La suerte de tu incendio
Gracias por existir. Así, sin adornos, sin que tengas que hacer nada para merecer este espacio. Gracias porque tu presencia me devolvió el pulso cuando yo ya me había acostumbrado al silencio. No sé cómo lo haces, pero llegas y el desorden de mi cabeza se vuelve un poco más amable. Gracias por tus manos, que no juzgan mi fragilidad. Gracias por tu risa, que es el único ruido que no me lastima. Te miro y entiendo que la gratitud no es una deuda, es un alivio. Es saber que, a pesar de las grietas, hay alguien que se queda a ver cómo entra la luz por ellas. Gracias por no intentar arreglarme, por dejarme ser este caos que tú abrazas con una paz que me asusta y me salva a partes iguales. Gracias por el tiempo que me regalas, por los días grises que convertiste en refugio y por enseñarme que el amor también puede ser un lugar seguro. Si mañana el mundo se acaba, me iré con la certeza de que mi mejor suerte fue tropezar contigo en mitad de la nada. Gracias por ser tú, por estar aquí, por recordarme que todavía estoy vivo. No eres un milagro, eres algo mucho más real: eres el hogar que nunca supe que estaba buscando.
— Alejandro Ordóñez
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