Todos los textos
    Amor Propio4 min de lectura

    El día que dejé de buscarme en otros

    Escuchar este texto
    0:00--:--

    Pasé demasiado tiempo buscando en los demás lo que solo podía encontrar dentro de mí. Pidiendo a gritos que alguien me quisiera lo suficiente como para llenar ese vacío enorme que llevaba en el pecho. Como si el amor de otra persona fuera la pieza que me faltaba para sentirme completo.

    Qué equivocado estaba.

    Mendigué cariño de quien no tenía ni para darse a sí mismo. Acepté migajas creyendo que era todo lo que merecía. Me conformé con medias tintas, con a veces, con ya veremos, con amores tibios que no calentaban ni las manos. Y cada vez que uno de esos amores se iba, me quedaba más vacío que antes, más roto, más convencido de que algo en mí no funcionaba.

    Hasta que un día me cansé.

    No fue un momento bonito, de esos que se cuentan en los libros con frases inspiradoras y música de fondo. Fue sucio, feo, real. Fue mirarme al espejo con los ojos hinchados de llorar por alguien que no merecía ni una sola de mis lágrimas y pensar: basta. Basta de romperte por quien no movería un dedo por recogerte.

    Y algo cambió.

    No fue de un día para otro, tampoco voy a mentirte. Aprender a quererse después de tanto tiempo mirándose con ojos ajenos es un camino largo, lleno de recaídas y de días en los que vuelves a dudar de todo. Días en los que el espejo te devuelve una imagen que todavía no sabes abrazar. Días en los que piensas que quizá tenían razón, que quizá no eres suficiente.

    Pero lo eres. Lo soy. Lo somos.

    Empecé por las cosas pequeñas. Por dejar de pedirme perdón cada vez que ocupaba espacio. Por dejar de encogerme para caber en la vida de otros. Por mirarme a los ojos y no buscar defectos, sino cicatrices que contar con orgullo. Cada una de ellas, una batalla que gané. Cada una de ellas, la prueba de que sigo aquí, de pie, a pesar de todo.

    Aprendí que no necesito que nadie me complete porque no estoy incompleto. Que la soledad no es un castigo, es un regalo cuando la usas para conocerte de verdad. Para sentarte contigo mismo y preguntarte qué quieres, qué sientes, quién eres cuando nadie te mira.

    Y me gustó lo que encontré.

    Encontré a alguien que ama con todo aunque le hayan roto mil veces. Alguien que se levanta cada mañana y elige seguir intentándolo a pesar del miedo. Alguien imperfecto, lleno de dudas y manías y noches malas, pero real. Tan real que duele. Tan real que vale la pena.

    Hoy ya no busco en nadie lo que me falta. Hoy me miro al espejo y no aparto la mirada. Hoy me abrazo con las mismas ganas con las que antes abrazaba a quienes no se lo merecían. Hoy me elijo a mí. No por egoísmo, sino por justicia. Porque nadie en este mundo va a cuidar de ti como tú mismo cuando al fin decides que ya es hora.

    Y si un día llega alguien, que llegue a sumar, no a completar. Que venga a caminar conmigo, no a cargarme. Que me quiera desde la admiración y no desde la necesidad. Porque ya aprendí que el amor más importante no es el que te dan.

    Es el que te das.

    Así que si hoy te cuesta mirarte, si sientes que no eres bastante, si llevas demasiado tiempo buscándote en los ojos de otros, escúchame bien: todo lo que necesitas ya lo tienes. Está ahí, al otro lado del miedo, esperando que por fin te atrevas a verlo.

    Quiérete. Con locura, con torpeza, con todo. Que amarse a uno mismo no es el final del camino.

    Es donde todo empieza.

    — Por Escribir

    ¿Cómo te hizo sentir este texto?

    ¿Te está gustando este texto?

    Únete a +50.000 lectores que reciben textos como este cada semana en su correo.

    Continúa explorando

    Si te gustó este texto, también te puede gustar...

    ¿Te gustó este texto?

    Descubre más textos como este en mis libros

    Ver mis libros