Te miro y sé que no me ves. No de la forma en que yo te invento cada noche. Estás ahí, a un centímetro de mi mano, pero habitas un continente distinto donde mi nombre no significa nada. Es extraño este ejercicio de quererte en silencio. Es como intentar encender una hoguera bajo la lluvia, sabiendo de antemano que solo me quedará el frío y el humo en los ojos. Me he vuelto experto en interpretar tus pausas, en buscar incendios donde solo hay cortesía. Me miento. Me digo que quizá mañana encuentres en mi risa el refugio que no has pedido. Pero la verdad es más cruda y golpea con la fuerza de l…