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    Un puente entre tus ruinas y las mías

    Hoy no vengo a pedirte que olvides el peso que llevas. Sé que los hombros cansan y que el silencio a veces grita demasiado fuerte. Hoy simplemente te tiendo mi mano. No es una promesa de soluciones mágicas ni un mapa para salir del laberinto. Es, simplemente, la certeza de que no estás en el vacío. Te tiendo mi mano porque conozco el frío de las manos vacías. Porque sé lo que es caminar por una habitación llena de gente y sentirse en una isla desierta. Si decides tomarla, no te arrastraré hacia mi orilla; me quedaré contigo en la tuya hasta que el agua baje. Te tiendo mi mano para que sientas que tu pulso todavía tiene un eco, que tu dolor tiene un testigo y que tu fragilidad no es una derrota. Quédate el tiempo que necesites. Apóyate con toda tu carga. No me voy a romper, porque yo también fui reconstruido con los pedazos que otros ayudaron a recoger. A veces, la mayor valentía no es resistir en soledad, sino aceptar que otra piel puede ayudarnos a sostener el mundo. Mi palma está abierta. Mi brazo está firme. El resto es tuyo, a tu ritmo, a tu tiempo. No hay nada más sagrado que dos soledades que deciden, por un instante, dejar de serlo.

    — Alejandro Ordóñez

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