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Supongo que no te lo digo suficiente. Soy una de esas personas que se guardan demasiadas cosas dentro, como queriendo protegerme de algo que ni siquiera yo mismo sé qué es. Puede que el pasado tenga mucho que ver con mis silencios, que me cueste abrirme porque el ayer me enseñó a dejarlo todo dentro.

Pero contigo no tengo miedo. No hubo barrera alguna que frenara tu paso, ni defensa que ocultara mis sentimientos. Muchas veces sabes que algo me ocurre antes incluso que yo mismo. Eres el abrazo que siempre está ahí cuando lo necesito. No importa la hora que sea, sé que siempre tendrás tiempo para mí.

Y no sabes cómo te lo agradezco. Gracias por estar en mi vida. Por ser puerto seguro en el que resguardarme de todas mis tormentas. Ya he llovido demasiado como para saber que hay paraguas que no aguantan la fuerza del viento. Tú, en cambio, eres capaz de soportar un huracán con tal de verme sonreír de nuevo.

Te quiero como solo se puede querer a alguien en quien confías plenamente. Sin miedos, aunque un día pueda doler. He aprendido que no se puede ser feliz con el freno a medio pisar. Hay que darlo todo, siempre. Y, si un día duele, ya habrá tiempo de lamentos sin tener que arrepentirse de todo lo que dejaste de vivir por no atreverte a ser feliz con aquellos que nunca te demostraron nada más que cosas buenas.

No lo dudes: siempre podrás encontrar mi mano si algún día tropiezas. Yo también soy capaz de soportar los vientos más fuertes por aquellas personas que me demuestran cada día que de verdad merecen la pena. Así que, simplemente, gracias por estar ahí, por todo lo que me has dado y, sobre todo, gracias por aguantarme y hacerme sentir que siempre tendré un abrazo en el que refugiarme.

 

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