La misma raíz, distinto cielo
Nacimos del mismo asombro. Compartimos la sangre y ese idioma secreto que solo nosotros entendemos cuando el silencio se vuelve demasiado pesado en la mesa. Tú eres mi mapa cuando me pierdo en ciudades extrañas. Eres el testigo de mis primeras derrotas y el único que sabe exactamente cuánto pesan mis miedos, porque tú también los viste nacer. No hace falta que nos digamos que nos queremos. El amor está en ese hombro que se ofrece sin preguntas, en el mensaje que llega justo cuando el mundo parece desmoronarse, en la certeza de que, pase lo que pase, nunca estaré realmente solo. Somos dos ramas que buscan la luz de formas diferentes, pero que se aferran a la misma tierra con una fuerza que nadie puede romper. Si tú caes, yo pierdo el equilibrio. Si tú ríes, mi pecho descansa. Hemos aprendido que la familia no es solo el apellido, sino la decisión diaria de no soltarnos la mano mientras todo lo demás cambia. Eres el espejo donde me miro para recordar de dónde vengo. Eres el hogar que no tiene paredes, el refugio que siempre tiene la puerta abierta. Al final del día, cuando el ruido se apague, solo quedaremos nosotros, cuidando el fuego que encendimos cuando todavía no sabíamos lo que era el frío.
— Alejandro Ordóñez
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