Gracias. No por quedarte, ni por las promesas que el tiempo se terminó llevando, sino por lo que fuiste mientras fuimos. Gracias por enseñarme que mi corazón todavía era capaz de abrirse sin crujir. Me devolviste la fe en los domingos compartidos y en el silencio que no incomoda. Contigo aprendí que amar no es poseer, sino ser testigo del vuelo del otro, aunque ese vuelo a veces signifique alejarse. Gracias por las palabras que me salvaron de mis propios naufragios y por los abrazos que me reconstruyeron cuando yo era solo un montón de piezas sueltas sobre el suelo. Me hiciste mejor, no porqu…