Las cosas que no te dije
Hay cosas que se quedan atrapadas en la garganta como nudos que no sabes deshacer. Palabras que pensaste mil veces y nunca dijiste. Caricias que imaginaste y se quedaron temblando en la punta de los dedos sin llegar nunca a tu piel.
Yo tuve muchas de esas contigo.
Nunca te dije que me temblaba la voz cada vez que contestabas al teléfono. Que ensayaba frases delante del espejo como un idiota para luego no decir ninguna. Que a veces me quedaba mirándote en silencio solo para guardar tu imagen en algún lugar de la memoria donde el tiempo no pudiera borrarla.
No te dije que tenía miedo. Un miedo enorme, de esos que te paralizan y te hacen parecer frío cuando por dentro eres un incendio. Miedo a quererte demasiado. Miedo a que te dieras cuenta de lo mucho que significabas y salieras corriendo. Miedo a ser otra vez el que se queda solo recogiendo los pedazos de algo que pudo ser bonito.
Y callé.
Callé cuando debí hablar. Guardé silencio cuando mi corazón gritaba tu nombre con tanta fuerza que me dolía el pecho. Me tragué los te quiero como si fueran piedras y ahora pesan. Pesan tanto que a veces me cuesta respirar.
Debí decirte que eras la primera persona en la que pensaba al despertar y la última antes de cerrar los ojos. Que tu risa me curaba cosas que ni yo sabía que estaban rotas. Que bastaba un mensaje tuyo para convertir el peor día del mundo en algo que merecía la pena vivir.
Debí decirte tantas cosas.
Que me encantaba esa manía tuya de morderte el labio cuando estabas nerviosa. Que el mundo se detenía cada vez que me mirabas a los ojos y yo me hacía el fuerte cuando por dentro me derretía entero. Que no había nadie, nadie en este mundo, que me hiciera sentir lo que tú me hacías sentir sin siquiera intentarlo.
Pero no lo dije. Y ahora cargo con el peso de todo ese silencio.
No te cuento esto para que vuelvas. Ni siquiera para que sientas lo que yo sentí. Te lo cuento porque aprendí, a golpe de arrepentimiento, que las palabras que no se dicen a tiempo terminan convirtiéndose en heridas. Y porque si alguien lee esto y se ve reflejado, quiero que sepa algo que yo aprendí demasiado tarde.
Dilo.
Dilo ahora, hoy, sin pensar en el mañana. Dile que le quieres, que le necesitas, que su presencia cambia el color de tus días. No esperes al momento perfecto porque ese momento es este. Justo este en el que dudas, en el que tiemblas, en el que piensas que quizá es mejor callar.
No calles. El silencio es cobarde y el amor merece valientes.
Yo lo aprendí tarde, sí. Pero lo aprendí. Y si estas palabras que un día no te dije sirven para que alguien más no cometa mi mismo error, entonces habrá merecido la pena cada noche que pasé pensando en todo lo que debí decirte.
A ti, que quizá nunca leas esto, gracias. Gracias por enseñarme que el arrepentimiento más grande no es haber amado, sino haber amado en silencio.
Que la próxima vez, lo prometo, no me callaré.
— Por Escribir
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