Amor

Amo su sonrisa cómplice después de cada beso, el grito mudo del deseo que se esconde en nuestros labios y que, si por mí fuera, nunca me alejaría más de dos centímetros de su boca. Así, cada vez que mis ansias de su amor desbordasen mis fuerzas, solo tendría que cruzar ese pequeño abismo para rozar de nuevo el cielo de sus labios.

Adoro en igual medida cada uno de los 47 lunares de su piel. Son el mapa del tesoro de su vida, un camino por las curvas en las que tantos otros se han matado por querer volar demasiado alto antes de estar preparados. Yo, en cambio, prefiero contarlos uno a uno, sin prisas, disfrutando del universo que se esconde en su piel.

Hay lugares de su alma a los que nunca ha entrado nadie, ni siquiera ella. Por eso me gusta ir despacio, pisando seguro antes de cruzar cualquier barrera que sus defensas hayan levantado. Y cómo me encanta que ella las cruce todas de mi mano, descubriendo juntos un mundo nuevo que empieza a brillar con luz propia en el horizonte de nuestras vidas.

Será que estoy perdidamente enamorado, no lo sé. Pero tengo claro que no pienso estropearlo esta vez. Personas como ella pasan una sola vez en la vida y creo que ya me toca, por fin, ser feliz.

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