.

Como teníamos seis asignaturas, se repartían en períodos de tres días, de forma que teníamos dos clases cada mañana. Emma se despidió de mí con un beso y se fue con Evan a la cafetería, donde quedé en encontrarme con ellos más tarde.

Cuando todos se fueron, me quedé a solas con la profesora.

-Verás Ben -comenzó al tiempo que, con un movimiento de la varita, hizo aparecer dos sillas y me invitó a sentarme en una de ellas-, quería comentarte en privado lo excepcional de tus dotes mágicas. A lo largo de mi vida he conocido a muchos grandes magos, pero muy pocos de ellos destacaron tanto como tú. No es normal hacer lo que has hecho en tu primer día. Tienes un control natural de la magia.

Antes no lo estaba, pero sus palabras habían conseguido ponerme bastante nervioso.

-Te digo esto para que entiendas que te encuentras ante una gran oportunidad, puedes llegar muy lejos.

No sabía muy bien a lo que se refería, así que me mantuve en silencio.

-Con el entrenamiento adecuado -continuó-, podrías convertirte en mago graduado en menos de un par de años. Me gustaría recomendar al Consejo que tengas un entrenamiento privado. Hay varias asignaturas como Runas o Historia en las que tu potencial no importa ya que no dependen de tus dotes mágicas, pero en el resto pronto aventajarás a todos tus compañeros.

Noté cierto temor involuntario hacia el desafío que me estaba proponiendo. Entrenamiento personalizado solo para mí significaría mucho esfuerzo. Aunque, en realidad, ese no era el problema. Sentía pánico ante la imagen que se estaba formando alrededor de mi persona.

Como ya os dije alguna vez, nunca había destacado en nada hasta ese momento. Noté el peso del medallón de mi padre y recordé las visiones. Sentí el valor que destilaba mientras se enfrentaba a la muerte y me autoconvencí de que esto no era nada en comparación.

-Sé que acabas de llegar a Baem y que aún no me conoces, ni tampoco a los otros profesores. Pero te pido que confíes en mí. Déjame que lleve tu caso ante el Consejo y que intente que lo aprueben.

Pensé en Emma. Si aceptaba seguramente perdería mucho tiempo de estar con ella, aunque también me la imaginé echándome una bronca tremenda por no haber aceptado.

-Sí, vale, me parece bien -contesté.

-Perfecto -dijo una sonriente Raissa-, yo me encargo de todo.

Se quedó mirándome durante un instante.

-La verdad, me recuerdas muchísimo a alguien, pero no sé a quién. En fin -dijo poniéndose de pie-, eso era todo. Cuando tenga alguna noticia te mandaré llamar. Descansa, los próximos días pueden ser duros para ti.

-Lo intentaré, ojalá consiga pegar ojo esta noche -se me escapó debido al tono distendido de la conversación.

Raissa se detuvo al escucharme.

-¿Por qué lo dices?

-Verá… no sé muy bien cómo explicarlo, Arthur, el cónsul de mi ciudad, me dijo que buscara al profesor Donovan para hablarlo con él.

-¿Al profesor de adivinación? ¿Qué tiene que ver con que te cueste dormir?

-Es que… hace tiempo que tengo ciertas pesadillas. El cónsul cree que son visiones.

La sorpresa acudió al rostro de la profesora, que volvió a sentarse en su silla y me hizo un gesto para que yo hiciera lo propio.

-Por favor, cuéntamelo, a lo mejor puedo ayudar.

Durante los siguientes diez minutos le conté la historia de mis pesadillas desde el día que aparecieron hasta la noche anterior. Poco a poco su rostro fue palideciendo hasta perder por completo el color. No me interrumpió en ningún momento y, cuando terminé, tampoco habló.

Esperé un rato, algo incómodo ahora que ella no hablaba. Además, me miraba fijamente y eso no ayudaba lo más mínimo.

-Ben -dijo por fin-, tenemos que ir a ver a Donovan ahora mismo. Yo te acompaño.

-¿Por qué? ¿Qué pasa? -pregunté inquieto.

Raissa se puso en pie y esperó a que yo hiciera lo mismo. Luego hizo desaparecer ambas sillas.

-Ben, conocí a tu padre, Charles -explicó-. Por eso me resultabas tan familiar. Era profesor aquí mucho antes que yo.

Puse los ojos como platos y deseé que la silla no hubiese desaparecido para poder sentarme otra vez.

-Hace varios años desapareció de repente y solo se encontró su varita. Estaba rota. Nadie sabe lo que le pasó en realidad. Necesitamos ver a Donovan por dos motivos: primero porque era amigo íntimo de tu padre y, segundo, estoy segura de que puede ayudarte con las visiones. Es más, sospecho que lo que vislumbras son trozos de una visión mucho más grande y espero que él consiga que la veas entera y no a pedazos.

No me tentaba demasiado la idea, teniendo en cuenta el miedo que pasaba cada vez que veía solo un pedacito a modo de pesadilla. Raissa leyó la desazón en mi cara.

-Ben, puede ser la única forma de saber qué le ocurrió a tu padre en realidad. Nadie lo sabe. Y si Shakar está detrás de esto… -no dijo nada más, dejando en el aire lo que a su entender era evidente-. Venga, vamos.

Echó a caminar hacia la salida. La alcancé y quise que me explicara lo que había querido decir mientras me guiaba por diferentes pasillos en busca del despacho de Donovan.

-¿Quién es Shakar?

Me miró para cerciorarse de que no le estaba tomando el pelo.

-Claro, acabas de llegar -murmuró antes de proceder a explicarme quién era-. Shakar es uno de los magos más poderosos de los últimos tiempos, el único que yo conozco que destacó tanto como tú en sus primeros días aquí. Sin embargo, siempre fue un chico problemático. Cuando se graduó, comenzó una campaña para derrocar al Consejo e instaurarse a sí mismo como Gobernador de Baem. Nadie le apoyó, así que lanzó un ataque contra uno de los miembros del Consejo, acabando con su vida, antes de desaparecer con la promesa de volver algún día para gobernarnos a todos.

Mientras hablaba nos detuvimos delante de una puerta en la que figuraba el nombre del profesor Donovan. No entramos, sino que terminó lo que me estaba contando antes de llamar a la puerta.

-Shakar no es más poderoso que todos los magos del Consejo juntos, mucho menos con el apoyo de casi toda la ciudad. Por eso huyó a la Tierra. Es un misterio lo que ha hecho desde entonces o dónde está escondido. De vez en cuando aparece alguna historia relacionada con él, pero suelen ser falsas -negó levemente con la cabeza-. Tu padre era de los pocos que había creído en su amenaza y dedicó mucho tiempo a tratar de seguirle la pista. Creía que Shakar tenía espías dentro de la Escuela, por lo que apenas compartía sus resultados con nadie. Yo no fui una excepción. Solo sé que estaba cerca de algo, pues cada vez andaba más excitado.

Clavó sus ojos en los míos.

-Un día desapareció. No supimos más de él y fue la insistencia del profesor Donovan la que consiguió que se abriera una investigación. Al final, encontraron la varita rota de tu padre entre las ruinas de una iglesia, pero ningún rastro suyo.

Al instante supe de qué iglesia hablaba. Necesité un momento para asimilar la nueva información. A cada día que pasaba conocía algo nuevo acerca de mi padre. Hacía apenas cinco días no era nada para mí, y ahora resultaba ser alguien importante, alguien que no nos había abandonado, sino que lo habían arrancado de nuestro lado.

-Ben, es importante que hagas esto. Puede ser la clave para resolver lo que le ocurrió a Charles. Creo… creo que tú también necesitas saberlo.

Asentí lentamente. Tenía razón. Raissa levantó la mano y, con el puño cerrado, llamó a la puerta.

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Si has cambiado de idea y prefieres descargar el pdf, pincha en el siguiente enlace: Manuscrito Ben Stone y el Corazón de Baem

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