La paz de los que llegan
Contigo ya lo tengo todo. No es una frase hecha, es el cansancio de buscar que por fin descansa. He pasado años persiguiendo incendios, creyendo que la felicidad era un ruido ensordecedor o una meta que siempre se movía de lugar. Me equivoqué. La felicidad era este silencio compartido, este café frío sobre la mesa y tu mano buscando la mía sin previo aviso. Contigo ya lo tengo todo porque he dejado de mirar el reloj. Ya no espero que llegue el viernes, ni las vacaciones, ni una vida más grande que esta. Me basta con tu risa en el pasillo. Me basta con saber que, si el mundo se apaga ahí fuera, dentro de nosotros siempre habrá una luz encendida. No necesito acumular tesoros ni coleccionar horizontes. Mi mapa se reduce a la curva de tu espalda y mi única ambición es que mañana me sigas eligiendo. Me has devuelto la capacidad de estar presente. Me has enseñado que la plenitud no es tenerlo todo, sino que no te falte nada. Y a mí, desde que estás, me sobra el resto del mundo. Eres mi punto de llegada, el lugar donde las preguntas se vuelven certezas. Qué alivio saber que, por fin, ya no tengo que ir a ninguna parte.
— Alejandro Ordóñez
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