Amor

No sabría por dónde empezar a darte las gracias. Supongo que lo primero debería ser un: «gracias por estar en mi vida». Y es que es un privilegio compartir camino contigo, aprendiendo de ti y de tu forma de vivir cada momento.

Tienes magia en la mirada y me contagias tus ganas de comerte el mundo. No importa lo difíciles que se pongan las cosas, siempre encuentras la salida que te permita seguir siendo feliz. Y yo no dejo de asombrarme cada vez que te veo sonreír en la tormenta, con los pies bien plantados en el cielo, porque dices que no se puede soñar libremente sin volar tan alto como te lo permitan tus alas.

Y eres experta en caídas. Pero sigues tan entera como el primer día porque todas las heridas sanan cuando rozas el suelo solo para tomar impulso y volver rumbo a tus sueños más fuerte que antes.

No importa que te partan las ganas, que te corten las alas. Siempre crecen de nuevo si no dejas que el mundo te cambie, si no permites que ganen todos esos infelices que tratan de arrastrarte a su realidad.

Hace tiempo pensaba en ti como la estrella más brillante del firmamento. Hoy, al mirarte, sé que no solo brillas, sino que eres esa estrella fugaz a la que todos miran cuando pasa, tratando de retener en la mirada el breve instante de esperanza que representas mientras formulan sus deseos. Y no sabes qué bonito es luchar a tu lado, ir cumpliendo sueños sin perder nunca de vista la estela que dejas en el cielo a tu paso.

Tú eres feliz así: libre y valiente. Y yo trato de encontrar mi camino volando a tu lado, aprendiendo a ser feliz entre tantas dudas que me dejó el pasado, pero con la mirada puesta en un futuro en el que sé que no me faltarás.

Tienes magia en la mirada, sí, pero también un corazón que no te cabe en el pecho. Supongo que por eso te quiero tanto, porque eres libre de irte adonde quieras, pero a pesar de ser tan increíble, siempre eliges quedarte a mi lado.

 

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