Dices que no lo necesitas. Te repites frente al espejo que eres una isla, que tus muros son altos y que nadie volverá a cruzar el puente. Has aprendido a caminar sin muletas, a cenar con el silencio y a dormir en diagonal. Presumes de esa libertad que sabe a hierro, de esa independencia que te mantiene a salvo de los naufragios. Pero sobrevivir no es lo mismo que vivir. Podemos pasar los días sin el roce de otra mano. Podemos ver los años caer como hojas secas sin que nadie nos pregunte cómo estuvo el día. El cuerpo aguanta, el corazón sigue bombeando por inercia, la rutina nos mantiene ergui…