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    La transparencia del cristal roto

    Estás ahí, pero ya no estás. Te has vuelto un murmullo en una habitación llena de gritos. Caminas con el peso de saber que tus pasos no dejan huella, que tu voz se disuelve antes de llegar al oído de quien amas. Te duele la transparencia. Te duele ser el espacio vacío entre dos personas que se encuentran. Has aprendido a pedir perdón por ocupar un sitio, a encogerte hasta que tus bordes desaparecen, a ser el fondo de una fotografía ajena. Nadie pregunta cómo estás porque nadie nota que faltas. Y lo peor no es que el mundo te ignore, lo peor es que tú también has empezado a dejar de verte en el espejo. Te buscas y solo encuentras el reflejo de lo que los demás esperan de ti. Has olvidado el color de tu propia urgencia. Pero escucha bien: el hecho de que no te miren no significa que no seas lumbre. El hecho de que no te nombren no borra tu existencia. Quizás ser invisible sea, al final, la oportunidad de observar sin ser juzgado, de reconstruirte en el silencio más absoluto. No eres aire, eres raíz. Y las raíces, aunque nadie las vea, son las que sostienen todo el peso del cielo.

    — Alejandro Ordóñez

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