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    La silla vacía de tu mirada

    Te miro y sé que no me ves. No de la forma en que yo te invento cada noche. Estás ahí, a un centímetro de mi mano, pero habitas un continente distinto donde mi nombre no significa nada. Es extraño este ejercicio de quererte en silencio. Es como intentar encender una hoguera bajo la lluvia, sabiendo de antemano que solo me quedará el frío y el humo en los ojos. Me he vuelto experto en interpretar tus pausas, en buscar incendios donde solo hay cortesía. Me miento. Me digo que quizá mañana encuentres en mi risa el refugio que no has pedido. Pero la verdad es más cruda y golpea con la fuerza de lo que no puede ser. Tú no me eliges. No me eliges cuando hablas, ni cuando callas, ni cuando miras el reloj esperando que el tiempo nos separe. Y duele admitir que mi amor no es una llave, sino un muro frente al que me he sentado a esperar un milagro que no va a suceder. Estar contigo es la forma más solitaria de estar solo. Porque no hay distancia más insalvable que la de dos personas que se tocan, pero solo una está sintiendo el abismo. Al final, me queda este cariño huérfano, esta insistencia de quererte por los dos, mientras acepto que tu corazón es un jardín donde nunca se me permitió plantar ni una sola semilla.

    — Alejandro Ordóñez

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