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    Donde el tiempo no nos rompa

    Espero que cuando leas esto, tus manos ya no tiemblen al sostener el silencio. Te escribo desde aquí, desde el lugar donde todavía me duele el pecho por cosas que tú, seguramente, ya has olvidado. Deseo que hayas conservado esa manía de buscar la luz en las grietas. Que no te hayas vuelto de piedra para evitar los golpes. Que sigas siendo capaz de llorar frente a un paisaje hermoso sin sentirte pequeña. No sé cuánto te ha costado llegar hasta allí, cuántas pieles has tenido que dejar en el camino para que el aire dejara de quemarte los pulmones. Pero espero que te perdones. Perdónate por las noches que pasamos despiertos preguntándonos si seríamos suficientes. Perdónate por las veces que permitimos que otros nos dijeran cuánto valíamos. Ojalá me mires con ternura, como se mira a un niño que tropieza antes de aprender a correr. No te pido que seas perfecta, ni que tengas todas las respuestas que a mí me faltan. Solo te pido que no te hayas rendido. Que cuando te mires al espejo, reconozcas el brillo de quien sobrevivió al incendio y decidió plantar flores sobre las cenizas. Cuídate, porque eres lo único que realmente tengo. Eres mi única certeza en este incendio que llamamos presente.

    — Alejandro Ordóñez

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