La paz de los que llegan
Ahora que te tengo, el silencio ya no me asusta. Pasé tanto tiempo huyendo de las habitaciones vacías que olvidé cómo se sentía la calma. Ahora que estás, el café no se enfría por descuido, sino porque me pierdo en el mapa de tus manos. Te tengo y me doy cuenta de que el amor no era la tormenta que me prometieron, sino este refugio que se construye sin hacer ruido. Ahora que te tengo, las heridas de los que se fueron parecen anécdotas de otra vida. No eres el parche de mis ausencias, eres el jardín que crece sobre las ruinas. Te miro y entiendo que la espera no fue un castigo, sino un entrenamiento para saber reconocerte entre la multitud. Ahora que estás, me da miedo que el tiempo corra demasiado rápido. Me da miedo que el reloj no entienda que aquí, entre tus brazos, he encontrado el único lugar donde no quiero ser otra persona. Ahora que te tengo, por fin he dejado de buscarme en los espejos equivocados. Quédate. No para salvarme, sino para ver cómo me salvo yo mismo ahora que tu luz me ilumina los pasos. El amor era esto: dejar de correr para simplemente estar.
— Alejandro Ordóñez
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