La herencia del abrazo
No hay caja que guarde el calor de este momento. No hay envoltorio capaz de contener el peso de tu infancia regresando a casa. Míralos bien. Mira las arrugas en los ojos de tus padres, el brillo intacto en la risa de tus hermanos, el ruido que antes te aturdía y que hoy es tu único refugio. Esta Navidad no se trata de lo que estrenas, sino de lo que conservas. Se trata de entender que el lujo es tener a quién llamar cuando el mundo se vuelve un lugar frío. Te has pasado el año corriendo tras metas que no tienen rostro, olvidando que tu verdadera fortuna está sentada a la mesa, compartiendo el pan y el tiempo. El tiempo, ese que no se compra, ese que se detiene cuando apoyas la cabeza en el hombro de quien te conoce desde siempre. Aprende a detenerte. Aprende a escuchar las historias que ya te han contado mil veces, porque un día esas voces serán solo un eco y darías todo lo que tienes por volver a este caos. Tú eres el resultado de sus cuidados, de sus miedos y de su entrega. No busques más. El regalo es este silencio compartido, esta complicidad que no necesita etiquetas. Al final, cuando las luces se apaguen y el invierno apriete, lo único que te mantendrá en pie será saber que perteneces a este incendio de amor que llamamos familia. Tu casa no es un lugar, es la gente que te espera con el corazón encendido.
— Alejandro Ordóñez
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