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    La arquitectura de lo invisible

    Te amo por lo que invento de ti en mis silencios. Te amo porque has llenado los huecos que otros dejaron vacíos, sin saber siquiera que lo hacías. No me hace falta saber tu café favorito ni el nombre de tu miedo más antiguo para sentir que te reconozco. Hay una forma de amar que no pide documentos de identidad. Es un amor que nace de la intuición, de esa chispa que salta antes de que la lógica rinda cuentas. Te amo de lejos, de perfil, en los márgenes de lo que muestras. Me enamoré de tu forma de mirar el mundo, no de los detalles de tu historia. Quizás lo que amo es la posibilidad de lo que somos, esa versión de ti que mi corazón ha decidido dibujar para no sentirse solo. Porque a veces, conocer demasiado es el principio del fin, y yo prefiero quedarme aquí, en este umbral donde todavía eres perfecto. Amarte sin conocerte es el acto de fe más puro que he cometido. Es otorgarte el beneficio de la duda y convertirlo en devoción. No necesito que te expliques. Me basta con el eco de tu presencia para saber que, aunque seas un extraño, mi alma ya te puso nombre. El misterio es el único lugar donde el amor todavía puede ser infinito.

    — Alejandro Ordóñez

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