La mentira de la autosuficiencia
Dices que no lo necesitas. Te repites frente al espejo que eres una isla, que tus muros son altos y que nadie volverá a cruzar el puente. Has aprendido a caminar sin muletas, a cenar con el silencio y a dormir en diagonal. Presumes de esa libertad que sabe a hierro, de esa independencia que te mantiene a salvo de los naufragios. Pero sobrevivir no es lo mismo que vivir.
Podemos pasar los días sin el roce de otra mano. Podemos ver los años caer como hojas secas sin que nadie nos pregunte cómo estuvo el día. El cuerpo aguanta, el corazón sigue bombeando por inercia, la rutina nos mantiene erguidos. Pero hay una diferencia abismal entre no morir y estar presente. Sin el amor, el mundo se vuelve un lugar eficiente pero vacío. Un mecanismo de relojería que marca las horas sin que ninguna tenga importancia.
El amor no es una debilidad que te hace falta, es la luz que revela el color de las cosas. Puedes vivir sin él, claro. Puedes caminar a oscuras y jurar que ves perfectamente. Pero al final, cuando el ruido se apaga, te das cuenta de que la autosuficiencia es una jaula de oro. No estamos aquí para ser monumentos intactos. Estamos aquí para ser tocados, desordenados y, a veces, destruidos por otro. Porque un corazón que nunca se entrega es un músculo que olvida para qué sirve el latido.
— Alejandro Ordóñez
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