Gracias por existir. Así, sin adornos, sin que tengas que hacer nada para merecer este espacio. Gracias porque tu presencia me devolvió el pulso cuando yo ya me había acostumbrado al silencio. No sé cómo lo haces, pero llegas y el desorden de mi cabeza se vuelve un poco más amable. Gracias por tus manos, que no juzgan mi fragilidad. Gracias por tu risa, que es el único ruido que no me lastima. Te miro y entiendo que la gratitud no es una deuda, es un alivio. Es saber que, a pesar de las grietas, hay alguien que se queda a ver cómo entra la luz por ellas. Gracias por no intentar arreglarme, po…